Se solicita: un sistema económico eficaz
LA ECONOMÍA del mundo occidental no ha sido la misma desde el verano pasado. De hecho, jamás será la misma de nuevo.
El 15 de agosto de 1971, cuando el presidente Richard Nixon le dio el golpe de muerte al sistema que había estado usando el mundo occidental, empezó un largo período de incertidumbre.
El paso que dio el presidente creó una pesadilla económica para el mundo no comunista. Desde entonces esas naciones han estado buscando un nuevo sistema económico, uno que sea eficaz.
Pero, ¿por qué fue desechado el antiguo? ¿Qué esperanza hay de que uno nuevo sea más eficaz que el antiguo que fracasó?
El antiguo sistema económico
El sistema económico anterior se estableció en una conferencia de naciones occidentales que se reunió en Bretton Woods, New Hampshire, EE. UU., en 1944. Se formó lo que fue llamado el Fondo Monetario Internacional, un arreglo al cual se unieron con el tiempo más de cien naciones no comunistas.
¿Cuál era el fundamento de ese sistema? Se basaba en el dólar estadounidense. En ese tiempo los Estados Unidos eran el país más poderoso del mundo y su moneda era la más fuerte. De modo que las naciones concordaron en fijar el valor de su moneda en relación con el dólar.
Concordaron en que no permitirían que su moneda fluctuara más del 1 por ciento hacia arriba o hacia abajo de los valores establecidos. Esta estabilidad haría mucho más fácil el comercio mundial, puesto que los gobiernos y los comerciantes sabrían a todo tiempo el valor de su moneda en términos de la moneda de otro país. Esto hacía relativamente fácil determinar los precios que deberían cobrarse por los productos de algún país, puesto que no había necesidad de considerar gran fluctuación en los tipos monetarios.
También se concordó en que el dólar estadounidense formaría la moneda de reserva básica del Fondo. Y si una nación acumulaba demasiados dólares debido a salir con superávit en su comercio con los Estados Unidos, podría devolver aquellos dólares de papel y obtener oro a 35 dólares la onza. Así, el sistema económico que se comenzó en 1944 tenía como base el dólar norteamericano, que a su vez estaba garantizado por su inmensa reserva de oro.
¿Por qué sucedió?
¿Por qué se desechó este sistema? ¿Por qué obraron los Estados Unidos, por sí solos, de tal modo que desequilibraran las finanzas de todo el mundo no comunista?
Un industrial norteamericano señaló a una razón básica al declarar que los líderes de los Estados Unidos estaban “gastando por todo el mundo el dinero de los contribuyentes como marineros borrachos.”
Aunque eso quizás sea simplificar demasiado un asunto complejo, ciertamente representa una verdad básica. Desde la II Guerra Mundial, los Estados Unidos realmente han gastado gigantescas sumas de dinero en otros países, principalmente en sus gastos militares, programas de ayuda al extranjero e inversiones comerciales. Aunque tenía un superávit en sus transacciones comerciales, es decir, exportaba más artículos de los que importaba, este superávit no bastó para neutralizar el enorme desembolso en los otros campos.
Por consiguiente, a través del período de después de la II Guerra Mundial, y especialmente en los últimos años, por lo general los Estados Unidos estuvieron gastando más dinero del que ganaban en los países extranjeros. Eso resultó en déficits repetidos en lo que se llama su ‘balanza de pagos.’ De modo que año tras año fue perdiendo dinero en el exterior. ¿Por cuánto tiempo puede un individuo o una compañía seguir haciendo eso antes de meterse en aprietos? Si continúa, el fin es la bancarrota. Tiene que haber un día de ajuste de cuentas tarde o temprano.
Ese día llegó en 1971. Para entonces, los déficits en la balanza de pagos de los Estados Unidos habían llegado a ser tan grandes que en manos de los extranjeros había cinco veces más dólares que el oro de la reserva de los Estados Unidos.
Para empeorar las cosas, por primera vez durante el siglo, de hecho, por primera vez desde 1893, la balanza de comercio, o el equilibrio entre importaciones y exportaciones de la nación, andaba mal. La nación comenzó a gastar más en importaciones de lo que ganaba en exportaciones.
Los años de desembolso militar, ayuda al extranjero y otros desembolsos en el exterior, además de la desastrosa balanza de comercio ahora, estaban llevando a los Estados Unidos hacia la bancarrota en sus tratos financieros con otros países. Sencillamente no estaban ganando suficiente dinero para pagar sus enormes cuentas en otros países.
A mediados de 1971 el secretario de Hacienda John Connally reconoció que la situación financiera de los Estados Unidos se estaba deteriorando velozmente. También se reveló que el déficit en su balanza de pagos durante la primera mitad de 1971 era gigantesco... casi tres veces peor de lo que jamás había sido.
