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  • “Moisés el hombre del Dios verdadero”
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1969
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1969
w69 15/3 págs. 168-171

“Moisés el hombre del Dios verdadero”

¿SE HA esforzado usted alguna vez por ver o conocer a un hombre de logro notable, de fama o fortuna? ¿Y entonces se sintió usted gozoso por haberlo conocido en persona? Pero, ¿ha pausado usted alguna vez para considerar que en cualquier momento que quiera usted puede conocer a las personas más insignes que han vivido simplemente dirigiéndose a la Biblia?

Cierto, el conocer a tales personas por medio de un libro quizás no sea tan estimulante para los sentidos ni tan lisonjero para la vanidad de uno, pero puede ser igual de interesante y deleitable y mucho más recompensador para el corazón y la mente. El dirigirnos a ese Libro aumentará nuestro amor y aprecio tanto a Jehová Dios como a los hombres y mujeres excelentes que llegamos a conocer en sus páginas. Al mismo tiempo nos sentiremos incitados a seguir sus ejemplos excelentes y podremos sacar lecciones de los errores que ellos cometieron, de modo que evitemos cometer los mismos.—Rom. 15:4.

Todo esto es cierto en particular de Moisés, “el hombre del Dios verdadero.” Sirvió poderosa y extensamente a Dios y a su pueblo. Por cuarenta años Dios lo usó como Su profeta, para librar a Su pueblo, para mediar entre Dios y el hombre, para dar a Israel Sus leyes, para juzgarlos, para ser su gobernante, para construir su santuario y para dirigir sus campañas militares prósperas. Más que eso, fue usado por Jehová Dios para comenzar la escritura de la Biblia, en la que no fue ni superado en belleza ni igualado en cantidad.—Esd. 3:2.

Repetidamente se hace referencia a él como “el hombre del Dios verdadero,” y unas cuarenta veces como siervo de Dios. Se le menciona en casi la mitad de los libros de las Escrituras Hebreas y de las Griegas Cristianas, ascendiendo a un total de unas ochocientas veces. Vivió hasta la vejez madura de 120 años en una era cuando setenta u ochenta años era la duración de vida normal, y al tiempo de su muerte “su ojo no se había oscurecido, y su fuerza vital no había huido.”—Deu. 34:7; Sal. 90:10.

Bien mereció el epitafio: “No se ha levantado profeta todavía en Israel como Moisés, a quien Jehová conoció cara a cara, en cuanto a todas las señales y los milagros que Jehová lo envió a hacer en la tierra de Egipto a Faraón y todos sus sirvientes y toda su tierra, y en cuanto a toda la mano fuerte y todo el grande e imponente respeto que Moisés ejerció ante los ojos de todo Israel.”—Deu. 34:10-12.

OCHENTA AÑOS DE PREPARACIÓN

Hace aproximadamente un siglo se comenzó a desafiar la autenticidad de los escritos de Moisés, pero los arqueólogos palestinos modernos han hecho que las teorías de estos “críticos textuales” parezcan tan necias que no hay necesidad de emplear tiempo ni espacio para refutarlas. Tampoco viene al caso el tomar en consideración los cuentos fantásticos de Josefo y otros en un esfuerzo por reforzar y completar el registro de la Biblia tocante a Moisés, puesto que se hallan en tan vívido contraste con el registro bíblico sobrio, razonado y apegado a lo real.

Moisés aparentemente nació en 1593 a. de la E.C., de dos padres temerosos de Dios: Amram y Jocabed, de la tribu de Leví. Fue en un tiempo en que este decreto de genocidio de Faraón estaba en vigor: “Todo hijo recién nacido lo han de arrojar al río Nilo.” Pero a causa de la fe de ellos en Jehová Dios, “Moisés fue escondido por sus padres por tres meses después que nació, porque vieron que el niñito era hermoso y no temieron la orden del rey.”—Éxo. 1:22; Heb. 11:23.

