Alcancé mi meta de la infancia
PUEDO recordar lo primero que quise saber acerca de Dios. En aquel momento mi madre me llevaba de la mano desde la escuela de párvulos a casa. “Mamá, ¿de dónde vino Dios?”, pregunté, mirándola.
“Nadie sabe, hija”, respondió ella. Esto me preocupó porque yo creía que mi madre lo sabía todo. La idea de que ‘nadie sabe de dónde vino Dios’ siguió perturbándome la mente de niñita de cinco años de edad.
Enseñanza bíblica entendible
Dos años después mis padres me permitieron pasar parte de mis vacaciones del verano con una tía y un tío que vivían en Racine, a unas 25 millas (40 kilómetros) de nuestro hogar en Milwaukee, Wisconsin, E.U.A. Mi tía compartió conmigo la maravillosa esperanza que la Biblia ofrece... la de algún día vivir en un paraíso.
Explicó que “paraíso” es un lugar de belleza natural, como un magnífico jardín o parque. Allí uno podría disfrutar de tiempos felices con su familia y jugar con animales como leones y tigres sin temer nada, porque éstos serían tan mansos como gatitos. ¡Uno nunca tendría que irse de este lugar, porque Dios dice que la gente que viva allí nunca tendrá que morir! (Lucas 23:43; Revelación 21:3, 4; Isaías 11:6-9.)
Muchas personas dicen que es difícil entender la Biblia, que ésta no se escribió para ser entendida. Pero los textos bíblicos que describen los detalles de estas cosas no se me hicieron difíciles de entender cuando mi tía me los mostró. Lo que decían era fácil de visualizar, pues estaba en armonía con la experiencia humana... de ningún modo eran cuentos de hada ni fantasías. Las fantasías de la infancia vienen y se van, pero esta esperanza bíblica de vivir en el Paraíso ha ejercido influencia en mi vida durante los pasados 23 años, y todavía es tan real para mí como lo fue cuando yo tenía solo siete años de edad.
No se aprueba toda clase de adoración
Hasta de niña pude comprender que el Dios que se interesa tanto en la gente como para ofrecerle una vida tan deleitosa ciertamente merecía ser adorado. Pero mi tía me mostró que Dios no se complacía en toda clase de adoración. Me hizo buscar el Salmo 115, donde dice lo siguiente acerca de los que adoran del modo incorrecto: “Los ídolos de ellos son plata y oro, la obra de las manos del hombre terrestre. Boca tienen, pero no pueden hablar; ojos tienen, pero no pueden ver; oídos tienen, pero no pueden oír. Nariz tienen, pero no pueden oler. Manos son suyas, pero no pueden palpar. Pies son suyos, pero no pueden andar; no profieren sonido con su garganta. Quienes los hacen llegarán a ser lo mismo que ellos, todos los que confían en ellos”. (Salmo 115:4-8.)
No fue difícil para mí, tampoco, entender estos textos bíblicos. ¡Vi claramente que Dios no aprueba el uso de imágenes en la adoración! Instantáneamente pensé en las estatuas y los cuadros ante los cuales nos arrodillábamos y los cuales besábamos en la iglesia, y en el cuadro de Jesús que yo tenía en mi cuarto, al cual yo dirigía mis oraciones. Me sentí debilitada por lo que llegué a comprender... ¡mi religión, la religión de mis padres, no concordaba con la Biblia! Desde entonces en adelante mi deseo principal llegó a ser adorar a Dios “con espíritu y con verdad”. (Juan 4:23.)
Mi tía tenía una razón particular para mostrarme textos como los del Salmo 115. Ella sabía que mi padre, que era hermano menor de ella, había sido profundamente adoctrinado en el uso de imágenes en la adoración en la religión ortodoxa. Mi padre había venido a los Estados Unidos desde Ucrania después de la II Guerra Mundial, y él, mi madre, mis dos hermanas menores y yo asistíamos con regularidad a la Iglesia Ortodoxa Ucraniana de Milwaukee.
