“Una de las obras maestras de la Naturaleza”
ASÍ llama un científico sudafricano a la trompa del elefante. Esta prolongación muscular y sin huesos permite que el elefante sorba hasta cuatro litros de agua y se los eche en la boca. Si no fuese por su trompa, este enorme animal debería pasar por la incomodidad de tener que arrodillarse cada vez que necesitase beber. La trompa también le ayuda a comer diariamente 230 kilogramos de vegetación o más. Por consiguiente, si este órgano vital sufriese alguna herida grave, el elefante correría el peligro de morir de inanición.
El elefante utiliza su trompa para otras muchas cosas, como para barritar en señal de alarma, acariciar a su cría o hasta dar un pequeño azote a un elefantito cuando desobedece. También suele usarla para rociarse el cuerpo con agua o barro. ¿Por qué con barro? Probablemente, para proteger la piel del calor y los insectos. ¿A qué obedece que en algunas ocasiones el elefante alce la trompa como si se tratase de un periscopio? Lo hace con el fin de notar la dirección del viento y captar el olor de algún intruso. Sí, este órgano tan versátil, además de tener muy desarrollado el sentido del tacto, es también una prolongación de la nariz. En su libro Elephant Bill, el difunto Jim Williams relata algunas maneras interesantes que tienen los elefantes de usar su trompa:
“Si no llega con la trompa a alguna parte del cuerpo que le pique, no siempre se frota contra un árbol; puede que recoja un palo largo y lo utilice para rascarse. Si el palo no es lo suficientemente largo, buscará otro.
”Si arranca un manojo de hierba y se le ha quedado entre las raíces algún terrón de tierra, lo sacudirá contra la pata hasta que esta desaparezca, o si hay agua cerca, lo lavará bien antes de metérselo en la boca.”
Durante más de veinte años, el señor Williams ejerció de veterinario de elefantes adiestrados para transportar madera de teca en las selvas birmanas. Pero hubo veces que no consiguió engañar a un elefante enfermo escondiéndole el medicamento en la comida. Él explica que, con la trompa, “saca la pastilla (del tamaño de una aspirina) de dentro de un tamarindo tan grande como una pelota de críquet, donde había sido introducida, y lo hace con una aire desenfadado, como si dijese: ‘No puedes engañarme’”.
“Los elefantes —continúa explicando— también pueden separar con la trompa una planta trepadora que crezca muy pegada a un árbol, como la hiedra, y lo hacen mucho mejor que un hombre con las dos manos. Esto se debe a que su sentido del tacto es más sensible.”
De modo que la próxima vez que vea un elefante en alguna reserva o en un parque zoológico, ¿por qué no hace lo que sugiere el doctor Gerrie de Graaff en la revista sobre fauna africana Custos?: “Mire al animal con el temor y respeto que se merece, y permítase un poco de tiempo para meditar y contemplar en acción una de las obras maestras de la Naturaleza: la trompa del elefante”. Luego, pregúntese: “¿A quién debería atribuírsele el mérito por un órgano tan extraordinariamente versátil?”. La respuesta bíblica a esta pregunta es que Jehová Dios hizo “todo animal moviente del suelo según su género” y vio “todo lo que había hecho y, ¡mire!, era muy bueno”. (Génesis 1:25, 31.)