PARAÍSO
La palabra griega pa·rá·dei·sos aparece tres veces en las Escrituras Griegas Cristianas. (Luc. 23:43; 2 Cor. 12:4; Rev. 2:7.) Desde Jenofonte (c. 434-355 a. E.C.), los escritores griegos usaron dicha palabra y la atribuyeron a fuentes persas. Algunos lexicógrafos dicen que la palabra hebrea par·dés (que básicamente significa “parque”) se deriva de la misma fuente. Pero ya que Salomón (siglo XI a. E.C.) usó par·dés en sus escritos y los escritos persas existentes solo se remontan hasta el siglo VI a. E. C., tal derivación del término hebreo es solo una conjetura. (Ecl. 2:5; Cant. de Cant. 4:13.) El otro uso de par·dés se registra en Nehemías 2:8, donde se hace referencia a un parque de árboles perteneciente al rey persa Artajerjes (Longimano), en el siglo V a. E.C.
Sin embargo, los tres términos (hebreo par·dés, persa pairidaeza y griego pa·rá·dei·sos) transmiten la idea básica de un parque hermoso o un jardín parecido a parque. El primer parque de esas características fue el que el Creador del hombre, Jehová Dios, hizo en Edén. (Gén. 2:8, 9, 15.) En hebreo, se llama gan o “jardín”, pero, obviamente, tanto su tamaño como su naturaleza lo hacían parecido a un parque. (Véase EDÉN.)
LA PROMESA DE JESÚS AL MALHECHOR
El relato de Lucas muestra que un malhechor, que estaba siendo ejecutado junto a Jesucristo, habló en defensa de él y le pidió que lo recordase cuando ‘entrase en su reino’. La respuesta de Jesús fue: “Verdaderamente te digo hoy: Estarás conmigo en el Paraíso”. (Luc. 23:39-43.) La puntuación que se siga en la traducción de estas palabras dependerá, naturalmente, del entendimiento que el traductor tenga del sentido de esta declaración de Jesús, ya que en el texto griego original no se empleó ninguna puntuación, pues su uso no empezó a ser común sino hasta aproximadamente el siglo IX E.C. Aunque muchas traducciones colocan una coma antes de la palabra “hoy”, dando por lo tanto la impresión de que el malhechor entró en el paraíso aquel mismo día, no hay nada en el resto de las Escrituras que apoye esta idea. El mismo Jesús permaneció muerto en la tumba hasta el tercer día y luego fue resucitado como “primicias” de la resurrección. (Hech. 10:40; 1 Cor. 15:20; Col. 1:18.) Él ascendió al cielo cuarenta días después. (Juan 20:17; Hech. 1:1-3, 9.)
Por lo tanto, la evidencia muestra que el uso que Jesús le dio a la palabra “hoy” no fue para establecer cuándo estaría el malhechor en el paraíso, sino para llamar la atención al momento en que se daba la promesa y en el que el malhechor daba evidencia de tener una medida de fe en Jesús. En ese día Jesús había sido rechazado y condenado por los líderes religiosos de máximo rango de su propio pueblo, después de lo cual había sido sentenciado a muerte por la autoridad romana. Había llegado a ser objeto de escarnio y de burla. De modo que el malhechor que estaba junto a él había mostrado una cualidad notable y una encomiable actitud de corazón al no seguir a la muchedumbre, sino hablar a favor de Jesús y expresar confianza en su reino venidero. Reconociendo que el énfasis recae correctamente en el momento en que se hizo la promesa y no en el tiempo de su cumplimiento, otras traducciones como las inglesas de Rotherham, Lamsa y las alemanas de Reinhardt y de W. Michaelis, vierten el texto de manera similar a como lo hace la Traducción del Nuevo Mundo.
En cuanto a la identificación del paraíso del que habló Jesús, es claro que no es sinónimo del reino celestial de Cristo. Aquel mismo día, a los discípulos fieles de Jesús se les había ofrecido la perspectiva de entrar en ese reino celestial, pero sobre la base de que hubieran ‘continuado con él en sus pruebas’, algo que el malhechor nunca había hecho. El que él muriese en un madero junto a Jesús fue únicamente por sus propios actos delictivos. (Luc. 22:28-30; 23:40, 41.) Obviamente el malhechor no había ‘nacido otra vez’ del agua y del espíritu, lo cual, como Jesús había mostrado, era un requisito previo para entrar en el reino de los cielos. (Juan 3:3-6.) Tampoco era el malhechor uno de aquellos ‘vencedores’ que el glorificado Cristo Jesús declaró que estarían con él en su trono celestial y que participarían en la “primera resurrección”. (Rev. 3:11, 12, 21; 12:10, 11; 14:1-4; 20:4-6; véanse CIELO; VIDA.)