Además, había un enorme déficit de aproximadamente 23 mil millones de dólares en el presupuesto interno para el año 1971, con un proyectado déficit aun mayor para este año de 1972. Y había una alza vertiginosa en los salarios y los precios; la inflación casi no se podía controlar. Esto, a su vez, estaba poniendo el precio de los productos norteamericanos fuera de lo que podían aceptar los mercados mundiales, lo cual empeoraba a mayor grado su situación comercial.
Para fines de julio, la deterioración había cobrado tanta velocidad que era necesario hacer algo. Como informó Newsweek del 30 de agosto de 1971:
“En una conversación en la Casa Blanca con líderes legislativos a principios de la semana pasada el Sr. Nixon ofreció un relato escalofriante de los peligros de la inacción: si hubiera esperado solo dos semanas más, dijo él, el dólar se habría visto frente a la ‘catástrofe.’ Uno que estaba allí pensó que la situación doméstica era tan horrenda como aquélla... e igualmente importante según los cálculos del presidente. ‘Las señales indicaban un devastador cuadro de desempleo para diciembre,’ dijo, ‘quizás más del 9 por ciento.’”
Lo que había llegado a ser dolorosamente obvio era que las normas económicas de los Estados Unidos habían fallado. Inmediatamente había que adoptar medidas drásticas para evitar la “catástrofe,” medidas que el presidente mismo había dicho previamente que no adoptaría. Y una catástrofe económica para los Estados Unidos habría lanzado a todo el mundo no comunista a una calamidad tan severa como la depresión económica de los años 1930, o peor.
Tratando de impedir la catástrofe
Así, pues, el 15 de agosto de 1971 el presidente Nixon se dirigió por televisión a la nación y anunció su plan para tratar de detener el deslizamiento hacia la catástrofe.
Los aspectos principales del programa del presidente incluyeron una “congelación” de precios y salarios durante 90 días; detener la salida del oro prohibiendo que otras naciones intercambiaran dólares por oro; una reducción en los gastos gubernamentales; alivio en cuanto a impuestos para los ciudadanos y el comercio; y un impuesto adicional del 10 por ciento a muchas importaciones de países extranjeros.
Pero al rehusar redimir sus propios dólares por oro, como había concordado hacer en 1944, los Estados Unidos destruyeron el acuerdo de Bretton Woods. Les pareció que no tenían alternativa. ¿Por qué? Porque, aunque los Estados Unidos tenían más de 24 mil millones de dólares en oro en 1948, solo les quedaban un poco más de 10 mil millones a mediados de 1971. ¡Sin embargo, los extranjeros tenían aproximadamente 55 mil millones de dólares en billetes que podían reclamar contra ese oro!
Aunque las otras naciones por lo general habían sido lo suficientemente corteses como para concordar en no cambiar sus dólares por oro, no podían continuar por mucho tiempo haciendo esto sin poner en peligro sus propias economías. Sin embargo, una “carrera súbita” para conseguir el oro habría hecho que los Estados Unidos se declararan en bancarrota y a su vez había puesto en peligro a todas las naciones del Fondo. De modo que se cerró la ventanilla del oro hasta nuevo aviso.
Al cortar del oro el dólar, los Estados Unidos dejaron “flotando” al dólar en los mercados financieros mundiales. Ahora tendría que hallar su propio nivel de acuerdo con la ley de la oferta y la demanda. Y puesto que no le estaba yendo bien al dólar, la demanda de él era muy poca en comparación con otras monedas, especialmente el marco alemán y el yen japonés. De modo que el valor del dólar decayó en relación con otras monedas. Esto equivale a una devaluación del dólar.
Eso simplemente quiso decir que el dólar ya no valía tanto como antes en otros países. Así, por ejemplo, si uno hubiera pagado 100 dólares por un producto alemán, ahora le costaría aproximadamente 105 dólares o más. De hecho, casi todos los productos extranjeros que entraran en los Estados Unidos se harían más costosos.
Se esperaba que este costo adicional animaría a los norteamericanos a comprar menos productos extranjeros, reduciendo las importaciones y ayudando a corregir el déficit de la balanza del comercio. También, puesto que las monedas extranjeras podrían comprar más dólares que antes, esto haría más baratos los productos norteamericanos para otros países, y animaría a éstos a comprar más y seguir corrigiendo la balanza de comercio.
El restaurar su superávit comercial se consideraba vital. ¿Por qué? La U.S. News & World Report hace notar lo siguiente: “Según el punto de vista de Nixon, tiene que restaurarse un superávit en la balanza de comercio de efectos de los EE. UU. a fin de financiar los desembolsos del país en el extranjero en ayuda militar y económica y en inversiones norteamericanas en el extranjero.”
Para animar a las otras naciones a asignar mayor valor a sus monedas, el presidente también impuso el recargo de 10 por ciento. Ese impuesto hace más costosos los productos extranjeros, y desanima a los norteamericanos de comprarlos. Se dijo que cuando las otras monedas hayan sido revaloradas a satisfacción de los EE. UU. se desistiría del sobrecargo. La meta norteamericana es la revaluación del yen japonés en subida del 12 al 15 por ciento, el marco alemán en aproximadamente 8 por ciento, y aumentos más pequeños en otras monedas.
