Terremoto devasta a Guatemala
Informe de un testigo ocular
Por el corresponsal de “¡Despertad!” en Guatemala
A MENUDO la tierra bajo Guatemala —realmente bajo gran parte de la América Central— ruge. Muchos que viven aquí son prestos para despertar de un sueño profundo, saltar a los pies y lograr estar en la calle antes que se apacigüe el último rugido. Pero a veces hay más que un rugido.
En 1917 un terremoto poderoso causó graves daños a la capital, la Ciudad de Guatemala. Pero fue reconstruida y actualmente es la ciudad más grande de la América Central, con una población de aproximadamente un millón.
Mi esposa y yo vivimos aquí en la Ciudad de Guatemala, de modo que estamos acostumbrados a los frecuentes rugidos. Pero el miércoles 4 de febrero en la oscuridad que antecede a la madrugada, experimentamos una violenta oscilación y sacudida como la cual pocas personas de Guatemala habían experimentado antes. Y tristemente, muchos no salieron vivos de la experiencia.
Algunos han calculado que unas 50.000 personas murieron, pero la cuenta oficial actualmente es un poco más de 23.000 muertos. Unos 74.000 o más fueron lesionados, y más de un millón quedaron sin hogares. En una nación cuya población es de aproximadamente 5.850.000 personas, ¡esto quiere decir que casi una persona de cada cinco se halló sin hogar!
Se le llama a éste el peor desastre en la historia registrada de la América Central, peor que el terremoto que destruyó a Managua, Nicaragua, en 1972. El jefe de la misión de socorro de la Argentina, el Dr. Leandro Salato, hasta expresó la opinión de que fue ‘más devastador que el terremoto del Perú en 1970,’ esto a pesar de que fue mayor el número de víctimas, 70.000, causadas por el terremoto del Perú.
Terror de noche
Después de regresar a casa de nuestro estudio bíblico ese martes por la noche, mi esposa y yo nos acostamos y dormimos profundamente. Así es que no desperté hasta que empezó la violenta oscilación y sacudida. Sin embargo, otras personas informaron que las despertó el acercamiento del terremoto.
Una estadounidense que estaba aquí de visita dijo que oyó lo que ella tomó por trueno lejano. A medida que el ruido se acercó, se hizo más fuerte hasta que era un rugido... un rugido desde lo profundo de la tierra. Esto fue causado por las capas de roca que estaban rompiéndose y reventándose. El sonido aumentó y fue amplificado hasta que en la superficie el efecto fue como ‘el estar entre los motores de dos aviones de reacción.’ O, según lo describió otra persona, “como el sonido de mil piedras siendo sacudidas en el interior de la tierra.”
Como ya mencioné, no desperté hasta que hubo empezado la violenta oscilación y sacudida. ¿Qué hace uno en semejante situación? ¿Trata de salir de la cama cuando alrededor de uno el vidrio está quebrándose y las cosas están cayéndose estrepitosamente? ¿Debería esforzarse por llegar a la puerta y salir a la calle? A medida que pasaban los segundos y las ondas de sacudidas cobraban mayor ímpetu, me di cuenta de que éste no era un temblor común. Pensamientos del techo cayendo sobre nosotros penetraron mi cerebro, y lo único que me hallé capaz de hacer fue arrojarme sobre mi esposa, y tratar de cubrirle la cabeza, y la mía también, para protección.
Por fin cesó la sacudida; la casa dejó de mecerse. Había durado lo que parecía una eternidad... treinta y nueve segundos. Tras esto hubo una calma. Momentáneamente todo estuvo quieto. Ahora pude ponerme de pie. Enseguida supe que habíamos experimentado un terremoto de verdaderamente terribles consecuencias.
La electricidad estaba desconectada; todo estaba oscuro. En las tinieblas, al buscar a tientas una linterna eléctrica de bolsillo, percibía el desorden que mis ojos verían en un momento. Cuando hallé la linterna y la prendí, su rayo confirmó lo que había sospechado. ¿Cómo me escapé de pisar el espejo hecho añicos que había caído de la pared? Los floreros y lámparas estaban en el piso, algunos hechos pedazos. Los platos se habían caído del aparador. El anaquel para libros se había derribado. Al examinar cada habitación, daba gracias de que vivimos en una casa bien construida, de hormigón reforzado con hierro. La hora que azotó el terremoto, según lo indicaba nuestro reloj eléctrico parado, fue a las 3:03 de la mañana.