Comienza la oposición de mis parientes
Cuando regresé a casa hablé a mis padres acerca de las cosas que había estado aprendiendo. Pero inmediatamente percibí que a ellos no les gustó que mi tía me hubiera hablado acerca de la religión de ella. Por eso, no dije nada más... y quedé preocupada. Las Escrituras dicen: “Honra a tu padre y a tu madre”, pero ahora mis sentimientos de amor y lealtad estaban divididos entre dos padres... mi padre carnal y un Padre celestial, quien también requería obediencia y honra. (Efesios 6:1-3.)
Por algunos años después de aquello, mis padres continuaron permitiendo que yo visitara a mi tía y mi tío. Mientras estaba con ellos, mis tíos me llevaban a las reuniones que se celebraban en el Salón del Reino, y una joven Testigo hasta me llevó consigo de casa en casa para hablar a otras personas acerca de las promesas de Dios. Los Testigos se interesaban genuinamente en mí, y me trataban como a persona hecha, y a mí me agradaba mucho estar con ellos. Cada vez que yo regresaba a casa, mi padre me preguntaba: “¿Cuál religión te gusta más?”. Yo siempre decía: “La nuestra, papá”. Niñita como era, le tenía demasiado temor para decirle la verdad.
Entonces llegó el día en que decidí que necesariamente tenía que mostrar a papá, con la Biblia, todas estas cosas que había estado aprendiendo... en cuanto a lo incorrecto que era usar imágenes y cuadros en la adoración, y en cuanto al maravilloso futuro de que podríamos disfrutar aquí mismo en la Tierra en el Paraíso que Dios iba a crear. En aquel tiempo yo tenía unos 12 años de edad. Pues bien, mi padre se enfureció y me prohibió visitar de nuevo a mi tía. Desde aquel momento en adelante, mi hogar dejó de ser el mismo. Y a medida que pasaron los años la situación se hizo más tirante.
En vista de esto, ¿qué podía hacer yo? ¿Cómo podría servir a Jehová ahora? Recuerdo que oré fervorosamente a Jehová pidiéndole que no trajera la nueva tierra paradisíaca hasta que yo pudiera estar entre sus siervos. Entonces cierto día, después de haber cumplido 14 años de edad, mis oraciones fueron contestadas.
Me fijo mi meta en la vida
Cierta tarde en que me hallaba sentada ante mi escritorio efectuando mi tarea escolar, miré por casualidad por la ventana de mi cuarto. Al otro lado de la calle había dos muchachas que llevaban bolsos o carteras grandes. ¡Mi corazón se agitó! ¡Parecían Testigos! Salí corriendo de la casa. “¿Son ustedes testigos de Jehová?”, pregunté.
“Sí”, respondieron.
“Yo también”, dije, puesto que me consideraba Testigo. Las jóvenes eran ministras precursoras de tiempo completo. Les expliqué acerca de la oposición que afrontaba en casa, y por eso hicimos arreglos para estudiar juntas en otros lugares. Estudiamos en secreto, cuando se me hacía posible, por cuatro años.
Estos estudios me enseñaron con cada vez mayor claridad que los testigos de Jehová eran el único grupo religioso que enseñaba y practicaba la verdad bíblica. La joven Testigo que me ayudaba a conocer la Biblia me llevó muchas publicaciones para leerlas. Una de éstas fue el Anuario de los testigos de Jehová. La lectura de esta publicación me enseñó que la vida de los siervos de Jehová de ninguna manera era aburrida. Esta publicación anual estaba llena de experiencias de los misioneros. ¡Qué maravilloso sería ser misionera —pensé— y tener la misma clase de emocionantes experiencias en la vida! Aquello llegó a ser mi meta.
Mi familia nunca descubrió nuestro estudio, aunque tenían sospechas de que de alguna manera yo me mantenía en comunicación con los testigos de Jehová. Algo que les daba idea de esto era la literatura bíblica que a veces hallaban en mi cuarto. Mis hermanas —unas gemelas dos años más jóvenes que yo— registraban mis gavetas, miraban debajo de la cama y buscaban por todo el cuarto literatura que pudieran llevar a mis padres para mostrársela. Los únicos lugares donde la literatura estaba segura eran los bolsillos de los abrigos que colgaban en el ropero.
