El sábado trágico que devastó a mi familia
EL SÁBADO 27 de abril de 1968 comenzó como cualquier otro sábado normal en nuestro hogar católico en una granja cerca de Mattoon, Illinois, E.U.A. Mi esposa, como de costumbre, preparó una lista larga de los comestibles que teníamos que comprar. Teníamos 12 hijos, y se requería mucho alimento para alimentar a los 9 que todavía vivían en casa.
Nuestro hijo Louis, de 16 años de edad, estaba alistándose para ir al pueblo con mi esposa y conmigo, pues quería comprarse un cinturón nuevo. Él y su hermano Timothy, de 15 años de edad, junto con un joven de 18 años de edad llamado Charles Fuller, habían estado trabajando en un automóvil viejo para convertirlo en un coche para dunas. Charles salía con Louise, la hermana gemela de Louis, así que a menudo venía a la hacienda los sábados.
Aquel sábado en particular se esperaba que nuestra hija Patty de 14 años y su hermana Billie Colleen, de 12 años, pasaran el día haciendo los quehaceres domésticos. Nuestras hijitas Theresa Jean, de 10 años, y Mary Katharin, de 9 años, estaban impacientes por salir a tomar sol. Gary, nuestro hijito de 7 años, me había pedido que lo llevara a pescar. Pero logré convencerlo para ir otro día de la semana, puesto que yo tenía planes de trabajar en el camión. Kenny, de 5 años y el más pequeño, estaba muy contento de que sus hermanos y hermanas mayores estuvieran con él en la casa todo el día.
No teníamos la menor idea de que aquel sábado cambiaría el resto de nuestra vida.
Un comienzo inocente
Entre las ocho y las nueve de la mañana mi esposa, Louis y yo salimos rumbo al pueblo. Después, mientras estábamos fuera, Charles Fuller llegó a la casa; él y Tim se fueron a cazar. Ellos ya estaban de regreso cuando mi esposa, Louis y yo regresamos de la tienda.
Después de almorzar, Tim y yo nos fuimos a la casa de mi hermano para trabajar en el camión. Pregunté a Charles si quería acompañarnos, pero él dijo que no. Cuando me despedí noté que Louis, Gary y el pequeño Kenny estaban preparando un pedazo de terreno para sembrar flores. Theresa y Mary estaban jugando sobre el automóvil que los muchachos estaban convirtiendo en un coche para dunas.
A eso de las tres de la tarde Louise puso a descongelar dos pasteles para una merienda. Charles siempre parecía estar deseoso de ayudar a Louise, y a nosotros nos impresionaba su actitud galante. Patty, que estaba haciendo los quehaceres ese día, se acercó demasiado a la estufa. ¡En un instante su blusa cogió fuego! Las quemaduras fueron tan serias que mi esposa tuvo que llevarla al hospital. Louise y Billie Colleen recibieron instrucciones de limpiar la cocina mientras la madre llevaba a Patty al hospital. Según lo que Louise y Billie pueden recordar, Charles Fuller y Louis salieron casi al mismo tiempo. Solo podemos teorizar sobre lo que ocurrió durante la siguiente hora o dos.
Como a las cinco de la tarde Charles entró en la casa y preguntó a Louise cuándo terminaría lo que estaba haciendo. Según Billie, Charles dijo: “Maté a cinco pajaritos. Sal a ver”. Pero Louise no fue, y le dijo que yo no estaba de acuerdo con que se mataran pájaros. Poco después, mi esposa y Patty regresaron del hospital; Charles fue al automóvil y preguntó si podían llevarlo al pueblo, que estaba a unos 10 kilómetros (6 millas) de distancia. Pidió que le dijeran a Louise que él regresaría más tarde.
Nos enteramos de la tragedia
Como estaba anocheciendo, mi esposa pensó que ya era tiempo de que los muchachos entraran en la casa. Le dijo a Billie que los llamara. Cuando nadie contestó, Louise salió con Billie a buscarlos. Encontraron los cadáveres de Theresa y Mary en el granero, a unos 180 metros (200 yardas) de la casa. Regresaron corriendo a la casa y dijeron: “Las muchachas deben haberse caído de las vigas del granero”. Me llamaron por teléfono y me dijeron que las muchachas habían muerto. ‘Tal vez heridas, pero no muertas’, pensé yo al dirigirme apresuradamente a casa.
Cuando mi hermano y yo llegamos, Billie estaba a la orilla de la carretera tratando de conseguir ayuda. Me dijo que fuera al granero. En seguida me di cuenta de que la situación era peor de lo que me había imaginado. Los cuerpos de las muchachas estaban fríos cuando los levanté; comprendí que estaban muertas. Corrí a la casa y pregunté dónde estaban los muchachos. “Ellos habían hablado de ir a pescar”, respondió mi esposa. No me había dado cuenta de que había pasado corriendo cerca de sus cadáveres en camino a la casa; estaban como a 4,6 metros (15 pies) del granero.
