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  • ¡Sigo viva! Con la ayuda de un riñón artificial

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  • ¡Sigo viva! Con la ayuda de un riñón artificial
  • ¡Despertad! 1985
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¡Despertad! 1985
g85 8/1 págs. 18-22

¡Sigo viva! Con la ayuda de un riñón artificial

“A USTED le quedan entre 10 y 15 años de vida.” Éste fue el triste cálculo que hicieron mis médicos allá en 1965. Pero en realidad no fue una sorpresa. Yo había estado teniendo dificultades con los riñones por casi diez años. El problema fue empeorando poco a poco hasta que finalmente me fallaron los riñones. Dosis masivas de antibióticos aliviaron la enfermedad, pero los médicos no tenían mucha esperanza en cuanto a mi futuro.

A pesar de las predicciones espantosas, decidí dedicar mis “últimos” años a servir a Dios. Mi esposo, Bill, era superintendente viajante de los testigos de Jehová y en aquel entonces estaba supervisando una zona extensa, o distrito. A pesar de que mi salud estaba decayendo, yo quería seguir acompañándolo; y eso fue lo que hice durante los diez años subsiguientes. Pero en 1975 los riñones me fallaron por completo. Para entonces Bill era superintendente de un grupo más pequeño de congregaciones, un circuito, situado en Sheffield... la famosa ciudad del acero. Felizmente, Sheffield también era famosa por la investigación de problemas renales. Por eso, cuando estuve demasiado enferma para viajar 260 kilómetros (160 millas) en ambulancia hasta un hospital de Londres, el especialista en riñones con quien consultamos en Sheffield consintió en tratarme.

Para cuando llegué al hospital, los desperdicios de mi cuerpo se habían acumulado a tal grado que yo estaba vomitando constantemente. Para contrarrestar esto, me pasaron tubos por las narices hasta el estómago y así extrajeron parte de las sustancias nocivas. Este procedimiento se repitió aproximadamente cada media hora por varios días. Entonces me sometieron a la diálisis peritoneal. Después de administrarme anestesia local, los médicos me introdujeron en la parte inferior del abdomen un tubo plástico angosto. Entonces, por medio de una pieza en forma de Y, se conectó el tubo con dos bolsas de dializado que colgaban de una percha. Esto funcionaba de manera sencilla. La gravedad vaciaba el fluido en el abdomen. El fluido permanecía dentro de mí por 20 minutos absorbiendo las impurezas de la sangre. Luego se bajaban las dos bolsas al suelo y se desaguaba el fluido. Este ciclo se repetía durante 48 horas, y todo el proceso tenía que repetirse semanalmente. El fluido que escapaba y empapaba la cama contribuía a la incomodidad que este desagradable proceso me causaba. Pero mi cuerpo se adaptó a él, y tengo que admitir que el tratamiento me ayudó muchísimo durante los cuatro meses que duró.

¿Encadenada a una máquina?

Aunque la diálisis peritoneal era útil, con el tiempo sería necesario que me conectaran un riñón artificial. Esto significaba que yo tendría que someterme a dos pequeñas operaciones llamadas fistulizaciones... proceso en el cual se ensancha una vena. Esto facilita el introducir las agujas que se utilizan en el tratamiento con el riñón artificial (hemodiálisis). La primera fistulización no surtió efecto. La sangre se coaguló. Sin embargo, ellos hicieron otro intento en el brazo derecho, y tuvieron éxito. Así que, después de haber pasado cuatro meses en un hospital, fui transferida a otro hospital en julio de 1975. Allí vi por primera vez un riñón artificial.

Creo que aquél fue uno de los peores períodos de mi vida. Al ver aquella máquina me di cuenta por primera vez de lo atada que estaría en el futuro. Por el resto de mi vida tendría que estar conectada con una máquina tres días a la semana durante por lo menos seis horas al día, y pasar dos horas más haciendo los preparativos y la limpieza. Además, nunca podría separarme de la máquina por largos períodos. Después de una vida en que había gozado de libertad y había podido servir a Jehová Dios dondequiera que hacía falta, esta máquina parecía una terrible carga.

“Usted tendrá que aprender”

La hemodiálisis es un método fascinador. Primero se introducen dos agujas en las venas. Una bomba peristáltica extrae la sangre a través de una aguja y una tubería de unos metros conectada con el riñón artificial. Este riñón es lo que, de hecho, depura la sangre. De ahí la sangre pasa por otra tubería plástica hasta la segunda aguja y a través de ésta pasa nuevamente al cuerpo. La máquina en sí simplemente controla el proceso.

El uso de agujas era, y aún es, algo muy difícil de aguantar. El introducirlas es doloroso, y a veces se requieren varios intentos. Esto se debe a que la aguja tiene que pasar a lo largo de la vena, como si se ensartara la vena, y no a través de ella. Si esto último ocurre, la sangre escapa, llena el tejido circundante y provoca una dolorosa hinchazón, o un chichón. A aquello le siguieron los problemas relacionados con el ajustarme mental y físicamente a la rutina.

