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  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1951
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1951
w51 1/10 págs. 579-580

Recibir misericordia al mostrarla

LOS hombres son misericordiosos hacia sí mismos. Quieren recibir misericordia de otros. Todos los hombres necesitan misericordia, porque todos tienen debilidades y faltas que lo hace necesario que reciban perdón de otros. Pero ¿a menudo cuál es el caso? Pues, que los mismos que necesitan que se les demuestre misericordia la retienen de otros. ¡Oh sí! ellos muestran una clase de misericordia egoísta siendo muy indulgentes y entendedores con los que tienen debilidades parecidas a las suyas, pero en puntos donde están firmes y necesitan poco perdón tienden a ser jueces severos. Quizás algún hombre no sea tentado por el alcohol y sea muy intolerante con los que son, mientras que al mismo tiempo es deficiente en moralidad sexual y pide gran misericordia para sí mismo y otros con esta debilidad. El chismoso puede condenar al codicioso, el codicioso habla del enojón, quien a su vez escarnece al ebrio, quien desprecia al idólatra que le frunce el ceño al fornicador, y cada uno al mismo tiempo es tan indulgente con los que tienen su propia debilidad como es severo con los que tienen otras debilidades.

Pecado es pecado, sea de una clase u otra. Si pecamos en un punto de la ley de Dios, quebrantamos su ley. El chismoso comete transgresión tan seguramente como lo hace el fornicador, y Dios dice que ambos son pecadores y necesitan su misericordia. “Porque quienquiera que observa toda la Ley pero da un paso falso en un punto, se ha hecho pecador contra todos ellos.”—Sant. 2:10, NM.

Tres versículos después Santiago añade esto: “El que no practica misericordia tendrá su juicio sin misericordia. La misericordia se regocija triunfalmente sobre el juicio.” Si fuéramos estrictamente juzgados sobre la base de bueno y malo, ninguno de nosotros podría ser aprobado; pero la misericordia de Dios entra en nuestro beneficio para triunfar sobre el juicio y ayudarnos a salir bien. Sin embargo, para recibir esta misericordia de Dios debemos practicarla hacia otros, y no sólo en casos implicando debilidades en las que participamos, sino también en casos implicando pecados que nunca cometemos y que nos dejan perplejos para entender por qué otros los cometen. Jesús nos amonesta: “Si ustedes perdonan a los hombres sus transgresiones, su Padre celestial también los perdonará a ustedes; mientras que si no perdonan a los hombres sus transgresiones, tampoco les perdonará su Padre sus transgresiones.”—Mat. 6:14, 15, NM.

Frecuentemente se oye que una persona condena a fieles personajes de la Biblia. Quizás alguno indique con indignación al rey David debido a su inmoralidad en una ocasión, otro quizás regañe a Noé como ebrio. Es verdad que David cometió adulterio con Bat-seba, y Noé bebió demasiado vino en una ocasión. (Gén. 9:21; 2 Sam. 11:4) Además, Moisés el más manso de los hombres fué provocado a decir palabras imprudentes que le impidieron entrar a la Tierra Prometida; Elías huyó de temor de su servicio como profeta; Jonás se dirigió en la dirección opuesta porque no le gustó su asignación de territorio; Jeremías determinó dejar de predicar porque lo hacía objeto de reproche y mofa; Pedro negó a Jesús, y en otra ocasión transigió en un punto doctrinal debido a temor. (Núm. 12:3; 20:10-13; 1 Rey. 19:1-18; Jer. 20:7-9; Jonás 1:1-3; Mat. 26:69-75; Gál. 2:11-14) Pero ¿qué manifiesta esto? ¿Que eran pecadores empedernidos? No; sólo muestra que eran imperfectos y necesitaban la misericordia de Dios. Aceptaron cualquier reprimenda que el Señor les administró, se recobraron de su caída temporal al pecado, y avanzaron fielmente.

Lo que no aprecian sus críticos farisaicos es que estos hombres no abusaron de la demostración de misericordia de Dios estableciéndose en pecado habitual para la indulgencia de debilidades carnales. Criticando a estos hombres y pretendiendo ser sostenedores de normas más elevadas que las de Dios, estos críticos no disciernen cómo tales casos magnifican la misericordia de Dios, como dijo Pablo: “Donde abundaba el pecado, la bondad inmerecida abundó aun más.” (Rom. 5:20, NM) Ni tampoco aprecian las palabras de Jesús: “Dejen de juzgar, y de ninguna manera serán juzgados; y dejen de condenar, y de ninguna manera serán condenados.” (Luc. 6:37; Rom. 14:4, NM) Sin duda estos críticos arrogantes necesitan más misericordia que la que necesitaron los que ellos critican. Hacen a uno recordar los fariseos justos a sí mismos que se jactaban de no ser como otros, empero Jesús dijo que las rameras entrarían al Reino delante de ellos.—Mat. 18:23-35; 21:31; Luc. 18:11.

Pero nadie debería precipitadamente concluir de esto que uno puede ceder y dejar que los pecados y las concupiscencias de la carne se apoderen de nosotros, y confiar en la misericordia de Dios para salir bien. Los que quieran ser rectos no son perfectos; caen, pero deben recobrarse y ponerse erguidos de nuevo. (Pro. 24:16) Antes de llegar a conocer los requisitos de Jehová, quizás algunas personas hayan sido borrachas, idólatras, ladronas, fornicadoras, etc.; pero cuando se determinan a seguir en las pisadas de Jesús se apartan de las viejas sendas. (1 Cor. 6:9-11) Deben luchar contra la carne débil, a fin de caminar de acuerdo con el espíritu de Dios.

El apóstol Pablo indicó este conflicto entre la carne y el espíritu, al decir: “En mí, es decir, en mi carne, nada bueno habita; porque habilidad para desear está presente conmigo, pero habilidad para desempeñar lo que es recto no está presente. Porque lo bueno que deseo no lo hago, pero lo malo que no deseo es lo que practico. Verdaderamente me deleito en la ley de Dios de acuerdo con el hombre que soy dentro, pero contemplo en mis miembros otra ley peleando contra la ley de mi mente y conduciéndome cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.” (Rom. 7:18, 19, 22, 23, NM) Luego muestra que la victoria de Dios mediante Cristo viene para los que no andan “según la carne, sino según el espíritu”.—Rom. 8:1-8, HA.

De modo que todos nosotros somos pecadores imperfectos, necesitando misericordia. La misericordia que actúa hacia nuestra salvación viene de Jehová: “De Jehová nuestro Dios es el tener misericordia, y el perdonar.” (Dan. 9:9, Va) Se nos administra por medio de Cristo Jesús, “mediante quien tenemos nuestra libertad por rescate, el perdón de nuestros pecados.” (Col. 1:14, NM) Finalmente, debemos mostrarla hacia otros, si hemos de obtenerla para nosotros mismos: “Continúen tolerándose y perdonándose mutuamente sin reserva si alguno tiene causa de queja contra otro. Como Jehová sin reserva los perdonó, así háganlo también ustedes. Felices son los misericordiosos, porque a ellos se les mostrará misericordia.”—Col. 3:13; Mat. 5:7, NM.

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