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¡Despertad! 1997
g97 22/5 págs. 14-17

Ópera en plena selva

Por el corresponsal de ¡Despertad! en Brasil

A TRAVÉS de la ventanilla del avión vemos dos ríos que se dirigen el uno hacia el otro: el Solimões, nombre brasileño del alto Amazonas, de color amarillento, y el Negro, como su nombre indica, de color oscuro. Cuando confluyen, se resisten a mezclar por completo sus aguas por los siguientes 10 kilómetros. El avión aterriza en la cercana ciudad de Manaus, la capital del estado brasileño de Amazonas.

“Aquí tenemos dos estaciones —dice la gente de Manaus—. En una llueve todos los días y en la otra llueve todo el día.” Pero la lluvia no impide al millón y medio de habitantes moverse afanosamente por esta ciudad de contrastes. Después de pasar frente a industrias de alta tecnología en avenidas anchas, y casas y edificios de apartamentos en calles empinadas, nos sumimos en el congestionado tráfico del centro urbano, donde captan nuestra atención los rascacielos y los monumentos palaciegos. Entendemos por qué a Manaus se la llamaba el París de la selva. Pero hay un edificio hermoso que destaca de forma especial: el teatro de la ópera.

“Existen teatros de la ópera en muchos lugares —dice Inês Lima Daou, su directora—, pero el Teatro Amazonas es diferente. Está emplazado en una zona muy remota.” ¿Por qué se construyó un edificio tan soberbio en medio de la mayor pluviselva del mundo?

La clave está en el caucho

En 1669, el capitán portugués Francisco da Mota Falcão fundó en la selva la Fortaleza de São José do Rio Negro. Tras varios cambios de nombre, en 1856 le pusieron el de Manaus, en honor a una tribu india local llamada Manáos. En el año 1900 ya habían acudido a Manaus 50.000 personas. ¿Qué atrajo a tanta gente? El Hevea brasiliensis, o árbol del caucho, originario de la cuenca amazónica.

Los colonizadores portugueses observaron que los indios jugaban con bolas pesadas hechas del látex que extraían de estos árboles. Con el tiempo, aquellos le descubrieron otro uso al líquido lechoso. Para 1750, el rey José I de Portugal enviaba sus botas a Brasil para que las impermeabilizaran. En 1800, Brasil ya exportaba calzado de goma a Nueva Inglaterra (América del Norte). Pero fue después que Charles Goodyear descubrió la vulcanización en 1839 y John Dunlop patentó el neumático con cámara de aire en 1888 cuando se desató la ‘fiebre del caucho’. El mundo pedía caucho.

Al poco tiempo, casi doscientos mil brasileños trabajaban de seringueiros, o extractores de látex, practicando incisiones en 80.000.000 de árboles de caucho esparcidos por la pluviselva que rodea a Manaus.

Fueron años eufóricos de prosperidad económica que trajeron a Manaus la electricidad, el teléfono e incluso un tranvía, el primero de Sudamérica. Los magnates del caucho edificaban mansiones, comían sobre manteles de lino irlandés y sus familias viajaban con frecuencia a Europa para disfrutar de su cultura, lo que incluía la ópera. No pasó mucho tiempo antes de que quisieran un teatro de la ópera como los de Europa.

Trasplantan pedacitos de Europa

El sueño empezó a hacerse realidad en 1881, cuando la ciudad decidió ubicar el futuro teatro de la ópera en una colina situada entre dos afluentes, junto a la iglesia y rodeado de bosque. Los barcos cargados de materiales de construcción cruzaban el océano Atlántico y proseguían otros 1.300 kilómetros río Amazonas arriba hasta Manaus.

Pero, un momento, ¿por qué tiene cúpula este edificio de estilo neoclásico? En los planos originales no figuraba, pero uno de los ingenieros fue a una feria de Francia, vio una cúpula que le gustó, y la compró. Estaba decorada con unas treinta y seis mil tejas alemanas verdes y amarillas.