Casi todos los que sobrevivieron relatan el terror que sintieron esa noche. Un turista de Cedar Rapids, Iowa, que junto con su hija estaba en el hotel Ritz Continental, también despertó de un sueño profundo. Explica:
“Mi primer pensamiento fue de ira... ¡alguien estaba tratando de volcar mi cama! Mi segundo pensamiento: ¡es el Armagedón! Nuestro hotel había sido construido a prueba de terremotos, y me regocijo de ello, porque realmente se meció. Parecía que verdaderamente estábamos suspendidos sobre la calle. Se desconchó el enlucido de las paredes y se hicieron pedazos las ventanas. Hacia el fin, la tierra echó arriba el edificio como lo haría un potro cerril.
“Cuando se detuvo la regurgitación de la tierra, el silencio fue sobrenatural. La gente estaba aturdida. La única descripción es horror, un horror continuo. El señor en el cuarto contiguo tenía una vela. No bajamos las escaleras andando; corrimos. Miré mi reloj de bolsillo; estábamos en la calle antes de las 3:15 a.m.
“Hacía frío, pues la Ciudad de Guatemala está a 1.525 metros sobre el nivel del mar. Podíamos ver nuestro aliento. Después de una hora, nos decidimos a volver a entrar en el hotel y conseguir más ropa. Con la vela en la mano, volvimos a entrar en el hotel oscuro y subimos por la escalera hasta el octavo piso, constantemente atormentados por la posibilidad de otro temblor. En la habitación medio oscura empacamos nuestras pertenencias y volvimos rápidamente a la calle. Cuando partimos de nuestro hogar, requirimos dos días para hacer las maletas; cuando partimos del hotel solo nos tomó diez minutos. Sin embargo, mi navaja de afeitar y nuestros cepillos de dientes se quedaron enterrados en los ripios en el piso del cuarto de baño.”
Mientras tanto, nosotros y nuestros vecinos estábamos reviviendo del susto. Algunos estaban haciendo arrancar los automóviles para sacarlos de debajo de los colgadizos. Y los vecinos estaban poniendo en ellos a sus hijos atemorizados y a los ancianos para protegerlos del frío.
Despejamos una senda por los escombros en nuestra casa, y en ese momento llegó una familia de testigos de Jehová para ver si estábamos bien. Preparamos chocolate caliente y juntos hicimos una oración de gratitud a Jehová Dios por nuestra vida. Pero deseábamos saber cómo lo habían pasado nuestros hermanos cristianos. Hay unos 2.500 Testigos en la ciudad, y aproximadamente 5.000 en Guatemala.
Los resultados... ¿cuán desastrosos?
Lo primero que hicimos fue dirigirnos a la oficina sucursal de los testigos de Jehová, generalmente un viaje de diez minutos en coche. Sin embargo, antes de haber ido dos kilómetros hallamos que los derrumbamientos tenían la carretera periférica parcialmente bloqueada. Por lo tanto procedimos por la zona de viviendas más vieja. Mientras que las subdivisiones más nuevas de casas habían mostrado pocas señas de daño, aquí las fachadas de las casas se habían caído en las calles y las paredes estaban aplanadas.
Ya estaba tan intenso el tráfico como de día. La gente estaba apresurándose a los hogares de sus parientes y amigos. Hombres, mujeres y niños estaban en las calles en su ropa de dormir, en batas y envueltos en mantas. Temían entrar de nuevo en sus casas, o en lo que quedaba de ellas. El polvo de los ladrillos y adobe que se habían caído produjo una atmósfera extraña en lo oscuro de la noche, con solo los rayos de los faros de los automóviles iluminando las calles.
En la oficina sucursal nos fue confortante saber que todos estaban ilesos. Además, no se veía evidencia de que el edificio había sido dañado. El coordinador de la sucursal ya se había ido a averiguar la condición de los Testigos en otra zona. De modo que nos pusimos a visitar a una tras otra de las personas de nuestras congregaciones. Durante las primeras horas de esa mañana los superintendentes y siervos ministeriales de los testigos de Jehová estaban averiguando acerca de sus hermanos y hermanas cristianos. Se enteraron de que algunos habían perdido sus hogares, algunos tenían magulladuras, ¡pero todos habían escapado con su vida!
