El problema nuclear
ERA de madrugada. Una esfera metálica, a la que se había dado el nombre de Gadget, colgaba de una alta torre situada en el desierto de Nuevo Méjico. Mientras tanto, en refugios ubicados a nueve kilómetros de distancia, físicos, químicos, matemáticos y soldados se impacientaban, miraban a sus relojes y se preguntaban si Gadget realmente funcionaría.
Funcionó. Quince segundos antes de las cinco y media de la mañana, Gadget explotó, liberando su energía nuclear en una millonésima de segundo. Lanzó una llamarada que podría haberse visto desde otro planeta, y la explosión se oyó a trescientos kilómetros de distancia. El calor generado por la explosión de Gadget —con una temperatura en el centro más elevada que la del núcleo del sol— fundió la arena del desierto en un anillo de cristal radiactivo de color jade de casi un kilómetro de diámetro. Hubo quien juró que aquel día había visto salir el sol dos veces.
El 6 de agosto de 1945, veintiún días después, la segunda bomba atómica devastó la ciudad japonesa de Hiroshima; causó la muerte de aproximadamente ciento cuarenta y ocho mil personas. Había comenzado la era nuclear.
Eso sucedió hace cuarenta y tres años. Desde entonces se han probado armas cuatro mil veces más potentes. Se calcula que el poder combinado de todas las ojivas nucleares del mundo equivale a unos veinte mil millones de toneladas de TNT, ¡un poder destructivo más de un millón de veces mayor que el de la bomba de Hiroshima!
Llamamiento para su eliminación
Según un estudio realizado en 1983 por la Organización Mundial de la Salud, una guerra nuclear a escala global mataría instantáneamente a mil millones de personas. Otros mil millones morirían más tarde debido a la onda explosiva, el fuego y la radiación. Estudios recientes son aún más pesimistas. Se comprende, por lo tanto, que se haya levantado un clamor que pide la eliminación total de las armas nucleares.
Pero no todos los que están a favor de su eliminación se basan únicamente en razones humanitarias. Algunos sostienen que las armas nucleares simplemente son de escasa o nula eficacia en una guerra. Debido a su impresionante poder destructivo, solo la provocación más extrema podría justificar su empleo. Por esa razón, Estados Unidos no las usó ni en Corea ni en Vietnam, los británicos no las emplearon en las Malvinas ni los soviéticos en Afganistán. Robert McNamara, antiguo secretario de Defensa norteamericano, dice: “En realidad, las armas nucleares no sirven para ningún propósito militar. Son absolutamente inútiles, con la única excepción de que sirven para disuadir al adversario de usarlas”.
De igual manera, las armas nucleares no tienen mucha utilidad como instrumento diplomático para amenazar o influir en otras naciones. Cualquiera de las dos superpotencias es vulnerable a un ataque lanzado por la otra. Y en cuanto a los países sin armamento nuclear, con frecuencia tienen el atrevimiento de plantar cara a las superpotencias sin ningún temor a posibles represalias nucleares.
Por último, hay que considerar el coste. De acuerdo con un estudio publicado en el Bulletin of the Atomic Scientists, entre los años 1945-1985 tan solo Estados Unidos ha producido unas sesenta mil ojivas nucleares.a ¿Su coste? Casi ochenta y dos mil millones de dólares, mucho dinero para algo que esperan no usar nunca.
La bomba como elemento disuasorio
El concepto de disuasión es probablemente tan antiguo como la historia de los conflictos. Pero en la era nuclear, la disuasión ha adquirido una nueva dimensión. Cualquier nación que considere la posibilidad de realizar un ataque nuclear puede estar segura de sufrir una represalia nuclear rápida y devastadora.
