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  • Una feliz vida de familia... cómo la logramos

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  • Una feliz vida de familia... cómo la logramos
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1976
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1976
w76 15/8 págs. 488-492

Una feliz vida de familia... cómo la logramos

Según lo relató Joseph Allen

HAY muchas personas que tratan de predecir el futuro con exactitud pero no pueden. Por ejemplo, si alguna persona me hubiera dicho cuando yo era muchacho y me iba desarrollando en Montreal, Canadá, que algún día sería padre de siete hijos y que estaría disfrutando de las bendiciones y tranquilidad de ánimo de que disfruto ahora, no le habría creído.

Sin embargo, volvamos al pasado, pues lo que sucedió en mis primeros años de vida afectó la clase de padre que he llegado a ser. Nací en 1923. Mi madre y mi padre habían llegado de Inglaterra en 1912, y para cuando yo nací ya tenían cuatro hijos: tres muchachas y un muchacho. Dos años después llegó otro hermano, y eso hizo que hubiera un total de seis hijos en la familia. Por eso, como usted puede ver, crecí como miembro de una familia grande, lo cual contribuyó a que yo pudiera manejar mi propia familia grande en años posteriores.

Aprendí lo necesario que era que el padre ejerciera su jefatura para que todos pudieran disfrutar de paz y armonía. Muchas veces se administraba la disciplina, no solo verbalmente, sino también usando la “vara de corrección” literal. Cuando papá estaba trabajando, mamá efectuaba los deberes necesarios para mantener disciplinada a la familia. Respetábamos mucho su mano derecha, con la cual largaba la correa en la dirección correcta, exactamente antes de que nos las arregláramos para meternos debajo de la cama. Aquel era nuestro lugar de refugio, porque mamá era demasiado corpulenta para meterse allí tras nosotros.

Como familia grande, aprendimos a trabajar juntos. A todos se nos asignaban diferentes quehaceres en la casa. Mi primer trabajo fue meterme por debajo de todas las camas —un lugar con el cual estaba bastante familiarizado— y limpiar todos los resortes y cantoneras. A medida que fui creciendo, me gradué a trabajos de más responsabilidad, como el poner y limpiar la mesa de las comidas con regularidad; después, lavar y secar trastos, limpiar los muebles, quitarles el polvo con aspiradora a las alfombras, lavar y encerar los pisos y las escaleras interiores. En aquel tiempo, pensaba que era sumamente injusto el someter a un niño a estas tareas. Pero en años posteriores me di cuenta de que el entrenamiento que yo había recibido en los primeros años de mi niñez fue un gran haber en el entrenamiento de nuestros propios hijos.

Al mirar al pasado ahora, después de tener que sostener a mi propia familia, puedo comprender lo difícil que tiene que haber sido para mis padres el suministrarnos a todos nosotros el sustento durante los años de la depresión económica. Mi padre era trabajador —entregaba pan de puerta en puerta— y por eso siempre se las arregló para que tuviésemos tres comidas saludables sobre la mesa. También estaba al tanto de nuestras necesidades espirituales, y se aseguraba de que todos fuésemos a la iglesia los domingos.

Los mayores asistían al servicio eclesiástico, mientras que nosotros los menores íbamos a las clases de la escuela dominical. Una cosa que siempre me causaba perplejidad era por qué papá y mamá nunca asistían con nosotros. Un día me armé de suficiente valor como para preguntarle a papá por qué, y su respuesta fue que ya se había hartado de aquello y no necesitaba más aquellas cosas. Esto me causó perplejidad por años, pero ahora entiendo perfectamente.

SALIENDO DE CASA: INICIANDO UNA FAMILIA

Pronto fui alcanzando la edad viril y estuve listo para salir al mundo grande y emocionante. ¿Qué haría yo con mi vida? Mi futuro inmediato ya estaba decidido, pues la II Guerra Mundial estaba en su apogeo. Todavía recuerdo muy claramente los rostros llenos de lágrimas de mi familia y los temores que sentí cuando el tren del ejército hizo una separación entre los miembros de nuestra familia por primera vez.

Entonces yo tenía diecisiete años, y los cuatro años que pasé en la armada parecieron pasar rápidamente. En diciembre de 1945 me dieron de baja. Afortunadamente, todavía disfrutaba de buena salud, tenía unos cuantos años más, y mucha más experiencia. Para celebrar nuestra reunión de familia, se decidió que todos deberíamos asistir al servicio de la iglesia en el día de la Navidad, hasta los padres.