Aumenta la oposición
Mi vida en casa se fue haciendo cada vez más difícil a medida que rehusaba seguir la forma de adoración de mis padres. A veces mi madre no me hablaba por días, y hasta rehusaba contestar cualquier pregunta que yo tuviera acerca de la escuela, la ropa... lo que fuera. Con el tiempo no se me permitió viajar en el mismo automóvil con el resto de la familia. A instancia de mis padres, diversos parientes venían a visitarme para burlarse de mí y de mis creencias.
Había mucho disputar, pelear y llorar en casa. Como resultado de esto, la mayoría de mis años de desarrollo fueron penosos para mí. ¡Qué ayuda era poder leer las palabras de Jesús en Mateo 10:34-37, donde él dice que sus enseñanzas ‘causarían división’ en algunos hogares! Jesús dijo también que el amor que le tengamos a Dios tiene que ser hasta mayor que el amor para con personas que están en tan estrecha relación con nosotros y nos son tan queridas como nuestros propios padres.
Mi padre siempre me advirtió que si llegaba a ser de los ‘Jehovás’ tendría que salir de casa, y yo no tenía razón alguna para dudar lo que él decía. Poco después de terminar mis estudios de escuela secundaria, en 1971, expliqué a mi padre que, puesto que ya tenía 18 años de edad y podía casarme, tenía suficiente edad para escoger mi propia religión... y escogía ser testigo de Jehová. Para aquel tiempo yo tenía empleo y estaba preparada para salir de mi hogar. Pero aunque hubo una discusión acalorada, mi padre nunca me dijo que me fuera. ¡Difícilmente podía creerlo! Jehová estaba bendiciendo mis esfuerzos.
Por qué se oponían
Mis padres eran personas religiosas y sinceramente creían que su forma de adoración era correcta. Estoy segura de que solo deseaban lo mejor para mí. Mi padre había sido director de escuela elemental y maestro en Ucrania, y soñaba con que su prole recibiera educación formal y tuviera una vida de éxito en los Estados Unidos. Nuestros padres querían que nosotras nos desarrolláramos en sentido cultural, y debido a eso aprendimos a tocar instrumentos musicales desde tierna edad.
Ahora parecía que la hija mayor estaba rechazando todo lo que sus padres habían querido para ella, incluso una educación universitaria. No era que yo me opusiera a una educación universitaria en sí, pero mi entendimiento de la Biblia me había convencido de que este sistema de cosas pronto terminaría. Por eso, creía que debería concentrarme en la predicación que salvaría vidas, en vez de envolverme más en un sistema moribundo. Estaba convencida de que lo más importante de todo era enseñar a otros a obtener la vida en el Paraíso de Dios. (2 Pedro 3:13.)
Al mismo tiempo, tengo que admitir que hasta cierto grado yo llevé la culpa por la persecución que sufrí de parte de mi familia. Pues, vea: yo estaba aprendiendo muchas cosas acerca de las enseñanzas religiosas... lo que era verdadero, lo que era falso. Sin embargo, no comprendía que el servir a Dios “con espíritu y con verdad” también abarca el vestirse uno de “la nueva personalidad”, lo cual implica ejercer cualidades saludables como paz, apacibilidad, gran paciencia y autodominio (Efesios 4:22-24; Gálatas 5:22, 23). De modo que no es difícil entender que la desilusión de mis padres fuera intensificada por mi falta de prudencia, y que ellos respondieran con oposición.
Después que le dije a mi padre que me proponía ser testigo de Jehová, empecé a asistir con regularidad a las reuniones del Salón del Reino. Después, en diciembre de 1972, simbolicé mi dedicación a Jehová mediante bautismo en agua. En Marcos 10:29, 30 Jesús dijo: “Nadie ha dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o campos, por causa de mí y por causa de las buenas nuevas, que no reciba el céntuplo ahora en este período de tiempo, casas, y hermanos, y hermanas, y madres, e hijos, y campos, con persecuciones, y en el sistema de cosas venidero vida eterna”. En armonía con la promesa de Jesús, en poco tiempo, estuve adquiriendo amigos entre el pueblo de Jehová, y tales amistades llenaron el vacío de no tener una relación estrecha con mi familia. Algunos fueron precisamente como madres y padres y hermanos y hermanas para mí.
