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  • Nuestra búsqueda de la justicia
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  • Vida militar y matrimonio
  • Me opongo obstinadamente
  • Encuentro la justicia que buscaba
  • Por fin me llega la verdad al corazón
  • Busco el ministerio de tiempo completo
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¡Despertad! 1997
g97 22/6 págs. 19-23

Nuestra búsqueda de la justicia

RELATADO POR ANTONIO VILLA

En 1836, todos los defensores tejanos de El Álamo —cuyo número no llegaba a doscientos— perecieron a manos de un ejército mexicano de aproximadamente cuatro mil hombres. Después, el grito de guerra “Recuerden El Álamo” sirvió para enardecer la lucha por la independencia, la cual se obtuvo ese mismo año. En 1845, lo que en su día fue parte de México pasó a formar parte de Estados Unidos, y los mexicanos se encontraron en territorio hostil. Las diferencias étnicas aún perviven en el recuerdo.

NACÍ en 1937, no muy lejos de San Antonio (Texas), donde está situado El Álamo. Por aquel entonces, los baños, las fuentes de agua y otros servicios públicos tenían rótulos que decían “Blancos” y “Otros”. Pronto aprendí que en “Otros” estábamos incluidos los de ascendencia mexicana.

Cuando los negros o los mexicanos iban al cine, solo podían sentarse en la galería, no en la sala principal. Muchos restaurantes y negocios se negaban a atender a los mexicanos. En cierta ocasión, mi esposa, Velia, y su hermana entraron en un salón de belleza, y los propietarios, en vez de tener la consideración de decirles: “Aquí no admitimos mexicanos”, se rieron en su cara hasta que se marcharon avergonzadas.

A veces, los hombres blancos —por lo general cuando estaban embriagados— buscaban mujeres mexicanas, a las que muchos conceptuaban de inmorales por naturaleza. Yo pensaba para mis adentros: ‘No quieren compartir con nosotros un baño o una fuente, pero sí comparten la cama con una mujer mexicana’. Al principio, tales injusticias me tornaron inseguro y, más tarde, rebelde.

Problemas con las iglesias

La hipocresía religiosa agrió aún más mi carácter. Blancos, negros y mexicanos adoraban a Dios en iglesias separadas. Cuando me preparaba para recibir la primera comunión, el cura me dio unos sobres fechados para que se los entregara a mi padre; todas las semanas teníamos que devolver uno con algún donativo. Poco después, el sacerdote me dijo: “Más vale que le digas a tu padre que no está llegando ningún sobre”. Las palabras airadas de mi padre se me grabaron en la memoria: “¡Es lo único que les interesa, el dinero!”.

Los escándalos causados por predicadores que se fugaban con mujeres de sus congregaciones eran comunes. Experiencias como esas reafirmaban mi parecer de que “la religión solo tenía dos propósitos: quitarle a uno el dinero o la mujer”. Por eso, cuando los testigos de Jehová me visitaban, los despedía diciendo: “El día que quiera una religión, yo mismo la buscaré”.

Vida militar y matrimonio

En 1955 me alisté en las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos con la esperanza de sobresalir en el trabajo y así ganarme el respeto que me habían negado como mexicano. Mi dedicación me valió el reconocimiento, y con el tiempo llegué a estar encargado del control de calidad. Esto implicaba la evaluación de otras divisiones de las fuerzas armadas.

En 1959 me casé con Velia. Ella había sido siempre una mujer de inclinaciones religiosas, pero las diversas iglesias a las que había asistido la habían decepcionado. Un día de 1960, sintiéndose muy deprimida, oró: “Dios, si existes, por favor, házmelo saber. Quiero conocerte”. Ese mismo día nos visitó un testigo de Jehová en nuestra casa de Petaluma (California).

No obstante, Velia perdió el contacto con los Testigos poco después debido a una transferencia de mi asignación militar. No fue hasta 1966, mientras me encontraba en Vietnam, cuando ella reanudó el estudio bíblico en la ciudad de Seminole (Texas). No me alegró volver a casa a principios del año siguiente y encontrarla estudiando la Biblia con los Testigos.

Me opongo obstinadamente

Pensando que Velia terminaría engañada y desilusionada de la religión, asistí al estudio como oyente buscando descubrir el más leve indicio de hipocresía. Cuando la mujer dijo que los Testigos eran neutrales en política, la interrumpí. “¿En qué trabaja su esposo?”, le pregunté.

“Cultiva algodón”, replicó.

“¡Ajá! —contesté con arrogancia—. Los uniformes militares están hechos de algodón, de modo que ustedes sí apoyan el esfuerzo bélico.” Fui descortés e irrazonable.