Relacionada con esto estuvo la “congelación” de salarios y precios durante 90 días, después de lo cual se esperaba alguna otra forma de control. Esto ayudaría a detener la inflación. Los precios de los productos norteamericanos no seguirían subiendo tan aprisa, y de ese modo serían más competitivos en el comercio mundial. También se ayudaría a calmar la furia ascendente de los norteamericanos que cada año veían que su dinero compraba menos y menos.
Reacción en el extranjero
¿Cómo han reaccionado a todo esto los otros países? Ralf Dahrendorf, de Alemania Occidental, miembro de una comisión comercial del Mercado Común, dijo: “Pocas expresiones se han usado más extensamente para describir los efectos de la nueva norma económica del presidente Nixon que las de que los socios de los Estados Unidos están ‘asombrados’ y ‘aturdidos.’ Hay varias razones para esto: la rapidez de las medidas, el hecho de que no hubiera consulta y los efectos inmediatos de algunas de las decisiones que se tomaron.”
Lo que fue particularmente sorprendente fue el recargo del 10 por ciento y el rompimiento de la promesa dada 27 años atrás de redimir los dólares por oro. La perspectiva de una disminución de las ventas a los Estados Unidos era una amenaza a la economía de otras naciones; hasta hacía surgir el espectro de un aumento en el desempleo. Como dijo Dahrendorf: “Se calcula que casi el 90 por ciento de las exportaciones de las comunidades europeas a los Estados Unidos, que ascienden a aproximadamente 7 mil millones de dólares, serán afectadas. . . . Hay poca duda de que vamos a ver considerable dislocación del comercio.”
¿Se someterán mansamente a esto las otras naciones? No es probable que puedan hacerlo por mucho tiempo. Comentó Newsweek: “El periódico Pravda del partido comunista ruso no estuvo muy lejos de la verdad al decir que los EE. UU. habían declarado la guerra económica a sus aliados.” Y un banquero dijo que el presidente norteamericano “ha lanzado una granada al regazo de otros, y éstos quizás decidan devolverle otra.”
También hubo reacciones interesantes de la gente común en el extranjero. En un centro de veraneo europeo, los turistas británicos se deleitaban en preguntar a los estadounidenses: “Bueno, ¿cómo se siente uno cuando es pobre?” Y en otro país, cuando un turista norteamericano ofreció pagar por un producto en dólares, el dependiente dijo mordazmente: “No queremos esa basura.”
Acertado, entonces, estuvo un editorial contribuido al Times de Nueva York que declaró: “La ignominia del dólar en los centros financieros mundiales provoca pensamiento serio.”
¿Será eficaz?
¿Será eficaz la acción norteamericana? ¿Sacará a los Estados Unidos de su deslizamiento cuesta abajo? ¿Podrá recuperar el dólar su poder y prestigio anteriores? ¿Saldrá un nuevo sistema económico eficaz de las cenizas del antiguo?
El que surgirá alguna nueva clase de sistema económico internacional era una conclusión segura. El que sea más eficaz que el antiguo queda por verse. La verdad es que ninguno de los políticos o economistas de este mundo sabe realmente lo que sucederá. Como admitió el secretario de Hacienda, Connally: “Hemos despertado fuerzas con las cuales nadie está familiarizado en absoluto.”
Una justipreciación sobria provino de un editorial del Globe and Mail de Toronto, Canadá, por Richard Needham, escrito precisamente antes del período culminante de la crisis del verano pasado. Notando la decadencia de la economía y moneda británicas por décadas, dijo: “El mundo está empeñado en una huida del dólar que es comparable a la huida de la libra esterlina que se ha estado efectuando durante la mayor parte de mi vida. Las razones son muy semejantes; el dólar ya no impone respeto porque el esfuerzo industrial detrás de él ya no impone respeto.”
La similitud de los dos países está allí: ambos han vivido más allá de sus recursos por años y han cesado de producir los mejores artículos a los precios más competitivos. Por consiguiente, Needham dedujo esto: “¿Puede invertirse la tendencia del dólar norteamericano a decaer? Con más exactitud, ¿puede invertirse la tendencia de los EE. UU. a decaer? No lo creo, y en este caso de nuevo tenemos que considerar la libra esterlina británica. Una vez que en una nación empieza el proceso de deterioro, parece que no hay modo de detenerlo.”
Sin embargo, los estudiantes de la profecía bíblica no tienen que depender de las conjeturas de los líderes o economistas mundiales para saber lo que traerá el futuro para las economías de este mundo. Saben lo que encierra el futuro para estas economías porque la Palabra profética de Dios lo aclara: se ha fijado el tiempo en que todas desaparecerán pronto, junto con sus gobiernos. Todos estos sistemas serán reemplazados por un gobierno y una economía que estarán bajo la dirección de Dios.—Dan. 2:44.