Con el alba se pudo ver más claramente la evidencia de la intensidad del terremoto. Nos enteramos de que el sismo había registrado 7,5 en la escala de Richter. Dentro de poco se veían centenares de cadáveres cubiertos de sábanas delgadas o pedazos de plástico tendidos por lo largo de las calles. Una radiodifusión dijo: “Está lleno el depósito de cadáveres. Por favor, no traigan más cuerpos.” Más tarde nos enteramos de que unas 800 personas habían muerto en la ciudad.
En las secciones más pobres, miles de casas se habían desplomado, dejando sin hogar a decenas de miles de personas. En ciertas zonas no quedaron más que montones de escombros. Pero en otras secciones las casas mejor construidas de las clases media y alta quedaron relativamente sin daños. Sin embargo, muchas iglesias sufrieron daños extensos. Cerca de mi casa, una iglesia católica moderna, de ladrillo, fue demolida.
Los funcionarios calcularon que el 20 por ciento de todos los edificios en la capital habían sido destruidos por completo; 40 por ciento habían sido dañados a tal grado que no podían ser usados. La pérdida del país se ha fijado en más de 5.000 millones de dólares. Así es que la Ciudad de Guatemala se convirtió en una ciudad de campamentos. Hasta los acaudalados, por temor de que ocurrieran más sismos grandes, durmieron en sus automóviles o algunos afuera en su césped o debajo de cobertizos improvisados.
A pesar de las penalidades, por lo general la gente manifestó un espíritu excelente. Los testigos de Jehová se quedaron juntos y se ayudaron unos a otros. Hallamos que había treinta y cinco de ellos durmiendo en un abrigo temporario que se había arreglado en la calle. Afuera tenían un lugar para cocinar al fuego construido de los adobes que habían caído. Todos estaban alegres y hasta recibían gustosamente a las visitas.
No obstante, había ansiedad. Lo que contribuía a esto eran las docenas de temblores que se sentían diariamente por algún tiempo después. Uno que ocurrió el viernes 6 de febrero registró 5,5 en la escala de Richter. Derribó paredes que ya estaban arruinadas y causó deslizamientos de tierra. Creo que el turista de Iowa describió muy bien lo que fue vivir aquí después del terremoto principal.
“Un médico de nuestro grupo tuvo que ayudar con los muertos y lesionados,” explicó él. “Un cuadro que este médico dijo que nunca olvidaría fue el de una joven. No tenía lesiones visibles, pero estaba muerta, y él pensó que fue del susto.
“A las 8 de la mañana el guía que teníamos para el viaje recomendó que nos mudáramos a Antigua Guatemala, una ciudad a unos 55 kilómetros al sudoeste. Tardamos cinco horas en llegar allí en camión, debido a que los derrumbamientos obstruían los caminos y además éstos estaban llenos de gente aturdida, aterrada. Los de las aldeas estaban en camino al pueblo, los del pueblo a las aldeas, todos procurando saber de sus parientes.
“Las sacudidas y temblores continuos retumbaban por el valle y se repetían como un eco. Al que andaba le causaba una sensación muy extraña. El suelo no le sentía normal. Era como andar en lodo, pero los pies no se le hundían. En otras palabras, la tierra firme simplemente no estaba firme.
“En nuestro hotel en La Antigua, todos vivimos en el jardín alrededor de la piscina. Allí comíamos, el personal del hotel preparaba nuestras comidas allí, y allí dormíamos, o mejor dicho, tratábamos de dormir. Todos temíamos estar dentro de un edificio en caso de que ocurriera otra sacudida grande.
“Fue un horror que no cesaba, miasmas de terror. El domingo 8 de febrero cuando nos llevaban en coche al aeropuerto, vimos a soldados quemando a montones de cuerpos. Vimos aldeas en que pocas paredes permanecían erectas.”
Al principio muchos de nosotros en la Ciudad de Guatemala no teníamos idea de la magnitud de la destrucción. El miércoles por la mañana la radio de las Fuerzas Armadas de los EE. UU. dijo que el epicentro del terremoto había estado cerca de Gualán, a unos 170 kilómetros al nordeste de la Ciudad de Guatemala. Pronto los informes de las zonas alejadas del centro empezaron a llegarnos uno por uno y confirmaron nuestra sospecha de que la destrucción hubiese sido peor en otros lugares.