En los últimos años yo había cambiado de punto de vista en cuanto a la religión... no quería participar en ella. Me parecía que había sido iluminado, como mi padre en años anteriores; no la necesitaba. Mi familia no podía entender esto, por lo activamente que yo había participado en la iglesia de joven, pues hasta había llegado a ayudar al clérigo en el altar, sirviendo el pan y el vino a los participantes. Sin embargo, para agradar a mi madre, fui. En realidad, me alegré mucho de haber ido, porque aquella noche en la iglesia me presentaron a la persona que habría de desempeñar un papel prominente en mi vida... mi futura esposa.

Los cuatro años anteriores de entrenamiento militar me habían enseñado a responder rápidamente a las situaciones. Lo hice en este caso, y nos casamos cinco meses después en mayo de 1946. El día de mi casamiento resultó ser una de las pocas veces en que entré en una iglesia desde que había alcanzado la edad viril.

Nos mudamos de Montreal a un lugar en el campo. Aquí, con la ayuda de la Comisión de Tierras de los Veteranos, compramos poco más de la cuarta parte de una hectárea de terreno y nos pusimos a edificar nuestra “casa soñada.” Yo trabajaba de electricista en una fábrica de papel, pero en otras ocasiones estaba totalmente absorto en construir nuestra casa. A mi esposa todavía le gustaba ir a la iglesia, lo cual hacía de vez en cuando. Trató muchas veces de animarme a asistir. A medida que nuestra casa fue tomando forma, consideramos la cantidad de habitaciones que haríamos y la cantidad de hijos que nos gustaría tener. Decidimos tener, no siete, sino cuatro; dos muchachos y dos muchachas. Bueno, las cosas no resultaron así. Al tercer año de nuestro matrimonio nació nuestro primer hijo; dos años después el segundo. Ahora le tocaba el turno a una hija, pero, para gran sorpresa nuestra, nació un tercer hijo.

Corría el año de 1952, y el porvenir en una población pequeña de la provincia francesa de Quebec no parecía muy brillante, ni muy “saludable,” en aquel tiempo, para una familia protestante inglesa. Esto me lo hicieron saber muy claramente mis compañeros de trabajo. Casi todos eran católicos romanos, y nosotros éramos anglicanos. De modo que decidimos que sería mejor vender nuestra propiedad y mudarnos a Vancouver, donde vivía ahora una de mis hermanas casadas, a quien no habíamos visto por varios años. En junio de 1952, con todas nuestras posesiones mundanas empacadas en nuestro automóvil, nos despedimos de Quebec y el Canadá oriental para siempre... creíamos.

UN CAMBIO NOTABLE... CÓMO SE EFECTUÓ

Después que hubimos vivido en Vancouver por tres años, y después que hubo nacido nuestro cuarto hijo, un testigo de Jehová tocó en nuestra puerta. Fue la primera vez que esto aconteció en nuestra vida. Con el tiempo esto resultó en que mi esposa y yo llegáramos a ser testigos de Jehová. Permítame contarle cómo sucedió.

Teníamos cuatro hijos en desarrollo en casa, y a mi esposa le parecía que la educación y disciplina que estaban recibiendo en el hogar no era suficiente. Opinaba que era necesario que nos asociáramos con la Iglesia Anglicana y asistiéramos a ella. Me opuse enconadamente a esto. No quería contacto alguno con ninguna religión, y no me parecía que yo necesitara ayuda exterior para criar a mi familia. Enfaticé el punto de que la próxima vez que visitara una iglesia sería en mi funeral. Sin embargo, le dije a ella que si quería ir a la iglesia y llevar a los muchachos, eso dependía de ella y que yo no intervendría.

Tomó en serio lo que dije, y fue. Yo me quedé en casa para cuidar a los hijos de menos edad. Con el transcurso del tiempo, al regresar a casa todos los domingos, y con mucho tacto, ella me hablaba acerca de lo agradable que era el ministro. Explicaba que iban a tener tertulias de baraja en el salón de la iglesia y unas cenas, etcétera, para juntar fondos para la iglesia. Me rogaba que por favor considerara ingresar en el club de varones de la iglesia, porque ella quería ingresar en el club femenil de la iglesia. Además, ¿no querría yo reconsiderar el asunto e ir a la iglesia para mantener unida a la familia en la fe cristiana?

