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  • g73 22/11 págs. 19-22
  • De soldado del káiser a soldado de Cristo

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  • De soldado del káiser a soldado de Cristo
  • ¡Despertad! 1973
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  • En pos de una carrera militar
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¡Despertad! 1973
g73 22/11 págs. 19-22

De soldado del káiser a soldado de Cristo

PARA principios del siglo, en cierta colonia alemana en el sudoeste de Rusia, la gente aguardaba pacientemente en dos filas fuera de una modesta iglesia los domingos por la mañana. Solo después que un caballero anciano con barba y su esposa entraban a la iglesia caminando entre las dos filas, entraba la gente.

Aquellos dos ancianos eran mis abuelos. Semanalmente recibían el respeto de la congregación porque su devoción religiosa era tan grande que los había impulsado a construir la iglesia de su propio dinero. Mi padre fue el hijo mayor de ellos, y él, a su vez, hizo todo lo que pudo para impartir la misma devoción a sus siete hijos.

Mi entrenamiento religioso en la niñez

Cada mañana antes de comenzar el trabajo de la granja, mi padre reunía a toda la familia y a los trabajadores alrededor de nuestra mesa grande para la lectura de la Biblia. Humildemente se pedía la bendición de Dios, y se expresaba aprecio por el nuevo día y el amoroso cuidado del Creador.

Ese fue el ambiente de mi niñez... tal vez no lo que uno esperaría de alguien que iba a pasar la mayor parte de su vida como soldado.

Cuando llegó el tiempo para que los hijos comenzaran a asistir a la escuela, mi padre emigró a Alemania para que pudiéramos ser educados allí. El estudiar era un placer para mí, excepto cuando se trataba de la instrucción religiosa. Me imagino que se podría decir que en lo que tenía que ver con la religión ‘yo no podía llegar ni a primera base.’

No era que careciera de fe; lo que me apartaba de la religión era la manera en la que nos enseñaban acerca de Dios y sus propósitos. Hasta me aburría la educación para la confirmación en la Iglesia Luterana. El pastor solo parecía cumplir con su obligación. El que nosotros los niños entendiéramos no parecía interesarle. Aunque fui confirmado como miembro de la Iglesia, nunca asistí a los servicios. Sin embargo, guardé en mi corazón lo que mi padre me enseñó.

La I Guerra Mundial

Durante esos años libres de preocupación, vino un cambio que me inició en mi carrera de soldado. Cuando llegué a los once años de edad, Alemania fue a la guerra. ¡Cómo nos emocionó a nosotros los niños ver a los primeros soldados marchar con sus rifles adornados con flores!

Pronto papá se hizo soldado, dejando a cargo de mamá el cuidado de siete pequeñitos. La salud de mi madre no era fuerte, así es que mucho del trabajo pesado recayó sobre mis hombros como el hijo mayor.

Pasó un año y otro, y todavía mi padre no volvía del ejército. Con frecuencia yo faltaba al colegio para ayudar a la familia. Me preguntaba constantemente: ¿Qué puedo hacer para aliviar nuestras dificultades?

Fui al consejero del distrito militar y solicité servir como soldado en lugar de mi padre. El consejero me rechazó porque solo tenía quince años de edad. Sin embargo era tanto lo que yo quería relevar a mi padre que le escribí una carta al káiser alemán, Guillermo II, dando a conocer mi pedido. ¡Qué feliz me sentí cuando se concedió el permiso! Y así, en la primavera de 1918, llegué a ser el soldado más joven del ejército alemán.

Cuando la guerra terminó en noviembre de ese año, todavía era demasiado joven para calcular su daño o para ver claramente las heridas que dejó en tantas familias. Para mí, esos pocos meses como soldado habían convertido a un niño en un hombre. Fue el comienzo de mi carrera militar.

En pos de una carrera militar

La guerra se perdió y el ejército fue disuelto. Empecé a entrenarme como mecánico, determinado a convertirme en un maestro en el oficio. Sin embargo, las condiciones difíciles de los años de la postguerra hicieron de ello una meta difícil de lograr. Entonces llegaron noticias de que a Alemania se le permitiría tener un ejército de 100.000 hombres. Aquí había una oportunidad de ser un perito en mi oficio; podía continuar mi entrenamiento y al mismo tiempo ser un soldado.