Aunque en junio de 1967 me transfirieron a un lugar lejano, a Minot (Dakota del Norte), los Testigos se comunicaron allí con Velia, y ella retomó el estudio bíblico. Comencé a oponerme de forma pueril. Llegaba a la hora del estudio adrede y daba portazos, subía las escaleras pisando fuerte, lanzaba las botas al piso ruidosamente y tiraba de la cadena del inodoro varias veces.

Velia era una mujer de voz suave, sumisa, que nunca había hecho nada sin mi consentimiento. Aunque le había permitido de mala gana que estudiara la Biblia, ella sabía que asistir a las reuniones de los Testigos le sería más problemático. Cuando la instaban a que fuera, siempre respondía: “Prefiero no hacerlo. No quiero disgustar a Tony”.

No obstante, un día leyó en la Biblia: “No estén contristando el espíritu santo de Dios”. (Efesios 4:30.) “¿Qué significa eso?”, preguntó. La Testigo que le daba el estudio respondió: “Bueno, el espíritu santo de Dios inspiró la escritura de la Biblia; de modo que si no cumplimos con lo que ella dice, contristamos el espíritu santo de Dios. Por ejemplo, algunas personas no van a las reuniones aunque saben que la Palabra de Dios lo manda”. (Hebreos 10:24, 25.) Aquello bastó para motivar el humilde corazón de Velia. Desde entonces comenzó a asistir a todas las reuniones pese a mi oposición.

“¿Cómo puedes irte sin dejarme la comida servida sobre la mesa?”, le decía bruscamente. Velia aprendió enseguida a tenerme la cena servida y caliente. Entonces me inventé otras excusas: “Tú no nos quieres ni a mí ni a tus hijos porque nos abandonas por esas reuniones”. O cuando yo atacaba las creencias de los Testigos y ella trataba calmadamente de defenderlas, la llamaba “bocona irrespetuosa e insumisa”.

A pesar de todo, Velia seguía asistiendo a las reuniones, y muchas veces salía de casa llorando a causa de mis insultos. Sin embargo, no era que yo careciera totalmente de principios. Nunca golpeé a mi esposa, y ni siquiera pensé en abandonarla debido a su nueva fe; pero sí me preocupaba que en esas reuniones encontrara algún hombre bien parecido que se interesara en ella. Aún tenía la idea de que la religión iba tras el dinero o la mujer de uno. Mientras Velia se vestía para las reuniones, yo le decía en son de queja: “Te arreglas para los demás, pero nunca para mí”. Así que cuando decidí ir a una reunión por primera vez, le dije: “Voy, pero solo para vigilarte”.

En realidad, el verdadero motivo era encontrar algo de que acusar a los Testigos. En una de las primeras reuniones a las que asistí dieron un discurso sobre casarse “solo en el Señor”. (1 Corintios 7:39.) Al llegar a casa, me quejé amargamente: “¿Ves? Son como todos: llenos de prejuicios contra los que no son de su religión”. Velia comentó con apacibilidad: “Pero no son ellos los que lo dicen, sino la Biblia”. Respondí de inmediato golpeando la pared con el puño y gritando: “¡Ahí va de nuevo la bocona!”. La verdad es que sentía mucha rabia porque sabía que ella tenía la razón.

Seguí yendo a las reuniones y leyendo las publicaciones de los Testigos, pero solo para buscarles los defectos. Incluso empecé a comentar en las reuniones, aunque con el único fin de demostrarles que yo no era ningún “mexicano tonto”.

Encuentro la justicia que buscaba

Para 1971, mi carrera militar nos había llevado a Arkansas. Yo continuaba asistiendo a las reuniones con Velia, quien se había bautizado en símbolo de su dedicación a Jehová en diciembre de 1969. Aunque ya no me oponía a ella, tampoco dejaba que nadie me diera estudio de la Biblia. Había incrementado mucho mi conocimiento gracias a la lectura de las publicaciones bíblicas, pero este era puramente teórico, producto de mi deseo de ser el mejor en todo lo que hacía. Sin embargo, poco a poco la compañía de los testigos de Jehová fue influenciando mi corazón.

Por ejemplo, notaba que los negros enseñaban en las reuniones de la congregación. Claro que al principio me decía: ‘Sí, solo lo hacen aquí a puerta cerrada’. Mas cuando acudí a una asamblea en un gran estadio de béisbol, me impactó ver que también allí participaban en el programa. Tuve que admitir que no había discriminación entre los Testigos. Ellos practicaban la verdadera justicia.

Asimismo llegué a comprender que los testigos de Jehová se profesan verdadero amor entre sí. (Juan 13:34, 35.) Y cuando trabajé con ellos en la construcción de su Salón del Reino, constaté que eran personas comunes y corrientes. Los vi cansarse, cometer errores y hasta discutir cuando las cosas salían mal. En vez de alejarme a causa de estas imperfecciones, me sentí más seguro en medio de ellos. Quizás me di cuenta de que, a pesar de mis múltiples defectos, aún había esperanzas para mí.