Por lo tanto, el general B. L. Davis, de la Comandancia Estratégica del Aire de Estados Unidos, dice: “Se puede argumentar convincentemente que las armas nucleares [...] han convertido al mundo en un lugar más seguro. No han acabado con las guerras, ni mucho menos; miles de personas siguen muriendo todos los años en conflictos que de ninguna manera son menores para las naciones implicadas. Pero la intervención de las superpotencias en estos conflictos está cuidadosamente calculada para evitar una confrontación directa, debido a la posibilidad de que esta se convierta en una conflagración de mayor importancia, sea nuclear o convencional”.
No obstante, en cualquier casa en la que haya armas cargadas, siempre existe el riesgo de que alguien resulte herido por error. El mismo principio aplica a un mundo lleno de armas nucleares. Una guerra nuclear podría estallar si:
1) Se produjese una anomalía en el funcionamiento de un aparato o un error en un ordenador que hiciera pensar a un país que está bajo un ataque nuclear. La respuesta sería un contraataque nuclear.
2) Armas nucleares cayesen en manos de grupos terroristas o extremistas, que no se retendrían tanto de usarlas como las potencias nucleares actuales.
3) Se intensificase una guerra pequeña en una zona donde estuviesen envueltos los intereses de las superpotencias, como, por ejemplo, el golfo Pérsico.
Pese a tales peligros, las naciones han mantenido hasta ahora una política de seguridad mediante la disuasión. No obstante, la gente no se siente segura en un mundo lleno de armas nucleares. El equilibrio del poder es, en realidad, un equilibrio de terror, un pacto de suicidio del que los miles de millones de personas del mundo son signatarios involuntarios. Si las armas nucleares son semejantes a la espada de Damocles, la disuasión es el hilo de la que pende. Pero, ¿qué sucedería si la disuasión fallase? La respuesta es demasiado horrible para considerarla.
[Nota a pie de página]
a Debido a la desintegración de la materia nuclear, con el tiempo estas armas tienen que ser reemplazadas por otras nuevas.
[Recuadro en la página 6]
LA POTENCIA DE UNA BOMBA DE UN MEGATÓN
Radiación térmica (luz y calor): Una explosión nuclear de un megatón crea un intenso resplandor de luz que ciega o deslumbra a las personas situadas a una distancia tan alejada como 21 kilómetros durante el día y hasta 85 kilómetros durante la noche.
En la superficie cero (el epicentro mismo de la explosión) y sus inmediaciones, el intenso calor volatiliza a los humanos. Más lejos (hasta a 18 kilómetros de distancia), la gente sufre quemaduras de segundo y tercer grado en las partes del cuerpo que están descubiertas, y la ropa se incendia. Lo mismo sucede con las alfombras y los muebles. Bajo ciertas circunstancias, se desata una horrorosa tormenta de fuego, que encierra a la gente en un horno ardiente.
Onda explosiva: La explosión nuclear genera vientos de fuerza huracanada. En las cercanías de la superficie cero, la destrucción es total. En los lugares más alejados, la gente que se halla dentro de los edificios es aplastada por las paredes y los techos que se desploman; otros son alcanzados por escombros y muebles impulsados por la onda explosiva. Aun otros mueren asfixiados por la densa nube de polvo que se levanta debido al cemento y los ladrillos pulverizados. La sobrepresión del aire causa roturas de tímpano y hemorragias pulmonares.
Radiación: Se emite una intensa descarga de neutrones y de rayos gamma. Una moderada exposición a la radiación provoca náuseas, vómitos y fatiga. El daño que sufren las células sanguíneas disminuye la resistencia a las infecciones y retarda los procesos de curación. Una elevada exposición a la radiación produce convulsiones, temblor, ataxia y letargia. La muerte sobreviene entre una y cuarenta y ocho horas más tarde.
Los supervivientes que han sido expuestos a la radiación son propensos al cáncer. También es más probable que transmitan defectos hereditarios a su descendencia, incluyendo fecundidad reducida, tendencia a abortos espontáneos, a dar a luz hijos muertos o deformes y otras diversas anomalías.
Fuente: Comprehensive Study on Nuclear Weapons (Estudio exhaustivo sobre las armas nucleares), editado por las Naciones Unidas.