BIBLIOTECA EN LÍNEA Watchtower
Watchtower
BIBLIOTECA EN LÍNEA
español
  • BIBLIA
  • PUBLICACIONES
  • REUNIONES
  • g89 22/9 págs. 18-21
  • La verdad me transformó de delincuente en cristiano

No hay ningún video disponible para este elemento seleccionado.

Lo sentimos, hubo un error al cargar el video.

  • La verdad me transformó de delincuente en cristiano
  • ¡Despertad! 1989
  • Información relacionada
  • Mi fuga hacia la verdad
    ¡Despertad! 1994
  • El poder de la verdad para rehabilitar
    ¡Despertad! 1991
  • Siete años en las prisiones de la China Roja—¡pero firme en la fe!
    La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1966
  • “Le di seis semanas; ella me dio la verdad”
    ¡Despertad! 1983
Ver más
¡Despertad! 1989
g89 22/9 págs. 18-21

La verdad me transformó de delincuente en cristiano

ME CRIÉ en una pequeña ciudad del estado de Maine (E.U.A.). Siempre parecía que estaba metido en algún lío, así que cuando mi padre me descubría haciendo algo malo, me llevaba aparte y me disciplinaba. A veces me sentía solo, en especial tras la muerte de mi padre, que falleció el día que cumplí once años.

Cuando me trasladé a una ciudad más grande, me metí en más que simples líos, pues empecé a cometer delitos serios, como robar en tiendas y allanamiento de morada. Forzaba la entrada de la ferretería solo para ver si era capaz de hacerlo. No siempre me llevaba muchas cosas. Lo hacía más que nada por la emoción que me deparaba. Ahora, cuando miro atrás, creo que la explicación para muchos de mis actos radicaba en que veía demasiado la televisión, y parece que los programas que más me atraían eran los de violencia.

Mis delitos cada vez se hicieron más graves. Cuanto más conseguía robar con impunidad, más atrevido me volvía. Sin embargo, cuando tenía unos quince o dieciséis años, me atraparon. Estaba “de compras” en un supermercado a las dos de la madrugada, unas horas no muy apropiadas para ir de compras. Como era menor, me dejaron en libertad condicional durante seis meses. No aprendí nada de aquella experiencia, sino que continué con mis raterías.

Para cuando tenía veintiún años, ya había dejado de ser un simple ratero. Una noche mi carrera de delincuente culminó en asesinato. Después de robar en un establecimiento que vendía alimentos para el ganado y artículos de ferretería, cargué mi botín en uno de sus camiones, puenteé los cables para ponerlo en marcha y me fui. Mientras huía, iba pensando en lo magnífico que había estado. Como habían robado muchas veces aquel establecimiento, el propietario lo había convertido en una verdadera fortaleza. Nadie había sido capaz de volver a forzar la entrada, pero yo lo había logrado. ¡Qué grande era!

Pero no por mucho tiempo. El camión se atascó y tuve que abandonarlo y dirigirme a una casa en busca de otro medio de transporte. Un hombre que vivía en la casa me vió merodeando por allí y me amenazó con llamar a la policía. Como acababa de robar la tienda, no podía dejar que lo hiciese. Me entró pánico, saqué mi pistola y le disparé. El hombre murió y yo salí huyendo.

Estaba bañado en sudor, aterrorizado y aturdido. Primero conduje hasta Augusta, donde me deshice del automóvil robado y comencé a cruzar a pie un puente. Miré al agua que había debajo. “¿Salto?”, pensé. Durante los siguientes días la idea del suicidio rondó mi cabeza varias veces, pero no fui capaz de hacerlo, así que seguí huyendo durante dos años.

Finalmente tomé un autobús que iba a Boston. Aunque para entonces la policía ya había dejado de buscarme, todavía estaba asustado. Cuando subía al autobús alguien vestido de uniforme, me entraba pánico. Ya me había deshecho de la pistola, porque después de haber matado a un hombre, no quería ni verla. Una vez en Boston, vagaba por las calles durante el día y dormía en contenedores de basura o en alguna obra por la noche. En seguida gasté en comprar comida el poco dinero que me quedaba, así que un par de veces recurrí a robar en alguna tienda que otra, pero ya no quería robar más. El carácter atrevido, la sensación de emoción, el reto de robar y llevarme el botín... todo aquello había desaparecido.