Una vez más me uní a la infantería. Aunque me atraía el orden y la disciplina, no me sentía igual para con la asistencia obligatoria a la iglesia el domingo. ¡Qué ridículo, parecía, que como soldados estuviéramos unidos hasta el domingo, día en que se nos separaba; a los católicos se les enviaba aquí y a los protestantes allá!

¿No teníamos un mismo Dios? ¿No leíamos la misma Biblia? ¿Por qué debíamos separarnos por una hora en especial en el nombre de un servicio a Dios? Hasta las ceremonias me parecían infantiles, sin nada de valor en los sermones.

Carrera militar interrumpida

Una lesión en mi rodilla me obligó a interrumpir mi carrera militar. Sin embargo, en vez de regresar a la Iglesia tuve dos experiencias durante este período que me apartaron aún más de ella.

En circunstancias muy tristes, mi esposa y yo perdimos a nuestro primer hijo a la edad de seis meses. El pastor preguntó si debería dar un sermón de 20 marcos o de 25 marcos. Explicó que por los 5 marcos extras tocaría las campanas y daría un sermón mejor. “Así que es el dinero lo que quiere,” pensé. ¡Qué triste, ciertamente!

Esta conclusión fue confirmada por la segunda experiencia, la cual tuvo que ver con mi vecino. Estaba pasando gran necesidad debido al grave desempleo en el país. Prescindiendo de cuán duro trataba, no podía pagar los impuestos de la Iglesia. A pesar de las súplicas que hizo al pastor por comprensión, sus muebles fueron embargados para pagar los impuestos. Aquello fue demasiado para mí. Inmediatamente fui a los tribunales para cancelar legalmente todos mis vínculos con la Iglesia, un paso necesario en Alemania donde la Iglesia y el Estado están estrechamente vinculados. Esto sucedió en 1931.

Un soldado otra vez

En 1934 fui aceptado de nuevo en el ejército para continuar mi carrera militar. Poco tiempo después llegué a ser un oficial. No fue sino hasta 1936, cuando fui transferido a España al estallar allí la guerra civil, que una vez más llegué a estar en contacto con la religión de la cristiandad... ¡los monasterios en España se habían convertido en fortalezas y depósitos de armas!

Cuando en 1939 comenzó la segunda guerra mundial, recibí la responsabilidad de inspeccionar los aeroplanos preparados para la fuerza aérea alemana. Un día, a principios de la guerra, se instaló una gran plataforma adornada en uno de los aeropuertos militares. Las banderas ondeaban, los aeroplanos y las armas estaban en exhibición, y todo el batallón estaba de desfile. Una limousine llegó con los invitados de honor... ¡un sacerdote católico y un clérigo protestante!

¡Qué impresionantes fueron sus discursos! Se nos aseguró que estábamos peleando por una causa justa. Al final de la ceremonia, bendijeron todas las armas.

Termina la II Guerra Mundial

Pasaron seis largos años antes que la guerra terminara. El dios al que esos clérigos oraron aparentemente no había escuchado, porque perdimos otra vez. Junto con mis compañeros, era un prisionero de guerra.

Después de ser puesto en libertad, acudí en busca de ayuda a mi país natal, el cual había recibido los mejores años de mi vida. Aunque había alcanzado el grado de comandante como soldado, cuando pedí trabajo me rechazaron por ser demasiado viejo. Había perdido mis posesiones y mi esposa había muerto. Sin tener un lugar donde vivir, decidí ir a Francia en busca de trabajo.

Mientras estaba en Francia, trabajé en una ciudad que tenía una biblioteca para prisioneros alemanes y cualquier otro que quisiera usarla. Un día mis ojos miraron de estante en estante hasta que descansaron en un rincón donde había unas pocas Biblias. Escondí una en mi chaqueta de trabajo y fui a casa, pues no quería que nadie la viera y se riera de mí.

Por varios días, leí en ella vez tras vez sin entender lo que leía. Durante las horas de trabajo me hallé orando en un momento y al momento siguiente echando maldiciones. Nunca había perdido la fe en Dios, pero ahora estaba buscando conocimiento que no podía hallar.

Aprendiendo la verdad bíblica

Después de tres solitarios años, me volví a casar y volví a mudarme a Alemania. Una hermosa mañana de domingo mi esposa y yo notamos a un pequeño grupo de hombres y mujeres que habían venido de un pueblo vecino en sus bicicletas. Pronto hubo una llamada a nuestra puerta, e invitamos a entrar a un joven.

