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¡Despertad! 1997
g97 8/2 págs. 7-9

Cómo manejar las emociones

¿ESTÁ usted cuidando a un familiar enfermo de gravedad? Si así es, probablemente le habrán sobrevenido algunos sentimientos que lo confundan o hasta lo asusten. ¿Qué puede hacer? Vea las reacciones emocionales contra las que luchan algunos cuidadores y las sugerencias prácticas que les han ayudado a manejarlas.

Vergüenza. A veces, el comportamiento de una persona enferma puede dejarle avergonzado delante de otros. Procure explicar a los amigos y vecinos la naturaleza de la enfermedad que padece su ser querido, pues tal vez eso les ayude a comprender lo que sucede y los motive a manifestar “sentimientos como compañeros” y paciencia. (1 Pedro 3:8.) Si es posible, hable con otras familias que se encuentren en una situación similar a la suya. El intercambio de experiencias tal vez le ayude a no abochornarse tanto. Sue explica lo que la ayudó: “Sentía tanta lástima por mi padre que eclipsaba toda sensación de vergüenza. Su sentido del humor también me ayudaba”. Sí, el sentido del humor —tanto por parte del paciente como de quienes lo cuidan— obra maravillas con los nervios crispados. (Compárese con Eclesiastés 3:4.)

Temor. El desconocimiento de la enfermedad puede ser causa de mucho temor. Trate de buscar asesoramiento profesional en cuanto a lo que debe esperar a medida que la enfermedad progrese. Aprenda lo que debe hacer para atender al enfermo en tales circunstancias. En el caso de Elsa, una de las cosas que más la ayudaron a vencer su temor fue preguntar a otros cuidadores y a las enfermeras del centro qué cambios debía esperar a medida que el estado de la paciente empeorase. Jeanny aconseja: “Afronte sus temores y contrólelos. El temor de lo que pudiera suceder suele ser peor que la realidad”. El doctor Ernest Rosenbaum recomienda que, prescindiendo de la causa de sus temores, “hable de ellos tan pronto se le presenten”. (Compárese con Proverbios 15:22.)

Pesar. No es fácil sobrellevar el pesar, particularmente cuando se cuida a un enfermo. Puede que usted sufra por la pérdida de su compañía, en especial si el paciente amado ya no es capaz de hablar, de entender con claridad lo que le dice o de reconocerle. Otras personas tal vez no entiendan lo que usted siente. Compartir su pesar con un amigo comprensivo que le escuche con paciencia y compasión podría proporcionarle el consuelo que tanto necesita. (Proverbios 17:17.)

Ira y frustración. Estas son reacciones normales cuando se cuida a una persona gravemente enferma cuyo comportamiento es un tanto difícil a veces. (Compárese con Efesios 4:26.) Pero tenga presente que a menudo el paciente no es responsable de sus actos, es la enfermedad lo que le hace comportarse de forma irritante. Lucy recuerda: “Cuando me enfadaba mucho, terminaba llorando. Entonces trataba de recordar el estado del paciente y su enfermedad. Sabía que necesitaba mi ayuda. Eso me animaba a continuar”. Tal discernimiento puede ‘retardar su cólera’. (Proverbios 14:29; 19:11.)

Culpa. Aunque no es extraño que los cuidadores experimenten sentimientos de culpa, tenga la certeza de que la labor que usted realiza, aunque muy difícil, es esencial. Acepte el hecho de que no siempre reaccionará de la mejor manera, ni de palabra ni de obra. La Biblia nos recuerda: “Todos tropezamos muchas veces. Si alguno no tropieza en palabra, este es varón perfecto, capaz de refrenar también su cuerpo entero”. (Santiago 3:2; Romanos 3:23.) No permita que los sentimientos de culpa le impidan tomar medidas positivas. Cuando lamente haber dicho o hecho algo, pida disculpas y verá que tanto usted como el paciente se sienten mejor. Un señor que cuidó a un familiar enfermo aconseja: “Compórtese lo mejor que pueda dentro de las circunstancias”.

Depresión. La depresión es muy común —y se comprende— en las familias que afrontan una enfermedad grave. (Compárese con 1 Tesalonicenses 5:14.) Una cuidadora que padece depresión explica qué la ayudó: “Muchos nos daban las gracias por los cuidados que dispensábamos. Tan solo unas palabras de ánimo pueden ser de gran ayuda cuando una se siente muy cansada o deprimida”. La Biblia dice: “La inquietud deprime el corazón del hombre, pero una buena palabra lo reconforta”. (Proverbios 12:25, Levoratti-Trusso.) Como posiblemente los demás no siempre perciban que usted necesita ánimo, a veces tendrá que expresar abiertamente la “inquietud” de su corazón si desea recibir del prójimo la “buena palabra” que reconforte. No obstante, en caso de que la depresión persista o se agrave, tal vez sea aconsejable que vaya al médico.

Impotencia. No es extraño que se sienta impotente frente a una enfermedad debilitante. Acepte la realidad de la situación. Reconozca sus limitaciones: usted no puede controlar la salud del paciente, pero sí puede asistirle con compasión. No espere perfección de usted mismo, del paciente ni de quienes colaboran con usted en el cuidado. El enfoque equilibrado de la situación no solo alivia los sentimientos de impotencia sino también la carga de trabajo. Este es el sabio consejo de muchas personas que han cuidado a un ser querido enfermo: Aprenda a enfrentarse a los días de uno en uno. (Mateo 6:34.)

[Comentario de la página 8]

“Afronte sus temores y contrólelos. El temor de lo que pudiera suceder suele ser peor que la realidad”

[Ilustración de la página 8]

Para calmar sus temores, averigüe todo lo que pueda sobre la enfermedad

[Ilustración de la página 9]

Hablar con un amigo comprensivo puede servirle de mucho consuelo

[Recuadro de la página 7]

Palabras de ánimo de algunos cuidadores

“NO DEJE que los pensamientos negativos sobre su persona lo aflijan. Son normales en estas circunstancias. No reprima sus sentimientos. Confíeselos a alguien, y, si puede, tómese un descanso —váyase un rato— para que pueda sentirse mejor.”—Lucy, que ayudó a una serie de cuidadores y pacientes como parte de su trabajo en una clínica.

“Si hay familiares o amigos que pueden y desean ayudar, permítales que lo hagan. Es esencial que comparta la carga con otros.”—Sue, que atendió a su padre hasta que murió de la enfermedad de Hodgkin.

“Aprenda a tener sentido del humor.”—Maria, que ayudó a cuidar de una querida amiga que murió de cáncer.

“Manténgase fuerte en sentido espiritual. Acérquese a Jehová y ore incesantemente. (1 Tesalonicenses 5:17; Santiago 4:8.) Él suministra ayuda y consuelo mediante su espíritu, su Palabra, sus siervos terrestres y sus promesas. Procure estar lo más organizado que pueda. Por ejemplo, algo que ayuda bastante es confeccionar un horario para la administración de medicamentos y una lista con los nombres y turnos de los ayudantes.”—Hjalmar, que asistió a su cuñado durante la fase terminal de su enfermedad.

“Aprenda todo lo que pueda en cuanto a la naturaleza de la enfermedad de su paciente. De este modo sabrá lo que debe esperar del enfermo y de usted mismo, así como la manera de cuidar de él.”—Joan, cuyo esposo padece la enfermedad de Alzheimer.

“Recuerde que otras personas han pasado por lo mismo antes que usted, y que Jehová puede ayudarle a afrontar lo que venga.”—Jeanny, que atendió a su esposo hasta que murió.

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