“¡Armero ha desaparecido del mapa!”
Por el corresponsal de “¡Despertad!” en Colombia
UN NUEVO día amanecía para los habitantes de Colombia: El jueves 14 de noviembre de 1985. Encendí la radio para escuchar las noticias matutinas. No podía creer lo que oí cuando el locutor dijo: “¡Armero ha desaparecido del mapa! [...] ¡Parte de Chinchiná fue arrasada por un alud de lodo!”.
Yo escuchaba pero no creía absolutamente nada de lo que decía el locutor. Armero, un pueblo agrícola de unos 28.000 habitantes, cuyo cultivo principal era el algodón y el arroz, ubicado a 90 kilómetros (55 millas) al noroeste de Bogotá, había sido borrado casi completamente del mapa por una avalancha de lodo, hielo y lava. Se calcula que el número de muertos y desaparecidos ascendió a más de 21.000. Chinchiná, un importante centro cafetalero al otro lado de las montañas, fue relativamente menos afectado; alrededor de 2.000 personas murieron allí. Pero, ¿qué causó esta terrible devastación?
Explosión en el Nevado del Ruiz
La noche anterior, como a las nueve, hubo una explosión por el lado noroeste de la capa helada del pico volcánico, Nevado del Ruiz, cuya altura es de 5.400 metros (17.550 pies), la cual arrojó enormes cantidades de ceniza volcánica sulfurosa. Además, el intenso calor del cráter derritió gran parte de la capa helada. Y como resultado, los helados arroyos, normalmente cristalinos y de lento fluir, se convirtieron en mortíferos torrentes de lodo y hielo derretido. Gran parte de este alud masivo entró en el río Lagunilla, rodando y retorciéndose río abajo, y fue arrastrando árboles y peñascos mientras se precipitaba impetuosamente por bajada de 52 kilómetros (32 millas) hasta entrar en Armero.
Poco más de una hora después una gigantesca avalancha de por lo menos 12 metros (40 pies) —un informe dice que medía más de 30 metros—, descendió por un angosto cañón y arrasó con todo cuanto había en el valle. El pueblo de Armero, que se hallaba en su paso, fue sepultado. Solo quedaron en pie unas cuantas viviendas que estaban en terreno más elevado.
No se da advertencia clara
Varios sobrevivientes con quienes hablé dijeron que el miércoles por la tarde el aire tenía un fuerte olor a azufre. Como a las cuatro, las cenizas comenzaron a caer silenciosamente sobre el pueblo. Pero esto no causó mucha alarma, puesto que el volcán había estado activo así durante casi un año.
Jorge Castilla, quien reside en Bogotá pero que en aquella tarde del miércoles estaba de visita en Armero, me dijo que alguien utilizó el equipo de sonido de la parroquia para instar al pueblo a permanecer tranquilo, mantenerse dentro de sus hogares y cubrirse el rostro con pañuelos mojados. Según fuentes parroquiales, el que hizo este anuncio fue un miembro del Comité de Emergencia de la Defensa Civil. A las personas que asistieron a la misa temprano en la noche también se les aseguró que no había motivo de alarma.
A eso de las 7.30 de la noche comenzó a caer una lluvia torrencial, la cual se detuvo súbitamente y fue seguida por una extraña lluvia de arena fina y cálida que pronto cubrió los techos y las calles. Esto nunca se había visto. Las personas comenzaron a preocuparse más y más. Algunas de ellas cerraron sus hogares y huyeron a lugares más elevados. Pero la mayoría permaneció en el pueblo.
Poco después, desde lo alto de las colinas, se enviaron mensajes radiotelefónicos a los habitantes de Armero para advertirles que en un lado del volcán había ocurrido una enorme explosión y que por lo tanto se tenía que evacuar el pueblo de Armero. A las 10.13 de la noche el alcalde de Armero, Ramón Antonio Rodríguez, interrumpió repentinamente una entrevista radial con un representante de la Cruz Roja, y exclamó: “¡Esto se inundó!” ¡La avalancha había recorrido 52 kilómetros (32 millas) en una hora y quince minutos!
“¡Ahí viene el volcán!”
Varios sobrevivientes me contaron básicamente la misma historia. A algunos los despertó la fuerte lluvia de arena que cayó sobre los techos de las casas. Otros oyeron el escándalo y la gritería que había afuera. Desesperadamente llamaban a sus hijos y a otros familiares que dormían. De repente, se fue la luz. La gente golpeaba y pateaba las puertas mientras gritaba: “¡Ahí viene la Lagunilla! ¡Corran! ¡Corran!”. “¡Las aguas están sobre nosotros!” “¡Ahí viene el volcán!”.