Peor de lo que nos hubiésemos imaginado
Primero oímos que El Progreso, al nordeste de nosotros, había sido allanado; hubo más de 2.000 muertos. Entonces recibimos noticias de directamente al norte de nosotros de que las aldeas de San Juan Sacatepéquez y San Pedro Sacatepéquez fueron destruidas, y que miles de personas habían muerto. Por último vino el mensaje estremecedor acerca de la devastación completa que había sufrido el departamento central de Chimaltenango, con sus muchos pueblos indígenas. ¡Se informó que más de 13.000 personas fueron muertas!
Así es que la zona que sufrió el peor azote está situada a unos 20 kilómetros al norte de la Ciudad de Guatemala, y se extiende por unos 241 kilómetros del este al oeste. Pero nos preguntábamos si la situación realmente podría ser tan terrible como se había informado.
Solo se necesitó una visita a uno de estos pueblos cuyas casas estaban construidas casi enteramente de adobe para convencernos. El viernes 6 de febrero visité a San Pedro Sacatepéquez, que queda a menos de 20 kilómetros al norte de la Ciudad de Guatemala. Escasamente había quedado un edificio erecto; el lugar estaba en ruinas. Las tapias caídas de las casas obstruían las calles del pueblo. La iglesia católica fue destruida, y la gente todavía se hallaba en estado de choque. Ya se había enterrado a la mayoría de los muertos, pero todavía estaban sacando restos de los escombros.
Vi a un hombre que estaba trabajando con una paleta, tratando de desenterrar sus pocas posesiones de los ripios amontonados que en un tiempo había sido su hogar. Lo único que pude ver fue la parte superior de su mesa de pino. Otro estaba arrancando el techado de metal de las vigas caídas en un esfuerzo por salvar algo para la reconstrucción.
El sábado pude llevarles alimento a las congregaciones de los testigos de Jehová en algunas de las regiones montañosas que habían sufrido el mayor daño. A pesar de estar obstruidos los caminos por los derrumbamientos, fue posible llegar hasta Patzicía, Zaragoza, Tecpán y Comalapa. En Comalapa tanto el alcalde como el juez de paz habían muerto. Debido a que había tantos muertos y se temían las epidemias, muchos habían sido enterrados en masa en sepulcros comunes.
Ahora cuando uno va en auto de un lado al otro de estos pueblos montañeses, ve que todo está arrasado. La única diferencia entre los hogares y las iglesias es que los montones de ruinas formados por las iglesias son más grandes. Estos pueblos son, o más bien fueron, pueblos indígenas. Aproximadamente el 43 por ciento de la población de Guatemala se compone de indígenas, y sus comunidades rurales fueron las que sufrieron mayor daño.
Los sobrevivientes en los lugares que visitamos no tenían agua y tenían muy poca comida. La mayoría de ellos no tenían abrigo contra el viento y la temperatura fría de la montaña, que de noche baja a 5 y 6 grados. El viento llevaba el polvo de los adobes secos, desmoronados que casi asfixiaba a uno; en muchos lugares el polvo tenía 15 centímetros de espesor.
Miles de personas que se habían acostado el martes por la noche, nunca despertaron. Sus paredes de adobe se desplomaron, dejando caer sobre ellos techos pesados de tejas. Un nativo que sobrevivió al desastre dijo del adobe: “Es de la tierra y es nuestro ataúd.”
Muchos que salieron vivos pero lesionados sufrieron horriblemente. Puesto que los derrumbamientos tenían obstruidos los caminos, en muchos casos pasaron días antes que la asistencia médica llegara a las víctimas. Un médico informó: “Han estado echados aquí sufriendo dolor por días. A menudo la hinchazón es grave. En muchos casos los huesos rotos, especialmente los de las piernas, han salido por la superficie de la piel. A menudo las heridas están expuestas, infectándose rápidamente.”
Llegamos a saber que la hijita de un Testigo de Tecpán había sufrido una pierna quebrada. Otros Testigos también sostuvieron lesiones. Pero lo que nos asombró fue que ninguno había muerto. ¡De hecho, en ninguna parte del país había muerto un Testigo en el terremoto! Sin embargo, algunos sí perdieron miembros de su familia.
Un Testigo informó que la catástrofe había acabado con veinticinco de sus parientes cerca de Tecpán. El jueves llegó a la aldea donde vivían, y halló que ya habían sepultado a quince miembros de la familia. No había suficientes ataúdes, ni madera para hacer otros, para enterrar a los demás. Les explicó a los que estaban encargados de los restos que los muertos vuelven al polvo de todos modos, y recomendó con ahínco que pusieran los cuerpos en el suelo lo más pronto posible para evitar una epidemia.
