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¡Despertad! 1985
g85 22/3 págs. 4-10

La felicidad... lo que se requiere para hallarla

USTED tiene que respirar. Tiene que tomar líquidos. Tiene que comer. Tiene que dormir. Todo esto es obvio. El cuerpo le exige esto tan solo para seguir con vida. Pero se necesita más, mucho más, para ser feliz. Se necesitan la ropa y el abrigo, por supuesto. Y, claro, otros artículos materiales de primera necesidad, junto con algunas comodidades y algunos gustos sencillos. Muchas personas dicen que el tener muchísimo dinero las haría felices... no obstante, muchas que son ricas son también desdichadas.

¿Qué necesitamos precisamente para hallar felicidad?

Considere esta ilustración. Compramos un automóvil. El fabricante nos dice lo que el automóvil necesita: combustible en el tanque, agua en el radiador, aire en las ruedas, aceite en el cárter, y así por el estilo. Satisfacemos tales necesidades. El automóvil zumba hermosamente.

Pero ¿cuáles son nuestras necesidades? Son mucho más complejas que las de cualquier máquina. Hay un espíritu en el hombre que tiene necesidades que van más allá de cosas materiales. A menos que se satisfagan las necesidades del espíritu dentro de nosotros, no habrá contentamiento ni felicidad. La felicidad es un asunto interno, por decirlo así. Tiene que ver con el modo como estamos hechos. Hay que satisfacer tanto las necesidades del cuerpo como las del espíritu. Jesús señaló esto: “No de pan solamente debe vivir el hombre, sino de toda expresión que sale de la boca de Jehová”. (Mateo 4:4.)

Tiene que haber un equilibrio entre lo material y lo espiritual. Si se descuida lo uno o lo otro, carecerá de algo. De ambas clases de necesidades, la más crucial es la que con más frecuencia se desatiende. La vida feliz no consiste en un exceso de lujos. La persona feliz no se contenta con el placer que se produce comercialmente, con la idea de divertirse en una discoteca o un club nocturno. Presta atención a la sabiduría de Jesús, quien dijo: “Felices son los que están conscientes de su necesidad espiritual” (Mateo 5:3). Sin embargo, lamentablemente muchas personas ponen lo material antes de lo espiritual, carecen de paz y contentamiento internos, y nunca saben por qué.

Algunos científicos respetables saben por qué: El actual sistema de cosas está equivocado.

El señor René Dubos declara: “La tecnología científica está actualmente llevando a la civilización moderna por un rumbo que será suicida si no se cambia de dirección a tiempo. [...] [Las naciones acaudaladas] obran como si la satisfacción inmediata de todos sus caprichos e impulsos fuera el único criterio de conducta [...] Por lo tanto, no solo está en juego el asolamiento de la naturaleza, sino el mismísimo futuro de la humanidad. [...] Dudo que la humanidad pueda tolerar mucho más tiempo nuestro ridículo modo de vivir sin perder sus mejores sentimientos humanos. El hombre occidental escogerá una nueva sociedad, o una nueva sociedad lo abolirá”.

El escritor Erich Fromm concuerda, pero opina que “la nueva sociedad y el nuevo hombre son posibles solo si se sustituyen las viejas motivaciones del lucro, el poder y el intelecto por nuevas motivaciones: la existencia, el compartir, la comprensión”. Alude a informes comisionados por el Club de Roma en que se declara que solamente mediante drásticos cambios económicos y tecnológicos podría la humanidad “evitar una catástrofe de gran magnitud y finalmente mundial”. Fromm dijo que estos cambios solo podrían venir si primero “hay un cambio fundamental en la estructura del carácter del hombre contemporáneo. [...] Por primera vez en la historia, la supervivencia física de la raza humana depende de un cambio radical del corazón humano”. Albert Schweitzer concordó en que los problemas “han de resolverse, como último recurso, solamente mediante un cambio interno de carácter”.

‘¿Un cambio fundamental en el carácter del hombre? ¿Un cambio de corazón?’ ¡Sí! Y la Biblia señaló eso hace 19 siglos. “Cesen de amoldarse a este sistema de cosas —dijo la Biblia—, más transfórmense rehaciendo su mente.” De nuevo: “Desnúdense de la vieja personalidad con sus prácticas, y vístanse de la nueva personalidad, que va haciéndose nueva en conocimiento exacto según la imagen de Aquel que la creó”. (Romanos 12:2; Colosenses 3:9, 10.)