La máquina me parecía tan complicada que yo creía que nunca llegaría a saber manejarla. Esto, junto con los problemas con las agujas, me afligía hasta el grado de hacerme llorar. Pero cierta enfermera me dijo: “Usted tendrá que aprender a usarla; de lo contrario morirá”.

“Bueno —dije yo—, hay cosas peores que la muerte. La muerte no me aterroriza.”

“Muy bien —dijo ella—. Enfoquemos el asunto desde otro punto de vista. En su trabajo usted hace mucho para ayudar a la gente. Pues bien, las personas necesitan ese tipo de ayuda, así que piense en ellas y en el trabajo que usted puede desempeñar.” Aquello me puso a pensar.

Algo más me animó grandemente. Cuando llegué al hospital, el especialista en problemas renales que estaba de visita dijo a la enfermera: “Supongo que usted está al tanto de que la señora Bull es testigo de Jehová. Pues bien, asegúrese de que nunca se le dé sangre. No queremos que nadie venga por aquí trayendo botellas de sangre. Asegúrese de que esto se anote en el registro de ella”.

Nos instalamos en una casa

Debido a que yo estaba tan gravemente enferma, se hizo imprescindible que nos estableciéramos en un solo lugar. Pero después de haber estado viajando por años, no teníamos ningún hogar. Parecía casi imposible alquilar una casa, especialmente debido a que por años nunca nos habíamos quedado en ningún lugar por más de unos cuantos días seguidos. Además, no teníamos los recursos para amueblar un hogar. No obstante, mientras estuve postrada en el hospital, mi esposo, Bill, se puso a buscar un lugar donde vivir. Tuvimos presente la promesa de Jehová de que nunca desampararía a sus siervos. (Salmo 37:25, 26.)

Según resultó, a otros dos ministros de tiempo completo se les invitó a asistir a la Escuela Bíblica de Galaad de la Watchtower (una escuela para misioneros). Así, en el preciso momento en que necesitábamos un lugar donde instalarnos, ellos se mudaron, y nosotros alquilamos la casa. Ahora teníamos el problema de amueblarla.

De todas partes del país recibimos dinero y regalos. Por ejemplo, cuando un juego de muebles de segunda mano que necesitábamos muchísimo se ofreció al precio razonable de £155 (entonces $310, E.U.A), lo compramos. Esto nos dejó sin un penique. La mañana siguiente nos llegó una carta de una hermana cristiana a quien no conocíamos y quien no sabía nada acerca de la compra que habíamos hecho. ¡La carta contenía un cheque por la cantidad de £150 (entonces $300, E.U.A.)!

Después que nuestro hogar estuvo listo, salí del hospital, pero tuve que regresar al mismo semanalmente durante cuatro meses para la diálisis peritoneal. Recibí más de 500 tarjetas y cartas de todas partes del país, en las que se expresaba el deseo de que me restableciera y se hablaba de las oraciones que se hacían por mi bienestar. Puesto que yo misma me sentía más o menos inútil, el saber que otros oraban por mí me dio muchísimo consuelo. Durante todo aquel tiempo, Bill siguió sirviendo a las congregaciones de su circuito. Sin embargo, con el tiempo tuvo que tomar la decisión de emprender un trabajo seglar para cumplir con nuestras obligaciones. Así que llegó a ser deshollinador.

La diálisis en casa

Poco después de habernos instalado en nuestro nuevo hogar, recibimos e instalamos una maravilla de la tecnología moderna: el riñón artificial doméstico. Éste mide solo 122 centímetros (48 pulgadas) de alto y 69 centímetros (27 pulgadas) por cada lado. Controla la temperatura, el flujo de la sangre, y la mezcla del fluido dializado con el agua, el proceso mediante el cual se extraen de la sangre las impurezas. Una serie de alarmas relacionadas con estos aspectos de la máquina, y otros, hacen que ésta sea casi a prueba de fallo. No obstante, el manejar la máquina impone a Bill y a mí algunas verdaderas restricciones. En aquel entonces, Bill podía trabajar solo dos días y medio cada semana, pues tenía que estar presente todo el tiempo que yo estaba conectada con la máquina. Sin embargo, en los últimos años, dos amorosas hermanas cristianas vienen a nuestro hogar diferentes días y me atienden durante la diálisis. Si la tensión arterial me baja demasiado, puedo enfermar hasta el punto de desmayarme. Por eso, aunque la máquina es una bendición, el manejarla es una prueba de aguante para todos los implicados. Tres veces a la semana tengo que pasar por esta dura prueba de seis horas.

Después de 18 meses de tratamiento recobré gradualmente cierta medida de fuerzas y pude participar en algunas actividades cristianas. Entonces, en febrero de 1977, el riñón izquierdo, que estaba anormalmente dilatado, empezó a sangrar. Se hizo imposible que recibiera el tratamiento de diálisis en casa, de modo que regresé al hospital. No obstante, fui empeorando a medida que perdía más sangre. Puesto que todos los demás tratamientos habían fallado, se puso delante de mí una última esperanza... las transfusiones de sangre.

