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¡Despertad! 1981
g81 8/2 págs. 16-21

Nuestra búsqueda de la fama en el cuadrilátero

ERA el 21 de enero de 1966. Mientras estaba sentado en el taburete de mi rincón del cuadrilátero, presentía que estaba por fin al umbral de la fama y la fortuna. Solo me quedaba ganar esta pelea para ser proclamado campeón español de los pesos pesados. El próximo paso sería el campeonato europeo.

De repente, el sonido del gong interrumpió mis pensamientos, y empezó el primer asalto. Mi contrincante, Mariano Echevarría, evidentemente compartía mis ambiciones y entramos en un duelo durísimo que duró 12 asaltos. Ambos éramos fuertes y pegábamos sin piedad. Aquel día llegué a ser el campeón español de los pesos pesados... una victoria por puntos.

Aun de niño, en mi pueblo natal de Toro, Zamora, en el noroeste de España, se me conocía como peleón callejero. Aunque se me educó en un colegio católico, la enseñanza no me hizo cambiar. Después de la escuela me sumí en una vida de delincuencia e inmoralidad.

Con el tiempo me enamoré de una chica del pueblo, pero ella no quería aceptarme a menos que yo cambiara mi forma de ser. Por lo tanto, empecé a reformarme hasta cierto grado, aunque continuaba con ganas de pelear. Ya que la única manera legal y “noble” de hacerlo era como boxeador, empecé en el boxeo. En 1963 representé a España en los Juegos Mediterráneos celebrados en Nápoles, Italia, y gané una medalla de bronce. Sin embargo, en vez de intentar calificar para los Juegos Olímpicos de Tokio del año siguiente, decidí pasar a las filas de los profesionales. Después de todo, pensé, si estaba arriesgándome valdría más ser remunerado por ello.

Pero ¿de qué me valió? Seis meses después de haber ganado la corona de los pesos pesados españoles, mi contrincante, Echevarría, me derrotó en seis asaltos. Ya no era campeón. Durante los siguientes cuatro años peleé en 23 combates, de los cuales gané 11, perdí nueve y tres terminaron en combate nulo. Poco a poco empecé a darme cuenta de que me estaban manipulando los empresarios y gerentes para hacer prosperar carreras ajenas. Para 1969 un periodista deportivo me calificó de “víctima propiciatoria.” En dos ocasiones, porque necesitaba dinero, colaboré en lo que llamamos en español un “tongo,” que significa una pelea manipulada. Cuando rehusé colaborar en un trato similar en 1967, el árbitro se aseguró de que yo perdiera. Por fin me di cuenta de que en muchos casos los campeonatos se resuelven en los despachos de los empresarios y no en el cuadrilátero.

Temprano en mi carrera persuadí a mi hermano menor, Carlos, a probar su suerte en el boxeo. Aquí tenemos su versión del relato:

Mientras Francisco cosechaba éxitos como boxeador, yo ganaba carreras a campo través. Sin embargo, admiraba a Francisco y tendía a seguir su ejemplo.

Un día, en 1963, Francisco llegó a casa y anunció que había hecho arreglos para mi primera pelea. Con la aprobación de la Federación de Boxeo de Valladolid iba a pelear contra un boxeador llamado Sánchez en un combate programado para tener lugar en nuestro pueblo natal. Me sentía nervioso, pero no podía fallar a mis paisanos. El resultado fue que gané por k.o. en el segundo asalto. La muchedumbre se desbordó de entusiasmo, me sacaron a hombros y me pasearon por el pueblo. Yo estaba eufórico por el éxito. Con aquella primera experiencia de victoria quedé contagiado por el “virus” del boxeo y también empecé a soñar con la fama y la fortuna en el cuadrilátero.

