El asesino más mortífero de todo tiempo
LA GRIPE de 1918 a 1919 fue la mayor epidemia de influenza que ha azotado la Tierra en la historia registrada. Esta horrible peste se esparció entre la gente en casi todas partes. En relativamente pocas semanas mató a más personas que las que perecieron en la I Guerra Mundial.
¡La mayoría de las muertes acontecieron en unos cuantos meses de un solo año! Dijo una autoridad: ‘Si la epidemia hubiera continuado su proporción matemática de aceleración, fácilmente habría desaparecido la civilización de la Tierra en unas cuantas semanas más.’
Su principio y propagación
La gripe azotó por primera vez en la primavera de 1918. Fue relativamente benigna, pues un caso duraba aproximadamente tres días. Pero en el otoño de ese año apareció la variedad mortífera. Se notó que los que antes habían tenido la “gripe de tres días” por lo general parecían estar inmunes a los “gérmenes asesinos.”
Algunos dijeron que la epidemia de gripe comenzó en España, por lo que se le dio el nombre de “influenza española.” Madrid, España, fue azotada duramente por la gripe en mayo de 1918. Sin embargo, se había visto la gripe en la China y en los Estados Unidos en marzo de 1918. En realidad, nadie parece saber exactamente dónde comenzó ni cómo.
Se considera a Boston como el punto de partida de la gripe mortífera en los Estados Unidos. En unos cuantos días se esparció rápidamente hacia el sur por la costa oriental. Casi simultáneamente, la gripe azotó los campamentos militares en todo aquel país. El campamento Grant, en Rockford, Illinois, fue duramente azotado; hubo diez mil en cama. En veinticuatro horas, 115 soldados habían muerto. La cifra se aproximó al más elevado promedio de estadounidenses muertos en batalla en un día.
Pensilvania fue el estado más duramente azotado; hubo más de un tercio de millón de casos y 10.000 muertes en menos de dos semanas. En Filadelfia, doscientos cuerpos fueron apiñados en un depósito de cadáveres construido para treinta y seis. Los muertos fueron apilados en grupos de tres y cuatro, unos sobre otros, en los corredores y salas. La mayoría de éstos no estaban embalsamados, de modo que el hedor era muy fuerte en las salas no enfriadas. Cuando hubo una súbita escasez de ataúdes en la ciudad, un taller de reparaciones de tranvías fue convertido en fábrica de ataúdes.
Se esparció por toda la Tierra. En una remota región del África Central un funcionario colonial británico informó haber hallado aldeas de 300 a 500 familias exterminadas por la gripe. La vegetación selvática estaba posesionándose del terreno de nuevo. Informes del norte de Persia anunciaban que aldea tras aldea había quedado sin sobrevivientes. Muchas aldeas de esquimales en Alaska fueron eliminadas hasta el último hombre y último niño. Pasó a las islas del Pacífico. En Tahití, donde murieron 4.500 personas en quince días, los cadáveres eran amontonados en piras que ardían constantemente.
Se cree que solo dos lugares del mundo escaparon de la epidemia mundial: Santa Elena, una isla de menos de 130 kilómetros cuadrados en el Atlántico meridional, y Mauricio, una islita en el océano Índico.
Qué significado tuvo
Pero, ¿qué significa para nosotros una peste de hace unos cincuenta años? Bueno, relativamente pocas personas se dan cuenta hoy día de que esa epidemia de gripe de 1918 a 1919 fue un cumplimiento de profecía bíblica. Jesucristo predijo que la “señal” de los “últimos días,” que precedería a las magníficas bendiciones de la gobernación de su Reino, se caracterizaría por acontecimientos inequívocos. Entre éstos estarían las escaseces esparcidas de alimento, los terremotos y “en un lugar tras otro pestes.” (Luc. 21:7, 10, 11) Además, Jesús explicó: “Todas estas cosas son principio de dolores de aflicción.” (Mat. 24:8) De modo que esa epidemia de gripe de 1918 a 1919 solo fue un principio. A pesar de la tecnología médica moderna, el cáncer, las enfermedades del corazón —sí, y la gripe— todavía causan estragos en la Tierra.
Nunca antes ha visto el mundo “plaga mortífera” junto con los otros acontecimientos profetizados en la escala global en que la ha visto desde 1914. (Rev. 6:3-8) Los “dolores de aflicción” han estado con nosotros por más de cincuenta años ya y tenemos que recordar lo que dijo Jesús: “Cuando vean suceder estas cosas, conozcan que está cerca el reino de Dios. En verdad les digo: Esta generación no pasará de ningún modo hasta que sucedan todas las cosas.” (Luc. 21:31, 32) Por eso, el significado para nuestro día es que solo queda poco tiempo antes del fin de este inicuo sistema de cosas.
