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  • Siguiendo tras mi propósito en la vida
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1958
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1958
w58 1/2 págs. 92-94

Siguiendo tras mi propósito en la vida

Según lo relató Julia Clogston

¡DE MODO que tiene usted tiempo para escuchar algunas de mis experiencias como ministra de tiempo cabal!

En 1938 simbolicé mi dedicación por medio del bautismo en agua durante la convención en Seattle, Wáshington, EE. UU. Nuestra congregación en Tulelake, California, creció en unos pocos meses desde un publicador hasta cinco, y casi todos asistimos a la asamblea “Gobierno y paz” en Portland, Oregón. Después de leer una carta en The Watchtower (La Atalaya) de julio de 1938 que el hermano Rútherford escribió a un muchacho australiano acerca de aceptar los privilegios del precursorado, decidí seguir tras mi propósito en la vida haciéndome precursora.

Mi primera experiencia sobresaliente fué en Dunsmuir, California. Sin saberlo visité el hogar de un sacerdote católico romano y dí el testimonio a su ama de llaves. Momentos después un policía alto estaba a mi lado, escuchando mientras yo daba el testimonio a una ama de casa. Él explicó que puesto que me había oído tratar de venderle un libro a la mujer él ahora era el demandante y yo estaba de-tenida. En el juicio el juez me sentenció a pagar una fuerte multa o pasar treinta días en prisión. El siervo de zona siguió al policía que me había detenido, y explicó que no pagaríamos la multa; ¡de modo que al parecer me iban a corresponder los treinta días! P ero un propietario de buena voluntad vino a mi rescate. El firmó una fianza a mi favor y gocé de frijoles y pan de maíz con los otros precursores esa noche aun más de lo acostumbrado. El sentir la sombra protectora de Jehová sobre mí aumentó mi felicidad y mi determinación de seguir adelante tras mi propósito en la vida.

En 1940 varios otros precursores y yo fuimos a la asamblea de Detroit trabajando por el camino, testificando en las ciudades principales durante el viaje de seis semanas desde California. ¡,Asistió usted en 1941 a la asamblea de San Luis 1 Gracias a la generosidad de algunas personas bondadosas, yo sí, y nunca en mi vida había gozado tanto en unos pocos días. Fué la primera vez que me ofrecí voluntariamente para trabajar en una asamblea. Me emocioné al descubrir cuánto más gozaba de toda la instrucción al darme cuenta de que yo tenía alguna parte pequeña en la tremenda cantidad de trabajo que se necesitaba para atender a tanta gente.

Al volver de San Luis a California, luego comencé a trabajar allí en el valle Imperial. Una muchacha precursora de quince años de edad vivía conmigo en una casita en Calipatria. Dos veces a la semana íbamos caminando y pidiendo a los que pasaban en vehículos que nos llevaran por sesenta y cinco kilómetros a las reuniones de El Centro, a veces llevando con nosotras a nuestros estudiantes de buena voluntad. Una familia de ocho adultos aprendió la verdad y dentro de unos pocos meses seis se hicieron precursores.

Cuando llegó mi asignación de precursora especial yo estaba en Brawley, California, y se me dió la instrucción de proceder inmediatamente a Whittier. Temprano la mañana siguiente, con todas mis pertenencias en una maleta, partí caminando y pidiendo a los que pasaban en automóviles que me llevaran. Tarde esa noche cuando me encontré con los otros precursores especiales en Whittier, en la puerta de su carro-casa, me extendieron una bienvenida afectuosa y dimos principio a una amistad de toda la vida.

En diciembre de 1942 me trasladé a Boulder City, Nevada, para cumplir con una asignación especial, llegando allí sola pero de buen humor. La otra muchacha que había sido asignada conmigo no había llegado aún. Era territorio en que había oposición, de modo que primero fuí a la estación de la policía y pregunté si habían recibido la carta de J. Edgar Hoover, del Departamento de Justicia, que pedía que se protegiera a los testigos de Jehová en su obra. Luego empecé a dar el testimonio de casa en casa con mi ejemplar de El nuevo mundo, explicando que yo podría hacer entrega de un libro como ése cuando llegara mi abastecimiento de libros. A medida que yo trabajaba me seguía un policía en su automóvil. Yo esperaba que fuera para protegerme, pero no estaba segura. Pero esa noche, cuando estaba de pie a la entrada del teatro con las revistas, colocando muchas, el policía cruzó al frente mío y entró en el teatro sin ni siquiera prestarme atención. Realmente estuve agradecida a Jehová al final de ese día de servicio.

