TIEMPOS SEÑALADOS DE LAS NACIONES
Después de considerar la destrucción que habría de venir sobre la ciudad de Jerusalén, Jesús hizo la siguiente declaración: “Y Jerusalén será hollada por las naciones, hasta que se cumplan los tiempos señalados de las naciones [los tiempos de los gentiles, Mod, Val]”. (Luc. 21:24.) El período indicado por la expresión “tiempos señalados de las naciones” (gr. kai·rói e·thnón) ha dado origen a considerable discusión en cuanto a su significado e implicaciones.
SIGNIFICADO DE “TIEMPOS”
La palabra “tiempos” que se usa aquí se deriva de la palabra griega kai·rós (plural, kai·rói) la cual, según el Diccionario Expositivo de Palabras del Nuevo Testamento, de W. E. Vine, “significaba un período fijo o definido, una época, a veces un tiempo oportuno o favorable”. En vista del significado de la palabra “tiempos” (kai·rói) según se emplea en el texto bíblico, es lógico concluir que la expresión “los tiempos señalados de las naciones” se refiera, no a algo vago o indefinido, sino, más bien, a un “período fijo o definido”, un “tiempo exacto o preciso”, con un comienzo y un fin determinados.
LAS “NACIONES” Y “JERUSALÉN”
El significado de la declaración de Jesús está ligado necesariamente a la ‘holladura de Jerusalén’, que, según dijo, continuaría hasta el cumplimiento de los “tiempos señalados de las naciones”. El término “naciones” o “gentiles” es la traducción de la palabra griega é·thne, que significa “gentes” o “naciones”, y que fue usada por los escritores de la Biblia para referirse específicamente a las naciones no judías.
Jerusalén era la capital de la nación de Israel; de sus reyes —pertenecientes a la línea de David— se decía que ‘se sentaban sobre el trono de Jehová’. (1 Cró. 29:23.) Como tal, Jerusalén representaba el asiento del gobierno divinamente constituido o el reino típico de Dios en operación por medio de la casa de David. Con su monte Sión, era “el pueblo del gran Rey”. (Sal. 48:1, 2.) En consecuencia, Jerusalén llegó a representar el reino de la dinastía del rey David, del mismo modo que Washington, Londres, París o Moscú representan los gobiernos de naciones actuales, y por esos nombres se hace referencia a ellos en los comunicados oficiales.
Comienzo de la ‘holladura’
La ‘holladura’ del reino de la dinastía de gobernantes davídicos no comenzó cuando los romanos devastaron la ciudad de Jerusalén en 70 E.C., sino siglos antes con el derrocamiento de esa dinastía por Babilonia en 607 a. E.C., cuando Nabucodonosor destruyó a Jerusalén, tomó cautivo al destronado rey Sedequías y la tierra quedó desolada. (2 Rey. 25:1-26; véase CRONOLOGÍA.) Todo esto sucedió de acuerdo con las palabras proféticas dirigidas a Sedequías en Ezequiel 21:25-27, a saber: “Remueve el turbante, y quita la corona. Esta no será la misma [...]. Ruina, ruina, ruina la haré. En cuanto a esta también, ciertamente no llegará a ser de nadie hasta que venga aquel que tiene el derecho legal, y tengo que dar esto a él”. En las Escrituras Griegas Cristianas se demuestra que el que tiene el “derecho legal” a la corona davídica que Sedequías perdió es Cristo Jesús, de quien el ángel, al anunciar su nacimiento futuro, dijo: “Jehová Dios le dará el trono de David su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y de su reino no habrá fin”. (Luc. 1:32, 33.)
Con la caída de Jerusalén en 607 a. E.C., los gobiernos gentiles dominaron sobre toda la Tierra. La dinastía y el gobierno davídicos quedaron interrumpidos, y así Jerusalén, o lo que representaba, habría de continuar siendo ‘hollada’ mientras el reino de Dios —ejercido por la casa de David— era mantenido en una condición inoperante bajo las potencias gentiles. (Compárese con Ezequiel 17:12-21; también la descripción de la caída de Medo-Persia en Daniel 8:7, 20.)