Encontré trabajo y una habitación barata. También me cambié de nombre, aunque seguía poniéndome nervioso cuando veía a un policía. Si alguno se acercaba, me iba en otra dirección. Siempre andaba con mucho cuidado por temor a que me detuviesen, y ni siquiera era imprudente al cruzar la calle. Aquel ladrón en busca de emociones se había convertido en un fugitivo agobiado por la culpa.

Tenía un librito de proverbios que leía en algunas ocasiones. Entonces recordé el libro bíblico de Proverbios. Compré una Biblia y empecé a leerla, aunque no sé por qué lo hice, pues en casa nunca habíamos sido una familia religiosa. Cuando yo tenía trece años, mi madre asistió a algunas reuniones en el Salón del Reino de los Testigos de Jehová, pero aquello no me interesó, y mi madre tampoco continuó.

El que leyese un poco la Biblia no significaba que pensase hacerme de alguna religión, pero me estaba cansando de huir, de tener que mirar siempre a mis espaldas, de preocuparme por si las autoridades me esperaban en la próxima esquina para atraparme. Creo que en mi fuero interno buscaba algo, aunque no sabía qué.

Leía cosas que despertaban mi curiosidad y que quería entender. Me surgían un montón de preguntas y no sabía adónde dirigirme para encontrar las respuestas. Supongo que decidí ir al Salón del Reino de los Testigos de Jehová porque mi madre había asistido a algunas de esas reuniones años antes. Estaba nervioso, pues no sabía qué recibimiento me darían, pero de todas formas fui. Me recibieron muy bien, muchos me dieron la bienvenida y un Testigo comenzó un estudio bíblico conmigo.

Durante los siguientes meses fui recuperando la conciencia. Cuanto más aprendía, más pensaba: “Así no puedo seguir. Tiene que ocurrir algo. O dejo de estudiar la Biblia o me entrego”. Pronto me di cuenta de que no podía abandonar mi estudio de la Biblia, pero la otra opción me daba miedo. No quería dar ese paso, no quería ir a la cárcel.

Fue la decisión más difícil que jamás he tenido que tomar, pero la tomé. Tenía veinticuatro años de edad cuando me dirigí a Willard Stargell, uno de los ancianos de la congregación, y le dije que había matado a un hombre y que iba a entregarme.

—¿Estás seguro de que eso es lo que quieres hacer? —me preguntó.

—Estoy seguro.

—Te ayudaré en todo lo que esté en mi mano. ¿Quieres que te acompañe a la comisaría?

—Sí, por favor.

—Mira, hay una asamblea de circuito de los testigos de Jehová este fin de semana —me recordó—. Podríamos asistir a ella e ir a la comisaría el lunes por la mañana.

Me gustó la idea. Quería asistir a la asamblea, y como también me asustaba la idea de ir a la comisaría, acepté en seguida la posibilidad de posponer mi entrega. Así que asistí con él a la asamblea y disfruté de ella. El lunes por la mañana fuimos a la comisaría de policía y me entregué.

No podían creérselo. No hay muchas personas que se entreguen, y menos por asesinato. Para asegurarse, llamaron a la policía de Bangor (Maine, E.U.A.). Un día y medio después me encontraba en la prisión del condado de esa ciudad, y al día siguiente me visitó un Testigo de la localidad. Cuando se celebró el juicio, Stargell vino a Maine para comparecer como testigo a favor mío. Confesé mis robos y el asesinato. El titular del artículo que publicó el resultado del juicio decía lo siguiente sobre mí: “Calmado mientras el juez le sentencia a cadena perpetua”. Un mes después estaba en la prisión estatal de Maine cumpliendo una condena de entre quince años y cadena perpetua. Los Testigos también fueron a visitarme a esa prisión.

