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¡Despertad! 1998
g98 22/3 págs. 15-19

¿Cuánto vale el marfil?

DE NUESTRO CORRESPONSAL EN KENIA

En una conferencia internacional celebrada en junio de 1997 en la ciudad de Harare (Zimbabue), los delegados de 138 países votaron que se relajara la prohibición mundial de comerciar con marfil, la cual llevaba siete años vigente. La decisión, tomada tras enconados debates, permite a tres naciones de África austral —Botsuana, Namibia y Zimbabue— vender marfil, con ciertas reservas, a un país: Japón. Los representantes de África austral rompieron a cantar jubilosos, en tanto que otros se preocupaban por las repercusiones que la decisión pudiera tener en el futuro del elefante africano.

CUANDO Aníbal desafió al ejército romano en el siglo III a.E.C., contaba con una recua de elefantes africanos domesticados. En aquel entonces, probablemente decenas de millones de elefantes africanos pululaban por el continente, desde el cabo de Buena Esperanza hasta El Cairo.

La situación cambió. Un observador dijo: “Las islas de seres humanos en un mar de elefantes se convirtieron en islas de elefantes cada vez más pequeñas en un mar de personas”. Con el crecimiento de la población humana, los elefantes perdieron la batalla por la tierra. Otro factor que incidió en su descenso fue la extensión hacia el sur del desierto del Sahara.

No obstante, un elemento que eclipsó a los anteriores fue la demanda de marfil. A diferencia del hueso de tigre y del cuerno de rinoceronte, al marfil no se le atribuyen supuestas virtudes medicinales; con todo, es un material suntuoso, bello, durable y fácil de tallar. El marfil de los colmillos de elefante figura desde antiguo entre los objetos valiosos y atractivos.

Cuatrocientos años después de Aníbal, el Imperio romano diezmó la población de elefantes de África septentrional para satisfacer la pasión por el marfil. Tal pasión aún pervive, sobre todo en el mundo occidental. A principios de siglo se intensificó la demanda de marfil, no tanto para elaborar objetos artísticos y religiosos como en el pasado, sino para fabricar teclas de piano. Según el libro Battle for the Elephants (La batalla en favor de los elefantes), tan solo en 1910 se usaron en Estados Unidos cerca de 700 toneladas de marfil (lo que representa el sacrificio de 13.000 elefantes) para elaborar 350.000 teclados.

Furtivismo desenfrenado

Al finalizar la primera guerra mundial disminuyó la demanda de marfil, se aprobaron nuevas leyes para la conservación de las especies salvajes y el número de elefantes empezó a aumentar. Sin embargo, a principios de los años setenta se reanudaron las matanzas incontroladas, esta vez para satisfacer la demanda procedente de los países asiáticos recientemente prósperos.

Dos factores auguraron entonces desastre para los elefantes africanos. Primero, la facilidad para conseguir armas livianas y ultramodernas. De repente se hizo fácil no solo abatir individuos, sino también manadas enteras. Segundo, las herramientas eléctricas para tallar permitieron transformar rápidamente el marfil en bruto en artículos listos para el mercado. Antiguamente, un tallador japonés podía pasar un año esculpiendo un solo colmillo; pero con las herramientas eléctricas, en una sola semana un taller de joyas y hanko (sellos con nombres grabados, populares en Japón) de ocho operarios podía consumir los colmillos de 300 elefantes. La creciente demanda de marfil elevó los precios de forma espectacular. Por supuesto, las ganancias mayores no fueron para los furtivos, sino para los intermediarios y traficantes, muchos de los cuales se enriquecieron fabulosamente.

El costo en vidas de elefantes fue terrible. En aproximadamente dos decenios, Tanzania perdió el 80% de sus elefantes, la mayoría a manos de cazadores furtivos; Kenia perdió el 85%, y Uganda el 95%. Al principio, los furtivos disparaban principalmente a los animales adultos porque tenían los colmillos más largos; pero al disminuir la población adulta, empezaron a disparar incluso a las crías para arrancarles los endebles colmillos. Es probable que en ese período se hayan sacrificado más de un millón de elefantes por su marfil, lo que redujo la población de paquidermos de África a 625.000 cabezas.

Prohibición mundial

Las medidas encaminadas a controlar el tráfico de marfil y detener la caza encarnizada fallaron de manera lamentable. Finalmente, en una conferencia que tuvo lugar en octubre de 1989 en Suiza, la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies en Peligro (CITES, por su sigla inglesa) prohibió absolutamente la comercialización del marfil entre sus naciones miembros. La prohibición fue reforzada con cuantiosos fondos para proteger a los elefantes en su hábitat.

