“¿Qué he dicho esta vez?”
LA MAYORÍA de nosotros da por sentado el idioma que habla. Si necesitamos algo, lo pedimos; cuando estamos explicando o describiendo algo, las palabras no son difíciles de hallar.
Sin embargo, los misioneros que se esfuerzan por aprender un idioma nuevo en un país extranjero se hallan en un marco de circunstancias completamente diferente, y el formar hasta la más sencilla oración puede resultar en dificultades insospechadas.
Afortunadamente, los latinos por lo general son muy atentos con los recién llegados. Así es que cuando uno comete una equivocación, tratan de no reírse. Aun así, frecuentemente no pueden impedir que se les escape una sonrisa. En esas ocasiones la pregunta que viene a la mente de uno es: “¿Qué he dicho esta vez?”
Yo he pasado por algunas experiencias instructivas. Mi esposa y yo habíamos estado en el Perú por varias semanas cuando llegaron por barco nuestras pertenencias. Cuando fuimos a la terminal para identificar los artículos, nos saludaron varios funcionarios de la aduana. Ciertamente queríamos darles una impresión favorable, y yo estaba ansioso de mostrarles lo bien que estaba progresando con el idioma. En el curso de la conversación un funcionario, que fue especialmente atento y amigable, me preguntó, según creí yo, cuántos años tenía. Pensé que ésa era mi oportunidad de mostrarle que entendía esta extraña construcción de la oración. Cuando vi el para ahora familiar destello en sus ojos supe que había dicho un disparate. Lo que realmente me había preguntado fue cuántos hijos tenía y, sí, le había contestado que yo tenía veintiocho y mi esposa ventinueve.
Después de un paseo a la playa, le explicaba a un amigo que debido a calzar sandías no pude participar en el juego de fútbol. Me miró muy extrañado al principio, y entonces sus ojos comenzaron a brillar, y dijo: “Oh, usted quiere decir sandalias.” No contento con esa respuesta, le pregunté qué eran las sandías. Al principio vaciló, pero finalmente me dijo que eran una clase de fruta.
“Oh,” pregunté, “¿qué clase de fruta?”
“Bueno, son verdes y redondas, y . . .”
Después de un poco más de descripción comprendí qué clase de fruta era. ¿Puede imaginarse jugar al fútbol calzando sandías?
Sin embargo, cuando trato de “aliviar mis penas” después de alguna burrada, frecuentemente me consuela el repasar algunas de las desafortunadas manipulaciones de palabras de los otros misioneros.
Hay varios errores comunes que tarde o temprano casi todos cometen. Uno que repiten muchas veces los nuevos misioneros tiene que ver con la palabra “pecado.” Muchos le han pedido a Dios en oración que les ayude a vencer sus pescados en vez de sus pecados.
Y compadezca al pobre misionero que tiene dificultad en diferenciar entre “casado,” y “cansado.” Así fue que un Testigo latino le preguntó inocentemente a una joven misionera si estaba casada. Ella, pensando que la pregunta era, “¿está usted cansada?” inocentemente respondió: “Solo por las noches.”
La gente en la América del Sur por lo general está interesada en los demás y ansiosa de ser útil. Sin embargo, una joven se sorprendió al ver lo mucho que se pueden preocupar. Al sentarse en una silla muy endeble, repentinamente ésta se vino abajo. Sentada en el piso, exclamó con lágrimas: “¡Estoy tan embarazada!”... en vez de abochornada. Inmediatamente todos fueron más corteses y atentos. No fue sino hasta más tarde que ella descubrió el disparate que había dicho.
A pesar de estos disparates, Jehová ha bendecido los esfuerzos de sus misioneros en el Perú. Debido a su espíritu dispuesto se ha ayudado a otras personas a aprender el propósito amoroso de Dios para la humanidad. Una misionera dijo que a ella le había sido tan difícil aprender a hablar el español cuando llegó, que en su primer estudio bíblico el ama de casa tuvo que leer la pregunta, contestarla, y entonces leer el párrafo. No obstante, esta señora ahora es una publicadora del reino de Dios, dedicada y bautizada.
Aunque hay momentos en que uno busca las palabras y después quisiera no haberlas hallado, hemos aprendido que si tenemos un buen sentido del humor y no tememos reírnos un poco de nosotros mismos, hasta podemos gozar de nuestros graciosos disparates. Ciertamente, hemos reunido una vasta colección de recuerdos gratos al corazón.—Contribuido.