El auditorio en forma de herradura tenía 700 asientos con respaldo de mimbre en la platea o luneta, 12 asientos en el palco oficial y 5 en cada uno de los 90 palcos privados de los tres pisos superiores. Para obtener palcos privados, las familias ricas donaron veintidós máscaras griegas, que se colocaron encima de las columnas en homenaje a los compositores, músicos y dramaturgos europeos.

La iluminación le confiere al teatro un aspecto excepcional. En el centro del auditorio se encuentra suspendida una enorme araña de bronce de manufactura francesa adornada con cristal italiano. Puede bajarse para cambiarle las bombillas y limpiarla. Las 166 lámparas con base de bronce y 1.630 tulipas dan realce a las paredes y los cuadros.

Crispim do Amaral, pintor brasileño del siglo XIX que vivió en París y estudió en Italia, pintó en el techo cuatro escenas que representan la ópera, el baile, la música y la tragedia. El artista logró crear el efecto ilusorio de estar bajo la torre Eiffel. En el telón pintó un tema poco corriente: la confluencia de los dos ríos que forman el Amazonas. El centenario telón no se enrolla, sino que se levanta recto hacia la cúpula para que la pintura se dañe lo menos posible.

En el segundo nivel se encuentra el salón de baile; en cada uno de sus extremos hay un espejo alto de cristal francés que refleja la luz de 32 arañas de Italia. El resplandor ilumina los cuadros de fauna y flora amazónicas, obra del pintor italiano Domenico de Angelis. Para obtener un aspecto lujoso, enyesaron las columnas de hierro fundido y las pintaron imitando el mármol. Dé unos golpecitos en las barandas de “mármol” de los palcos; son de madera. El suelo pulido se colocó según el método francés: 12.000 tablas de madera encajadas sin utilizar ni clavos ni cola. El único material brasileño era la madera de los suelos, mostradores y mesas. Sin duda todos los presentes se sentían cómodos... y frescos. ¿Por qué frescos?

Los albañiles habían incrustado los adoquines de las calles que rodeaban el teatro en una sustancia derivada del látex, con lo cual se amortiguaba ingeniosamente el ruido de los carruajes tirados por caballos de los que llegaban tarde. De esta forma se podían dejar las puertas abiertas para que corriera la brisa entre los asientos con respaldo de mimbre y se aplacara así el calor.

Del espumoso champaña a las amenazadoras nubes

Cuando se abrieron las puertas del teatro la noche de su inauguración, en 1896, de las fuentes situadas enfrente del teatro manaba champaña. Las obras de construcción habían durado quince años y habían costado 10.000.000 de dólares. Era un edificio grandioso para voces grandiosas. A lo largo de los años acudieron solistas y grupos de Italia, Francia, Portugal y España para representar La Bohème, de Puccini, y Rigoletto e Il Trovatore, de Verdi. El temor a contraer una enfermedad tropical, como el cólera, el paludismo y la fiebre amarilla, mantuvo a algunos cantantes alejados del teatro; pero había otra amenaza: el fin del auge del caucho. Sobre Manaus se cernían nubes amenazadoras. (Véase el recuadro “El secuestro que puso fin al auge del caucho y a la ópera”.)

En 1923 Brasil perdió el monopolio del caucho. Los magnates, los especuladores, los comerciantes y las prostitutas hicieron las maletas a toda prisa y se marcharon de la ciudad, con lo que Manaus pasó a ser un lugar remoto y abandonado. ¿Y el teatro de la ópera? Los anexos del teatro se transformaron en almacenes de caucho, y el escenario, en cancha de fútbol-sala.

Retornan los tiempos gloriosos

Posteriormente, Manaus se convirtió en punto de partida de ecoturistas que iban a explorar los misterios de la pluviselva. Otros la visitaban por unos días para sostener una serpiente, alimentar un papagayo o acariciar un perezoso. Pero con una restauración del teatro de la ópera, Manaus se convertiría, sin duda, en una atracción de otro tipo.

Por consiguiente, en 1974 se realizaron costosas reformas en el teatro conservando el estilo original, a la vez que se incluían mejoras técnicas. Se limpiaron las lámparas, los espejos y el mobiliario. Los técnicos instalaron dispositivos hidráulicos para subir y bajar el foso de la orquesta. Cambiaron el suelo del escenario y dotaron el espacio entre bastidores de un nuevo sistema de sonido y de alumbrado, así como de un equipo de vídeo. En la platea, debajo de los asientos, instalaron aire acondicionado.

