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  • ¿Cómo puedo evitar la desilusión?
  • ¡Despertad! 1983
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¡Despertad! 1983
g83 8/12 págs. 16-18

Los jóvenes preguntan...

¿Cómo puedo evitar la desilusión?

‘LO ÚNICO que hago es estudiar para los exámenes’, dice Kenny. ‘Siempre estoy bajo constante presión, y a cada instante mis padres están detrás de mí.’ No obstante, algo peor que sentirse presionado a triunfar es la desilusión que produce el fracaso. Como lo expresó Debbie, de 12 años de edad: “Si fracaso en un examen, eso es suficiente para echarme a llorar”.

Pero no es probable que el fracasar en un examen sea la primera —ni la última— gran desilusión que sufras. Por ejemplo, puede que trates de expresar una opinión inteligente y que un adulto te menosprecie como a un “chiquillo”. Tal vez quieras lucir la ropa elegante que visten los demás estudiantes de la escuela, y tus padres te digan que sencillamente no tienen los medios para comprártela.

Sin embargo, no hay nada que saque a relucir las mejores (o las peores) características de tu personalidad como el sufrir una gran decepción. La desilusión puede ser, pues, el crisol del cual se forje la fortaleza de la personalidad cristiana. No obstante, cuando las ilusiones de uno quedan frustradas, es difícil ser muy filosófico al respecto. La Biblia dice que “la expectativa postergada enferma el corazón” (Proverbios 13:12). Y cuando lo que uno espera no se realiza en absoluto, se pierde la moral y la confianza en uno mismo.

Toma, por ejemplo, al rey Acab del antiguo Israel. Cerca de su casa había una viña que él quería convertir en huerta. Cuando abordó al dueño, le dijo: “Dame tu viña [...] y déjame darte en lugar de ella una viña mejor que ella. O si es bueno a tus ojos, ciertamente te daré dinero como precio de ésta”. El dueño contestó: “Es inconcebible por mi parte, desde el punto de vista de Jehová, que yo te dé la posesión hereditaria de mis antepasados”. Es que en Israel la tierra se consideraba como una herencia sagrada de parte de Dios. No debía venderse permanentemente. (Ve Levítico 25:23-28.)

Pero aparentemente el rey estaba tan acostumbrado a que sus caprichos fueran satisfechos que, cuando no pudo salirse con la suya, “entró en su casa, sombrío y decaído”. Desplegando una actitud infantil, “se acostó sobre su lecho y mantuvo su rostro vuelto, y no comió pan”. (1 Reyes 21:1-4.)

Aunque la manera como Acab se “enfrentó” a su problema no es obviamente la mejor, es inevitable que todos suframos algunas desilusiones. Sin embargo, ¡con un poco de previsión puedes evitar, ante todo, sufrir algunas decepciones! ¿Cómo?

El apuntar demasiado alto

A menudo el sufrir una desilusión no es tanto cuestión de “expectativa postergada”, como de tener expectativas demasiado altas. Ahora bien, a veces es bueno fijarse metas altas, aspirar a mucho. Pero el esperar salir siempre vencedor es un modo seguro de buscarse una desilusión. “El tiempo y el suceso imprevisto” hacen del mejor de nosotros su víctima (Eclesiastés 9:11). Salomón también dijo que “la sabiduría está con los modestos” (Proverbios 11:2). La persona modesta evita a menudo la angustia que produce el fracaso, pues conoce sus limitaciones. Se fija metas realistas y modestas.

Por ejemplo, el conseguir un empleo pudiera ser una buena meta. Pero en el atestado mercado laboral de hoy día, vale la pena aceptar los empleos menos populares. Cierto joven, que no podía conseguir un empleo regular, tomó la iniciativa por medio de podar céspedes y palear nieve. Es cierto que él todavía dice: “¡Quisiera tener un verdadero empleo!”. Pero el dinero que gana es muy real; y la experiencia que adquiere, de incalculable valor.

¿Qué hay de tu vestimenta? Algunos jóvenes insisten en vestir sólo ropa de ciertas marcas o estilos de última moda. Pero ¿tienes en realidad que ir ataviado de pies a cabeza con la ropa confeccionada por un diseñador para vestir con gusto? Entonces, ¿por qué has de lamentarte si tus padres no pueden pagar precios extravagantes por tu ropa? Si compras con prudencia, todavía puedes vestir bastante bien y, al mismo tiempo, evitarte —y evitar a tus padres— mucha molestia.

Un joven llamado Paul señala a otro tipo de desilusión que es común. “A veces, cuando uno empieza a hablar a un adulto —dice él—, es como hablar a una pared.” Es comprensible que tú, también, quizás te sientas frustrado cuando personas adultas —especialmente tus padres— no parezcan tomarte en serio. Claro, a veces los padres no escuchan. Permiten que se corte la comunicación. Pero ¿les prestas atención siempre a ellos? ¿Cabe la posibilidad de que ése sea un defecto mutuo?