No recuerdo mucho más de lo que ocurrió aquella noche, solo que el patio de la casa estaba lleno de gente, y que las luces rojas intermitentes brillaban por todas partes. Un policía me preguntó si yo era el dueño de una escopeta. Todavía yo no había caído en la cuenta de lo que había ocurrido. Más tarde nos enteramos de que Charles había matado a tiros a cinco de nuestros hijos: Louis, Gary, Kenny, Theresa Jean y Mary Katharin. Él había planeado matar a toda la familia, excepto a Louise. Él la consideraba una diosa y quería que ella lo amara solo a él.
Charles había escrito sobre cómo iba a matar a la familia. Sus planes eran llevar a Louise y a Patty al pueblo a ver una película, acompañado de otro joven. Entonces, pretendería ir al vestíbulo a comprar rosetas de maíz y algo de tomar. En vez de esto, iría a nuestra casa a matarnos a todos. Luego planeaba regresar al cine y decirle a Patty que alguien la procuraba en casa; entonces, cuando llegaran a casa, mataría al muchacho y a Patty. Entonces pondría el arma en la mano del muchacho. Quería lucir como un héroe ante Louise, haciéndole creer que él había matado al muchacho para detener la matanza de la familia.
En busca de explicaciones
Los siguientes meses fueron una pesadilla para todos nosotros. Eran tantas las preguntas que me hacía a mí mismo. ¿Por qué permitiría Dios que esto les ocurriera a nuestros hijos? ¿Estaba Louis, nuestro hijo de 16 años de edad, en el cielo, o en el infierno? ¿Estaban los otros cuatro en el cielo, ya que eran demasiado jóvenes para ser responsables de sí mismos? Parecía que todo por lo cual me había afanado en la vida se había derrumbado. Comencé a preguntarme si realmente quería seguir viviendo. Pero aún tenía a mis otros hijos y a mi esposa; por ellos seguí adelante.
Fui a visitar a nuestro sacerdote católico en busca de explicaciones. Él me dijo que yo tenía cinco angelitos en el cielo. Pero eso solo hizo surgir más preguntas en mi mente, como: Si nuestros hijos están en el cielo, ¿por qué tenemos que pagar para que se hagan oraciones para sacarlos del purgatorio? Nadie pudo darme una contestación directa.
Además, puesto que Charles Fuller había asesinado tan cruelmente a nuestros hijos, ¿no debería habérsele ejecutado? Pero resultó en que fue sentenciado a prisión, y por muchos años ya ha sido muy angustioso para mi familia y para mí tener que ir a la cárcel cada año para que no salga en libertad bajo palabra. ‘Mía es la venganza, dice el Señor —se me dijo—. No debes matar.’ Pero debido a este horrendo crimen que se había cometido, me parecía que las palabras ‘vida por vida’ eran una mejor aplicación de las Escrituras. (Romanos 12:19; Éxodo 20:13; Deuteronomio 19:21.)
Un día mientras hablaba con un amigo acerca de la pena capital, él me animó a leer Génesis 9:6. Allí dice: “Cualquiera que derrame la sangre del hombre, por el hombre será derramada su propia sangre”. Cuando leí este texto, quedé más convencido de que el muchacho merecía la muerte por el crimen que había cometido. ¡Qué feliz me sentí de haber hallado la respuesta a una de mis preguntas!
Pero según aprendí después, aunque la venganza es de Dios, él ha concedido a los gobiernos terrestres el derecho y la responsabilidad de ejecutar juicio contra los malhechores. (Romanos 13:4.) Todo esto hizo que realmente escudriñara mi Biblia para hallar las demás respuestas a mis preguntas.
Desilusión, y luego consuelo verdadero
Empecé a asistir a varias iglesias y a tomar cursos bíblicos por correspondencia con la esperanza de hallar las respuestas que yo necesitaba urgentemente. Le oré a Dios para que me ayudara. Todo lo que saqué de las iglesias y de los cursos que tomé fueron cosas que ya yo había oído antes, como: ‘El alma es inmortal, no muere. Los muertos siguen viviendo en algún lugar como ángeles’, ideas que, según aprendí después, la Biblia definitivamente no enseña. (Eclesiastés 9:5; Ezequiel 18:4, 20.)
Entonces cierto día, 11 meses después de la muerte de mis hijos, recibí una carta de alguien de California que había leído en el periódico sobre la matanza. Junto con la carta la señora me envió un pequeño libro azul titulado La verdad que lleva a vida eterna y la suscripción por un año a las revistas La Atalaya y ¡Despertad! Jamás olvidaré el día en que llegó esa carta. Hablaba de la esperanza de la resurrección de los muertos. Busqué todos los textos bíblicos citados, incluso Juan 5:28, 29. ¡Lloré de alegría!
Recuerdo que fui corriendo a la habitación donde estaban mi esposa y mi hija Louise y les dije: “¡Miren!, la Biblia dice que si vivimos una vida buena y honrada podremos ver a nuestros seres amados de nuevo, no como espíritus según se nos ha dicho, sino como personas reales. Podremos abrazarlos y mostrarles nuestro amor como lo hacíamos antes que murieran”. Me causó gran sorpresa ver que mi esposa no quería saber nada de lo que yo estaba leyendo. Sin embargo, su reacción hostil no disminuyó mi deseo de querer aprender más.