Recuerdos de la peste
Por supuesto, muchas personas que lean esto no vivían en el tiempo de esa epidemia de 1918 a 1919. Quizás les parezca difícil entender la magnitud de lo que sucedió. Sin embargo, todavía viven personas que vivieron entonces, y es interesante saber lo que recuerdan. Un sobreviviente dijo: “En todas partes el modelo parecía el mismo. La gripe comenzaba con una fiebre alta y con dolor en los huesos. La fiebre duraba hasta cinco días. Si no había complicación alguna, por lo general había una rápida recuperación, aunque algunas personas se quejaban de sentirse terriblemente débiles después. Otras decían que había afectado su corazón, o causado daño a sus riñones o pulmones. Muchas personas, después de cuatro días de la gripe, desarrollaban pulmonía, y esto causaba su muerte.”
Muchos sobrevivientes de la peste informan un aspecto sumamente insólito de ello... la proporción más elevada de muertes fue de adultos jóvenes que anteriormente se habían mostrado saludables, particularmente varones. Esto está en contraste con la epidemia de gripe acostumbrada, en la cual los ancianos y los débiles son las víctimas principales. “Hubo el caso de un tipo fornido, de apariencia sana,” recordó un agricultor de Minnesota. “Se recuperó de su caso benigno de gripe en tres días, pero se levantó de la cama antes de tiempo y lo siguiente que supimos de él fue que lo estaban enterrando.”
Muchos fueron los hombres físicamente fuertes del servicio militar que sucumbieron. El Dr. Ralph C. Williams, un ex-auxiliar del jefe de sanidad militar estadounidense, recuerda vívidamente aquellos espantosos días: “Nos vino una inundación de soldados, marineros, soldados de la marina y guardacostas. Simplemente se desplomaban en las calles allá en el centro comercial de la ciudad y nos los traían. . . . Hubo un sargento de la marina. Lo trajeron inconsciente y en tres horas aquel hombre estaba muerto. Sin más. Se sabía comúnmente que entre 400 y 500 personas morían (en Chicago) diariamente. Moría más gente que la que podía ser enterrada. Era una cosa espantosa.”
Lo súbito del ataque de la gripe era una gran sorpresa para la gente. Dijo un hombre de Brooklyn: “Vino sutilmente, y sin embargo causó gran dolor. La gente no percibía su magnitud; no se daba cuenta de que estuviera tan esparcida. Cuando finalmente cayó en la cuenta, hubo gran temor. La gente quedó perpleja.”
Tantas fueron las muertes en Australia que un periodista dijo que se hizo imposible excavar sepulcros individuales con suficiente rapidez. A los muertos sencillamente se les sacaba de sus casas y se les depositaba en un hoyo grande.
El número de procesiones funerales parecía interminable. Un ambiente de temor, dolor y abatimiento se esparció por toda la Tierra. “Veíamos a unos dolientes que iban al funeral de un pariente o amigo,” dijo un sobreviviente, “y poco después oíamos que ellos, también, habían muerto. Era pavoroso.” Otro sobreviviente resumió la situación así: “Parecía haber ataques de aflicción a cada momento sobre uno.”
Una testigo de Jehová recuerda vívidamente aquellos días en Sheboygan, Wisconsin. “No sabíamos qué pensar,” dijo. “Mientras íbamos de casa en casa en el ministerio del Reino, podíamos ver ataúdes en casi todo hogar. Muchas personas no escuchaban cuando tratábamos de consolarlas con el mensaje del reino de Dios. Estaban demasiado apesadumbradas.”
Tratamiento
Por lo general el mejor consejo que los médicos podían ofrecer a sus pacientes era que descansaran en cama, se abrigaran y bebieran mucho líquido.
Al tratar a sus pacientes algunos doctores utilizaron métodos novedosos. En Chicago un médico trató a unos 600 pacientes con una mezcla a base de toronja, que pareció surtir buenos efectos. Se informa que sólo perdió un paciente... su hijo que abandonó su lecho de enfermo para atender su floreciente negocio funerario.
“Mi padre y mi madre y yo nos enfermamos en una sola noche,” dijo un hombre de Cincinnati, donde se informaron unos 40.000 casos de gripe. “Mi madre tenía pulmonía y no se esperaba que viviera. Pero un doctor joven aconsejó que friéramos una cacerola grande de cebollas y le pusiéramos en el pecho una cataplasma bien caliente. Mi tía Clara hizo esto toda la noche. Parece que esto sacó a mi madre de su mala situación. A la mañana siguiente sabíamos que viviría.”