TIEMPOS SEÑALADOS DE LAS NACIONES
Por lo menos dos veces en la profecía concerniente al tiempo del fin, Jesús se refirió al contenido del libro del profeta Daniel. (Compárese Mateo 24:15, 21 con Daniel 11:31; 12:1.) En dicho libro encontramos un cuadro de la dominación de la Tierra por las potencias gentiles durante sus “tiempos señalados”. El segundo capítulo de Daniel contiene la visión profética (recibida por el rey Nabucodonosor) de la gran imagen. Por inspiración, Daniel explicó que esta imagen representaba la sucesión de las potencias mundiales gentiles, culminando con su destrucción a manos del Reino establecido por “el Dios del cielo”, y la subsecuente gobernación de este Reino sobre toda la Tierra. (Dan. 2:31-45.) Ha de notarse que la imagen comienza con el imperio babilónico, la primera potencia mundial que ‘holló’ Jerusalén al derrocar a la dinastía davídica y dejar vacante “el trono de Jehová” en aquella ciudad. Esto también confirma que en el 607 a. E.C., año de la destrucción de Jerusalén, comenzaron los “tiempos señalados de las naciones”.
La visión del árbol en Daniel capítulo 4
Una vez más, encontramos en el libro de Daniel un paralelo estrecho con el uso que Jesús hizo de la palabra “tiempos” en relación con las “naciones” o potencias gentiles. Y nuevamente es a Nabucodonosor, el rey que derrocó al descendiente de David, Sedequías, a quien se le dio otra visión que fue interpretada por Daniel como relativa a la gobernación real asignada por Dios. En la visión simbólica se veía un árbol inmenso que un ángel del cielo mandó que fuera cortado. Luego, su tocón fue atado con bandas de hierro y cobre, y así debía permanecer entre la hierba del campo hasta que pasaran “siete tiempos” sobre él. “Sea cambiado su corazón del de la humanidad, y que se le dé el corazón de una bestia, y pasen siete tiempos sobre él [...]. Con la intención de que sepan los vivientes que el Altísimo es Gobernante en el reino de la humanidad, y que a quien él quiere darlo lo da, y coloca sobre él aun al de más humilde condición de la humanidad.” (Léase la visión completa en Daniel 4:10-17.)
El cumplimiento se relaciona con los “tiempos señalados de las naciones”
La visión tuvo un cumplimiento en Nabucodonosor mismo. (Véase Daniel 4:31-35.) En consecuencia, algunos consideran que tiene aplicación profética directa solamente en él y únicamente ven en esta visión la presentación de la verdad eterna de la ‘supremacía de Dios sobre todas las otras potencias humanas o supuestamente divinas’. Reconocen que la aplicación de esa verdad o principio trasciende del caso de Nabucodonosor, pero no la relacionan con ningún período de tiempo u horario divino especifico. No obstante, un examen de todo el libro de Daniel revela que el factor tiempo es muy importante en sus visiones y profecías. Tanto las potencias mundiales como los sucesos que se describen en cada una de estas visiones no son independientes ni acontecen al azar o en un tiempo indefinido, sino que se encuadran en un fondo histórico y cronológico. (Compárese con Daniel 2:36-45; 7:3-12, 17-26; 8:3-14, 20-25; 9:2, 24-27; 11:2-45; 12:7-13.) Además, el libro repetidamente señala hacia el futuro, a lo que constituye el tema de sus profecías: el establecimiento de un reino eterno de Dios ejercido mediante la gobernación del “hijo del hombre” (2:35, 44, 45; 4:17, 25, 32; 7:9-14, 18, 22, 27; 12:1). El libro también se distingue en las Escrituras Hebreas por sus referencias al “tiempo del fin” (8:19; 11:35, 40; 12:4, 9).
