Unos médicos trataron de quitarnos a nuestra hija
¡CUARENTA Y DOS años y embarazada! Los médicos en seguida dijeron que debido a mi edad, podían surgir complicaciones y que existía la posibilidad de que la criatura también tuviese problemas. Me sugirieron que me sometiera a una amniocentesis, prueba consistente en extraer un poco del líquido amniótico de la matriz a fin de determinar la existencia de algún defecto genético, como el síndrome de Down. En esos casos los médicos suelen aconsejar el aborto.
No quise que me hicieran esa prueba, pues, como les expliqué, no permitiría bajo ningún concepto que me provocasen un aborto. Una vez eliminada esa cuestión, anhelaba tener un buen embarazo. El siguiente paso para que todo estuviera en orden fue encontrar un buen pediatra dispuesto a respetar nuestros deseos y no administrar sangre, ya que mi marido y yo somos testigos de Jehová. Pedimos hora, visitamos al doctor y le explicamos nuestra posición sobre la sangre. (Génesis 9:4, 5; Levítico 17:10-14; Hechos 15:19, 20, 28, 29.) Dijo que lo entendía y que no había ningún problema. Bueno, todo era fácil, o al menos eso creía.
El parto fue bien, pero...
Se acercaba la fecha, y todos estábamos emocionados. Yo ya tenía tres hijos varones de mi primer matrimonio, y cuando enviudé, mi madre se vino a vivir conmigo. Así que Gino, mi actual marido, al casarse conmigo, llegó a tener una nueva madre y tres hijos.
Los dolores de parto comenzaron la noche del lunes 17 de febrero de 1986. Gino, mamá y yo partimos hacia el hospital acompañados de mi hijo menor, Matthew. Los dos mayores prefirieron esperar en casa. En Maternidad nos esperaba Evelyn, una compañera de creencia que es enfermera diplomada. Fue al hospital tan pronto como se enteró de que yo estaba de parto. El parto fue una experiencia emocionante para todos nosotros. Había un ambiente hogareño en la habitación que ocupábamos, y Gino hasta pudo cortar el cordón umbilical. Una de las enfermeras trajo helado y todos celebramos la llegada de Kaleigh a nuestra vida.
A los dos días ya estaba en casa. Nunca me faltó ayuda. Mi madre, que tiene ochenta y cuatro años, me ayudó y animó mucho. Aquellos primeros días me cansaba en seguida, así que agradecí de corazón que cuidase de mí y de la criatura. Pero al cabo de una semana, Kaleigh empezó a preocuparnos. No mamaba bien y dormía mucho más de lo que yo pensaba que debería dormir una recién nacida. Además, se estaba poniendo amarilla. Llamé al pediatra y le pedí hora para aquel mismo día.
Hacia las dos de la tarde el doctor había terminado de examinarla y le había hecho los análisis de sangre necesarios. Nos dijo que nos llamaría más tarde con los resultados. Por fin recibimos su llamada sobre las cinco de la tarde, y nos mandó que llevásemos en seguida a Kaleigh a un hospital general con facultad de Medicina situado a unos 160 kilómetros al noroeste de donde vivíamos para cambiarle toda la sangre. Le recordé al doctor que somos testigos de Jehová y volví a decirle que bajo ningún concepto aceptaríamos una transfusión de sangre. Le pedimos que tuviese la bondad de comunicarnos en seguida si no pensaba respetar nuestras creencias para que pudiéramos buscar un médico que quisiese cooperar con nosotros.
“No lo sé —respondió—. Tengo que pensarlo antes de responderle.”
Esperamos con paciencia su llamada, pero en vista de que ya eran las siete de la tarde y aún no se había puesto en contacto con nosotros, Gino le telefoneó. Entonces le comunicaron que el doctor todavía no había tomado una decisión, lo que nos hizo sospechar mucho, pues él mismo había hecho gran hincapié en lo importante que era que Kaleigh recibiera tratamiento de inmediato. Llamamos a compañeros de creencia en busca de estímulo y ayuda, y respondieron al momento, algunos incluso llegando a viajar 30 kilómetros para venir a nuestra casa.
A las nueve de la noche el doctor telefoneó para decirnos que ingresásemos a la niña en el hospital local a fin de hacerle unas pruebas. Gino sabía que una vez ingresada, tendrían total autoridad sobre ella y harían que se la trasladase al otro hospital para que le cambiasen la sangre. Así que mi marido dijo que lo pensaría y le daría una respuesta a la mañana siguiente.