Me trasladé a Madrid para conseguir el entrenamiento y las peleas adecuados. En 1965, y de nuevo al año siguiente, llegué a ser el campeón amateur de España en mi peso. Se me seleccionó para el equipo nacional español para pelear contra Francia y, a nivel regional, contra equipos en Alemania y Portugal. Todos estos combates de aficionado me sirvieron como trampolín en el camino a una carrera profesional.

Por fin llegó el día por largo tiempo esperado... el 23 de noviembre de 1966. Mi debut profesional en Madrid fue contra Ben Bachir. Gané por k.o. Poco me imaginaba entonces que me encontraría con Ben Bachir años después en medio de circunstancias muy diferentes. Entonces, una serie de adversarios internacionales empezaron a caer ante mis puños, algunos por k.o. y otros por puntos. Pero la pelea que más impacto me causó tuvo lugar en Barcelona el 30 de diciembre de 1969, contra Bernard Daudu, boxeador nigeriano con experiencia.

Aunque yo era persona callada y reservada fuera del ring, una vez empezada la pelea me transformaba en una salvaje máquina golpeadora, con el único fin de noquear a mi contrincante. Recuerdo las palabras de un preparador que tuve en mis días de amateur: “Cuando entres en el ring acuérdate de que tienes que acabar con tu contrario como sea. Sal con odio en tu corazón y destrózalo. Es tu enemigo. No le tengas piedad.”

Al iniciarse la pelea mis golpes fallaban el blanco. El público se impacientaba. Quería sangre. Era una pelea de ocho asaltos y solo me quedaba uno más. Estaba en mi rincón escuchando el consejo precipitado de mi preparador: “¡Acaba con él en este asalto o, por el contrario, perderás!” Con eso me hirvió la sangre y al sonido del gong salí lleno de furia y odio. De repente, a medio asalto, le di un crochet o gancho de izquierda en el mentón, seguido de un golpe de la derecha al hígado. Se dobló en las cuerdas y lo castigué de nuevo. Cayó a la lona para la cuenta reglamentaria.

Terminadas las breves formalidades de anunciar la victoria, rápidamente abandoné el cuadrilátero, me cambié de ropa y regresé en tren a Bilbao. Cuando bajé del tren, ahí estaban mi esposa y mi hermana esperándome, pero parecían estar preocupadas. ¿Qué había pasado? Me dieron la noticia. ¡Daudu había muerto de una hemorragia cerebral!

Es difícil describir mi reacción al oír aquella noticia. Lloré mucho y amargamente. No podía creer que mis puños hubieran causado la muerte de un hombre.

¡Qué extraña es la naturaleza humana! ¡Con qué facilidad buscamos razones para justificar nuestro comportamiento! Pronto empecé a hallar excusas para justificar mi continuación en el boxeo. Otros que tenían un interés en mi carrera ofrecieron su consejo: “Fue un accidente. El boxeo es un deporte. Tú no tienes la culpa. A lo mejor ya estaba tocado de la pelea anterior.” “Ahora es tu oportunidad para sacar beneficios de la fama que has logrado.” Pero en lo más profundo de mi interior nada de esto me agradó. Sabía que el boxeo lo había matado, pero yo había sido el verdugo que había administrado el golpe de gracia.

Tres meses más tarde estaba de vuelta en el cuadrilátero, en Madrid. En la televisión querían saber cómo me sentía en relación con mi carrera después de aquella trágica experiencia. Les contesté que estaba resuelto a continuar en el boxeo.

Una victoria tras otra me condujo por fin a mi gran oportunidad el 25 de diciembre de 1970. Fue el combate para el cetro de los superwelters de España. El lugar: Bilbao, Vizcaya. Mi rival: José María Madrazo, un veterano. Pero yo era más joven y más fuerte, y en el sexto asalto lo tuve en la lona dos veces. Lo estaba castigando mucho y por fin el árbitro interrumpió el combate y me concedió un k.o. técnico. Por fin había logrado lo que mi hermano había conseguido cuatro años antes. Había llegado a ser campeón español.

