Triunfé en la búsqueda del sentido de la vida
CORRÍA el año 1951. Cientos de personas se agolpaban en las calles para ver pasar a muchas de las grandes estrellas teatrales y cinematográficas que se dirigían en un desfile de limusinas al Teatro de Bellas Artes de Beverly Hills (California, E.U.A.). Asistían al estreno de la película Un lugar en el sol, adaptación de la famosa novela Una tragedia americana, cuyo autor era mi tío segundo Theodore Dreiser. Producido por la Paramount Pictures y dirigido por George Stevens, uno de los mejores directores de la compañía, el filme era un serio aspirante al Oscar de la Academia ese año. Entre sus protagonistas figuraban tres de las estrellas más populares de la época: Elizabeth Taylor, Montgomery Clift y Shelley Winters. ¿Qué hacía yo en una de aquellas enormes limusinas que avanzaban en medio de las multitudes delirantes? ¿Y por qué razón me sentía tan fuera de mi ambiente? Para entenderlo, empecemos desde el principio.
Nací en uno de los períodos más significativos de toda la historia: octubre de 1914. El día 20 de ese mes, a eso de las 4.30 de la tarde, el médico asistió a mi madre en el parto en nuestro hogar de Seattle (Washington).
Por aquel entonces residíamos en Alki Beach, en el sector de Bonair. Con el nacimiento de otro hijo poco después, la familia aumentó a cinco miembros: mis padres, mi hermano mayor, mi hermano menor y yo. Teníamos una casa grande y preciosa con vista al mar, y la playa proporcionaba un fondo muy pintoresco a los buques y transbordadores que surcaban las aguas del Puget Sound en su travesía del centro de Seattle a otros puertos de este entrante.
Tras el desplome bursátil de 1929, la situación económica nos obligó a permutar aquella casa por una tienda de comestibles en el barrio de Highland Park, que resultó fuente de modestos ingresos durante los años de la Gran Depresión.
A la muerte de mi madre en 1938, mi padre quedó solo a cargo del negocio. Entonces me uní a él, y rápidamente lo convertimos en una moderna y floreciente tienda de víveres.
Más tarde, el 7 de diciembre de 1941, acaeció el ataque a Pearl Harbor, y muy pronto me vi enfrentado al reclutamiento militar y a la II Guerra Mundial. Fue preciso vender el negocio para que mi padre tuviera algo de qué vivir. Yo me alisté como voluntario en el ejército unos días antes de que me llamaran a filas. El ingreso en la milicia me ocasionó cargo de conciencia, por no decir otra cosa. Recuerdo cómo le pedía a Dios que no tuviera que matar a nadie. En cuanto finalicé la instrucción básica me destinaron al Cuerpo de Tren, y con el tiempo ascendí a subteniente.
Mi relación con Theodore Dreiser
Llegamos al año 1945, cuando fui asignado al Puerto de Embarque de Los Ángeles como oficial de seguridad de los cargueros que fletaba el ejército para transportar provisiones y tropas a diversos puntos del Pacífico. A veces, en los intervalos, iba a ver a mi tío segundo Theodore Dreiser y su esposa, Helen, que tenían una casa grande en West Hollywood y siempre me acogían con gran hospitalidad. Theodore, poseedor de una mente muy inquisitiva, gustaba de averiguar mi opinión sobre los lugares que visitaba.
Él sabía que yo también era sobrino segundo del congresista de Texas Martin Dies, presidente del Comité Dies, antecesor inmediato de la Comisión de Investigación sobre Actividades Antiamericanas. Muchos de los guionistas y otros profesionales de la industria cinematográfica eran objeto de crítica acerba por sus inclinaciones comunistas, y Theodore no se salvaba, siendo del dominio público sus simpatías por los rusos. Así que en una de las primeras visitas que le hice, me preguntó: “¿Eres del mismo parecer que ese primo tuyo, Martin Dies?”. Le aseguré que no tenía ninguna conexión con él ni con sus ideales políticos, lo que me ganó más su amistad.
Después de la rendición de Japón el 2 de septiembre de 1945, decidí permanecer por lo pronto en la milicia, pues tenía la oportunidad de viajar por el mundo y conocer muchos lugares de interés. Posteriormente fui ascendido a teniente y me pusieron a cargo del economato de un gran buque de transporte de tropas. Aprovechando una visita a Japón, pedí un permiso de ausencia y emprendí un viaje por el país, desde Yokohama hasta Hiroshima, la ciudad que había sido destruida por la bomba atómica.
La mañana en que llegué a Hiroshima vi gente todavía durmiendo en el parque porque no tenían a dónde ir. Huelga decir que no me sentí a gusto allí, pues prácticamente cuantos conocí habían perdido familiares y amigos en el terrible holocausto. La agonía reflejada en sus semblantes, al igual que el odio que creí advertir en sus ojos hacia nosotros los uniformados, me partió el corazón.