Un representante viajante de los testigos de Jehová, que estaba visitando a una congregación de Gualán cerca del epicentro del terremoto, informa: “Es difícil describir el horror de andar entre los muertos y oír los gritos de los lesionados atrapados en los escombros.
“Muchos Testigos salieron arrastrándose de debajo de sus casas aplastadas. Algunos recibieron asistencia médica a la luz de una vela. El Salón del Reino fue dañado, pero puede ser reparado. Debido a mi visita, muchos Testigos de las zonas circundantes no habían vuelto a sus hogares, sino que estaban durmiendo en el Salón del Reino la noche del terremoto. Esto bien puede haberles salvado la vida.”
Es difícil comprender el alcance de la tragedia, aun para nosotros que estamos aquí. Poco más de una semana después del terremoto, el presidente Laugerud García informó que la destrucción que habían sufrido unos 300 pueblos y aldeas fue de más del 40 por ciento. En algunas aldeas el hedor de muerte persistió por muchos días después del desastre. Camiones y helicópteros entregaron cal para que la esparcieran sobre los sepulcros poco profundos que se habían cavado apresuradamente.
Como evidencia de la violenta moción de la tierra hay una tremenda grieta que atraviesa el distrito rural entre la Ciudad de Guatemala y el golfo de Honduras. ¡En algunos lugares tiene 2 metros y medio de ancho y 3 de hondo! Se informó que era peligroso viajar en la carretera Panamericana porque había en ella muchos derrumbamientos.
Pero a pesar de ser tan terrible la destrucción, la gente está reponiéndose. Lo que ha ayudado a hacer posible este recobro es la tremenda cantidad de ayuda que han recibido de tantas fuentes.
Ayuda viene de muchas partes
Más de cien países enviaron ayuda. Día y noche durante semanas se veían aviones en los cielos que traían médicos, obreros de socorro, medicamentos, hospitales portátiles, carpas, alimento, ropa y frazadas. Sin embargo, fue difícil hacer que esta ayuda llegara a los pueblos y aldeas alejadas del centro. Cuando no era posible viajar por los caminos, se utilizaron los helicópteros para entregar las cosas necesarias, pero aun así a veces el socorro tardó días para llegar a zonas donde se precisaba.
Cuando llegaba el socorro, los aldeanos se portaban bien en la crisis, formando fila de modo ordenado para recibir alimento y atención médica. Un obrero de socorro de los Estados Unidos comentó: “Si esto fuera en los Estados Unidos, ya hubiese ocurrido violencia. Aquí se quedan en su lugar en la fila y esperan. Ni siquiera hay un soldado aquí para mantener orden.”
Los testigos de Jehová de América Central y de otros lugares también se dieron prisa en enviar ayuda. El mismo día del terremoto, los Testigos de El Salvador trajeron alimento y ropa. Al día siguiente, llegaron provisiones de Nicaragua. Honduras envió carpas y material galvanizado para techos. Las organizaciones sucursales de los testigos de Jehová de América Central y el centro de dirección de la Sociedad Watch Tower en Nueva York contribuyeron miles de dólares, y también hicieron donaciones individuos compasivos. Y en Guatemala misma las congregaciones de las zonas menos afectadas han provisto ayuda generosa en la forma de alimento y otros artículos necesarios además de dinero.
Como resultado, nos fue posible entregar muchas toneladas de alimento y ropa a los necesitados. Ciertamente fue un privilegio participar en llevar las provisiones a los pueblos y aldeas circundantes. En lugar tras lugar fuimos los primeros que llegaron allí con socorro. Por ejemplo, se informó que el primer camión que llegó con provisiones a Rabinal, un pueblo severamente azotado que está a unos 50 kilómetros al norte de la Ciudad de Guatemala, fue un camión de nuestra oficina sucursal.
Puesto que previmos que habría una escasez de madera y de material galvanizado para techos, entre las primeras cosas que hicimos fue comprar madera áspera de pino y material galvanizado para techos. Entonces Testigos diestros en construcción cargaron un camión con un aparato generador de fuerza motriz y sierras eléctricas y fueron a los pueblos y aldeas devastados de Chimaltenango. Allí se pusieron a erigir habitaciones de 2,74 metros por 2,74 metros para los Testigos que habían perdido sus hogares. Podían erigir una estructura de esta clase en una hora. Así sucedió que antes que otras agencias pudieran llegar con carpas a estas zonas, los testigos de Jehová tenían albergue.