La Biblia describe a un hombre llamado Timoteo, de probablemente treinta y tantos años de edad, a quien se le dijo: “Que nadie jamás menosprecie tu juventud”. Aun a su edad, eso no quería decir que él podía exigir automáticamente el respeto de las personas mayores. Él tenía que ‘hacerse ejemplo para los fieles en el hablar, en conducta, en amor, en fe, en castidad’ (1 Timoteo 4:12). Pero podía ganarse el respeto de los demás siguiendo el consejo de Pablo. Así que, reconoce qué lugar ocupas tú en la vida y esfuérzate por desarrollar juicio sano y buena conducta. La estima de las personas adultas vendrá como resultado natural.

“[...] Antes de un ruidoso estrellarse”

Proverbios 16:18 dice: “El orgullo está antes de un ruidoso estrellarse, y un espíritu altivo antes del tropiezo”. No obstante, a menudo los jóvenes se buscan una amarga desilusión debido a que se esfuerzan con ardor por sobresalir en lo académico o en los deportes. La idea de ser “el número uno” halaga muchísimo la vanidad de algunos jóvenes.

Pero el Dr. James P. Comer dice que “es muy probable que [los jóvenes] equiparen el desempeñar un buen papel con el ser un ser humano de mérito. Ese concepto erróneo puede llevar a la arrogancia, la frustración, o a otras actitudes exasperantes”. Por ejemplo, cierta adolescente era una estudiante de calificaciones excelentes. No obstante, pronto se cansó de la competencia despiadada que había por obtener las mejores calificaciones en la escuela a que asistía. Al no sentirse movida a aprender, comenzó a recibir notas mediocres y hasta suspensos. Al parecer, el temor a fracasar fue demasiado para ella. Pero ¿no pudo ella haberse evitado mucho sufrimiento si se hubiera esforzado por aprender, en vez de obligarse a eclipsar a los demás?

La competencia en los deportes puede tener consecuencias similares. Gary era un competidor entusiasta del fútbol y hasta soñaba con una carrera profesional en los deportes. Dice: “Seguí la norma que fijaron mi padre y mis hermanos. Papá era el vendedor número uno de la compañía para la cual trabajaba, y simplemente no podía hacer frente al fracaso. Mis hermanos, también, eran magníficos atletas. Puesto que mis entrenadores me lavaron el cerebro para que creyera que podía ser mejor que ellos, yo, también, desarrollé la obsesión de ser ‘el número uno’”. Lleno de expectativas que manifestaban arrogancia, Gary se estrelló contra la realidad. Aunque se reciba el mejor entrenamiento, es difícil, si no imposible, ser en realidad “el número uno”. ¡Y qué desilusionado se sintió cuando aprendió que el atletismo no es todo gloria y adulación! Las lesiones que tullen, la violencia, la inmoralidad sexual y hasta las drogas eran también parte de ese modo de vida. Gary también observó cómo entra furtivamente el espíritu de competencia en el matrimonio de algunos atletas, y causa tensión marital. ¡Y qué decepcionante es enterarse de que, de entre muchos miles de atletas talentosos, solo algunos centenares pueden en realidad ganarse la vida mediante los deportes! De modo que Gary tomó una decisión difícil: Dejó los deportes de competencia. Gary todavía disfruta de los deportes, pero ahora piensa que “son solo un juego, y así es como deberían considerarse”.

La Biblia aconseja: “No nos hagamos egotistas, promoviendo competencias unos con otros, envidiándonos unos a otros” (Gálatas 5:26). La competencia desenfrenada solo pone de manifiesto las peores características de la gente. Por supuesto, uno se siente estupendamente bien al ser “el número uno” en algo. Pero también puede ser un logro estar entre los primeros 10, o hasta entre los primeros 100 en ese respecto. Salomón también dijo: “Y yo mismo he visto todo el duro trabajo y toda la pericia sobresaliente en el trabajo, que significa la rivalidad de uno para con otro; esto también es vanidad y un esforzarse tras el viento”. (Eclesiastés 4:4.)

Claro, es inevitable sufrir algunas desilusiones. Cómo afrontarlas será el tema de un artículo futuro.

[Comentario en la página 17]

“Es muy probable que [los jóvenes] equiparen el desempeñar un buen papel con el ser un ser humano de mérito. Ese concepto erróneo puede llevar a la arrogancia, la frustración, o a otras actitudes exasperantes.”—Dr. J. P. Comer

[Ilustración en la página 17]

Muéstrate dispuesto a realizar labores humildes

[Ilustración en la página 18]

La competencia muy porfiada lleva a menudo a amarga desilusión

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