Inicio mi búsqueda
Las escenas de Hiroshima y la enfermedad y pobreza que había contemplado en otros lugares hicieron que empezara a reflexionar acerca del sentido de la vida. El trabajo en el mar me dejaba mucho tiempo para meditar en ello. De vez en cuando conversaba con el capellán a bordo procurando hallar respuestas a mis interrogantes sobre las injusticias de la vida. Ninguno me dejó satisfecho.
Theodore murió en diciembre de 1945, habiendo pasado toda su vida en busca de la finalidad de la existencia. En su ensayo titulado “My Creator” (Mi Creador), por fin admitió que se encontraba tan lejos de la solución como al principio. Helen, su viuda, también emparentada conmigo, pues éramos primos, estaba escribiendo su autobiografía, que titularía My Life With Dreiser (Mi vida con Dreiser). Me había pedido que fuera a Hollywood para que la ayudara con la revisión del manuscrito y tratara algunos asuntos con los editores de las obras de Theodore, que ya se publicaban en muchos países. De modo que dejé el ejército en diciembre de 1947 y me instalé en la propiedad de los Dreiser, en West Hollywood.
Mas no cesé en mi búsqueda del propósito de la existencia. Como Helen también intentaba obtener un entendimiento espiritual de la vida, empezamos a visitar varios grupos tratando de descubrir algo que tuviera sentido. Ninguno colmó nuestras expectativas.
Más tarde, mientras visitábamos a la madre de Helen en Gresham (Oregón), conocí a un testigo de Jehová que tocaba el órgano eléctrico en varios hoteles grandes de Portland. Nos pusimos a hablar de religión, y mucho de lo que dijo me pareció muy razonable. Cuando mencionó que uno de sus ministros podría visitarnos en Los Ángeles, acepté de inmediato.
De vuelta en Los Ángeles, recibimos sin demora la visita de un testigo de Jehová, quien se encargó de que un matrimonio de precursores (ministros de tiempo completo) estudiara la Biblia con nosotros semanalmente. Al principio, el estudio no fue muy fácil, que digamos, debido a las ideas preconcebidas que yo tenía; pero pronto las descarté gracias a la lógica del razonamiento bíblico.
A principios de 1950, el interés por la producción de Dreiser era grande. La Paramount estaba realizando la versión cinematográfica de dos de sus más destacadas novelas: Una tragedia americana, que se titularía Un lugar en el sol, y sería estrenada en 1951, y Sister Carrie, que se exhibiría posteriormente con el nombre de Carrie. Ambos filmes serían candidatos al premio de la Academia por dos años consecutivos. Fue un año muy importante para Helen. Habiendo concluido su relato My Life With Dreiser, se marchó a Nueva York para gestionar su publicación con la World Publishing Company.
Convencido de haber hallado el sentido de la vida
Proseguí con mi estudio bíblico en ausencia de Helen, y con el tiempo aprendí lo que era ir de puerta en puerta hablando de las Escrituras. Cuando Helen regresó de Nueva York, estaba convencido de que por fin había encontrado el sentido de la existencia humana, el objeto de mi búsqueda. Cuál no sería mi sorpresa cuando ella me dijo que ya no le interesaba seguir estudiando la Biblia. Aparentemente, sus amistades de Nueva York la habían persuadido de que lo que estaba aprendiendo de las Escrituras no era popular en el mundo. Afirmó de manera categórica: “El estudio excluye todo lo demás en la vida”, y lo suspendió definitivamente.
Ya entonces tenía bien claro que permanecer en la reserva discordaba con la verdad, y estaba decidido a bautizarme como testigo de Jehová. Después de haberme dedicado a él, me bauticé el 19 de agosto de 1950 en la piscina del hogar de un Testigo, durante un programa preparado especialmente para mí. Acto seguido, presenté mi dimisión al ejército aduciendo que mi ordenación como ministro me inhabilitaba para servir en la reserva. La renuncia fue rechazada en un principio, pero al cabo de unos meses fui dado de baja con honores.
Entretanto, la Paramount estaba próxima a estrenar Un lugar en el sol, y Helen y yo fuimos invitados a una cena privada ofrecida por George Stevens, el director. Se nos avisó que el estreno mundial tendría lugar en el Teatro de Bellas Artes de Beverly Hills, y que Helen, en su calidad de esposa del autor, se dirigiría por radio a la nación a su llegada al teatro. Sería la noche más importante de la vida de mi prima, y se esperaba que yo estuviera con ella. De modo que, a la hora señalada, alquilamos una limusina y nos dirigimos al teatro, ataviados con nuestras mejores galas. Avanzamos lentamente a través de las multitudes que flanqueaban la calle con la esperanza de ver a algunas de las célebres estrellas de cine que asistirían al acontecimiento.
¿Cómo me sentía en medio de aquel derroche de ostentación? En el pasado había visto actos de esta naturaleza en las películas y me había preguntado qué se sentiría ser el centro de atención. Pero ahora que conocía la verdad bíblica me sentía desplazado. Quizás intuía que Jehová desaprueba tales cosas en vista de lo que dice la Biblia en 1 Juan 2:16: “La exhibición ostentosa del medio de vida de uno [...] no se origina del Padre, sino que se origina del mundo”. Era fácil ver que semejante fasto y esplendor no armonizaban con mi nuevo estilo de vida cristiano. Si bien disfruté de la excelente película, sentí un gran alivio cuando todo terminó.