En vista de lo mencionado, no parece lógico evaluar la visión del “árbol” simbólico —al igual que su referencia a los “siete tiempos”— como si no tuviera más aplicación que a los siete años de locura y posterior recobro y retorno al poder de un gobernante babilonio; especialmente en vista de la referencia profética de Jesús a los “tiempos señalados de las naciones”. Por lo tanto, hay fuertes razones para creer que la extensa visión y su interpretación fueron incluidas en el libro de Daniel debido a que revelaban la duración de los “tiempos señalados de las naciones” y el tiempo en que se establecería el reino de Dios por su Cristo: 1) El tiempo en que se dio la visión: en un punto crítico de la historia cuando Dios, el Soberano Universal, había permitido que el mismo reino que él había establecido en su pueblo fuera derrocado. 2) La persona a quien fue revelada la visión: el mismo gobernante que sirvió como instrumento divino de ese derrocamiento mediante el que llegó a ostentar la dominación mundial por permiso divino, es decir, sin interferencia de ningún reino representativo de Jehová Dios. Y 3) el tema de la visión, a saber: “Que sepan los vivientes que el Altísimo es Gobernante en el reino de la humanidad, y que a quien él quiere darlo lo da, y coloca sobre él aun al de más humilde condición de la humanidad”. (Dan. 4:17.)
El simbolismo del árbol y la soberanía de Dios
Los simbolismos que se usan en esta visión profética, de ninguna manera son únicos. Los árboles se usan en otras partes para representar gobiernos, incluso el reino típico de Dios en Jerusalén. (Compárese con Jueces 9:6-15; Ezequiel 17:1-24; 31:2-18.) Tanto el brote de un tocón como el símbolo de una “ramita” o “brote” se encuentran en diversos pasajes como representación del renuevo de la gobernación de cierto linaje, particularmente en las profecías mesiánicas. (Isa. 10:33-11:10; 53:2-7; Jer. 23:5; Eze. 17:22-24; Zac. 6:12, 13; compárese con Job 14:7-9.) Jesús habló de sí mismo como “la raíz y la prole de David”. (Rev. 5:5; 22:16.)
Es evidente que el punto clave de la visión es el ejercicio de la soberanía incontestable de Jehová Dios en el “reino de la humanidad”, lo cual provee la guía para comprender el significado pleno de la citada visión. En la explicación del sueño, el árbol aplica a Nabucodonosor, que en ese momento de la historia era la cabeza dirigente de Babilonia, la potencia mundial dominante. No obstante, con anterioridad a que Nabucodonosor conquistara Jerusalén, el reino típico de Dios —que gobernaba desde esa ciudad— era la agencia mediante la cual Jehová expresaba su soberanía legítima para con la Tierra. De esta forma, constituía un obstáculo divino que impedía que Nabucodonosor lograra su objetivo de conseguir la dominación mundial. Al permitir que ese reino típico en Jerusalén fuera derrocado, Jehová permitió que su propia expresión visible de soberanía, mediante la dinastía davídica de reyes, fuera cortada. La expresión y el ejercicio de la dominación mundial en “el reino de la humanidad” pasaron entonces a manos de las naciones gentiles, sin estorbo alguno por parte de un reino representativo de Dios. (Lam. 1:5; 2:2, 16, 17.) A la luz de estos hechos, s e v e que, más allá de su aplicación a Nabucodonosor y de modo más importante, el “árbol” representa la soberanía o dominación mundial dispuesta por Dios.
Renuevo de la dominación mundial por derecho divino
Dios, no obstante, deja claro que no ha pasado la dominación del mundo a las potencias gentiles para siempre. La visión muestra que la autorrestricción ejercida por Dios (representada por las ataduras de hierro y de cobre alrededor del “tocón” del árbol) continuaría hasta que ‘pasaran siete tiempos sobre él’. (Dan. 4:16, 23, 25.) Luego, puesto que “el Altísimo es Gobernante en el reino de la humanidad”, daría la dominación mundial ‘a quien él quisiera’. (Dan. 4:17.) Según muestra el libro profético de Daniel, este habría de ser el “hijo del hombre”, a quien le serían dadas “gobernación y dignidad y reino, para que los pueblos, grupos nacionales y lenguajes todos le sirvieran aun a él”. (Dan. 7:13, 14.) La propia profecía de Jesús, en la cual aparece la referencia a los “tiempos señalados de las naciones”, tiene que ver claramente con su ejercicio de tal dominación mundial como el rey escogido de Dios, el heredero de la dinastía davídica. (Mat. 24:30, 31; 25:31-34; Luc. 21:27-31, 36.) De este modo, el “tocón” simbólico (que representa el derecho que Dios se reserva como soberano de ejercer la dominación mundial en el “reino de la humanidad”) habría de brotar nuevamente en el reino de su Hijo. (Sal. 89:27, 35-37.)