La muerte retiene la mano

Aunque estaba enferma y moribunda, rechacé esa oferta. Sabía por mi estudio de la Biblia que si me sometía a ese tratamiento violaría la ley de Dios. (Véase Génesis 9:4; Hechos 15:29.) Pero el recuento de glóbulos sanguíneos bajaba cada vez más. Me sentía cada vez más soñolienta. La hemorragia externa había cesado, pero, por dentro, los glóbulos rojos seguían muriendo. Entonces caí en estado comatoso. Durante los cuatro días y medio que estuve así, la hemoglobina bajó al increíble nivel de 1,8 gramos. Mucho antes de esto se había perdido toda esperanza. Se había informado a mi familia y a mis amistades que yo no duraría toda la noche.

Sin embargo, al quinto día desperté, vi a mi esposo y le dije: “Bill, ¿puedes darme un poco de agua, por favor?”. Me senté en la cama y me la bebí mientras Bill me peinaba el cabello. Pero luego volví a recostarme y me quedé dormida. ‘Éste es el fin’, pensó Bill. Pero en realidad fue un punto de viraje. El personal del hospital quedó sorprendido al ver que empecé a mejorar. “¡Un milagro!”, lo llamaron ellos. Yo lo consideré una vindicación de la Palabra y ley de Jehová.

Entonces empezó un período difícil. Estaba muy débil, no podía caminar y experimentaba una terrible depresión. No obstante, en poco tiempo estaba nuevamente en casa. Yo me creía permanentemente inválida, pues necesitaba que alguien me cargara adondequiera que iba. Sin embargo, el recuento de la hemoglobina empezó a aumentar. A fines de septiembre, el riñón enfermo fue extirpado. Para entonces el recuento de la hemoglobina había subido a 11,9 gramos, ¡y aun después de la operación permaneció al increíble nivel de 10,3 gramos! El cirujano comentó que, de todas las nefrectomías (extirpaciones de riñones) que había llevado a cabo, él nunca había derramado tan poca sangre. Diez días después, cuando me quitaron los puntos, la hemoglobina estaba en 11,3 gramos... una cifra bien alta en el caso de pacientes que padecen de los riñones, muchos de los cuales reciben transfusiones de sangre con regularidad.

Vivo con un riñón artificial

El depender de un riñón artificial significa aprender a vivir con muchas restricciones. No obstante, puedo desempeñar mis quehaceres domésticos y cocinar. También participo con regularidad en la predicación de las buenas nuevas del Reino de casa en casa y asisto a todas las reuniones de congregación. Aunque solo puedo ausentarme de casa por dos o tres días consecutivos (para el cuarto día tengo que hacerme la diálisis), he podido asistir a asambleas de circuito y a asambleas nacionales de los testigos de Jehová.

En cuanto a mi régimen alimentario, tengo que evitar alimentos ricos en potasio y sal; no puedo consumir demasiadas frutas, ni chocolate, ni nueces, ni frutas secas. El único pan que puedo consumir es el blanco y solo puedo consumir bizcochos hechos de simple harina. Lo que puedo beber es un poco de café o té claro. Las bebidas con sabor a chocolate, el vino y la cerveza están prohibidas para mí.

A pesar de todo esto, opino que soy una de las mujeres más bendecidas. Jehová ha cuidado de mí y me ha vigilado de manera muy amorosa. Tengo un esposo devoto que sigue ayudándome en todos los aspectos. Maravillosos hermanos y hermanas cristianos también me han fortalecido mucho durante todos estos años. Además, me faltan palabras para hablar de la bondad que me han mostrado los médicos especialistas, los cirujanos y el personal del hospital. Más de una vez se ha contado a nuevos especialistas y a nuevas enfermeras que yo casi morí debido a una hemorragia, que no quise aceptar transfusiones de sangre, y, sin embargo, ahora tengo un recuento normal de glóbulos sanguíneos.

He aprendido que aunque la muerte es un enemigo, no es un enemigo que debería inspirar temor. Aunque he caminado por el valle de sombra profunda, nunca he tenido que temer nada malo (Salmo 23:4). Sea que vivamos o que muramos, es para Jehová, pues nuestra vida está en Sus manos (Romanos 14:8). A menudo he reflexionado: ‘¿Cómo le puedo pagar de vuelta a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?’ (Salmo 116:12). El don de la vida es ciertamente precioso, un don del cual disfruto ahora gracias a la ayuda de Dios, la amorosa dedicación del personal médico bien capacitado que me ha atendido... y el riñón artificial.—Según lo relató Dorothy Bull.

[Comentario en la página 20]

Puesto que todos los demás tratamientos habían fallado, se puso delante de mí una última esperanza... las transfusiones de sangre

[Comentario en la página 20]

Se había informado a mi familia y a mis amistades que yo no duraría toda la noche

[Comentario en la página 21]

‘Éste es el fin’, pensó Bill. Pero en realidad fue un punto de viraje

[Comentario en la página 22]

He aprendido que aunque la muerte es un enemigo, no es un enemigo que debería inspirar temor

[Fotografía en la página 19]

Tengo que estar conectada con el riñón artificial por lo menos seis horas al día, tres días a la semana, pero sigo viva

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