Cuando ya no pudo ocultar su presencia, su madre lo colocó en un pequeño cofre o arca que había hecho de papiro y betún y lo colocó entre los carrizos del Nilo, al mismo tiempo dando instrucciones a su hermana Miriam para que observara lo que le sucediera. Providencialmente, el infante fue hallado por la hija de Faraón cuando venía para bañarse. El que era un niño hermosísimo y el hecho de que llorara en ese momento la movió tanto con compasión que estuvo muy de acuerdo con la sugerencia de la hermana del niño de procurar una mujer hebrea para que le criara al niño. Así sucedió que Moisés se crió en un hogar que temía a Dios, el de sus propios padres. A cierta edad fue llevado a la hija de Faraón, quien le dio el nombre de Moisés. “Es porque lo he sacado del agua,” dijo ella.—Éxo. 2:10.

Tan bien criaron sus padres a Moisés “en la disciplina y consejo autoritativo de Jehová” que ‘cuando se hizo viejo no se desvió de ello,’ aunque después “fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios.” Para cuando Moisés era de cuarenta años de edad se había madurado cabalmente, era un hombre fuerte de mente y cuerpo, un hombre “poderoso en sus palabras y hechos.”—Efe. 6:4; Pro. 22:6; Hech. 7:22.

Fue entonces que Moisés hizo la decisión importante de su vida: “Escogiendo ser maltratado con el pueblo de Dios más bien que disfrutar temporalmente del pecado, porque estimó el vituperio del Cristo [siervo nombrado de Dios] como riqueza más grande que los tesoros de Egipto.” Habiendo intervenido matando a un egipcio cuando éste estaba maltratando a un israelita, y viendo que sus esfuerzos en pro de los de su pueblo no eran apreciados por ellos, Moisés consideró conveniente huir.—Heb. 11:25, 26; Hech. 7:25-29.

Huyendo hacia el este, llegó a la tierra de Madián y allí le dio la bienvenida uno de sus jeques sacerdotales, Jetro, porque él le había prestado ayuda a sus hijas en el asunto de dar de beber a sus rebaños. Moisés se quedó allí y pastoreó los rebaños de Jetro por cuarenta años. Como pastor por todos esos años Moisés aprendió la paciencia, la humildad, la mansedumbre y esperar que Jehová actuara. Mientras estuvo en Madián se casó con una de las hijas de Jetro y tuvo dos hijos de ella. Sin saberlo Moisés, Dios estaba preparándolo para servir a su pueblo de una manera sumamente notable. ¡Cuán a menudo durante esos cuarenta años debe haber pensado Moisés en sus hermanos que eran cautivos en Egipto!—Éxo. 2:15-25; Hech. 7:30.

MOISÉS Y LO MILAGROSO

Entonces un día Moisés recibió una llamada de Jehová Dios para hacer la mismísima cosa que tanto había querido hacer cuarenta años antes: librar a su pueblo. No había nada de indefinido o confuso en cuanto a esta llamada. Moisés no la inventó, como puede verse por el hecho de que estuvo sumamente renuente a aceptar la comisión que le dio el ángel de Jehová que se le presentó en un arbusto ardiente que no se consumía. Por primera vez en las Escrituras leemos que a un humano se le dio el poder de ejecutar milagros, el primero de los cuales fue el cambiar una vara en una serpiente y luego de nuevo en una vara, para que Moisés pudiera demostrar a su pueblo que Jehová realmente se le había presentado.—Éxo. 3:1–4:31.