¿“Según la imagen de Aquel que la creó”? ¡Sí! ¡La imagen de Jehová Dios, a semejanza de quien fue creado el hombre! (Génesis 1:27, 28.) Ésa es la imagen que el hombre debe tratar de reflejar. Así fue hecho el hombre. Eso es lo que determina cuáles son sus necesidades espirituales. ¡Y satisfacer tales necesidades es lo que se requiere para hacer feliz al hombre!

Jehová es un Dios de propósito, y trabaja para llevar a cabo Su propósito. El hombre, a Su imagen, también necesita hacer trabajo que tenga un propósito significativo. Esto presenta un problema. “En medio de las condiciones industriales modernas —dice el siquiatra Smiley Blanton—, cada vez más personas hallan que ellas [...] no son más que piezas diminutas, por regla general, de una enorme máquina dirigida por una distante administración corporativa. El trabajo ha llegado a estar especializado y fragmentado hasta el punto de tener poco significado intrínseco, y el trabajador mismo llega a ser un pedal anónimo que otro pisa.”

En medio de este sistema, la mayor parte del trabajo produce tensión y carece de significado. No obstante, necesitamos desesperadamente que la vida tenga significado. El siquiatra Viktor Frankl escribió: “El esforzarse por hallar significado en la vida de uno es la principal fuerza movedora dentro del hombre. [...] No hay nada en el mundo, me atrevo a decir, que ayudaría tan eficazmente a uno a sobrevivir hasta a las peores condiciones como el conocimiento de que la vida de uno tiene significado”.

Pero ¿cómo podemos sentir que nuestra vida es significativa? En la inmensidad del universo, nuestra Tierra es una partícula. Cada uno de nosotros es solamente uno de más de cuatro mil millones de lo mismo sobre esta partícula. Cada uno es un poco más grande que una amiba. ¿Qué importancia podemos tener? Hasta la Biblia dice que el hombre es como la hierba que se seca, la flor que se marchita, la sombra que pasa, la neblina que aparece pero pronto desaparece (Salmo 103:15, 16; 144:4; Santiago 4:14). A no ser que [...] a menos que podamos comunicarnos con el gran Poderoso que creó el universo. A no ser que ese Poderoso que también nos creó tenga un propósito en mente para nosotros. Sólo entonces puede nuestra vida ser realmente significativa y durar más que la hierba, la flor, la sombra, la neblina.

Y ése es exactamente el caso. El hombre fue creado por Dios, recibió el trabajo de cuidar de la Tierra y sus plantas y animales. Éste era un trabajo muy significativo... que la humanidad desgraciadamente no ha desempeñado. No solo lo ha dejado sin realizar, sino que en realidad ha arruinado la Tierra en vez de cuidarla (Génesis 1:28; 2:15; Revelación 11:18). Al hacer esto, ha quitado a su vida el único significado duradero que tiene a su disposición.

La gente necesita a Dios, tiene un vivo deseo interno que ejerce presión sobre las personas “para que busquen a Dios, por si acaso busquen a tientas y verdaderamente lo hallen, aunque, de hecho, no está muy lejos de cada uno de nosotros” (Hechos 17:27). Este Grandioso Creador se refleja en los cielos y en la tierra a nuestro alrededor. Sus cualidades invisibles —el poder, la sabiduría, la divinidad— se pueden ver en las cosas que él ha hecho. De modo inexcusable, irracional, muchas personas enseñan que la Tierra y la vida en ella sencillamente evolucionaron por simple casualidad. Al hacer esto, repudian los principios y valores guiadores que tanto necesita el hombre. Conducen a ciegas a sus ciegos seguidores y los apartan de la única oportunidad de alcanzar felicidad profunda y satisfaciente. (Romanos 1:20; Mateo 15:14.)

No obstante, toda la humanidad busca a un dios a tientas, incluso los intelectuales sofisticados, y muchas veces hallan cualquier otro dios menos al verdadero Todopoderoso. Muchos siquiatras reconocen la necesidad inherente del hombre de adorar a un poder superior. El señor Rollo May dijo que, mediante creer en Dios, “la persona habrá adquirido un sentido de su propia pequeñez e insignificancia ante la grandeza del universo y los propósitos de Dios al respecto. [...] Reconocerá que hay propósitos que oscilan en arcos mucho más grandes que su pequeño orbe, y aspirará a ponerse en armonía con ellos”.