Pero más de un año antes de que yo alcanzara esta meta, mi hermano Francisco se había retirado del boxeo. ¿Por qué? Que lo cuente él.

Aunque me consideraba más bien ateo que católico, cuando los testigos de Jehová me visitaron tuve curiosidad por saber lo que creían. Admiraba su valor. Evidentemente eran sinceros. Aunque yo no creía todo lo que enseñaban, estaba interesado en conocer y entender la Biblia. Con la ayuda semanal de los Testigos estudié la Biblia junto con el libro de texto La verdad que lleva a vida eterna. Los Testigos nunca mencionaron el boxeo. Sin embargo, cuando estudiamos el capítulo 14, “Cómo identificar la religión verdadera,” me di cuenta de que la marca identificadora sobresaliente del cristiano debería ser el amor. Aprendí que Jesús había dicho: “En esto todos conocerán que ustedes son mis discípulos, si tienen amor entre ustedes mismos.” (Juan 13:35) El libro continuaba explicando: “Tiene que ser un amor que afecte profundamente cada aspecto de la vida cotidiana de uno.” En mi caso, eso incluía el boxeo.

Se acercaba una pelea muy especial. Mi hermano Carlos y yo íbamos a figurar en el mismo programa, San José I y San José II, como se nos conocía profesionalmente. Medité profundamente acerca de mi situación, pidiendo la guía de Dios en oración. ¿Debería continuar y podría yo continuar en el boxeo y aún llamarme cristiano? Después de mucho escrutinio profundo de mí mismo decidí que la pelea en la plaza de toros de Bilbao, el 17 de octubre de 1969, sería la última para mí.

Cuando anuncié a la prensa mi retirada del ring por razones de conciencia religiosa, fue una auténtica sensación. Carlos no podía creer que cuatro meses de estudio bíblico podían causar tal cambio en mí. Mis “amigos” en el mundo del boxeo intentaron hacerme cambiar de opinión. Me ofrecieron la oportunidad de aspirar al cetro europeo, con una bolsa valiosa en juego. Aunque necesitaba el dinero, no vacilé en mi decisión.

Me retiré con mi familia a mi pueblo natal de Toro, donde desde entonces he librado otra clase de pelea, la contienda cristiana. La verdad bíblica ha cambiado mi personalidad. Para ilustrar lo que quiero decir, hace algún tiempo, al efectuar visitas de casa en casa para considerar la Biblia, un hombre fornido amenazó con tirarme escaleras abajo. En el pasado eso habría sido provocación suficiente para que le noqueara con un par de ganchos al mentón. En lugar de eso, aplaqué con calma su mal humor y terminé la conversación pacíficamente.—2 Tim. 2:24-26.

No ha sido fácil transformar mi personalidad, cambiar el uso de los puños por la facultad de raciocinio. Pero sin duda estoy más contento de estar con mi familia, labrando la tierra, cuidando los animales y sirviendo a Dios de una manera modesta. ¡Qué contraste con los focos deslumbrantes del ring y la sed de sangre de la muchedumbre veleidosa!—Rom. 12:1, 2; Col. 3:10, 12.

Aunque mi decisión de abandonar el ring desconcertó a Carlos, él continuó en su carrera. Que diga él lo que ocurrió después:

Alrededor de un año después de la retirada de Francisco, alguien llamó a mi puerta. Era el mismo Testigo que le había visitado a él. Le hice entrar y después de una conversación me invitó a estudiar la Biblia. Pensé para mí: “El saber no ocupa lugar,” y de todos modos tenía curiosidad por saber lo que había influido tanto en mi hermano. Así acepté un estudio, pero hice constar que yo nunca abandonaría el boxeo por la religión.

Creo que tuve mi primera gran sorpresa cuando comprobé los diez mandamientos en el libro bíblico de Éxodo. Yo creía que los conocía de carretilla de mis días escolares, pero estos mandamientos de la Biblia diferían de la versión eclesiástica. Por ejemplo, yo nunca había oído el segundo mandamiento, que prohíbe el uso de imágenes en la adoración. Se ocultaba esta omisión en la versión eclesiástica por medio de dividir en dos el décimo mandamiento. Ese fraude fue una sorpresa reveladora para mí.—Éxo. 20:4-6.

