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BLASFEMIA

El término griego bla·sfe·mí·a significa básicamente habla injuriosa, difamatoria o abusiva, tanto dirigida a Dios como a los hombres. No obstante, en español, la acepción principal de la palabra blasfemia es habla irreverente o abusiva contra Dios o las cosas sagradas. En consecuencia, es la antítesis del habla reverente que se debe a la Persona Divina.

LA BLASFEMIA BAJO EL PACTO DE LA LEY

Los tres primeros mandamientos de las “Diez Palabras” o Decálogo inciden en la incomparable posición de Jehová Dios como Soberano Universal y su derecho exclusivo a ser adorado, al tiempo que advierten: “No debes tomar el nombre de Jehová tu Dios de manera indigna, porque Jehová no dejará sin castigo al que tome su nombre de manera indigna”. (Éxo. 20:1-7.) Invocar el mal sobre Dios y maldecir a un principal estaban condenados. (Éxo. 22:28.) El primer caso que se registra de blasfemia tiene como protagonista al hijo de una israelita con un egipcio, quien al luchar con un hombre israelita “empezó a injuriar el Nombre y a invocar el mal contra él”. Jehová decretó como pena el apedrear al ofensor, y así estableció el castigo para cualquier posible “injuriador del nombre de Jehová”, fuese israelita nativo o residente forastero. (Lev. 24:10-16.)

“BLASFEMIA” EN LOS DÍAS DE LAS ESCRITURAS GRIEGAS CRISTIANAS

El apóstol Pablo mostró el significado básico de bla·sfe·mí·a al usar en Romanos 2:24 el verbo griego de la misma raíz, bla·sfe·mé·o, citando de Isaías 52:5 y Ezequiel 36:20, 21.

Blasfemar también supone reclamar los atributos o prerrogativas de Dios o atribuirlos a otra persona o cosa. (Compárese con Hechos 12:21, 22.) Los líderes religiosos judíos acusaron a Cristo Jesús de blasfemia porque afirmaba perdonar los pecados a ciertas personas (Mat. 9:2, 3; Mar. 2:5-7; Luc. 5:20, 21), e intentaron apedrearlo como blasfemo porque decía de sí mismo que era el Hijo de Dios. (Juan 10:33-36.) Durante el juicio ante el Sanedrín, Jesús se refirió al propósito de Dios respecto a él y la gloriosa posición que le sería otorgada, lo cual fue suficiente para que el sumo sacerdote se rasgase sus vestiduras y le acusara de blasfemia, juzgándole merecedor de muerte. (Mat. 26:63-66; Mar. 14:61-64.) Como los líderes religiosos judíos no tenían autoridad de los romanos para ejecutar la sentencia de muerte, cambiaron astutamente la acusación de blasfemia por la de sedición cuando llevaron a Jesús ante Pilato. (Juan 18:29-19:16.)

Ya que Jesús es el Hijo de Dios y su representante directo, es lógico pensar que las cosas dichas contra él sean consideradas como blasfemias. (Luc. 22:65.) De la misma manera, como el espíritu santo o fuerza activa emana de Dios y está íntimamente relacionado con Su Persona, Jesús pudo hablar de “blasfemia contra el espíritu”, también conocida como pecado imperdonable. (Mat. 12:31; Mar. 3:28, 29; Luc. 12:10.) Ya que la blasfemia se origina en el corazón (Mat. 15:19; Mar. 7:21, 22), el motivo o actitud del corazón así como el grado de negligencia o voluntariedad tienen mucho que ver con la blasfemia contra el espíritu. El incidente que condujo a que Jesús declarase tal pecado como imperdonable muestra que este pecado consiste en oponerse a la operación del espíritu de Dios, no debido a engaño, debilidad humana o imperfección, sino de modo consciente y deliberado. Los fariseos claramente vieron el espíritu de Dios operando en Jesús para hacer el bien, pero por razones egoístas atribuyeron este poder a Beelzebub, Satanás el Diablo, blasfemando de esta forma contra el espíritu santo de Dios. (Mat. 12:22-32; compárese con Hebreos 6:4-6; 10:26, 27.)

Al igual que Jesús, Esteban fue martirizado bajo acusación de blasfemia. (Hech. 6:11-13; 7:56-58.) Antes de ser cristiano, Pablo había sido blasfemo e intentaba forzar a los cristianos a hacer “una retractación” (literalmente, “blasfemar”), pero al llegar a ser discípulo sufrió sobre sí las contradicciones blasfemas de los judíos. Es posible que en Éfeso algunos llegasen a calificar su enseñanza como blasfema contra la diosa pagana Ártemis (Diana). (Hech. 13:45; 19:37; 26:11; 1 Tim. 1:13.) Al expulsar a Himeneo y a Alejandro, Pablo los entregó “a Satanás para [enseñarles] por disciplina a no blasfemar”. (1 Tim. 1:20; compárese con 2 Timoteo 2:16-18.) Santiago mostró que los ricos, como clase, eran propensos a “[blasfemar] el nombre excelente” por el que se llamaba a los discípulos. (Sant. 2:6, 7; compárese con Juan 17:6; Hechos 15:14.) En los “últimos días” abundarían los blasfemos (2 Tim. 3:1, 2), lo cual también se predice en el libro de Revelación, tanto de manera explícita como simbólica. (Rev. 13:1-6; 16:9-11, 21; 17:3.)

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