Me senté y leí todo el librito azul y hallé las respuestas a las preguntas que me habían atormentado. Me puse en contacto con los testigos de Jehová e inmediatamente comencé a estudiar la Biblia con ellos. Mi familia creía que me había vuelto loco. Mi esposa me quemó toda la literatura y mandó llamar al sacerdote para que hablara conmigo.
Cuando vino el sacerdote, me aconsejó que me mantuviera alejado de los testigos de Jehová. Le contesté que me parecía que ellos me estaban enseñando la verdad acerca del único Dios verdadero y que mostraban entre sí el amor del que se habla en Juan 13:35. El sacerdote me dijo que tenía una cita a las dos de la tarde, pero que pronto volvería a visitarme. Eso fue hace 16 años, y todavía no ha regresado. No obstante, puesto que nuestra hija Billie asistía a una escuela católica, me mandaba tratados con ella que hablaban en contra de los testigos de Jehová.
Pero eso fue solo parte de la campaña para disuadirme de estudiar la Biblia con los Testigos. Uno de mis hermanos era ministro bautista, y pasó tres horas tratando de decirme cómo ser un buen cristiano y que me mantuviera alejado de los testigos de Jehová. Mi padre me dijo que los Testigos me lavarían el cerebro, a lo cual le contesté que mi cerebro ciertamente necesitaba un buen lavado, puesto que se me había enseñado tantas mentiras durante tantos años.
También mi mamá, quien era pentecostal, habló con su ministro para que viniera a tratar de convencerme de que dejara mi nueva religión. Él pronunció un discurso en su iglesia acerca de los testigos de Jehová y me envió una copia de su discurso. Sin embargo, a pesar de toda la oposición, no renuncié a lo que yo sabía que eran enseñanzas verdaderas de la Biblia.
Rumores maliciosos
Mi familia no solo ha sido víctima de un crimen atroz, sino que también ha sido víctima de rumores maliciosos. Por ejemplo, mi hija Louise fue acusada de haber ayudado a matar a sus hermanos. Y a mí se me acusó de ser un borracho y un mujeriego. En cierta ocasión, tal acusación tuvo un resultado bastante humorístico.
Un amigo mío y yo estábamos sentados en mi automóvil cuando un hombre salió de su casa y se puso a hablar con nosotros. Él vio las revistas La Atalaya y ¡Despertad! en el automóvil y preguntó quién era testigo de Jehová. Cuando le dije que yo lo era, comenzó a decir que el pastor Russell, el primer presidente de la Sociedad Watch Tower, era un hombre inmoral.
Yo estaba pensando en cómo refutarle para que mi amigo pudiera ver que él no estaba diciendo la verdad. Pero entonces comenzó a contar acerca del testigo de Jehová llamado William Cox, diciendo que él era un mujeriego y un borracho. Afirmó que la noche en que los hijos de Cox fueron asesinados, William estaba en la taberna del pueblo con una mujer. Mi amigo sabía que yo no era tal clase de persona.
Pregunté al señor si el reconocería al señor Cox si lo viera. “Pues claro, hace más de 20 años que lo conozco”, contestó él. Ya mi amigo y yo difícilmente podíamos contener la risa, de modo que pedí a mi amigo que le dijera al hombre con quién estaba hablando. “Claro que sí —contestó él—. Pues usted está hablando con el mismísimo William Cox.”
Aunque mi experiencia ha sido muy trágica, a veces ha resultado ser provechosa, pues me ha permitido testificar a personas que de otro modo no hubieran escuchado. Recuerdo que en cierto mes pude obtener más de 50 suscripciones a La Atalaya y ¡Despertad!
Perspectivas gozosas
¿En qué ha resultado todo esto para mi familia? Mi esposa ha llegado a apreciar las enseñanzas bíblicas de los testigos de Jehová y la actitud de mis hijos ha cambiado muchísimo. Cuando mi esposa pidió que se quitara su nombre de la lista de miembros de la iglesia, Patty y Billie Colleen hicieron lo mismo.
Pido fervorosamente en oración que algún día toda mi familia llegue a dedicarse a Jehová y a tener la misma esperanza que yo tengo, la de poder ver a nuestros hijos cuando sean resucitados a la vida en una Tierra paradisíaca. En aquel entonces, la violencia y la muerte no nos atormentarán más. (Revelación 21:3, 4.)—Según lo relató William Cox.
[Comentario en la página 13]
“He matado a cinco pajaritos”
[Comentario en la página 15]
Me parecía que las palabras ‘vida por vida’ eran una mejor aplicación de las Escrituras
[Comentario en la página 16]
Se me acusó de ser un borracho y un mujeriego
[Fotografía en la página 13]
Mi esposa y yo
[Fotografías en la página 14]
Louis, de 16 años
Theresa, de 10 años
Gary, de 7 años
[Fotografía en la página 15]
Mary Katharin, de 9 años
Kenny, de 5 años