Mientras tanto, nuestros compañeros Testigos trataban desesperadamente de localizar a otro pediatra, pero como era muy tarde, sus esfuerzos fueron infructuosos. Kaleigh tenía muy mal aspecto y mi estado emocional empeoraba. No se me iba de la cabeza la advertencia del doctor en cuanto a lo enferma que estaba Kaleigh y lo peligrosa que es la ictericia aguda. Mientras la tenía en brazos y lloraba, me preguntaba cómo estaría la conciencia del doctor, sabiendo que nos había engañado.
Fue muy reconfortante que nuestros hermanos cristianos se reuniesen y orasen a favor nuestro. Eso hizo que me sintiera muy fortalecida y animada para hacer frente a todo lo que sobreviniera. Eran ya las 11.30 de la noche y todavía seguíamos buscando otro médico. Gino me dijo en voz baja que sería mejor que nos marchásemos de la casa, pues estaba convencido de que los médicos tramaban algo. La verdad es que yo no llegaba a creérmelo, pero Gino repetía: “Deberíamos salir de aquí cuanto antes”. Aun así, yo seguía allí sentada.
Sobre las 11.45 de la noche sonó el teléfono. Era Evelyn, que llamaba desde el hospital. Aunque no le tocaba trabajar aquella noche, le habían pedido que fuese, algo muy raro. Mientras el doctor atendía un parto, le habían llamado para tratar un caso relacionado con la administración de una transfusión y conseguir una orden judicial para ello. ¡Ahora sí estaba convencida!
Escapamos justo a tiempo
Echamos a toda prisa algunas cosas en una maleta, metimos un poco de comida y otros artículos en bolsas y corrimos al automóvil. Nos habían dado el nombre de un médico de Jacksonville (Florida, E.U.A.) que posiblemente nos ayudaría. Partimos cinco minutos después de la medianoche, y teníamos que recorrer una distancia de 320 kilómetros.
Al cabo de un cuarto de hora llegaron a nuestra casa un automóvil y una ambulancia con las luces de destello conectadas. Cinco oficiales del Departamento de Sanidad y Servicios de Rehabilitación de Florida llamaron a la puerta. Mamá se levantó de la cama, fue con calma a la puerta y les dijo que la niña y sus padres no estaban allí. Le pidieron permiso para entrar y comprobarlo por sí mismos, y le dijeron que iban a llevarse a la criatura. Registraron a fondo cada una de las habitaciones y hasta miraron dentro de uno de los cajones de los chicos. Mamá no pudo evitar decir: “No creerán que han metido al bebé ahí dentro, ¿verdad?”.
Llegamos a Jacksonville alrededor de las cinco de la mañana. Teníamos que esperar cuatro horas, pues el médico no abría su consulta hasta las nueve de la mañana. Mientras esperábamos con ansia a que nos recibiera, no podía dejar de pensar en si los médicos de Vero Beach en realidad estaban interesados en la salud de mi niña o más bien en salirse con la suya. Aunque tal vez hayan tenido buenas intenciones, su postura de que se necesitaba una transfusión de sangre para evitar que Kaleigh sufriese daños serios sencillamente no tenía base. Existe otro método, que goza de reconocimiento médico, para tratar la enfermedad de Kaleigh sin administrar sangre, y eso era todo lo que buscábamos.
Tan pronto como dieron las nueve de la mañana, llamamos a la consulta del médico y le explicamos a la enfermera la urgencia de nuestra situación. Nos contestó que el doctor nos llamaría tan pronto como pudiese. Telefoneamos una y otra vez hasta que por fin la enfermera nos dijo que el doctor no pensaba llamarnos, pues no iba a ayudarnos. Ya era la una de la tarde. Nos sentíamos impotentes y frustrados. Entonces decidí bajar a la recepción y utilizar el teléfono de allí para no tener la línea de nuestra habitación ocupada.
Fuente de ayuda
Llamé a un Salón del Reino de los Testigos de Jehová de la localidad. Un Testigo que se encontraba allí trabajando atendió con bondad mi llamada y en seguida acudió al motel para ayudarnos. Nos llevó a un par de clínicas, pero en ninguna disponían del equipo apropiado, así que no podían ayudarnos. Kaleigh necesitaba un tratamiento por exposición a la luz llamado fototerapia. Su nivel de bilirrubina había subido a 29 miligramos por 100 mililitros, y un nivel de 25 ya se considera grave.