Adelanto hacia mi meta
Todavía quería ser misionera. Pero solo los precursores califican para asistir a la Escuela Bíblica de Galaad, después de lo cual son enviados a asignaciones misionales en el extranjero. Sin embargo, el paso preliminar para lograr aquella meta —empezar a servir como precursora— me presentaría problemas.
Primero, sería otro golpe para mis padres. Ellos habían quedado satisfechos hasta cierto grado al pensar que mi bien pagado trabajo de secretaria por lo menos impedía que mi vida fuera una pérdida total. Además, ¿qué le diría yo al jefe? Él me había dado el empleo bajo el entendimiento de que yo estaría con la empresa por algún tiempo. Yo dejaría el empleo hasta antes que la empresa pudiera derivar alguna utilidad de haberme proporcionado entrenamiento. De nuevo oré con intensidad a Jehová pidiéndole fortaleza y valor para dar este paso.
Armándome de valor, entré un día en la oficina del jefe, en el verano de 1973, y le expliqué mi meta de ser predicadora de tiempo completo. Sus palabras me dejaron atónita: “Larisa, si eso es lo que realmente quieres hacer con tu vida, serías una tonta si permanecieras aquí”. ¡No podía creerlo! Aquí estaba un hombre mundano diciéndome que si yo quería servir al Dios verdadero, Jehová, a mayor grado, ¡sería una tonta si no lo hacía!
Al día siguiente me llevé una sorpresa mayor todavía. El jefe me habló y me propuso un empleo de media jornada. ¿Pudiera ser que estuviera oyendo bien? “Pero no hay arreglos para empleo de media jornada en esta firma”, respondí.
“Lo sé; pero creo que puedo hacer el arreglo”, dijo él. Junto con eso, me ofreció “cualesquier días y horas” que yo quisiera. ¡Qué manifestación de que Jehová me estaba apoyando, y ciertamente de lo verídicas que son las palabras de Jesús: ‘Sigan buscando primero el reino, y todas estas otras cosas les serán añadidas’! (Mateo 6:33.)
Así, pues, el mes de agosto de 1973 fue el primer mes de mi servicio como precursora. Como yo esperaba, mi familia se opuso vigorosamente a mi decisión, y tuve que salir de casa. Aunque la situación me entristeció mucho, puedo decir ahora con alegría que, a medida que los años pasaron, las tensiones disminuyeron en nuestra familia, y finalmente pudimos disfrutar de una relación sana, reír y bromear y hablar juntos como familia.
Antes de la muerte de mi madre en agosto de 1979, ella me recibió gustosamente en casa cuando la visité desde mis asignaciones de precursora en la parte meridional de los Estados Unidos. Después, el 5 de abril de 1980, David, quien tenía la misma meta que yo en la vida, llegó a ser mi esposo. Me alegró el que mi padre viniera a nuestra boda y hasta nos diera un generoso regalo. Se ve, pues, que aunque ni él ni mis hermanas comprenden lo que yo siento y pienso en cuanto a adorar a Jehová, disfrutamos de buenas relaciones.
En enero de 1984, después de haber servido por más de 10 años en el servicio de precursor, David y yo recibimos una de las sorpresas de nuestra vida. Al regresar a casa cierta tarde, hallamos un sobre grande. ¡Éste contenía una invitación a formar parte de la clase 77 de Galaad, que había de empezar en abril! En septiembre del año pasado terminamos el curso escolar, y pocos días después partimos hacia nuestra asignación misional en Honduras, América Central.
Ahora disfruto de algunas de aquellas emocionantes experiencias que siempre esperaba ansiosamente leer en el Anuario de los testigos de Jehová. Ahora que he alcanzado mi meta de la infancia de servir como misionera, deseo apegarme a este magnífico privilegio de servicio. Sin embargo, mi meta principal es continuar adorando a Jehová “con espíritu y con verdad”, al fin ganar su favor, y entonces disfrutar de aquel magnífico Paraíso donde él recompensará a sus siervos al darles lo que el corazón de ellos ha deseado... ¡vida eterna en el Paraíso! (Salmo 37:4.)—Según lo relató Larisa Krysuik.
[Comentario en la página 18]
Ahora mis afectos estaban divididos entre dos padres
[Fotografía en la página 21]
Sirviendo en mi asignación misional en Honduras