Por fin me llega la verdad al corazón

Supe por primera vez que estaba desarrollando una relación con Jehová cuando, en 1973, La Atalaya explicó que fumar era una forma de “contaminación de la carne” y constituía una falta que ameritaba la expulsión. (2 Corintios 7:1.) En aquel tiempo fumaba entre uno y dos paquetes de cigarrillos al día. Había intentado dejarlo muchas veces, pero sin resultados. Sin embargo, a partir de entonces, cada vez que sentía el impulso de fumar oraba a Jehová en silencio y le pedía que me ayudara a abandonar el vicio. Para sorpresa de todos, nunca más volví a fumar.

La fecha de mi retiro del ejército era el 1 de julio de 1975. Sabía que si quería poner por obra lo que la Biblia enseña tendría que dedicar mi vida a Jehová. Dado que nunca había tenido un estudio personal de la Biblia, los ancianos de la congregación se llevaron una gran sorpresa cuando, en junio de 1975, les expresé mi deseo de bautizarme en cuanto me jubilara. Ellos me explicaron que primero tenía que cumplir el mandato de Jesús de predicar. (Mateo 28:19, 20.) Eso hice el primer sábado de julio. Ese mismo día me reuní con un anciano y contesté las preguntas bíblicas que se hacen a quienes se van a bautizar. Tres semanas después me bauticé.

Al ver que me había bautizado, nuestros tres hijos —Vito, Venelda y Veronica— comenzaron a adelantar rápidamente en sentido espiritual. En menos de dos años se bautizaron los dos mayores, y cuatro años después la menor. Cuando hablo con padres que conocen la verdad bíblica pero que no hacen nada al respecto, a menudo les menciono las consecuencias de su pasividad; les digo que aunque tal vez sus hijos no lo expresen, piensan que si la verdad no es tan importante para papá, tampoco lo es para ellos.

Busco el ministerio de tiempo completo

Toda la familia emprendimos el ministerio de tiempo completo como precursores en la ciudad de Marshall (Arkansas). Velia y yo empezamos en 1979, y nuestros hijos se nos fueron uniendo en los años siguientes, conforme se graduaban de la escuela secundaria.

A principios de los años ochenta nos llegaron noticias de la sed de conocimiento bíblico que había entre las personas del país sudamericano de Ecuador; de modo que nos fijamos la meta de mudarnos allá. Para 1989, nuestros hijos ya eran mayores y podían sostenerse a sí mismos, así que ese año realizamos una breve visita a Ecuador para “espiar la tierra”. (Compárese con Números 13:1, 2.)

Llegamos en abril de 1990 a Ecuador, nuestro nuevo hogar. Como nuestros recursos eran limitados —vivíamos de mi pensión militar—, tuvimos que planear cuidadosamente nuestro presupuesto. Pero las alegrías que nos ha dado el ministerio de tiempo completo en este territorio espiritualmente productivo, compensan con creces cualquier sacrificio económico. Al principio trabajamos en la ciudad portuaria de Manta, donde cada uno dirigía de diez a doce estudios bíblicos semanalmente. Desde 1992 sirvo de ministro viajante en compañía de mi esposa. Visitamos una congregación diferente cada semana.

Cuando la justicia sea absoluta

En retrospectiva, Velia y yo nos damos cuenta de que las injusticias de que fuimos víctimas en nuestra juventud ahora nos son útiles en el ministerio. Nos cuidamos muchísimo de nunca menospreciar a nadie que sea más pobre o menos educado que nosotros o que pertenezca a una etnia diferente. También observamos que muchos de nuestros hermanos cristianos sufren injusticias sociales peores que las que nosotros experimentamos; sin embargo, no se quejan. Siguen con la vista fija en el venidero Reino de Dios, y eso hemos aprendido a hacer. Hace mucho tiempo cejamos en la búsqueda de la justicia en este sistema; más bien, nos hemos dedicado a enseñar a la gente la verdadera solución a la injusticia, a saber, el Reino de Dios. (Mateo 24:14.)

Hemos aprendido igualmente que quienes somos muy sensibles a las injusticias debemos tener cuidado de no esperar justicia perfecta dentro del pueblo de Dios, ya que todos somos imperfectos y tendemos a hacer lo que es malo. (Romanos 7:18-20.) De todas formas, podemos decir con toda sinceridad que hemos hallado una amorosa hermandad multinacional que procura al máximo hacer lo que es correcto. Esperamos que, junto con el pueblo de Dios en todas partes, podamos entrar en el nuevo mundo de Dios, en donde morará la justicia. (2 Pedro 3:13.)

[Comentario de la página 20]

Respondí de inmediato golpeando la pared con el puño

[Ilustración de la página 21]

Con Velia, cuando ingresé en las Fuerzas Aéreas

[Ilustración de la página 23]

Con Velia, en 1996

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