Una vez concluidas estas reformas, la orquesta sinfónica de Río de Janeiro volvió a traer la cultura al teatro. Posteriormente, la afamada bailarina Margot Fonteyn honró el escenario con su interpretación de El lago de los cisnes, y dejó sus zapatillas de ballet en el museo del teatro.

No obstante, a fin de incrementar la comodidad, belleza y seguridad del local, fue necesario realizar más mejoras. Después de una investigación exhaustiva y una planificación cuidadosa, 600 obreros y 30 técnicos trabajaron con ahínco en el teatro por cuatro años. Bajo ocho capas de pintura encontraron el color rosa original. La cúpula necesitaba un nuevo revestimiento, así que sustituyeron las tejas viejas con otras parecidas hechas en Brasil. Retapizaron los asientos con terciopelo francés rojo. Utilizaron escarpelos y pinceles para retocar los delicados objetos de arte y los cuadros. Desgraciadamente, la humedad había deteriorado los murales de los pasillos, así que se escogió un brocado chino de color verde jade para cubrir los paneles. Además, la madera de las columnas y de las barandas de los palcos estaba infestada de termes. Para eliminarlos, se inyectaron en ella 13.760 litros de insecticida.

En 1990 volvieron a resonar voces grandiosas en un edificio grandioso. Las arias de la soprano brasileña Celine Imbert y los recitales de piano de Nelson Freire ennoblecieron el teatro.

¿Ha sonado un timbre? En efecto. Nos avisan que la función comenzará dentro de cinco minutos.

“Para conmemorar el centenario del Teatro Amazonas —dice la señora Daou, directora del teatro—, invitamos al renombrado tenor José Carreras. Este probó la acústica del teatro y le pareció perfecta.” La velada finalizó con un baile en el salón. Las festividades prosiguieron con la visita del director de orquesta Zubin Mehta, el tenor Luciano Pavarotti y un grupo argentino que presentó la animada ópera Carmen.

Acaba de sonar el timbre de los tres minutos. Será mejor que nos sentemos.

A lo largo del día los 60 empleados del teatro han trabajado arduamente entre bastidores en los preparativos para el espectáculo. Y tendrán más espectáculos: conciertos de jazz, actos folclóricos y obras de teatro. Pero esta noche se va a representar un ballet.

El timbre avisa que falta un minuto. ¡Chss...!

Así que, ¿cuándo viene al teatro de la ópera en plena selva?

[Ilustración y recuadro de la página 17]

El secuestro que puso fin al auge del caucho y a la ópera

En 1876 Henry Wickham, un joven aventurero inglés, urdió una estratagema que finalmente acabó con el auge del caucho en Brasil. Con ayuda de unos indígenas, “secuestró” 70.000 plantones de Hevea brasiliensis de primera calidad de la selva amazónica, los cargó en un barco de vapor y los pasó de contrabando por la aduana brasileña alegando que eran “muestras de plantas exóticas para la reina Victoria”. Durante la travesía del Atlántico los cuidó con esmero y al llegar a Inglaterra los transportó a toda prisa en un tren especial a los invernaderos de los Jardines Botánicos Reales de Kew, donde retoñaron unas semanas más tarde. De allí los enviaron a Asia y los plantaron en los terrenos pantanosos de Ceilán y la península de Malaca. En 1912 los plantones secuestrados se habían convertido en plantaciones de caucho libres de plagas, y para cuando los árboles empezaron a producir látex, según cierta fuente, “el auge del caucho brasileño se [había ido] a pique para siempre”.

[Mapa de la página 14]

(Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación)

Manaus

[Reconocimiento]

Mountain High Maps® Copyright © 1995 Digital Wisdom, Inc.

[Ilustraciones de la página 15]

Los dos ríos se resisten a mezclarse

La cúpula del teatro: un buen punto de referencia

[Ilustración de la página 16]

Un edificio soberbio en plena selva

[Ilustración de la página 17]

El teatro de la ópera recupera su grandiosidad

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