Los aguaceros invernales producen flores en el desierto... y también reponen la reserva de agua de las plantas
ALGUNAS semillas del desierto parecen medir la pluviosidad. No germinan hasta que no se produce una precipitación de 13 mm. (media pulgada) o más. Pueden empaparse completamente con menos, pero no germinan. También parecen conocer la dirección de la cual procede el agua. Si reciben suficiente agua desde arriba, germinan; si se empapan con agua procedente del subsuelo, no lo hacen. Pero no es que sean quisquillosas; son muy sabias. Estas semillas sabias proceden de plantas que florecen anualmente y que en primavera pueden alfombrar el desierto con deslumbrantes colores.
Pero ¿cómo miden la pluviosidad? A veces en el suelo del desierto hay ciertas sales, y debido a ellas las semillas rehúsan germinar. Dichas sales son solubles en el agua. Los chaparrones ligeros pueden empapar las semillas pero no extraen por lixiviación las sales. Se requieren aguaceros frecuentes y fuertes para que se disuelvan las sales y llevarlas a una mayor profundidad fuera de contacto con las semillas. Además la lluvia debe empapar el suelo desde arriba; el agua que se embebe del subsuelo puede disolver las sales pero no las arrastra.
A veces el problema no radica en el terreno sino en las semillas. En la cubierta de algunas semillas del desierto hay sustancias químicas solubles en el agua que impiden la germinación. Una lluvia ligera puede empapar las semillas, pero se requieren varias precipitaciones fuertes para eliminar todas esas sustancias químicas inhibidoras de la germinación. Algunas de esas sustancias presentes en la capa externa de las semillas ni siquiera una lluvia fuerte puede quitarlas; se requiere la acción de ciertas bacterias. Pero esas bacterias solamente efectúan su labor cuando la semilla está húmeda suficiente tiempo. Así que, de nuevo, lo que hace falta es mucha lluvia.
¿Por qué son las semillas de las flores del desierto tan exigentes al respecto? Si comenzasen a germinar y a crecer con el primer chaparrón ligero, al profundizar sus raíces no hallarían agua. El sol abrasador del desierto chamuscaría las plantas antes de que pudiesen florecer y producir semillas. Pero si se logra que las semillas esperen hasta que las capas más profundas del terreno se empapen, sus raíces hallarán humedad incluso si el suelo se seca.
Así que la presencia de sales en la tierra hace posible la supervivencia de las semillas que forzosamente tienen que esperar fuertes aguaceros para extraer por lixiviación dichas sales. Ciertas sustancias químicas inhibidoras, y que están presentes en la cubierta de las semillas, efectúan el mismo servicio. Asimismo, otras sustancias presentes en la capa externa de la semilla evitan que germine; no obstante las bacterias pueden eliminarlas, aunque no lo hacen hasta que la lluvia ha empapado las semillas. Por esos diferentes medios las semillas aguardan a las lluvias fuertes y repetidas antes de germinar.
Cuando no se producen las copiosas lluvias invernales, los desiertos tampoco florecen en todo su esplendor. Pero cuando sí se producen, en primavera la “floración explosiva” del desierto presenta un espectáculo de color que hace que las multitudes de visitantes que vienen de muchos kilómetros a la redonda prorrumpan en exclamaciones de admiración. ¿No deberían esas multitudes de admiradores expresar agradecimiento al Creador que implantó tal sabiduría instintiva en esas semillas y que envía las lluvias invernales que hacen brotar las flores del desierto?
De todo esto podemos aprender una lección. Cuando brotan las plántulas de dichas plantas anuales del desierto, en un metro cuadrado puede haber hasta miles, pero no se exterminan las unas a las otras... no existe esa despiadada “supervivencia del más apto” evolucionista. Se adaptan. Cada una crece un poco más pequeña, exigiendo menos, compartiendo el espacio y el agua. En una zona pequeña se hallaron tres mil plantas pertenecientes a diez diferentes especies. Cada una de ellas tenía por lo menos una flor y produjo por lo menos una semilla. Si las personas somos mucho más sabias que las flores, ¿por qué no pueden las diferentes razas vivir juntas y compartir?
Plantas que almacenan agua
Dentro de las plantas suculentas están los cactos que superan las largas temporadas de sequía del desierto por medio de almacenar agua durante los escasos días lluviosos. Algunos se valen de depósitos subterráneos, mientras que otros acumulan el agua en sus gruesos tallos. Para que esos tallos verdes puedan absorber anhídrido carbónico y efectuar la fotosíntesis, deben mantenerse abiertos los estomas, u orificios de respiración. Sin embargo, esto puede ser fatal, puesto que entonces se pierde el agua tan valiosa por evaporación. Esta pérdida la minimizan cerrando los estomas durante el calor del día, y abriéndolos solamente durante las noches frescas. Además, en el caso de los cactos del desierto, los estomas se hallan en concavidades por debajo de la superficie del tallo, lo cual reduce al mínimo la pérdida de agua.
Las escasas precipitaciones del desierto raras veces penetran a bastante profundidad en el suelo, por lo que las raíces de los cactos generalmente son poco profundas y se extienden para abarcar una zona grande a fin de extraer tanta agua como les sea posible. A medida que sus reservas internas se llenan, las plantas se hinchan, y cuando van usando el agua durante las temporadas de sequía, se encogen. En muchas de esas plantas, las hojas son solo espinas, lo cual también las protege de los animales depredadores que acuden para comer o beber.
El más sorprendente de esta comunidad del desierto es el saguaro gigante. Puede llegar a vivir doscientos años, alcanzar una altura de 15 metros (50 pies) y pesar 10 toneladas; y cuatro quintas partes de él se componen de agua. Dado su gran tamaño, presenta relativamente poca superficie por donde evaporarse el agua, y su forma acanalada, como la de un acordeón, le permite hincharse o encogerse a medida que absorbe agua o la consume. Esta superficie asurcada también evita que haya grandes zonas planas expuestas a los rayos directos del Sol; hasta se hace sombra a sí mismo.
Por último, un regalo glorioso que esos cactos del desierto hacen a su entorno cada año, es una profusión de flores de brillantes colores. Así, tal como las amapolas y otras plantas anuales de primavera ofrecen magníficos panoramas debido a los aguaceros invernales, esas plantas perennes con reserva de agua contribuyen cada año a que el desierto florezca en todo su esplendor.
[Fotografía en la página 16]
Amapolas doradas, lupinas azules y saguaros gigantes de Arizona
[Fotografías en la página 17]
Gasteria
Cacto del género Echinocereus
Cacto del género Echinocactus o Ferrocactus
[Fotografías en la página 18]
Chochín de los cactos posado sobre un saguaro en flor
Saguaro en flor