En muchas ciudades era imposible conseguir ayuda médica. En Filadelfia, por ejemplo, más de la tercera parte de los mismos médicos de la ciudad estaban en cama.
Precauciones
Se adoptó casi toda precaución imaginable para evitar el contraer la gripe. “Póngase piyamas limpios” fue la exhortación en algunas comunidades. A otros se les dijo: “No dé la mano al saludar.” “Tome aceite de ricino.” “No viaje en el metro.”
En muchas localidades la gente llevaba máscara. En Ann Arbor, a los estudiantes de la Universidad de Michigan se les mandó que llevaran máscara a todo tiempo si querían evitar que se les suspendiera. En San Francisco, el alcalde publicó para toda la ciudad una ordenanza que decía que todos deberían llevar máscara, o tendrían que pagar una multa de 100 dólares o ser enviados a la cárcel para diez días de aislamiento. En Seattle a ningún pasajero se le permitía abordar un tranvía sin llevar máscara.
La Biblioteca Pública de Nueva York dejó de circular libros. Muchas ciudades prohibieron que los barberos afeitaran a sus clientes, debido al contacto estrecho envuelto en ello. Las calles de Dublín eran lavadas con desinfectantes. En Boston, las iglesias estaban cerradas los domingos; en muchas ciudades, se proscribieron las reuniones públicas. Escuelas, cines y cantinas fueron cerrados con llave.
En Nueva York los “que estornudaban sin cubrirse el rostro” estaban expuestos a multas y condenas de cárcel. En Chicago, se le dijo a la policía que “arrestara a millares, si fuera necesario, para impedir el estornudar en público.” Las muchas advertencias contra el estornudar en público sin duda ayudaron a impedir que la peste se esparciera aun más. Según investigadores médicos de Inglaterra, un solo estornudo puede distribuir más de 85.000.000 de bacterias. Y los investigadores estadounidenses han descubierto que un estornudo puede arrojar 4.600 partículas al aire a “velocidad inicial” de 46 metros por segundo. A menudo se arrojan partículas a una distancia de más de tres metros y medio. Las partículas, que permanecen suspendidas en el aire por más de media hora después del estornudo, no son simples gotitas de agua inocuas. Se descubrió que una partícula o gotita produce 19.000 colonias de bacterias. Con razón el Telegram de Toronto, Canadá, informó que ahora se sabe “que la cantidad excesiva de estornudos envuelta en la epidemia de gripe de 1918 ayudó a convertirla en el horror que fue.”
Las bajas
La peste dejó un asombroso número de muertos que se calcula entre 20.000.000 y 27.000.000. El Dr. Edwin Oakes Jordan, famoso bacteriólogo norteamericano, en su Epidemic Influenza, que se publicó en 1927, dice que el total de muertes a causa de la influenza fue de 21.642.283. De éstas, casi 16.000.000 acontecieron en Asia, más de 2.000.000 en Europa, más de 1.300.000 en África y más de 1.000.000 en los Estados Unidos. La cifra de muertes en la América del Sur fue de 327.000. En Australia y Oceanía juntas hubo más de 1.000.000 de muertes.
La gripe mandó a la cama a unos 500.000.000 de personas. La peste fue especialmente peligrosa para las mujeres encintas. Así, pues, en millones de hogares hubo una doble tragedia.
Los gérmenes mortíferos de la gripe desaparecieron casi tan rápidamente como llegaron. Adónde fueron sigue siendo un misterio médico hasta este mismísimo día. Puesto que el virus de la gripe española no fue visto bajo un microscopio de aquel tiempo, hoy los científicos no saben si ese virus mortífero difiere en apariencia del virus de la gripe asiática de años recientes.
Agentes de la salud pública de aquel tiempo reconocieron que todo el esfuerzo humano parecía no hacer nada para detener la plaga y que los doctores más hábiles del mundo no habían podido circunscribir la duración de la epidemia.
A muchas personas que vivían entonces, quizás les pareció que el fin completo de este sistema de cosas que predijo Jesucristo vendría inmediatamente. Pero los acontecimientos de aquellos días solo fueron “principio de dolores de aflicción.” Sin embargo, como explicó Jesús: “De ningún modo pasará esta generación hasta que sucedan todas estas cosas.” Esa generación de personas que vivía durante e inmediatamente después de la I Guerra Mundial se está acercando ahora a su fin. Este hecho, aunado a otros acontecimientos de nuestro día, es una fuerte indicación de que este sistema de cosas está muy cerca de su fin completo. Pero, ¿cuál será la posición de usted cuando llegue ese tiempo? Depende de lo que haga ahora para obtener una posición correcta con Dios.—Mat. 24:3, 8, 34.