Después de solo unos pocos estudios bíblicos empecé a tener una verdadera lucha con mi conciencia. Mi esposa aceptaba la verdad cristiana y pude percibir que mis días en el boxeo terminarían si continuaba estudiando la Biblia. Por lo tanto, algunas semanas me excusé del estudio y, en otras ocasiones, sencillamente esperaba que al hermano se le olvidara presentarse. No obstante, la Biblia hacía mella en mi forma de pensar. Me di cuenta de eso cuando defendí mi cetro de los superwelters el 10 de octubre de 1971, contra Ángel Guinaldo, de Salamanca.

Cuando subí al cuadrilátero el público gritó: “¡Duro con él, San José! ¡Acaba pronto con él!” “Machácale con la izquierda,” y expresiones semejantes. Allí estaba mi rival, en su rincón, esperando la oportunidad de arrebatarme la corona. Mientras tanto, la conciencia me estaba molestando. Me vinieron a la memoria las palabras de la Biblia en 1 Juan 4:20: “El que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede estar amando a Dios, a quien no ha visto.” Un diluvio de otros textos inundaba mi mente, condenando mi acción, mientras yo buscaba razones para justificar lo que estaba a punto de hacer.

Sonó el gong. Me encontré cara a cara con mi contrincante. A medida que peleábamos, mi conciencia no me dejaba en paz. Empecé a preguntarme: “Pero, ¿qué hago yo aquí? ¡Dios mío, perdóname!”

Todo pareció durar una eternidad. Pero encarecidamente quería retirarme del boxeo como campeón reinante. Mi amor propio estaba envuelto. Quería que la gente supiera que abandonaba el boxeo por amor a Dios y no por haber perdido el título.

Por fin la pelea terminó, pero no con mi golpe característico que ponía fuera de combate a mi contrincante. ¿Había ganado, o perdido? Esperé ansiosamente la decisión. El árbitro anunció... combate nulo. ¡Aún era el campeón!

Ahora se me consideraba oficialmente como aspirante al título europeo. Durante años había trabajado y peleado para conseguir aquella oportunidad. Estaba bajo presión de todos lados... de la conciencia y de mis preparadores de boxeo. Constantemente estudiaba la Biblia y asistía a las reuniones cristianas. Como consecuencia, había una fuerza que impulsaba mi mente. En términos boxísticos, la Biblia me tenía contra las cuerdas y yo estaba a punto de besar la lona. ¿Cómo podría yo resistir textos tales como: “Aporreo mi cuerpo y lo conduzco como a esclavo, para que, después de haber predicado a otros, yo mismo no llegue a ser desaprobado de algún modo,” y: “El amor no obra mal al prójimo”?—1 Cor. 9:27; Rom. 13:10.

Me las arreglé para dejar pasar varios meses sin aceptar otra pelea. Entonces, en febrero de 1972, recibí una carta de la Federación de Boxeo, avisándome que tenía un plazo de quince días en el cual defender mi título o perderlo. Me dirigí a Jehová en oración y pedí su ayuda y guía. Esa ayuda vino y anuncié mi retirada del ring sobre la base de mis principios religiosos.

Aquella noticia ciertamente provocó una reacción en los medios informativos. Me entrevistaron dos veces en la televisión para que explicara mis motivos. Muchos hinchas o entusiastas criticaron mi decisión. Pero por fin estaba en paz conmigo mismo. Había ganado una victoria verdadera.

