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  • El precio de la libertad
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¡Despertad! 1985
g85 22/10 págs. 20-22

El precio de la libertad

AUNQUE mis hijos habían quedado en libertad del campo de concentración, todavía eran prisioneros dentro de los límites de la aldea. No teníamos futuro en Vietnam. Por eso, después de unos meses, en mayo de 1978, dos de mis hijos, mi hija y yo escapamos. Puesto que nuestro hogar quedaba bastante alejado del mar, cruzamos el río en una embarcación pequeña, temerosos durante todo el trayecto de que una patrulla comunista nos detuviera y fuéramos encarcelados.

Finalmente, de noche nos hicimos mar adentro —éramos 53, y la mayoría consistía en mujeres y niños— todos nosotros en una embarcación pequeña y atestada, construida para navegar en ríos. Tenía motor, pero la dirigían por medio de un timón. Íbamos hacia el sur rumbo a Malaysia, a más de 640 kilómetros (400 millas) de distancia. Una brisa suave ondulaba la superficie del mar y nos refrescaba, mientras la Luna llena, en todo su esplendor, alumbraba nuestra ruta. Rebosando de alegría por haber logrado escapar, nos pusimos a cantar.

Durante los siguientes dos días, el mar estuvo relativamente tranquilo, y avanzamos a buen paso. El tercer día fue el más hermoso, pues el mar estaba perfectamente tranquilo, como un espejo gigantesco. Echamos ancla, y pasamos un rato aseándonos en el mar. Pero nuestra actividad atrajo a una gran cantidad de tiburones, y, puesto que podían causar una avería a nuestra embarcación por ser esta muy pequeña, levamos ancla y partimos.

Esperábamos encontrar un barco extranjero en la ruta internacional y quizás ser invitados a subir a bordo, o por lo menos recibir comida y agua. Entonces, aproximadamente a las diez de la mañana, nuestros hombres divisaron un barco grande. El corazón nos comenzó a latir más rápidamente, pues esperábamos que se nos ayudara y, tal vez, se nos salvara. Pero, a medida que la embarcación se acercaba, nos dimos cuenta de que era lo que más habíamos temido... ¡un barco de piratas tailandeses! Habíamos oído acerca de cómo atacaban a los refugiados indefensos que huían de nuestro país y cómo violaban despiadadamente a las mujeres.

En manos de los piratas

Los piratas esperaron en la cubierta con cuchillos en la mano y con el rostro pintado para parecerse a diferentes animales grotescos. Aterrorizados, empujamos a las mujeres jóvenes en el compartimiento del frente de la embarcación y lo cerramos con barricadas justamente a tiempo. Los piratas saltaron a nuestra embarcación y, como un viento impetuoso, se apoderaron de todo lo que quisieron... cadenas de oro, brazaletes y aretes. Se apropiaron de nuestro equipaje y registraron nuestros bolsos en busca de oro y plata. Arrojaron al mar todo lo que no querían, incluso ropa, y la leche y harina para los niños. Entonces, tan súbitamente como llegaron se fueron, dejándonos pasmados.

El jefe de los piratas, hombre alto y corpulento, que no tenía ni un solo pelo en la cabeza, llevaba alrededor del cuello una cadena de la cual colgaba un cráneo que le llegaba hasta la cintura. Con el rostro hacia el cielo, se reía estrepitosamente, alegre de los resultados de su piratería. Entonces hizo una señal con la mano para que liberaran nuestra embarcación.

Seguimos nuestro trayecto, pero, después de solo aproximadamente una hora, una tormenta empezó a levantar enormes olas, las cuales eran más grandes que la embarcación misma. Estas nos lanzaban despiadadamente de un lado a otro. Dentro de poco casi todos se marearon y el interior del bote se llenó de vómito baboso. Al notar que mi sobrinita, a quien tenía en los brazos, había dejado de respirar, grité. Pero utilizando la resucitación de boca a boca, pude revivirla.

Después, la embarcación empezó a avanzar más suavemente. Mi hijo había cambiado de rumbo para que la embarcación navegara a favor del viento y las olas. ¡Pero aquel viraje nos hizo ir en dirección del barco de los piratas! Efectivamente, con el tiempo, lo avistamos. Al vernos, los piratas levaron anclas y vinieron hacia nosotros. Los aterrorizados pasajeros de nuestra embarcación vociferaron acusaciones contra mi hijo. Pero, como él explicó más tarde: “Aquella era la única manera de salvar la embarcación y a los pasajeros”.

Felizmente, los ojos del jefe de los piratas reflejaban ahora cierta compasión. Nos hizo señal de que nos acercáramos, y tiró una cuerda para que pudiéramos atar nuestra embarcación a su barco. Pero la tormenta era tan violenta que nuestros pasajeros ya no podían aguantar más. En ese momento, uno de los piratas pasó a nuestra pequeña embarcación y nos ofreció refugio. Así, uno por uno, se nos ayudó a los 53 pasajeros a pasar al barco pirata, que era mucho más grande que nuestro bote.