El señor C. G. Jung dijo: “La persona que no esté anclada a Dios no puede oponer resistencia con sus propios recursos a las lisonjas físicas y morales del mundo. [...] La religión [...] es una actitud instintiva típica del hombre, y sus manifestaciones se pueden seguir durante toda la historia humana. [...] [La] idea de un ser divino todopoderoso está presente en todas partes, si no se reconoce conscientemente, entonces se acepta inconscientemente [...] Por eso considero que es más sabio reconocer la idea de Dios conscientemente; de lo contrario, otra cosa se convierte en dios, por lo general algo muy impropio y estúpido”.

Toda la historia humana proclama más allá de toda duda que el hombre tiene un vivo deseo inherente de adorar. Desde las tribus más primitivas hasta las sociedades más cultas, el hombre ha establecido dioses... muchas veces estúpidamente. Piedras, árboles, una montaña, animales, líderes humanos, el dinero, el vientre, hasta Satanás el Diablo (que es lo que Satanás quería que Jesús hiciera). La filosofía no científica de la evolución se ha convertido en una religión del día moderno para millones de personas... religión basada únicamente en “el dios de la Buena Suerte”. Además, muchas personas que afirman adorar al Dios verdadero rinden solamente servicio de labios y solo se visten de ‘una forma de piedad’ (Isaías 65:11; 2 Timoteo 3:5; Filipenses 3:19; Colosenses 3:5; Mateo 4:9; 7:21). Hasta que se satisfaga apropiadamente esta necesidad adorando al único Dios verdadero, Jehová, junto con todas las demás necesidades, no habrá contentamiento profundamente arraigado ni felicidad duradera para el hombre. Ésta es una parte decisiva de lo que se requiere para que seamos felices.

Jehová es un Dios de amor. Su Hijo, Jesús, dio su vida debido a su amor por nosotros. Los dos mandamientos más grandes son amar a Dios y amar a nuestro semejante. El amor cubre una multitud de pecados. El amor provee disciplina que nos entrena para la justicia. El amor es un vínculo perfecto de unión entre nosotros. El amor es el sello distintivo de los discípulos de Jesús. Ésta es la clase de amor que nunca falla, este benévolo amor agape. (1 Juan 4:8; Juan 15:13; Mateo 22:36-40; 1 Pedro 4:8; Hebreos 12:6, 11; Colosenses 3:14; Juan 13:35.)

Éste es el amor piadoso que el apóstol Pablo describe tan hermosamente en 1 Corintios 13:4-8: “El amor es sufrido y bondadoso. El amor no es celoso, no se vanagloria, no se hincha, no se porta indecentemente, no busca sus propios intereses, no se siente provocado. No lleva cuenta del daño. No se regocija por la injusticia, sino que se regocija con la verdad. Todas las cosas las soporta, todas las cree, todas las espera, todas las aguanta. El amor nunca falla”.

Esta cualidad piadosa del amor es lo que tenemos que reflejar. Es una necesidad espiritual que hay que satisfacer para que seamos felices. “El principio fundamental de la sociedad capitalista y el principio del amor son incompatibles”, dijo Fromm, y añadió: “El amor es la única solución sana y satisfactoria para el problema de la existencia humana [...], la necesidad esencial y verdadera de todo ser humano”. Es una necesidad vital, según el señor Smiley Blanton: “Sin el amor, perdemos la voluntad de vivir. [...] Cierta medida de amor propio es una característica normal de toda persona saludable. El tener una estima apropiada de uno mismo es indispensable para todo trabajo y ejecución. Si somos demasiado severos y autocríticos respecto a nuestra conducta, nuestro sentido de culpabilidad quizás debilite la voluntad de vivir y, en casos extremos, cause verdadera autodestrucción”.

Mucho antes de esto, Jesús señaló al amor a uno mismo, así como al amor a otros, cuando dijo: “Tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo”. El amor, al igual que un músculo, se fortalece por el uso. Por otro lado, el amor, lo mismo que la fe, está muerto si no se apoya en obras. Siembre amor para segarlo. Amor significa dar. “Practiquen el dar, y se les dará.” Sin embargo, el que ama y da no lo hace para recibir algo de vuelta. El dar es en sí la recompensa. Como dijo Jesús: “Hay más felicidad en dar que la que hay en recibir”. Uno da, y recibe, pero no da para recibir. (Mateo 22:39; Lucas 6:38; Hechos 20:35; Santiago 2:26.)