Entonces el Testigo se acordó de un hospital y un médico que recientemente había operado sin sangre a la hijita de un matrimonio de Testigos, así que nos dirigimos hacia allí. De todas formas, decidimos permanecer cerca de Kaleigh y no perderla de vista hasta tener completa seguridad de que nuestros deseos basados en la Biblia iban a respetarse. Entramos en la sala de Urgencias y respondimos a todas las preguntas que se nos formularon. La enfermera preguntaba una y otra vez con incredulidad: “¿Por qué viajaron tanta distancia desde Vero hasta aquí? No soy capaz de creer que aquí mismo en Florida lleguen a quitar por la fuerza a un bebé de gente tan agradable como ustedes”.
Una vez terminado todo el papeleo, las cosas se agilizaron. Nos llevaron a todos a una sala de revisión donde desvistieron a Kaleigh y llamaron a un equipo de cuidados intensivos. Oíamos como si fuese un eco: “Son testigos de Jehová, nada de sangre, nada de sangre”. En seguida llegó el doctor encargado del equipo de cuidados intensivos y dijo que quería cambiarle toda la sangre.
Gino volvió a exponer con firmeza nuestra postura y el doctor salió para consultar con sus colegas. Ahora se hacía necesario empezar un tratamiento intravenoso. Para entonces me encontraba física y emocionalmente agotada y no podía soportar ver cómo le clavaban a mi niñita más agujas u oír su llanto. Gino empezó a preguntarse si la niña podría superar todo aquello. Le cortó con cuidado unos mechones de cabello y se los puso en el bolsillo, pues quería tener algo de su hijita para recordarla.
Aquella noche colocaron a Kaleigh en una especie de incubadora con los ojos vendados para protegerlos de las luces especiales que se utilizan en tales casos. Gino y yo todavía teníamos dudas de que se respetase nuestra posición sobre la cuestión de la sangre, así que no nos atrevíamos a apartarnos de la cabecera de la cama de la niña, aunque aquella iba a ser la segunda noche sin dormir. El doctor encargado entró en la habitación y volvió a expresar su deseo de administrar a Kaleigh una transfusión. Le explicamos de nuevo nuestra postura bíblica sobre aceptar tal tratamiento.
Finalmente dijo: “Muy bien, pero ¿quieren ir al grano?”. Gino dejó bien claro que haríamos todo lo que estuviese en nuestra mano para impedir que se administrase una transfusión a nuestra hijita. De hecho, acabábamos de recorrer en automóvil 320 kilómetros en plena noche para evitarlo. Le dijo al médico que sería necesario conseguir otra orden judicial, pero que para entonces nos habríamos marchado. El médico salió sin decir nada. Volvimos a prepararnos para lo que pudiera suceder. ¿Tendríamos que tomar a la niña y salir corriendo? Eché una ojeada a la habitación y miré en el pasillo porque quería saber dónde estaban las salidas, por si acaso.
La noche transcurrió con lentitud. Cada dos horas le sacaban una muestra de sangre del talón. Poco a poco el elevado recuento iba disminuyendo. ¡El tratamiento funcionaba! Durante los dos siguientes días le hicieron análisis de sangre cada dos horas. Los taloncitos de Kaleigh estaban en carne viva de tantos pinchazos, pero ya se estaba acostumbrando y a veces ni siquiera lloraba cuando la pinchaban.
Durante nuestra estancia allí, recibimos visitas amorosas de muchos de los Testigos de la zona de Jacksonville que se habían enterado de nuestra situación. Unos de los primeros en acudir fueron los padres de la niñita que recientemente había sido operada sin sangre. ¡Cuánto nos animaron! Entonces un cardiólogo nos dijo que una transfusión representaría un peligro mayor que la propia ictericia. Con esta información finalmente sentimos que podíamos apartarnos sin peligro de la cabecera de nuestra niñita por primera vez en tres días.
Recuperación total
Después de que muchos doctores especializados en diversos campos de la medicina examinaron a fondo a la niña, nos comunicaron que la ictericia no le había causado ningún efecto adverso, algo que les sorprendía. Por fin podíamos regresar a casa. Estaba muy ansiosa de tener a Kaleigh en mis brazos sin todos aquellos tubos de tratamiento intravenoso conectados a su cuerpecito. Debido a que, después de informarnos bien, optamos por escoger el tratamiento inocuo de la fototerapia y rechazar la sangre con todos sus peligros, no tememos que Kaleigh caiga enferma de SIDA, hepatitis o alguna otra espantosa enfermedad.