Miles de personas salieron apresuradamente de sus casas. Los automóviles, las motocicletas y los camiones corrían enloquecidamente por las calles, haciendo sonar la bocina y haciendo caso omiso de la gente que se les atravesaba en el camino. Muchos fueron atropellados antes que la avalancha los alcanzara. El pánico se apoderó completamente de todos.
La precipitación de la avalancha hacía un terrible ruido en la tenebrosa oscuridad. El visitante de Bogotá, Jorge Castilla, dijo que esta sonaba como dos enormes aviones de reacción que volaban a poca altura. El masivo alud trepó por las riberas y ascendió por encima de las casas, barriendo con todo lo que halló a su paso en el centro del pueblo. Viviendas, parroquias, tiendas y otros edificios fueron arrasados impetuosamente, y quedaron sepultados. La fuerte corriente de lodo arrebataba a los niños de los brazos de sus padres, y los enterraba o llevaba flotando hasta que morían ahogados.
¡Ahora realmente vamos a morir!
Obdulia Arce Murillo, madre de nueve hijos y asociada con los testigos de Jehová en Armero, quedó sumergida completamente por la avalancha; no obstante, vivió para contarnos lo que ocurrió. Ella relata: “Corrí a la calle con mis hijos e intentamos treparnos en un camión de gasolina. Entonces vinieron las aguas. Me tiré al suelo. El agua venía demasiado alta [...] y el bramido era cada vez más fuerte. De modo que grité ‘¡Jehová! ¡Jehová! ¡Ahora realmente vamos a morir! ¡Ha llegado el fin!’. Entonces muchos palos y postes venían flotando apresuradamente en el agua. Uno me golpeó en el lado izquierdo y así fue como mi pequeña hija se me zafó de las manos.
”Me enredé con un palo y unos cables eléctricos. Luego una de mis hijas que se había trepado encima de unos sacos de café, me gritó, diciendo: ‘¡Agáchese!’. Cuando me agaché, sentí como si un tren me hubiera pasado por encima. Había sido el lodo. Ya no podía ver porque había quedado sepultada en el fango. Quedé completamente sumergida.
”Sentía que la fuerza del lodo me halaba. Intenté gritar, pero se me llenó la boca de lodo. Me estaba ahogando [...] Nadé y luché hasta que por fin pude sacar la cabeza por encima del fango. Me saqué el lodo de la boca con tanta fuerza que creí que me había arrancado la piel. Estaba segura de que moriría ahogada, pero por fin podía respirar y gritar. ¡Qué aliviada me sentí de poder sacar la cabeza del lodo!”. Pero pasaron muchas horas antes que fuera finalmente rescatada.
Otra Testigo, Elena de Valdez, logró llegar con su familia a una región alta detrás del pueblo. Ella informa: “Apenas habíamos llegado a la falda de la colina cuando oímos los clamores y gritos de la gente que venía detrás de nosotros y que habían sido atrapadas por la inundación. Poco después comenzaron a llegar otras personas, completamente cubiertas de lodo. Podíamos oír el espantoso ruido que hacía aquella ‘cosa’. ¡Sonaba horrible! También oíamos a la gente que gritaba: ‘¡Auxilio! ¡Socorro! ¡Sálvennos! ¡No nos dejen morir!’”.
Por fin, todo terminó. Solo había un tenebroso silencio en la negrura de la oscuridad. Jorge Castilla, a salvo en una hacienda en las afueras de Armero, dijo que podía sentir “un ambiente de muerte en la noche”. Y añadió: “Sobrevivientes de edad avanzada y jóvenes salían del lodazal, muchos de ellos heridos. Parecían momias, como si estuvieran andando sonámbulas. Miraban fijamente a uno con una mirada perdida. Solo pedían agua. ¡Era horrible!”.
Mientras tanto, allá a lo lejos, Obdulia Arce todavía luchaba por mantener la cabeza fuera del lodo. Tanto ella como otros miles de sobrevivientes recordarán aquella noche siempre como la noche más larga de su vida.