Él tenía una Biblia y habló acerca de cosas que nunca habíamos escuchado antes, ni siquiera mi esposa que había sido una fiel concurrente a la iglesia. Teníamos muchas preguntas, y el joven las contestó todas de la Biblia. Nos ofreció un libro que dijo que nos ayudaría a entender la Palabra de Dios. Rehusamos la oferta, pero quedamos tan impresionados con lo que habíamos aprendido que nunca olvidamos su visita.

Pasó un invierno. Un día tuve que atender algunos asuntos en el mismo pueblo del cual había venido a visitarnos aquel joven durante el verano anterior. Ya era mediodía cuando inicié el regreso a casa en mi bicicleta. Mientras viajaba, observé a un hombre parado en un lugar público, sosteniendo dos revistas a plena vista. Di vuelta como si alguien me estuviera dirigiendo.

Las revistas eran La Atalaya y ¡Despertad! Nunca antes las había visto. Su costo era de 25 peniques, la cantidad exacta de dinero que tenía conmigo. Obtuve las dos revistas del hombre, el cual quedó tan sorprendido por mi determinación que ofreció venir a visitarme. Dos horas más tarde llegó a nuestro hogar.

Antes que llegara, mi esposa y yo solo tuvimos tiempo para comer una comida ligera y arreglar nuestra pequeña habitación. Mi esposa no había leído más que el título de una revista —“‘La Atalaya’ Anunciando el reino de Jehová”— cuando el hombre llamó a nuestra puerta.

Mi esposa inmediatamente le preguntó: “¿Quién es Jehová? ¿No es él el Dios de los judíos?”

En vez de presentar una larga explicación, nuestro visitante sacó un libro de su maletín. Pero, ¡si era el mismo libro que no habíamos aceptado el verano anterior... “Sea Dios veraz,” publicado por la Sociedad Watch Tower Bible and Tract!

Nos sentamos alrededor de la mesa y leímos juntos el capítulo intitulado “¿Quién es Jehová”? Aprendimos que Él es el Dios que hizo el cielo y la Tierra.

Semana tras semana el hombre regresó para estudiar la Biblia con nosotros, usando el libro “Sea Dios veraz” como nuestra guía. A medida que nuestro estudio progresaba, llegamos a sentirnos igual que el apóstol Pablo cuando las escamas de la ceguera cayeron de sus ojos. (Hech. 9:17-19) Las escamas de ceguera espiritual también se estaban cayendo de nuestros ojos.

Llegando a ser un soldado de clase diferente

Nuestro maestro vino a ser un querido amigo. Materialmente era pobre, quizás aun más que nosotros, pero espiritualmente era rico con las buenas cosas de la Palabra de Dios, las cuales compartía generosamente. Había sido un proclamador de tiempo cabal de las buenas nuevas del reino de Dios desde el fin de la primera guerra mundial, manteniéndose por medio de trabajar parte del tiempo. Sin embargo cuando nosotros progresamos hasta el punto de dedicar nuestras vidas a Jehová Dios, bondadosamente nos dio 10 marcos para que pudiéramos viajar a la asamblea de los testigos de Jehová, donde simbolizamos nuestra dedicación por medio del bautismo.

Así es que una vez más llegué a ser soldado, pero esta vez un soldado de Cristo, según se describe en 2 Timoteo 2:3. Desde entonces, me he entregado con todo el corazón para librar una ‘lucha excelente’ en contra de la oscuridad espiritual y para ayudar a todos los que buscan a Jehová y quieren servirle. Después de mi retiro, nos mudamos al Canadá, y aquí mi esposa e hija continúan sirviendo como ‘precursoras,’ dedicando todo su tiempo a predicar y enseñar a otros acerca de los maravillosos propósitos de Jehová para una Tierra paradisíaca en el futuro cercano.

Aunque mi salud no es tan buena como lo era antes, continúo haciendo lo que puedo en el servicio de Jehová. Cuando fui un soldado del káiser y sus sucesores serví de todo corazón y sacrifiqué mucho. ¿Debería ser diferente ahora?

Como un soldado militar, pensé que había aprendido mucho y que había llegado a ser un hombre. Pero no hallé verdadera sabiduría hasta que estudié la Palabra de Dios, la Biblia. Ahora sirvo con la perspectiva de una verdadera recompensa: vida eterna en el justo nuevo orden de Dios.—Contribuido.

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