Sin embargo, todavía nos encarábamos a otro problema. La decisión judicial de Vero Beach aún estaba vigente, por lo que no nos atrevíamos a partir hasta que fuese cancelada. El doctor encargado fue lo suficientemente amable como para hacer las llamadas telefónicas necesarias y notificar a las autoridades competentes del tratamiento que había recibido la niña. Una vez tomadas estas medidas, regresamos a casa.
Por supuesto, no pensábamos volver a llevar a Kaleigh al primer pediatra. Los médicos de Jacksonville lo comprendieron y concordaron en guardar el historial de la niña hasta que encontrásemos otro médico. No nos imaginábamos lo conocida que había llegado a ser la pequeña y cuánto prejuicio tenían los médicos de Vero Beach.
Pedí hora a otro pediatra que nos habían recomendado porque dijo que respetaría la opinión de los testigos de Jehová sobre la sangre. Llevé a Kaleigh a su consulta, la desvestí y la enfermera la pesó y le tomó la temperatura. La niña estaba tumbadita sobre la mesa a la espera de que llegara el doctor. Este entró, pasó por su lado y dijo que él y los demás pediatras apoyaban al que había conseguido la orden judicial y habían acordado no tratar a la niña. Le recordé que les había dicho a unos amigos míos que cooperaría con nuestra posición respecto a la cuestión de la sangre, pero él lo negó. “Bueno, ellos piensan que usted hablaba en serio”, respondí. Después de esto se marchó, sin ni siquiera dirigir una vez la mirada a la criatura que se encontraba sobre la mesa. Mientras la vestía, empecé a llorar de nuevo, pensando en lo insensibles que se han vuelto los hombres, incluidos aquellos que, según se supone, están dedicados a cuidar de su prójimo.
A fin de que Kaleigh pasase sus revisiones, tuve que llevarla a un médico que estaba dispuesto a tratarla, pero que pasaba consulta a 60 kilómetros de casa. Opino que muchos doctores en realidad no creen que en una situación grave de vida o muerte de verdad nos abstendremos de sangre; más bien, piensan que cambiaremos de opinión. Tenemos que hacerles saber que somos testigos dedicados y sinceros de nuestro Dios y que la obediencia a Su ley está antes que todo lo demás.
Nuestra experiencia ha resultado útil para otros padres Testigos a la hora de decidir junto con su doctor el tratamiento médico que seguirán. Le han preguntado específicamente qué hubiese hecho él en circunstancias similares. “¿Cómo hubiera reaccionado usted ante semejante situación?”, preguntaban, refiriéndose a nuestro caso. Además, citar nuestra experiencia ha hecho que muchos doctores se den cuenta de que los testigos de Jehová verdaderamente hablan en serio.
Nos sorprendió recibir unos seis meses después una carta del Departamento de Sanidad y Servicios de Rehabilitación, en la que nos comunicaban que ya habían terminado su investigación sobre las acusaciones de negligencia médica presentada contra nosotros. Las acusaciones —decía la carta— habían resultado infundadas y se desestimaban. Telefoneé a dicho departamento para preguntar sobre la investigación, pues sentía curiosidad por saber qué había abarcado. La mujer encargada dijo que tan solo habían telefoneado a Jacksonville para asegurarse de lo que se había efectuado, y con lo que se les dijo, habían quedado satisfechos.
En la actualidad Kaleigh tiene tres años. Está muy sana y es una constante fuente de gozo. Es muy cariñosa con todos y le gusta adoptar temporalmente a otros miembros de la congregación como si fuesen su mamá o su papá. Muchas veces me dicen: “¡Qué nieta tan bonita tiene!”, y yo solo sonrío y digo: “No, es toda mía”. ¡Cuántas gracias le doy a nuestro Dios amoroso!—Según lo relató Bonnie Deskins.
[Comentario en la página 13]
“Dijeron que iban a llevarse a la criatura”
[Comentario en la página 14]
“¿Tendríamos que tomar a la niña y salir corriendo?”
[Fotografía en la página 15]
Con mi hija Kaleigh