El recibimiento que me dieron los demás reclusos fue variado. Se burlaban de mí por ‘ser tan estúpido como para entregarme’, sobre todo en vista de que la policía ya había dejado de buscarme. Después de enterarse de que lo había hecho porque estudiaba la Biblia, comenzaron a abuchearme y a llamarme ‘una oveja entre lobos’. El abuso siempre fue verbal, nunca físico. La mayor parte del tiempo me mantenía separado de los demás reclusos.

La verdad se convirtió en una protección para mí. Con el tiempo se dieron cuenta de que ‘este es testigo de Jehová. Es neutral, así que no va a mezclarse en ninguna de nuestras luchas internas’. Además, sabían lo suficiente como para no tratar de venderme drogas ni de convencerme para que robase algo para ellos. La administración de la prisión también se dio cuenta de que yo no iba a quebrantar las normas. Eso mantuvo sin mancha mi registro y me permitió mayor libertad.

Durante este período hubo un tiempo en que abandoné un poco mi búsqueda de la verdad de la Biblia. No fue porque decidiese dejarlo a propósito; lo que ocurrió, más bien, es que no tomé en consideración lo que dice Hebreos 2:1, donde se nos advierte que “nunca se nos lleve a la deriva”. Yo fui llevado a la deriva. El materialismo puede ser una trampa incluso en la cárcel. Surgió la oportunidad de hacer algunos trabajos manuales para exponerlos en una sala de la prisión. Los visitantes los compraban y la mayor parte del dinero iba a parar a los presos que los habían hecho. Así que me enfrasqué en ganar dinero y, como consecuencia, sacrifiqué mi estudio personal.

Entonces empecé a pensar para mis adentros: “¿Para qué te entregaste? ¿Por qué regresaste y fuiste a la cárcel? ¿Y ahora dejas a un lado tus estudios de la Biblia? ¡Eso no tiene sentido! Mejor habría sido que no te hubieras entregado”. Parte de mi problema era que me costaba creer que Jehová de verdad me hubiese perdonado por haber matado a un hombre. Uno de los guardas era Testigo y vio que esto me deprimía, así que me contó algunas de las cosas que había hecho cuando había servido en Vietnam antes de ser Testigo.

“¿Qué te hace tan especial? —me dijo—. Piensa en todas la vidas de civiles que tengo sobre mi conciencia. Cuando mi escuadrón atacaba aldeas vietnamitas, acribillábamos a docenas de personas, muchas de las cuales tan solo eran mujeres y niños inocentes. ¿Piensas que ya no tengo remordimientos? ¡No puedo olvidarlo! Y, sin embargo, creo que Jehová, el Dios de misericordia infinita, me ha perdonado. Lo que hiciste no fue nada en comparación con lo que yo hice. Tú mataste a un hombre, ¡yo ni siquiera sé a cuántas personas he matado!”

Aquellas palabras fueron lo que necesitaba. Me hicieron pensar, reflexionar en la misericordia y el perdón de Jehová para con los que de verdad se arrepienten. Así que por fin dejé mis ocupaciones materialistas y volví a mi programa de estudio de la Biblia, que no he dejado desde entonces.

Finalmente se condujo un estudio bíblico conmigo cada semana, y una vez al mes se me permitía salir con los Testigos para asistir a sus reuniones en el exterior. Hubo un tiempo en que estudiábamos la Biblia tres reclusos. Se confiaba más en nosotros y se nos concedían más privilegios. Las autoridades carcelarias sabían que no tenían que mantenernos muy vigilados. Una vez se nos permitió ir de celda en celda distribuyendo tratados e invitaciones para un programa de diapositivas presentado por los testigos de Jehová. Asistieron más de veinte.

Gracias a Jehová, al alimento espiritual que Él provee a través de su organización y a la ayuda amorosa de hermanos fieles, he podido seguir adelante. Mientras estuve en prisión, muchos Testigos me enviaron tarjetas y cartas animadoras, que me sustentaron como si fuesen un tónico espiritual. Todo esto resultó en que después de haber permanecido siete años en la prisión estatal de máxima seguridad de Maine, me bautizase por inmersión en agua en el año 1983 para simbolizar mi dedicación a hacer la voluntad de Jehová.