SIETE TIEMPOS SIMBÓLICOS
En la experiencia personal que Nabucodonosor tuvo del cumplimiento de la visión, los “siete tiempos” fueron siete años durante los cuales él admitió haber enloquecido, con síntomas como de licantropía, y abandonado su trono para comer vegetación como una bestia del campo. (Dan. 4:33-36.) La descripción bíblica del ejercicio de la dominación mundial por las potencias gentiles se representa mediante bestias que se hallan en oposición al pueblo santo de Dios y su “Príncipe de príncipes”. (Compárese con Daniel 7:2-8, 12, 17-26; 8:3-12, 20-25; Rev. 11:7; 13:1-11; 17:7-14.) Los lexicógrafos dicen que la palabra “tiempos” (del arameo ‘id·dán) se usa en la profecía de Daniel con el significado de “años”. (Véase Lexicon in Veteris Testamenti Libros, de Koehler y Baumgartner, pág. 1106; A Hebrew and English Lexicon of the Old Testament, de Brown, Driver y Briggs, pág. 1105.) La duración de un año en este caso es de 360 días, tal como en Revelación 12:6, 14 tres tiempos y medio equivalen a “mil doscientos sesenta días”. (Compárese también con Revelación 11:2, 3.) Según este cálculo, “siete tiempos” equivaldrían a 2.520 días. El hecho de que un número específico de días pueda usarse en el registro bíblico para representar proféticamente una cantidad igual de años se puede observar al leer los registros de Números 14:34 y Ezequiel 4:6. Solo por medio de aplicar la fórmula “un día por un año” a los “siete tiempos” de esta profecía, puede tener la visión del capítulo cuatro de Daniel un cumplimiento significativo que trascienda de los tiempos ya pasados de Nabucodonosor, cumplimiento que cabe esperar según la evidencia hasta ahora presentada. Por lo expuesto, los “siete tiempos” representan 2.520 años.
Es un hecho histórico digno de mención el que —sobre la base de la información y evidencia presentada— el año 1914 fuese identificado en el número de marzo de 1880 de la revista Watch Tower con el tiempo en que concluirían los “tiempos señalados de las naciones” (el permiso de gobernar que Dios había concedido a los gobernantes gentiles). Eso fue unos treinta y cuatro años antes de que llegara ese año y de los sucesos trascendentales a los que dio comienzo. El periódico The World del 30 agosto de 1914, uno de los más importantes de Nueva York para ese entonces, comentó lo siguiente en un artículo principal de su revista dominical: “El tremendo estallido de guerra en Europa ha cumplido una profecía extraordinaria. Durante el pasado cuarto de siglo, por medio de 1610 predicadores y por medio de la prensa, los ‘Estudiantes Internacionales de la Biblia’ [...] han estado proclamando al mundo que el Día de la Ira profetizado en la Biblia amanecería en 1914”.
Los sucesos que acontecieron en el otoño del año 1914 E.C. y desde entonces, son historia bien conocida de todos; aquel año vio el comienzo de la gran guerra, la primera guerra mundial de la historia de la humanidad y la primera que se peleó no por la cuestión de la dominación de Europa solamente, ni de África ni de Asia, sino por la dominación del mundo. (Luc. 21:7-33; Rev. 11:15-18; véanse PRESENCIA; ÚLTIMOS DÍAS.)