Caía la tarde y otra señora y yo preparamos una cena con el arroz y el pescado que los piratas nos habían dado. Después, me senté en un rincón con mi sobrinita en los brazos, la cual ya estaba sintiéndose mejor. La tormenta había disminuido, pero soplaba un viento frío, y lo único que yo tenía era un suéter, con el cual abrigué a mi sobrina. Yo temblaba de frío.

Uno de los hombres, a quien por respeto yo llamaba “pescador”, se mostró amigable conmigo. Dijo que, cuando me veía, yo le recordaba a su madre. Ella y yo éramos más o menos de la misma edad. Amaba a su madre y le entristecía que siempre estaba tan lejos de ella. Entonces me preguntó si tenía dónde pasar la noche y, sin esperar una respuesta, dijo que yo podía dormir arriba en la cubierta. Tomó en brazos a mi sobrina, y yo le seguí, pero me preocupaba el estar aislada de los demás, que estaban abajo. No olvidé que aquel hombre, aunque se mostraba amable conmigo, era realmente un pirata.

Desde arriba, nuestra embarcación se veía muy pequeñita en comparación con el barco. Suspiré. ¿Cómo podíamos recorrer más de 640 kilómetros (400 millas) de océano en aquella embarcación a no ser con la ayuda de Dios? Percibí nuestra insignificancia en comparación con la grandeza y la eternidad del universo. “¡Oh, Dios —oré—, si nos proporcionaste este barco para salvarnos de la tormenta, por favor, vuelve a protegernos del daño que puedan causarnos los piratas!”

El pirata me condujo a un compartimiento grande y me devolvió mi sobrinita. Pero yo temía estar a solas, y cuando él se fue, regresé abajo y llevé conmigo a otras siete personas para que se quedaran en el compartimiento conmigo. Durante la noche, me despertaron unos gritos y lamentos provenientes de abajo. Aterrorizada, desperté a los que estaban conmigo, y aunque solo eran aproximadamente las dos de la madrugada, decidimos bajar a investigar lo que había sucedido.

Todos estaban despiertos. Algunas de las mujeres lloraban, y les temblaban los hombros por sus sollozos. Los hombres estaban reunidos en la parte de atrás, cerca de la cocina. Nos enteramos de que uno de los piratas había peleado con uno de los hombres y luego había violado a la esposa de este. Pedí permiso para preparar algo de alimento, y todos comimos un poco. Al amanecer, el jefe de los piratas nos dejó ir, y proseguimos hacia Malaysia.

En Malaysia

Cuando los representantes de nuestra embarcación fueron a tierra a pedir permiso para desembarcar, se lo negaron. Los oficiales nos amenazaron con echarnos a la prisión si desembarcábamos. Mientras tanto, los habitantes de la localidad que estaban en la playa se acercaron a examinarnos con curiosidad. Les asombraba saber que semejante embarcación hubiera podido cruzar el océano. Sabían quiénes éramos, pues había habido otros refugiados procedentes de Vietnam. Nos lanzamos al agua para quitarnos la suciedad de una semana, riéndonos y divirtiéndonos ante una creciente cantidad de espectadores.

De repente, un extranjero rubio de alta estatura nos llamó desde la playa y prometió enviarnos alimento, agua potable y medicinas. “Si los malayos no les permiten venir a tierra —gritó él—, destruyan la embarcación y naden hasta la orilla.” El extranjero cumplió su palabra, pues esa misma tarde llegó una pequeña embarcación con comida y agua potable, y también vino una enfermera que llevó a los enfermos al hospital y los trajo de vuelta aquella noche. ¡Qué alegría! ¡De seguro que no moriríamos de hambre!

Para que resultara imposible irnos, a escondidas dañamos el motor de nuestra embarcación. Después que las autoridades lo examinaron al día siguiente, dijeron que nos llevarían a un lugar donde se podía reparar. Nos remolcaron a un río que conduce a un enorme lago y nos dejaron allí. Pasaron tres días, y se nos agotó la comida... el extranjero no nos había hallado. De modo que, aunque el dueño de la embarcación quería salvarla para venderla, decidimos hundirla y nadar hasta la orilla.

¡Oh, qué calurosa fue la bienvenida de los habitantes! Habían estado observando nuestra embarcación, y cuando todos llegamos a salvo a la orilla, corrieron a nuestro encuentro llevándonos pan, galletas y arroz. Nos quedamos un día en el lugar adonde llegamos a tierra, y luego nos transfirieron a campamentos de refugiados. Allí nos enteramos de que el extranjero bondadoso que habíamos visto en la playa no era otro sino el alto comisario de los refugiados del sudeste de Asia.

Mis tres hijos y yo vivimos durante más de seis meses en los campamentos de refugiados de Malaysia, desprovistos de todo. Pero después pudimos emigrar a los Estados Unidos de América, donde vivimos actualmente. Pero ¿qué hay de la promesa que yo había hecho a Dios?

[Comentario en la página 21]

Un pirata peleó con uno de los hombres y violó a la esposa de este

[Fotografía en la página 21]

Escapamos en una embarcación como esta

[Reconocimiento]

Foto de la Marina de E.U.A.

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