Y lo milagroso continuó con Moisés. Fue usado para herir con diez plagas sobrenaturales a Egipto. Estas no pueden atribuirse a causas naturales, pues ¿por qué venían solo cuando Moisés decía que vendrían y se iban solo a ruego de él o cuando él decía que se irían? Luego vino la gran liberación de su pueblo en el mar Rojo, a través del cual su nación marchó a pie enjuto, pero en el cual los egipcios perseguidores fueron ahogados. Lo milagroso fue evidente durante toda la jornada de cuarenta años de su pueblo en el desierto, entre otras cosas por el suministro de alimento y bebida. Hubo el maná, que caía seis días de cada semana y que no se podía guardar hasta el día siguiente a menos que ese día fuera sábado, en el cual no caía maná. ¡Durante todo ese tiempo sus zapatos y su ropa no se gastaron!—Éxo. 7:19 a 16:36; Deu. 29:5.

También fue digno de mención especial el espectáculo imponente de la tierra que tembló, el fuego, humo, relampagueo, sonidos de trompeta y voz poderosa, todos concomitantes propios del dar Jehová Dios mismo la Ley. Después Moisés pasó en dos ocasiones cuarenta días en la montaña sagrada, en presencia de Dios y sus ángeles, recibiendo instrucciones en cuanto a la adoración de Israel. Vio toda la gloria de Dios que le es posible a un humano en la Tierra ver y todavía vivir, y cuando descendió a su pueblo su rostro brillaba tanto que por algún tiempo después le fue necesario usar un velo. Sin duda, hasta la venida del Hijo de Dios ningún otro hombre fue usado tan poderosa y extensivamente en relación con lo divinamente milagroso como lo fue Moisés.—Éxo. 19:1-25; 33:20; 34:27-35.

“EL MÁS MANSO DE TODOS LOS HOMBRES”

La personalidad de Moisés igualmente fue sobresaliente, pues “el hombre Moisés era por mucho el más manso de todos los hombres que había sobre la superficie del suelo.” (Núm. 12:3) A algunos les ha extraviado esta declaración, pero al considerar los hechos hay que recordar que se escribió bajo inspiración divina.

Como se usa en las Escrituras, mansedumbre no tiene connotación de debilidad, sino exactamente de lo contrario, una inferencia de fuerza. Significa ser paciente, sufrido, aguantar injurias sin resentimiento, tener gobierno de sí mismo y ser benévolo, no fácilmente provocado o irritado, consistentemente apacible o de genio benigno. Se desprende que una persona mansa también es enseñable.

Moisés manifestó su mansedumbre por medio de servir pacientemente como juez desde la mañana hasta la noche, tolerando la murmuración de este pueblo vez tras vez, desde cuando todavía estaban en Egipto hasta precisamente antes de entrar en la Tierra Prometida. Siendo humano imperfecto, como el resto de nosotros, a veces esto casi fue demasiado para él, pero siguió llevando sus cargas. Repetidamente arrostró insubordinación, por parte de su propio hermano y hermana, por parte de principales de su propia tribu y hasta de la nación en conjunto. No obstante, solo hubo una vez que lo provocaron tanto que “empezó a hablar imprudentemente con sus labios” y “le fue mal a Moisés por causa de ellos.”—Núm. 11:10-15; Sal. 106:33, 32.

Aquel incidente, puede observarse, ayuda a subrayar el hecho de que la mansedumbre de Moisés no se debía a debilidad. Tenía una personalidad vívida, porque leemos que fue poderoso en palabra y hecho, sin duda un hombre físicamente poderoso. También tuvo una buena educación, mejor que la de cualquiera de su pueblo. Por lo general una educación superior hace a un hombre menos manso, pero eso no fue cierto de Moisés.

Fue manso, sí, pero a la vez un hombre valeroso. Tenía que tener gran valor para presentarse repetidamente ante Faraón, para acaudillar a su propio pueblo al salir de Egipto, a través del mar Rojo y por el desierto. Al mismo tiempo tuvo un fuerte sentido de indignación justa. Esto hizo que matara a un egipcio que estaba tratando injustamente a uno de sus hermanos, que interviniera cuando uno de sus propios hermanos estuvo tratando injustamente a otro y que se pusiera de parte de las hijas de Jetro en contra de los pastores. Especialmente el hecho de que rompiera las tablas de la Ley al ver la idolatría de su pueblo da testimonio de su fuerte indignación justa. Este rasgo también hace más sobresaliente su mansedumbre.—Hech. 7:23-28.