Poco después, Helen sufrió un ataque de apoplejía que la dejó parcialmente paralizada. Un segundo ataque le hizo imposible seguir al frente de los negocios. Su hermana Myrtle Butcher pidió permiso para llevársela a su propio hogar de Gresham (Oregón). No impugné la petición por considerar que sería en beneficio de Helen, pues su hermana podría prodigarle los intensos cuidados que necesitaba. Así pues, me quedé sin trabajo. ¿Qué haría? Confié en la promesa de Jesús recogida en Mateo 6:33: “Sigan, pues, buscando primero el reino y la justicia de Dios, y todas estas otras cosas les serán añadidas”.
Como mi padre había fallecido unos meses antes y no tenía a nadie a mi cargo, decidí servir a Jehová de tiempo completo. Casi de inmediato obtuve mi recompensa, pues conseguí un empleo de media jornada que me permitió ser predicador de tiempo completo de las buenas nuevas del Reino de Dios. En conformidad con lo que Jesús aseguró, Jehová me ha cuidado durante los cuarenta y dos años que he pasado en dicho servicio.
En el verano de 1953 asistí a mi primera asamblea internacional de los testigos de Jehová, en el Estadio Yankee de Nueva York, y ¡qué emocionante resultó ser! Estaba a punto de culminar mi primer año de precursor, y, aunque era muy feliz en la obra evangelizadora, deseaba ampliar mi participación en el servicio del Reino. Anteriormente había enviado una solicitud para servir de tiempo completo en las oficinas centrales de la Sociedad, y en esta asamblea presenté una solicitud para asistir al curso de misioneros de la Escuela Bíblica de Galaad de la Watchtower. A poco de regresar a Los Ángeles, recibí con sorpresa una invitación para servir en Betel, la sede de la Sociedad.
Con sentimientos encontrados ingresé en Betel el 20 de octubre de 1953, preguntándome cómo sería aquello y si me sentiría tan feliz como cuando era precursor. Mas en los cuarenta y un años que llevo en Betel, nunca me he arrepentido de haber tomado esta decisión. Los privilegios de que he disfrutado aquí me han causado dicha y felicidad mayores que las que hubiera podido experimentar en cualquier otra forma de servicio del Reino.
A la muerte de Helen, en 1955, fui designado albacea, y después fideicomisario, de sus bienes. En su testamento, Theodore Dreiser había constituido a Helen heredera universal de toda su hacienda, y la administración de la herencia incluía la propiedad intelectual de la obra literaria de él. Helen me había dicho que su esposo era un lector asiduo de la Biblia, y al revisar su biblioteca vi que solía hacer notas al margen de su Biblia sobre la manera como otra versión traducía ciertos pasajes.
Dreiser y los testigos de Jehová
Yo no sabía nada de los testigos de Jehová cuando conversaba con Theodore, pero más tarde me enteré de que él estaba al tanto de la postura neutral de estos. En su libro America Is Worth Saving (América merece salvarse) los alaba por su negativa a saludar la bandera. Theodore no temía adoptar una postura firme con respecto a algo si estaba convencido, y si yo hubiera sabido de la Biblia tanto como ahora, sin duda habríamos sostenido conversaciones muy interesantes.
Echando una mirada retrospectiva a los cuarenta y cinco años que han pasado desde que empecé a estudiar la Biblia con los testigos de Jehová, puedo afirmar francamente que he hallado el sentido de la existencia que había estado buscando. Mis preguntas acerca de las injusticias de la vida quedaron bien contestadas al aprender que el gobernante y dios de este mundo es Satanás el Diablo, y no el Dios amoroso y omnipotente, Jehová. (Juan 14:30; 2 Corintios 4:4; 1 Juan 4:8.) Me llena de júbilo saber que el Reino de Dios fue establecido en los cielos en octubre de 1914 y que en breve asumirá el control de la Tierra y eliminará las obras del Diablo. (1 Juan 3:8; Revelación [Apocalipsis] 20:10.)
Mientras tanto, conocer al Señor Soberano Jehová, tener una relación personal con él y gozar de una vida plena en el servicio del Reino podría compararse a la perla que encontró un comerciante en uno de sus viajes. Tal era su valor que enseguida vendió todo cuanto tenía para adquirirla. (Mateo 13:45, 46.)
Habiendo encontrado tamaño tesoro, me identifico con las palabras de David: “Que pueda morar en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la agradabilidad de Jehová y para mirar con aprecio a su templo”. (Salmo 27:4.)—Relatado por Harold Dies.
[Fotografía en la página 20]
El ingreso en la milicia me ocasionó cargo de conciencia, por no decir otra cosa
[Fotografía en la página 23]
Sirvo en Betel desde 1953