UN PARAÍSO ESPIRITUAL
En muchos de los libros proféticos de la Biblia se hallan promesas divinas con respecto a la restauración de Israel desde las tierras de su exilio hasta su tierra natal desolada. Dios haría que aquella tierra abandonada fuese labrada y sembrada, que produjese ricamente y estuviese llena de hombres y animales; las ciudades serían reedificadas y habitadas, y de ella se diría: “Esa tierra de allí que había estado desolada ha llegado a ser como el jardín de Edén”. (Eze. 36:6-11, 29, 30, 33-35; compárese con Isaías 51:3; Jeremías 31:10-12; Ezequiel 34:25-27.) Sin embargo, estas profecías también muestran que las condiciones paradisíacas tenían que ver con las personas mismas, quienes, por fidelidad a Dios, ahora ‘podrían brotar’ y florecer como “árboles […] de justicia”, disfrutando de una hermosa prosperidad espiritual como la de “un jardín bien regado” y siendo colmadas de abundantes bendiciones por parte de Dios debido a disfrutar de su favor. (Isa. 58:11; 61:3, 11; Jer. 31:12; 32:41; compárese con Salmos 1:3; 72:3, 6-8, 16; 85:10-13; Isaías 44:3, 4.) El pueblo de Israel había sido la viña de Dios, su plantío; pero su maldad y su apostasía de la adoración verdadera causaron un ‘marchitamiento’ de su campo espiritual aun antes de que ocurriese la desolación literal de su tierra. (Compárese con Éxodo 15:17; Isaías 5:1-8; Jeremías 2:21.)
Indudablemente, esto proporciona la clave para entender la descripción de Pablo en cuanto a la visión (que parece que él mismo tuvo, pues forma parte de la defensa que hace de su propio apostolado) a la que se alude en 2 Corintios 12:1-7. El que contempló la visión fue arrebatado hasta el “tercer cielo” (véase CIELO [Tercer Cielo]). y entró en el “paraíso”, oyendo palabras inexpresables. El que este paraíso contemplado en visión podía referirse a una condición espiritual del pueblo de Dios, como en el caso del Israel carnal, se puede ver por el hecho de que la congregación cristiana también era un “campo de Dios bajo cultivo”, su viña espiritual, arraigada en Cristo Jesús y llevando fruto para la alabanza de Dios. (1 Cor. 3:9; Juan 15:1-8.) Como tal, había reemplazado a la nación de Israel como objeto del favor de Dios. (Compárese con Mateo 21:33-43.) No obstante, para constituir una ‘revelación’, la visión de Pablo tuvo que aplicar lógicamente a algún tiempo en el futuro. (2 Cor. 12:1.) Se había predicho que se desarrollaría una apostasía en la congregación cristiana; de hecho, en los días de Pablo ya estaba en operación e iba a resultar en una condición como la de un campo sobresembrado de mala hierba. (Mat. 13:24-30, 36-43; Hech. 20:29; 2 Tes. 2:3, 7; compárese con Hebreos 6:7, 8.) Por lo tanto, parece razonable que la visión del paraíso que tuvo Pablo no aplicaría mientras ese fuese el caso, sino que tendría relación con la “época de la siega”, cuando los cristianos genuinos serían recogidos por los segadores angélicos y disfrutarían de ricas bendiciones y prosperidad espiritual procedentes de Dios.
COMER DEL “ÁRBOL DE LA VIDA” EN EL “PARAÍSO DE DIOS”
Revelación 2:7 menciona un “árbol de la vida” en el “paraíso de Dios” y el privilegio de comer de él para el “que venza”. Ya que otras promesas dadas en esta parte del libro de Revelación a aquellos que venzan claramente tienen que ver con la herencia celestial (Rev. 2:26-28; 3:12, 21), es evidente que este “paraíso de Dios” es celestial. En esta ocasión la palabra “árbol” traduce la voz griega xý·lon, que literalmente significa “madera”, y por lo tanto se podría referir a un jardín de árboles frutales. En el paraíso terrestre de Edén, el comer del árbol de la vida hubiera significado para el hombre vivir para siempre (Gén. 3:22-24); incluso el fruto de los otros árboles del jardín hubiera servido para el sostén de la vida humana mientras este hubiese sido obediente. Por eso, el participar del “árbol [o árboles] de la vida” en el “paraíso de Dios” evidentemente tiene que ver con la provisión divina de vida ininterrumpida que se otorga a los vencedores cristianos. Otros textos muestran que ellos reciben el premio de la inmortalidad y la incorruptibilidad junto con su Cabeza y Señor celestial, Cristo Jesús. (1 Cor. 15:50-54; 1 Ped. 1:3, 4.)