Y eso no es todo. ¿Qué hay de su habilidad para organizar a su pueblo en un ejército y nación ordenados y conducirlos a la victoria sobre naciones hostiles que salieron a entablar batalla? ¿No fue usado de manera sobresaliente en la ejecución de milagros? ¿Quién fue inspirado para escribir tanto de la Palabra de Dios?a ¿Y qué otro tuvo el privilegio de pasar ochenta días en la presencia de Dios y sus ángeles, hablando al Creador, por decirlo así, cara a cara? ¡No obstante, manso a pesar de todo eso! ¿“El más manso de todos los hombres que había sobre la superficie del suelo”? ¡Indiscutiblemente!

¿Qué hizo posible que Moisés fuera manso? Entre otras cosas, su fe. A causa de su fuerte fe pudo dejar su caso en manos de Dios en vez de preocuparse y devolver golpe por golpe o tratar de defenderse o vindicarse. Jehová Dios fue real para él, como puede verse por el hecho de que frecuentemente hablaba con Dios. Otro factor poderoso fue la humildad de Moisés. Típica fue su respuesta cuando Josué trató de impedir que ciertos israelitas profetizaran, como si Moisés debiera ejercer el monopolio de ello: “¿Sientes celos por mí? No, ¡quisiera yo que todo el pueblo de Jehová fuesen profetas, porque Jehová pondría su espíritu sobre ellos!”—Núm. 11:29.

Ciertamente sin el espíritu de Jehová Moisés no podría haber sido manso, y, en particular, no podría haberlo sido sin lo que es un fruto del espíritu, amor. Amó a Jehová con todo su corazón, mente, alma y fuerza vital y fue celoso por Su nombre y adoración pura. El amor hizo posible que él se sometiera a cualquier cosa que Dios permitiera.

El amor al prójimo, a su pueblo, también ayudó a Moisés a ser manso, a aguantar tanto de su pueblo sin resentimiento. ¡Cuán desagradecido era su pueblo! Aunque rompió las tablas de la Ley en indignación justa a causa de la idolatría de los israelitas, la siguiente cosa que Moisés hace es rogar por ellos, así como lo hizo inmediatamente después que hablaron acerca de apedrearlo a causa del mal informe de los espías. El libro de Deuteronomio revela en particular el amor que Moisés le tenía a su pueblo. Fue como una carta de amor a ellos. ¡Qué cariño, qué ahínco, qué cuidado para el bienestar de ellos revela en ese libro! ¡Cómo les ruega que hagan lo correcto, para que les vaya bien, al relatar la manera maravillosa en que Jehová los había conducido!

Aptamente Moisés fue tipo de Jesucristo. Lo que Moisés hizo en escala comparativamente pequeña Jesús hará en escala global, sí, universal, como vindicador del nombre de Jehová y como libertador y mediador entre Dios y el hombre.—Hech. 3:22, 23.

Moisés sirvió sin ningún galardón material. Tuvo la satisfacción de hacer la voluntad de Dios y recibir Su aprobación. Sin duda miró hacia adelante a un galardón en el futuro y, al debido tiempo de Dios, lo recibirá en el nuevo orden de cosas de Dios.

Moisés fue un maravilloso ejemplo para todos los siervos de Jehová en su fe, humildad, celo por la justicia, servicio persistente, su mansedumbre y su amor a Jehová y a su pueblo. Cierto, no era perfecto, y se equivocó en ciertas ocasiones. A la vez que nos esforzamos por evitar errores semejantes, no podemos menos que sentir imponente respeto por el servicio que Moisés tuvo el privilegio de rendir y esforzarnos por imitar sus excelentes cualidades.

[Nota]

a El Pentateuco, a saber, Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio; también Job y por lo menos un salmo.

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