Algo semejante al dar es el compartir, no cosas materiales, sino ideas, experiencias, gozos, anhelos, sentimientos más profundos, incluso penas. Cierto siquiatra dijo: “Una de las formas más profundas de felicidad humana: el disfrute que se comparte”. ¿Ha estado usted alguna vez a solas mirando con admiración una espectacular puesta de Sol y ha deseado que un ser querido haya estado allí para compartirla juntos? ¿O ha recibido buenas noticias animadoras, pero no ha tenido a quién contárselas? ¿O ha mirado fijamente con asombro un océano borrascoso con poderosas olas que chocan contra una costa rocosa y lanzan agua al aire, y se ha afligido porque no tenía a nadie que le acompañara y con quien compartir la vista emocionante? ¿O ha visto siquiera una escena muy triste que le conmovió profundamente, pero que usted nunca podrá transmitir por completo a otra persona? Anhelamos comunicar sentimientos, como dijo el apóstol Pablo: “Regocíjense con los que se regocijan; lloren con los que lloran”. (Romanos 12:15.)

Eso parece sencillo. También es cierto. El siquiatra James Fisher dijo: “Grandes pensadores [...] han advertido acerca de los peligros de procurar tesoros terrestres, y han recomendado sinceramente la vida sencilla”. Los placeres genuinos se hallan en las cosas sencillas y las cosas magníficas que Dios ha hecho: la bóveda de terciopelo negro desde la cual miríadas de estrellas centellean y brillan, el calor del Sol, la frescura de las brisas. La fragancia de las flores, el canto de los pájaros, la gracia de los animales. Las colinas onduladas y los riscos encumbrados. Los ríos impetuosos y los arroyos lentos, las praderas verdes y los bosques densos, el brillo de la nieve cuando le dan los rayos del Sol. El repiqueteo de la lluvia en el techo, el chirrido de un grillo en el sótano, el croar de una rana en la charca, y el chapoteo de un pez que produce ondas que se esparcen bajo la luz de la Luna.

Se halla aun más placer entre personas sociables, pues el hombre fue hecho una criatura social, con la necesidad de pertenecer a alguien. Un pensamiento bondadoso, un toque comprensivo, un gesto tierno, una sonrisa afectuosa, un acto amoroso, la risa de un niño mientras juega, el gorjeo de un bebé en su cuna, la dignidad y sabiduría de una persona anciana, rica en experiencias de la vida... éstas son cosas que satisfacen.

Lo que cuenta es lo que somos, no lo que parece que somos. Es el amor que tenemos, no la posición social que alcanzamos. Es lo que podemos dar, no lo que podemos recibir. Es el tesoro que tenemos en el cielo, no el oro acumulado en la Tierra. Lo que importa es estar contento con poco, más bien que estar inquieto por tener mucho. El joven gobernante rico tenía posesiones, los fariseos parecían santos, pero el joven gobernante rico no era feliz y los fariseos no eran santos. El tener los pensamientos de Dios para hacernos sabios, el utilizar esta sabiduría para encauzar nuestro poder, el seguir Sus principios para asegurar la justicia, el imitarlo en cuanto a mostrar amor... todo esto es necesario para satisfacer los anhelos que él creó en nosotros.

Y todo esto es lo que se requiere para que seamos felices.

[Comentario en la página 5]

La supervivencia “depende de un cambio radical del corazón humano”

[Comentario en la página 7]

“El esforzarse por hallar significado en la vida de uno es la principal fuerza movedora dentro del hombre”

[Comentario en la página 9]

“Sin el amor, perdemos la voluntad de vivir”

[Recuadro en la página 10]

Felicidad mediante la sabiduría divina

“Feliz es cualquiera que obra con consideración para con el de humilde condición.” (Salmo 41:1.)

“Felices son los que observan lo justo, que hacen justicia todo el tiempo.” (Salmo 106:3.)

“¡Feliz es el pueblo cuyo Dios es Jehová!” (Salmo 144:15.)

“Feliz es el hombre que ha hallado sabiduría, y el hombre que consigue discernimiento, porque el tenerla como ganancia es mejor que tener la plata como ganancia y el tenerla como producto que el oro mismo.” (Proverbios 3:13, 14.)

“Feliz es el que está mostrando favor a los afligidos.” (Proverbios 14:21.)

“Feliz es el que está confiando en Jehová.” (Proverbios 16:20.)

“Felices son los que están conscientes de su necesidad espiritual.” (Mateo 5:3.)

La felicidad proviene de aquel mismo que puso dentro de nosotros la necesidad al principio, nuestro Creador, Jehová Dios

[Ilustración en la página 6]

El hombre fue creado por Dios, recibió el trabajo de cuidar de la Tierra y sus plantas y animales

[Ilustraciones en la página 8]

Los placeres genuinos se hallan en las cosas sencillas

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