Momias cubiertas de lodo
Apenas había amanecido cuando el piloto de una avioneta fumigadora sobrevoló por los verdosos campos cultivados del valle para investigar lo ocurrido. No podía creer lo que veía. Cerca de la ladera donde se suponía que estuviera el próspero pueblo de Armero, solo había un inmenso lodazal con centenares de cuerpos de animales y de humanos flotando en la superficie. Al informar lo que vio, dijo: “El pueblo es ahora como una enorme playa, con solo unas cuantas casas en pie. Se puede ver a algunas personas en los árboles, los muros y las colinas”.
En los alrededores de la zona de desastre, los rescatadores veían que los sobrevivientes parecían momias, con pegotes de lodo por todo el cuerpo, andando desconcertadamente en busca de sus seres amados. Tanto los niños como los adultos lloraban desesperadamente, las madres clamaban en desconsuelo mientras buscaban a sus hijos. Otros sobrevivientes que acababan de salir del fango parecían estatuas ceñidas con ropa interior solamente. La furia de la avalancha había rasgado totalmente la ropa de dormir que algunos llevaban puesta. Pero otras personas fueron menos afortunadas.
A lo lejos todavía se podía ver a personas vivas, sepultadas hasta el cuello y gritando por auxilio, sin poder moverse. Los que estaban fuera del lodazal intentaban desesperadamente sacar a las víctimas que estaban cerca. Por medio de emplear tablas lograron salvar a algunos. Otros se arriesgaban al meterse en el fango, pero luego tenían que regresar cuando este comenzaba a tragárselos. Un rescatador intentó entrar con un tractor. Avanzó menos de tres metros (9 pies), y el tractor quedó sepultado.
Obdulia Arce apreció el calor del lodo, pues la noche estaba fría. Se pasó la noche dormitando, pero despertaba en busca de aire cada vez que su rostro tocaba el lodo. Ya había amanecido, pero nadie la había visto.
“De los sitios donde menos se piensa comienzan a salir manos”
El país entero respondió voluntariamente y de todo corazón. Tanto las instituciones como los individuos se movilizaron para prestar ayuda. Las fuerzas armadas, grupos de la defensa civil, la policía y las brigadas de rescate de la Cruz Roja se apresuraron a la zona de desastre. Miles de voluntarios —médicos, cirujanos, auxiliares de los médicos, ingenieros y otros profesionales— ofrecieron sus servicios. Los testigos de Jehová enviaron desde Bogotá tres vehículos con ayuda y provisiones de socorro.
Algunos países enviaron aviones con equipos de socorro. En poco tiempo, unos 30 helicópteros, nacionales y extranjeros, volaban sobre la zona damnificada en busca de sobrevivientes. La obra de rescate tenía que efectuarse casi exclusivamente desde los helicópteros, pues casi todo esfuerzo de rescate que se hacía sobre el espeso lodo resultaba en fracaso.
La magnitud de la devastación hizo más lenta la obra de hallar a los pocos sobrevivientes y desenterrar a los muchos muertos. Después de rescatar a centenares de sobrevivientes, los socorristas informaron que todavía quedaban muchos esperando que se les rescatara. Como dijo un socorrista: “Uno cree que no hay nadie, pero se acerca el helicóptero y de los sitios donde menos se piensa comienzan a salir manos y a pedir que los rescaten”.
Entre los que agitaban las manos cada vez que los helicópteros pasaban volando por encima de ellos estaba Obdulia, el lodo de su cabeza ya se había solidificado. Solo podía mover débilmente las manos, y todo el día procuró atraer la atención de los socorristas. Pero nadie la vio. Perdió la esperanza de que ellos la vieran. Oró incesantemente. Comenzó otra larga noche de angustia, atrapada en el lodo y con un dolor intenso en el costado lesionado.
Al amanecer el viernes, ella de algún modo cobró suficiente fuerza para gritar vez tras vez hasta que los socorristas en los helicópteros la vieron. A las 11 de la mañana ella se quejó del dolor intenso cuando la sacaron del lodo y la subieron al helicóptero. La transportaron rápidamente a un centro de socorro y luego a un hospital. Ella estuvo 35 horas atrapada en el lodo.
¿Qué sucedió a sus hijos? Más tarde se enteró de que dos de ellos habían muerto, pero que los demás habían sido arrastrados hacia la orilla del lodazal y finalmente fueron rescatados.
Frustración y gozo
Bajo el calor del sol tropical, el lodo comenzó a endurecerse, y a medida que iba pasando el tiempo se requería más esfuerzo para sacar a la gente. Todavía se podía ver la triste situación de personas que tenían la cabeza sobre la superficie del lodo mientras clamaban por auxilio o sencillamente movían los labios en indicación de que todavía había algún indicio de vida en ellos. Algunos estaban aprisionados por los escombros que había dentro del espeso lodo. A estos tenían que dejarlos morir porque no podían sacarlos.