Una noche clara de invierno, al volver de una revisita que hice a un obispo mormón, recibí el sobre largo que contenía la solicitud para asistir a la primera clase de una nueva escuela que la Sociedad estaba iniciando para preparar a misioneros para ser enviados a campos extranjeros. Después de considerarla con oración llené esa solicitud aquella noche y la envié. Los días que quedaban de ese mes estuvieron llenos de emoción. Mi compañera llegó con su automóvil y carro-casa. Entonces, cuando casi había perdido la esperanza secreta que abrigaba de ir a Galaad, llegó una carta en que se indicaba la aceptación de mi solicitud, con un cheque para mi pasaje a Nueva York.

Usando diez días para viajar, visitar a amigos en Los Angeles, Sacramento, y a mi madre en Oregón, llegué a Ithaca, Nueva York, y desde allí seguí hasta Galaad. Los subsiguientes cinco meses fueron una experiencia deleitosa sin una sola sombra. Leímos y estudiamos la Biblia entera y recibimos mucho entrenamiento en el ministerio teocrático por la primera vez. Muchas buenas amistades también tuvieron su principio allí, de las cuales estamos todavía gozando.

Algunos de entre nosotros esperábamos proceder inmediatamente a nuestra asignación extranjera en Méjico, pero el gobierno demoró las visas de muchos de entre nuestro grupo por casi tres años. Al fin todas llegaron menos la mía. La noche que se fueron los últimos cuatro experimenté una clase de tristeza que jamás había conocido. Llegó la mañana y procedí a organizar mi trabajo para poder atender los mejores estudios entre los que habían dejado atrás las otras muchachas, junto con los míos. Como resultado de nuestras labores combinadas muchas personas de buena voluntad entraron en la verdad ese verano. Da satisfacción profunda el verles en las asambleas internacionales, con sus familias y los pequeñitos suyos que han crecido a la madurez. Una de las muchachas asistió a la escuela de Galaad.

¡Al fin llegó mi visa para ir a Méjico! Allí, durante los meses subsiguientes, el sueño de predicar a esa gente amistosa de ojos brillantes se hizo una gran realidad. Entonces siguió más trabajo de precursora especial en Houston, Texas, seguido en el otoño de 1948 de mi asignación a El Salvador y con ella otra sorpresa deleitosa. Yo había de ir a Nueva York para partir. Mientras estaba en Nueva York, mi nueva compañera, la hermana Bowin (que también había trabajado en Méjico), y yo pasamos una semana en Betel, ayudando algo en la casa y en la fábrica, y también visité a Galaad y la estación radiodifusora WBBR en la Isla de los Estados.

En alta mar encontramos que algunos de entre los oficiales y nuestros compañeros de viaje se interesaron en el mensaje del Reino. Atravesamos a Guatemala y El Salvador por tierra, viendo mucho del país que había de ser nuestro hogar. Nuestra habitación nos aguardaba en la ciudad de San Salvador. Aquí durante nuestros primeros tres años una estación radiodifusora local nos dió una hora cada semana gratis; de manera que transmitimos lo que contenían los libros “Sea Dios veraz” y “Esto significa vida eterna”, también muchos artículos de La Atalaya. Pronto aprendimos mucho acerca del modo de vivir en el trópico; pero sobre todo, aprendimos que nuestra obra consta más del enseñar a personas de buena voluntad a ser testigos maduros que de colocar grandes cantidades de literatura. Lo de ver en las reuniones el rostro feliz de testigos firmes a quienes uno ha ayudado a aprender la verdad es de veras una recompensa grande, la cual siempre me incita a continuar siguiendo tras mi propósito en la vida.

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