Algunos vaticinaron que la prohibición del tráfico de marfil dispararía los precios en el mercado negro y fomentaría la caza ilegal. Sucedió lo contrario. Los precios se desplomaron, y lo que en su día constituyó un mercado lucrativo, decayó. En la India, por ejemplo, las ventas al por menor descendieron en un 85%, y la mayoría de los talladores tuvieron que buscar otro trabajo. El furtivismo disminuyó drásticamente. En Kenia, antes de la prohibición, los furtivos mataban un mínimo de 2.000 elefantes cada año; para 1995, la cifra se había reducido a 35. Además, la población de elefantes del país aumentó de 19.000 en 1989 a cerca de 26.000 en la actualidad.

Por tales razones, la Agencia de Investigación del Medio Ambiente, con sede en Londres, aclamó la prohibición del tráfico de marfil como “uno de los grandes logros en la historia reciente del conservacionismo”. Sin embargo, no todos comparten este entusiasmo, particularmente en África austral.

Los elefantes de África austral

Los países de África austral cuentan con más de doscientos mil elefantes, casi un tercio de la población total de paquidermos de África. Ello se debe, por una parte, al éxito que han tenido las iniciativas conservacionistas y, por otra, al hecho de que tales países escaparon de las milicias fuertemente armadas que abatieron las manadas de África central y oriental.

No obstante, el crecimiento de las poblaciones de elefantes produce conflictos entre estos y los habitantes de las zonas rurales. Después de todo, un elefante adulto posee un apetito voraz, y es capaz de ingerir más de 300 kilogramos diarios de vegetación, como bien sabrá usted si hay un elefante en sus cercanías.

La Africa Resources Trust (Fundación para los recursos de África), con sede en Zimbabue, declara: “La mayoría de los africanos que viven en las zonas rurales ven a los elefantes con temor, recelo y hostilidad. En pocas horas, estos son capaces de arruinar los medios de vida de la gente al comerse las cosechas o aplastar el ganado. Asimismo ocasionan daños a las casas, escuelas, establos, árboles frutales, embalses y a la topografía del terreno. Todos los días los periódicos informan de estragos causados por elefantes”.

Las naciones de África austral se enorgullecen de poder mantener saludables las poblaciones de elefantes; sin embargo, los programas de conservación son costosos, y no creen que se les deba penalizar por los problemas de otras naciones africanas. Sostienen que el comercio controlado de marfil permitiría reinvertir el dinero en medidas conservacionistas y ayudaría a resarcir las pérdidas de los agricultores.

Reservas de marfil

El marfil se acumula en los países donde deambulan los elefantes. Procede de los animales sacrificados en matanzas selectivas, de los que mueren por causas naturales y de los cargamentos ilegales confiscados. ¿Qué se hace con él?

Kenia quema su marfil. Desde julio de 1989, este país ha quemado públicamente sus reservas de marfil en bruto valoradas en millones de dólares, sin que haya recibido compensación directa de fuentes externas. En 1992, Zambia también quemó sus reservas. El mensaje era claro: Kenia y Zambia no deseaban tener parte en el tráfico de marfil.

Otros países guardan sus reservas como inversión futura. El Banco de Análisis del Comercio de Especies Amenazadas de Fauna y Flora (TRAFFIC, por su sigla inglesa), el mayor organismo mundial que vigila la vida salvaje, calcula que el volumen total del marfil almacenado en la actualidad es de por lo menos 462 toneladas, valoradas en aproximadamente 46 millones de dólares. Botsuana, Namibia y Zimbabue, los tres países a los que ahora se les permite comerciar con Japón, poseen 120 toneladas. Por eso, muchos se preguntan: “¿Para qué tener el marfil acumulando polvo en las bodegas en una región donde la gente lucha contra la pobreza? ¿Por qué no venderlo y reutilizar el dinero en programas de conservación?”.

Persiste la preocupación

Mientras que algunas naciones africanas sostienen que el relajamiento de la prohibición del comercio de marfil contribuirá a la conservación del elefante, otras defienden apasionadamente la idea de que la prohibición total es la única forma de evitar que resurja el furtivismo desenfrenado. La preocupación gira en torno a la rigurosidad del control del comercio. ¿Encontrarán escapatorias los sistemas de mercadeo para introducir en el comercio legalizado el marfil obtenido mediante el furtivismo? Y ¿qué decir de la caza furtiva con fines especulativos? ¿Significará el relajamiento de la prohibición que quienes esperan que esta se relaje aún más en el futuro matarán a los elefantes y acapararán el marfil?