Uno de los casos más tristes fue el de Omayra Sánchez, niña de 12 años de edad que se ganó la admiración tanto de los socorristas como de los reporteros por su valor y conversación optimista. Ella había quedado aprisionada entre el cadáver de su tía y una losa de cemento. Los socorristas lucharon durante 60 horas para sacarla. Finalmente, tres días después de la avalancha, le falló el corazón y murió, todavía atrapada en el fango que la cubría hasta el cuello. Tanto el equipo de socorristas como los reporteros —de hecho, la entera nación— la lloraron.
El caso de un niño de cuatro años de edad llamado Guillermo Páez tuvo un resultado más afortunado; unas 60 horas después de la tragedia se divisó su cuerpo desnudo e inmóvil que casi no se podía discernir en medio de aquel espantoso aluvión. ¡Él no estaba muerto, sino dormido! El ruido del helicóptero que descendía lo despertó y se incorporó tambaleándose El helicóptero descendió a una distancia adecuada y los socorristas lo subieron a bordo. Este acontecimiento llenó de gozo a los abnegados rescatadores.
El tiempo y el suceso imprevisto
Se calcula que 21.000 personas perdieron la vida en la tragedia de Armero, y otras 2.000 en Chinchiná. Alrededor de 5.400 fueron rescatadas en Armero, y unas 2.000 de ellas recibieron atención médica en diversos hospitales del país. La furia de la avalancha mutiló gravemente los brazos y las piernas de muchas personas, lo cual resultó en la amputación de dichas extremidades debido a la gangrena. Una de estas fue Epifania Campos, testigo de Jehová que era empleada de un banco de Armero. Lamentablemente, ella murió debido a los efectos de la gangrena.
De las 59 personas que se asociaban con la congregación de los testigos de Jehová en Armero, 40 que vivían en las zonas más severamente afectadas del pueblo desaparecieron sin dejar rastro. Tres de las que se asociaban con la congregación de Chinchiná murieron, y otras 30 perdieron sus hogares y pertenencias.
Seis semanas después que ocurrió la tragedia, yo volví a visitar el lugar, acompañado de Gervasio Macea, quien había vivido en Armero durante ocho años. Él no pudo distinguir precisamente dónde había estado ubicado el Salón del Reino; así de completa fue la devastación. En el lugar donde solía estar el pueblo, ahora solo hay una inmensa playa gris con la forma de un enorme abanico.
Es obvio que los testigos de Jehová están tan expuestos a los accidentes y la inconstancia de los elementos naturales como cualquier otra persona. En momentos como estos, podemos comprender que el principio expresado en Eclesiastés 9:11, 12 aplica a todos, sin distinción de persona: “Regresé para ver, bajo el sol, que los veloces no tienen la carrera, ni los poderosos la batalla, [...] ni aun los que tienen conocimiento tienen el favor; porque el tiempo y el suceso imprevisto les acaecen a todos. Porque tampoco conoce el hombre su tiempo. [...] Así son cogidos en lazo los hijos de los hombres en un tiempo calamitoso, cuando este cae sobre ellos de repente”.
Sin embargo, según enseña claramente la Biblia, habrá una resurrección “así de justos como de injustos”. Cristo Jesús dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que ejerce fe en mí, aunque muera, llegará a vivir”. La Biblia indica que estamos cerca del tiempo en que el Reino de Dios ha de gobernar y restaurar las condiciones paradisíacas sobre la Tierra. Entonces los muertos resucitarán para tener la oportunidad de disfrutar de la vida que lo es realmente, la vida eterna. (Hechos 24:15; Juan 5:28, 29; 11:25; 17:3.)
[Diagrama en la página 11]
(Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación)
ARMERO
NEVADO DEL RUIZ
[Fotografías en la página 12]
La impetuosa avalancha destruyó el hospital de siquiatría e hizo que estos restos quedaran sepultados entre vigas
[Fotografías en la página 13]
Un diploma que flota en el lodo de esta calle... prueba trágica de una familia desaparecida
[Fotografías en la página 14]
El lodo subió a este árbol a una altura de 7 metros (25 pies) y enrolló en el tronco barras de hierro de una pulgada de espesor. Más allá, el desolado centro comercial de Armero
Obdulia Arce Murillo sobrevivió 35 horas en el lodo