Dos Salones del Reino en la Ciudad de Guatemala fueron severamente dañados, y tendrán que ser reedificados. Las congregaciones en otros pueblos también hallaron sus lugares de reunión arruinados. Pero los Testigos no están desanimados. Están muy ocupados en reconstruir. Tienen confianza en el futuro.
¿Por qué esa confianza?
Básicamente, se debe a su punto de vista espiritual. Entienden el significado de los grandes terremotos de la actualidad y, a pesar de la destrucción y aflicción que los terremotos a menudo causan, los testigos de Jehová ven en ellos razón para confiar en el futuro. Pero la población que es predominantemente católica romana tiene un punto de vista deprimente.
Lo siguiente sirve para ilustrar esto: Mientras visitaba a San Pedro Sacatepéquez el viernes después del terremoto, vi a un hombre que estaba escarbando con las manos y rebuscando en los restos de su casa; me dijo descorazonadamente: “Este es un castigo de Dios, porque hemos sido gente muy mala.”
¿Dónde, quizás se pregunte usted, consiguió él, y muchos otros entre esta gente humilde y trabajadora, semejante idea? La respuesta se hizo patente al día siguiente. El cardenal católico de Guatemala, Mario Casariego, dijo lo siguiente, según se le citó en el diario principal del país:
“En los momentos de las grandes calamidades de los pueblos, espontáneamente acude la enseñanza de la Sagrada Escritura: Dios ama y porque ama corrige, endereza, despierta. . . . ¿Y no habremos resistido tanto que hemos obligado a Dios a obrar así?” Entonces agregó que el ayudar a reedificar la catedral y otras iglesias que habían sido destruidas sería “el símbolo de un auténtico y personal volver a Dios.”—El Imparcial, 7 de febrero de 1976, página 6.
Pero los testigos de Jehová saben que la Biblia no enseña que Dios causó este terremoto para castigar a la gente. ¡De ninguna manera! Más bien, la Biblia predijo que “la señal” del fin de este inicuo sistema de cosas que está cerca, y de la presencia de Cristo en el poder del Reino, incluiría “grandes terremotos, y en un lugar tras otro pestes y escaseces de alimento.” Y después de dar “la señal,” el gran profeta Jesucristo siguió diciendo lo siguiente para infundir ánimo: “Al comenzar a suceder estas cosas, levántense erguidos y alcen sus cabezas, porque su liberación se acerca.”—Luc. 21:7-28; Mat. 24:3-14.
Por eso los testigos de Jehová, cuando ven evidencia tan poderosa como este terremoto de que se está cumpliendo la profecía bíblica, alzan la cabeza porque tienen confianza en que está muy cerca el nuevo sistema de cosas prometido por Dios. Hallamos que la gente perpleja de Guatemala ahora se muestra especialmente dispuesta a recibir este mensaje consolador de la Palabra de Dios. (2 Ped. 3:13; Rev. 21:3, 4) Aun antes del terremoto, cuando N. H. Knorr, un miembro del Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová, visitó a la Ciudad de Guatemala en diciembre de 1975, más de 5.000 personas se reunieron para oír el discurso bíblico que pronunció en el parque de béisbol en el Hipódromo del Norte. ¡Los concurrentes fueron más de dos veces mayor que la cantidad de Testigos que hay en la Ciudad de Guatemala!
El año 1976 habría de ser un año de gran importancia aquí. Un letrero en el edificio municipal de la Ciudad de Guatemala dice: 1776 DOSCIENTOS AÑOS 1976. El 6 de enero la ciudad había iniciado la celebración de su segundo centenario. La capital anterior había sido destruida por un terremoto, y el 6 de enero de 1776, se ocupó oficialmente la nueva capital.
Por lo tanto, en enero de 1976 había un ambiente de optimismo respecto al futuro de la Ciudad de Guatemala moderna, creciente. Pero cuando uno ve a personas que trabajan juntamente para reconstruir, y que confían en las profecías verídicas de la Palabra de Dios, ciertamente hay aun más razón para tener confianza de que será brillante el futuro de esas personas.
[Comentario de la página 4]
“La tierra echó arriba el edificio como lo haría en potro cerril.”
[Comentario de la página 6]
“El suelo no le sentía normal. Era como andar en lodo, pero los pies no se le hundían.”
[Comentario de la página 8]
“No había suficientes ataúdes, ni madera para hacer otros.”
[Mapa de la página 5]
(Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación)
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