Dos años más tarde, después de nueve años en una prisión de máxima seguridad, fui trasladado a una prisión de régimen ordinario que había cerca de allí. Año y medio después me enviaron a una institución penitenciaria de régimen abierto de Bangor. Allí los presos reciben asignaciones de trabajo en el exterior y regresan al final del día a la institución. A los seis meses de estar allí me presenté a mi primera audiencia para solicitar la libertad condicional. Ninguno de los guardas ni de los presos pensaba que lo conseguiría. “Nadie lo consigue la primera vez que comparece —decían—. ¡Nadie!”

Pero lo conseguí. Es cierto, a muy pocos se la conceden la primera vez. El recluso de término medio miente y trata de engañar a los miembros de ese tribunal, pero ellos ya han oído esos mismos argumentos otras veces y no se dejan convencer con facilidad. Yo me limité a presentarme y decirles: ‘Así es como soy, esto es lo que hice, estos han sido los cambios que he hecho y esto es lo que planeo hacer’. Les expliqué que estudiaba la Biblia, cómo esta me había hecho cambiar y que ahora era testigo de Jehová. Podían ver que lo que les decía era cierto.

Supongo que a favor mío estaba el hecho de que me hubiese entregado, de que tanto mi comportamiento como mi registro de trabajo eran buenos y de que los principios bíblicos que había estudiado se reflejaban en mi actitud y conducta. Además, oré a Jehová y confié en su apoyo. Quisiera pensar que Él tuvo algo que ver en el asunto y espero que eso no indique presunción por mi parte. Sea como fuere, el tribunal me concedió la libertad condicional. En febrero de 1987, después de doce años en prisión, me dejaron en libertad.

El 30 de abril de 1988 me casé con una testigo de Jehová que tenía tres hijos de su anterior matrimonio. Como familia, celebramos nuestro estudio semanal de la Biblia, asistimos a todas las reuniones en el Salón del Reino, predicamos las buenas nuevas del Reino de Dios de casa en casa, volvemos a visitar a todos los que manifiestan interés en el mensaje y conducimos estudios bíblicos de casa con los que lo desean. Después de tantos años en prisión con una participación limitada en la actividad de predicar y sin apenas poder asistir a las reuniones, ¡qué maravilloso es participar “con la mayor franqueza de expresión” en las actividades cristianas de los testigos de Jehová! (Hechos 28:31.)

Todo esto fue posible porque el conocimiento exacto de la Palabra de Dios me ayudó a desnudarme de la vieja personalidad delincuente y a vestirme de la nueva personalidad cristiana que está modelada según la imagen y semejanza de Jehová Dios. (Colosenses 3:9, 10.)

No hay ninguna duda de que en mi caso ‘la palabra de Dios fue aguda y ejerció el poder’ que me hizo romper con mi pasado y rehabilitarme como un miembro de la sociedad que acata las leyes y un predicador de las buenas nuevas del Reino de Dios. (Hebreos 4:12.) Que toda la alabanza vaya a Jehová, “el Padre de tiernas misericordias y el Dios de todo consuelo”. (2 Corintios 1:3.)—Por solicitud expresa se mantiene el anonimato.

[Comentario en la página 18]

Una noche mi carrera de delincuente culminó en asesinato

[Comentario en la página 19]

O dejo de estudiar la Biblia o me entrego

[Comentario en la página 20]

La policía no podía creérselo. No hay muchas personas que se entreguen, y menos por asesinato

[Comentario en la página 21]

Se nos permitió ir de celda en celda distribuyendo tratados bíblicos

    Publicaciones en español (1950-2025)
    Cerrar sesión
    Iniciar sesión
    • español
    • Compartir
    • Configuración
    • Copyright © 2025 Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania
    • Condiciones de uso
    • Política de privacidad
    • Configuración de privacidad
    • JW.ORG
    • Iniciar sesión
    Compartir