Continué resistiendo toda aquella persuasión. Le dije que no iría a la iglesia hasta que ella pudiera demostrarme que había algo que valiera la pena escuchar, no solo servicios eclesiásticos aburridos que todos seguían ciegamente. En cuanto a que la iglesia fuese un lugar donde se pudiera aprender acerca de Dios, yo había dejado de creer eso hacía años. Nunca habíamos usado en realidad la Biblia en la iglesia. Es cierto que el clérigo leía unos pasajes todos los domingos, pero nunca explicaba lo que querían decir. En consecuencia, nunca sabíamos lo que estaba en la Biblia.

Nuestra familia tenía en la casa, en alguna parte, una Versión del Rey Jaime de la Biblia. Habíamos tratado de leerla, pero siempre nos desanimábamos antes de terminar una página completa porque no la entendíamos. Con el tiempo la Biblia terminaba enterrada en un lugar seguro en la casa con un hermoso pétalo de rosa entre sus páginas. ¡Vaya funeral!

Sin embargo, la persistencia por parte de mi esposa dio resultados, y con el tiempo cedí y fui con ella a la iglesia. Razoné que más fácil era sentarme en la iglesia y disfrutar de la música de órgano que enfrentarme a la “música” del repiqueteo con que ella venía cuando llegaba a casa todos los domingos. Pasaron unos seis meses, y todo era tranquilidad. ¡Entonces de veras me sacudió! Me dijo que ya no volvería a la iglesia. “Tú puedes ir si quieres,” dijo, “pero yo no voy a volver.”

“¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?” pregunté pasmado. Entonces procedió a decirme que ella había estado estudiando la Biblia con los testigos de Jehová y había quedado sorprendida por lo que estaba aprendiendo en comparación con lo que había aprendido durante todos sus años de haber sido anglicana. Me pidió que me sentara con ella y escuchara lo que quería mostrarme de la Biblia (que para este tiempo ella había resucitado, porque había vuelto a serle importante).

En el breve espacio de una sola hora, aprendí que el nombre de Dios es Jehová (Sal. 83:18); que al período en el cual vivimos se le llama en la Biblia los “últimos días” (2 Tim. 3:1-5); que Armagedón es la guerra de Dios Todopoderoso contra el sistema inicuo, y está muy cerca (Rev. 16:14-16); y cómo nosotros, como unidad de familia, podríamos vivir para siempre en la Tierra, unidos felizmente en paz y seguridad, disfrutando de condiciones de perfección bajo el reino de Jehová Dios con su Hijo Jesucristo como Rey.—Sal. 37:9-11, 29; Rev. 11:15, 17; 21:3, 4.

Bueno, jamás había oído yo cosas tan maravillosas en toda mi vida. Aquello me parecía demasiado bueno para creerlo, y, triste es decirlo, no lo creí. Aunque no me opuse violentamente a mi esposa, sí me burlé de ella. En mi ignorancia, empecé a llamarla “Jehová,” y le recordaba que no quería tener nada que ver con aquella religión fanática. Si ella quería, estaba bien, pero yo no.

Ella continuó abriéndome el apetito con cosas que aprendía de la Palabra de Dios, pero yo me adhería desesperadamente a la iglesia, aunque sabía que ese asimiento continuamente se iba debilitando. Mi esposa estaba esgrimiendo la “espada del espíritu,” y con el tiempo perdí. Pero, en realidad, jamás me he alegrado más de perder en toda mi vida. Dejé la iglesia y empecé a estudiar la Biblia. En la primavera, cuando toda la creación de Dios vuelve a la vida, mi esposa y yo también volvimos a la vida en realidad y empezamos a vivir para Jehová y los intereses de su Reino, bautizándonos en agua en el Salón del Reino de Vancouver septentrional el 31 de marzo de 1956.

RESULTAN BENDICIONES PARA LA FAMILIA

Desde entonces hemos disfrutado de incalculables bendiciones, no solo espirituales, sino también materiales. Nos dimos cuenta de que esta no era simplemente otra religión, sino que los testigos de Jehová están siendo usados por Jehová Dios para efectuar la predicación de las “buenas nuevas” del Reino en todo el mundo, según Mateo 24:14. Queríamos formar parte de esta amorosa familia cristiana.

Las revistas La Atalaya y ¡Despertad! nos suministraron ayuda que necesitábamos para criar con buen éxito a nuestra familia, pues nos ayudaron a entender el consejo de la Palabra de Dios y aplicarlo a nuestra vida de familia. Llegamos a entender, por ejemplo, el verdadero significado de la obediencia y la disciplina, y el hecho de que Jehová disciplina a los que ama. También aprendimos la importancia de impartir enseñanza a nuestros hijos, y de pasar tiempo con ellos.—Heb. 12:5-11; Deu. 6:4-9.

