Los números no bastan
Budistas . . . . . . 500,000,000
Católicos romanos . 464,000,000
Musulmanes . . . . 300,000,000
Hindúes . . . . . . 300,000,000
Protestantes . . . . 225,000,000
Católicos ortodoxos. 200,000,000
Judíos . . . . . . . 12,000,000
LOS números no constituyen una base firme sobre la cual edificar la fe. Si el cristianismo se hubiera fundado en números, habría fracasado. En la hora más tenebrosa del cristianismo, a saber, cuando Jesús estaba en el madero de tormento, ni siquiera uno de sus apóstoles lo defendió. Sin embargo triunfó el cristianismo, no debido a sus números, sino más bien por ser de Dios.
Los grandes números tienden a crear una sensación falsa de seguridad. Para disipar cualquier ilusión de esa índole, Moisés dijo a los israelitas: “No fue debido a que fueran ustedes el más populoso de todos los pueblos que Jehová les mostró afecto de modo que los escogiera, porque ustedes eran el menor de todos los pueblos. Sino que fue debido a amarlos Jehová y debido a cumplir la declaración jurada que él había jurado a sus antepasados.” Los números no son un factor influyente para con Dios.—Deu. 7:7, 8.
Uno solo de parte de Dios constituye una fuerza más formidable que un universo poblado sin él. Dios puede salvar por muchos o por pocos. Considere el caso del juez Gedeón: Él comenzó con un ejército de 32,000 hombres para hacerle frente al bien equipado ejército de Madián, compuesto de por lo menos 135,000 espadachines. Dios le dijo a Gedeón que redujera sus fuerzas. Gedeón lo hizo, hasta tener solo trescientos hombres. Con este puñado salió a la batalla y ganó una victoria abrumadora. La diferencia era Dios. “Porque para Jehová no hay estorbo para salvar con muchos o con pocos.”—1 Sam. 14:6; Jue. 7:1-14.
Con toda probabilidad el rey David cedió a la tentación cuando hizo que se contara a los hombres jóvenes de Israel para cerciorarse de la fuerza guerrera de la nación. Evidentemente planeaba un esfuerzo militar sin el consejo y la ayuda de Dios. Estaba a punto de confiar en números. Más tarde, David confesó que había “obrado muy insensatamente.”—1 Cró. 21:1-8.
En las tierras democráticas la mayoría domina, pero eso no es decir que las mayorías estén siempre en lo correcto o que la fuerza de números haga que tengan razón. Por ejemplo, la vasta mayoría del género humano se opuso al proceder que Noé y su familia adoptaron. Sin embargo, la mayoría estaba equivocada. Al sobrevivir Noé y su familia al diluvio, quedó probado que ellos tenían razón. En el día de Jesús casi toda la gente rehusó creer que él era el Cristo. Estaba equivocada. La resurrección de Jesús estableció fuera de toda duda que él era el Mesías. Dios fija las reglas en cuanto a lo que es correcto y lo que es erróneo, no el hombre. “¿Quién es sabio, para que entienda estas cosas? ¿Discreto, para que las conozca? Porque los caminos de Jehová son rectos, y los justos son los que caminarán en ellos; empero los transgresores son los que tropezarán en ellos.”—Ose. 14:9.
Hoy día, las organizaciones religiosas tienen la costumbre de señalar sus grandes números y sus riquezas como prueba de que tienen el favor de Dios. La Iglesia Católica Romana se jacta de una población de 464,000,000, casi la quinta parte de la población del mundo. Los seguidores de Buda se jactan de un número aún más grande, unos 500,000,000. El hinduismo dice tener 300,000,000 de adherentes; los musulmanes, 300,000,000; y el judaísmo, casi 12,000,000. Los protestantes a través del mundo ascienden a 225,000,000 y los ortodoxos a otros 200,000,000. ¿Representan la bendición de Dios estos números grandes? Muchos cristianos profesos dicen: Sí. Señalan el aumento en el número de miembros como marca de frutos cristianos.
Uno de los aumentos más dramáticos de los últimos veinte años ha sido el crecimiento del cristianismo nominal en los EE. UU. El Reader’s Digest dice que de 1929 a 1955 el número de miembros de las iglesias ascendió de 50 millones a más de 95 millones—un aumento de 90 por ciento, mientras que la población aumentó solo 31.4 por ciento. Durante el mismo período se construyeron 58,000 más lugares de adoración, haciendo un total de 295,000 iglesias y sinagogas. Los bautistas del Sur han crecido de 5,100,000 en 1940 a 9,206,758 en 1958; los metodistas de 7,400,000 a 9,691,916; y los episcopales, de 2,200,000 a 3,274,678. El número de miembros de iglesias y sinagogas en los Estados Unidos en 1958 se calculó en 104,189,678 personas, o sea el 61 por ciento de la población que se calcula en 170,500,000. De cada 100 estadounidenses, 62 ahora dicen estar afiliados con alguna iglesia, comparado con 20 de cada 100 un siglo atrás. El total de ingresos para todo propósito procedente de cincuenta y tres grupos protestantes y ortodoxos orientales informado para 1958 excedió de $2,000,000,000, un aumento más de tres veces mayor que el aumentó, del número de miembros.
Los católicos romanos de los Estados Unidos cuentan acerca de un aumento de 47.8 por ciento desde 1949. El total de católicos romanos para 1959 se fijó en 39,505,475, un adelanto de 3,481,498 durante 1958. La Iglesia Católica Romana no publica sus ingresos.
El número de miembros y los ingresos conocidos indican un aumento pronunciado. La construcción de iglesias ha alcanzado un auge sin precedente. Las casas de adoración de hoy tienen bancos a la medida, iluminación científica, diseños de colores alegres y acondicionamiento de sonido y aire. Pero, ¿es todo esto—estos números, dólares y comodidades—representativo del cristianismo? No necesariamente. El secretario general coadjutor del Concilio de Iglesias de Cristo en América, el Dr. Roswell P. Barnes, observó que, mientras que la religión en América se hizo más próspera la incidencia del crimen había alcanzado nuevas alturas. Este “hecho embarazoso,” dijo él, es sintomático de un “estado bajo de disciplina moral, de inquietud y tensión subyacentes. La riqueza y la comodidad no han hecho que nuestra nación sea justa y feliz,” dijo él.
Los frutos del espíritu de Dios que se mencionan en Gálatas 5:22, 23 no se manifiestan en toda parte de la cristiandad. Se ve a la gente en las iglesias, pero la práctica de principios cristianos en la vida pública no se ve. El promedio de divorcios está en su cumbre, la delincuencia adulta y juvenil está en lo peor, la inmoralidad se halla sin coto, la integridad y la virtud se desprecian. Mientras que se hacen ruidosas profesiones de paz, pocos practican la paz. Clamores por unidad y “proscriban la bomba” provienen del temor y no del amor.
Son altos los números de miembros de religiones, pero los números por sí solos no bastan. La justicia, la bondad, el amor, la fe y la integridad—estas cosas son las que importan.