A veces la gente me pregunta si estoy arrepentido de haber abandonado el boxeo. Eso me hace recordar el comentario al pie de una fotografía de prensa en la cual aparecemos Francisco y yo en pantalón de boxeo, con las manos vendadas para un combate. Rezaba: “Carlos y Francisco San José, frente a frente. Aunque en distintas categorías, los dos hermanos buscan en la efímera gloria del ring una compensación a sus esfuerzos.” Noten: “efímera gloria.” “Efímera” viene de una raíz griega que significa literalmente algo que dura un solo día. ¡Cuán cierto es esto en el mundo del boxeo!

He llegado a tener contacto con algunos ex-boxeadores, anteriormente famosos. Constituyen un penoso espectáculo. Siempre están añorando su breve gloria marchitada. ¿Dónde están sus “amigos” ahora? ¡Cuántas veces he visto que un boxeador sólo tiene “amigos” cuando está ganando, y cuando esos “amigos” están ganando dinero como resultado de sus victorias! Empieza uno a perder, y los “amigos” se esfuman.

En cuanto a la fortuna... ciertamente yo no gané ninguna en el boxeo. Alrededor de un tercio de la bolsa se usa en cubrir los gastos de entrenamiento y del gerente. Y lo demás sirve para mantener a la familia durante los meses entre pelea y pelea.

Sin embargo, desde que llegué a ser Testigo he ganado mucho más de otras maneras. Ahora tengo amigos genuinos cuya amistad se basa en valores verdaderos y duraderos, más bien que en la gloria reflejada de un ídolo. Son mis hermanos espirituales con los que comparto la predicación de las “buenas nuevas” en San Salvador del Valle, Vizcaya, aquí en el norte de España. Y al participar en esta obra tengo el privilegio de ser un testigo del personaje más importante del Universo, Jehová Dios.

Cuando asisto a las asambleas cristianas, éstas a menudo me hacen recordar mis días de boxeador, por el mero hecho de que se celebran en palacios de deportes donde hace años yo peleaba como púgil. Tal fue el caso en 1978, en la asamblea internacional de Barcelona, que incluyó el Palacio Municipal de Deportes, donde yo había contribuido a truncar la vida de un boxeador nigeriano. ¡Qué contraste! En lugar de un público sediento de sangre que pidiera a gritos un k.o., había una muchedumbre que amaba la paz escuchando la Palabra de Dios en un ambiente que respiraba amor y tranquilidad.

Anteriormente, en 1974, cuando asistí a la asamblea de distrito de los testigos de Jehová en el campo de fútbol de Salamanca, vi caminando hacia mí a un Testigo fornido que me parecía conocido. Me miró, pasó de largo y entonces se volvió para mirarme de nuevo, al mismo tiempo que yo estaba mirándole a él por segunda vez. Atónitos, exclamamos al unísono, “¡Pero tú debes ser Ben Bachir/San José II!” Y así era. Nosotros, que anteriormente habíamos sido enemigos en el ring, estábamos ahora unidos como hermanos cristianos.

Francisco y yo estamos contentos de haber abandonado aquel mundo sórdido del boxeo, con su crueldad y violencia, avaricia, manipulación y explotación. Hemos encontrado un mejor modo de vivir, el camino cristiano del amor, que ofrece un galardón duradero, la aprobación de Dios y la vida eterna.—Heb. 11:6; Rom. 6:23.

[Comentario en la página 17]

“Por fin me di cuenta de que en muchos casos los campeonatos se resuelven en los despachos de los empresarios y no en el cuadrilátero”

[Comentario en la página 18]

“Sabía que el boxeo lo había matado, pero yo había sido el verdugo”

[Comentario en la página 19]

‘Aprendí que el cristiano debe tener un amor que afecte profundamente cada aspecto de su vida cotidiana. En mi caso, eso incluía el boxeo’

[Comentario en la página 20]

“En términos boxísticos, la Biblia me tenía contra las cuerdas y yo estaba a punto de besar la lona”

[Comentario en la página 21]

‘Efímera gloria... que dura un solo día. ¡Cuán cierto es esto en el mundo del boxeo!’

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