A estas preocupaciones se suma el hecho de que ahora más que nunca abundan las armas en África. Las guerras civiles que se libran en el continente han puesto rifles automáticos en las manos de personas que, espoleadas por la grave situación económica, están dispuestas a utilizarlos para hacer dinero. Nehemiah Rotich, director de la Sociedad para la Fauna y Flora de África oriental, escribió: “Al recuperar su valor el marfil [por la reanudación de su comercio], no cabe duda de que estas armas se usarán contra los elefantes; después de todo es mucho más fácil disparar a un elefante en un extenso parque que robar un banco de la ciudad”.

Otro problema es que las medidas contra el furtivismo, además de costosas, son difíciles de aplicar. El patrullaje de las vastas zonas por donde vagan los elefantes exige enormes recursos económicos, que son difíciles de conseguir en África oriental.

¿Qué futuro le aguarda al elefante?

Las consecuencias de la decisión de relajar la prohibición del comercio de marfil aún están por verse. Sin embargo, incluso si todo sale bien, la amenaza al elefante no desaparecerá. El número creciente de las personas que necesitan la tierra para la agricultura y otros propósitos también constituye una amenaza. Tan solo en África austral se talan todos los años, principalmente con fines agrícolas, alrededor de 850.000 hectáreas de bosque, lo que equivale a la mitad de la superficie de Israel. A medida que el mar de gente siga creciendo, de seguro las islas de elefantes se reducirán cada vez más.

La revista World Watch declara: “Hay un punto en el que todos los estudiosos del problema coinciden: el elefante africano encara un futuro difícil. La crisis del hábitat [debido al constante aumento de la población humana] significa que muchos elefantes morirán prematuramente, de uno u otro modo. Si no mueren a manos de los cazadores con licencia —o de los furtivos—, muchos más morirán súbitamente a consecuencia del hambre”.

Este futuro nada halagüeño no toma en cuenta el punto de vista ni el propósito del Creador del elefante, Jehová Dios. El interés de Dios por sus criaturas se evidencia en las siguientes palabras de Jesucristo: “Se venden cinco gorriones por dos monedas de poco valor, ¿no es verdad? Sin embargo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios” (Lucas 12:6). Si Dios no olvida al diminuto gorrión, podemos estar seguros de que no pasará por alto la difícil situación del corpulento elefante.

[Ilustración y recuadro de la página 16]

Sobre el marfil

“No cabe duda de que el marfil es una bella sustancia. Tiene una luminosidad y una calidez diferentes a cualquier otro material empleado para adornos o esculturas. Pero siempre he creído que la gente se olvida [de] que el marfil es el colmillo de un elefante. La palabra marfil se disocia en nuestras mentes de la idea de un elefante. Uno tiende a relacionarlo con el jade, la teca, el ébano, el ámbar, incluso con el oro y la plata, pero existe una diferencia fundamental: los demás materiales no proceden de ningún animal: un colmillo de marfil es un diente incisivo modificado. Cuando se tiene en la mano un maravilloso brazalete de marfil o una talla delicada, cuesta relacionar y comprender que una pieza de marfil procede de un elefante que un día andaba por ahí empleando sus colmillos para alimentarse, para excavar, para empujar, para jugar y para pelear, y que además hay que matar al elefante para que ese trozo de marfil acabe llegando a las manos de uno.” (Los elefantes, por Cynthia Moss.)

[Ilustración y recuadro de la página 19]

Sobre los elefantes

Los elefantes son extremadamente fuertes, y cuando están furiosos, la tierra tiembla. Un elefante es capaz de agarrarnos con su trompa y lanzarnos por los aires como a una piedra; pero también puede acariciarnos con ella, o tomar alimento de nuestra mano con toda delicadeza. Los elefantes son seres inteligentes, complejos y simpáticos. Muestran gran lealtad a los miembros de su familia y se atienden las heridas los unos a los otros, velan por los enfermos y reaccionan ante la muerte de algún miembro de la familia. Aunque no hacen caso de los huesos de otros animales, reconocen los de sus congéneres y reaccionan dispersándolos o enterrándolos.

[Ilustración de la página 18]

Dos países han quemado sus reservas de marfil, otros las han guardado como inversión

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