El resultado de todo esto fue una familia cuyos miembros siempre disfrutaban de hacer las cosas juntos. Los muchachos me ayudaron mucho cuando construí nuestra casa, aun siendo chiquitines. Cuando eran demasiado jóvenes para ir a la escuela, a menudo los llevaba conmigo a mis trabajos de electricista. Con el tiempo fuimos bendecidos con dos hijas, y mi esposa se deleitó mucho en entrenarlas en coser y cocinar y encargarse de otros quehaceres en la casa. Es cierto que todavía había ocasiones en que la vara de corrección literal se aplicaba, y esto lo hacíamos donde Jehová ha puesto más “almohadilla” en el cuerpo humano.—Pro. 23:13, 14.

LAS ASAMBLEAS... GRAN GOZO PARA LA FAMILIA

Otro aspecto de la actividad cristiana que hemos amado mucho es el de las asambleas. Especialmente esperamos con deleite las asambleas de distrito de los testigos de Jehová, que siempre incorporamos en nuestras vacaciones anuales. Hemos viajado a muchas ciudades grandes de los Estados Unidos y el Canadá, y hemos disfrutado de la variedad de la creación de Jehová, y de visitas a las fábricas y granjas de la Sociedad Watchtower. Todo esto ha sido un modo práctico de ensanchar la educación de nuestros hijos.

Una asamblea sobresaliente a la que asistimos fue la de Nueva York en 1958. En camino a allí desde Vancouver, estacionamos el automóvil en Spokane, Washington, para hacer algunas compras, y les dijimos a los niños que permanecieran en el auto. Al regresar, nos dijeron que un hombre había venido a hablar con ellos. Lo señalaron para que lo viéramos en una tienda cercana. Él nos saludó con la mano y se acercó al auto. Nos dijo que había observado el anuncio de la asamblea de Nueva York en el parachoques de nuestro auto y se identificó como testigo de Jehová. Nos invitó a su casa para comer bistecs, después de lo cual tuvimos una noche de compañerismo cristiano y un agradable descanso durante la noche.

Más adelante, en Lusk, Wyoming, nuestro anuncio del parachoques nos trajo otra bendición, muy similar a la que tuvimos en Spokane. Del motor de mi auto empezó a oírse un fuerte golpe durante el día. Un Testigo de aquella pequeña población, al notar el anuncio que llevábamos en el parachoques, sugirió que pasáramos la noche en su casa mientras él reparaba el motor. Resultó que era el mecánico del condado y tenía acceso a un garaje grande en el cual había todas las herramientas que se necesitaban para efectuar la reparación. A la mañana siguiente estuvimos en marcha nuevamente, agradeciendo el amor y la hospitalidad que el pueblo de Jehová se muestra entre sí. Esto se hizo patente más ampliamente entre las 250.000 personas que asistieron a la asamblea en el Estadio Yanqui y el Polo Grounds de la ciudad de Nueva York.

PARTICIPANDO EN LA EXPANSIÓN DEL REINO

Después de nuestro regreso, un compañero de trabajo curioso me preguntó por qué hacía gastos tan grandes y viajaba tanto para asistir a una de mis asambleas religiosas. Cuando le expliqué la importancia de estas reuniones y la asociación agradable con tantas personas temerosas de Dios, de modo de vivir limpio, naturalmente hizo muchas preguntas más acerca de la Biblia. Le contesté, usando, junto con la Biblia, varias publicaciones que suministra la Sociedad Watch Tower. Quedó tan impresionado con la biblioteca nuestra que quiso todas estas publicaciones también, e iniciamos un estudio bíblico con él. En poco tiempo llegó a ser nuestro hermano espiritual. Alrededor de este mismo tiempo mi suegra empezó a mostrar interés, lo cual con el tiempo resultó en que ella también se hiciera testigo de Jehová.

En los veinte años que llevamos de ser testigos de Jehová, hemos visto un tremendo aumento en la cantidad de predicadores del Reino. Esto, a su vez, ha resultado en la edificación de muchos nuevos Salones del Reino. Nosotros, como familia, hemos participado en construir por lo menos cuatro de éstos, además de dos cocinas móviles grandes que se usan en las asambleas de circuito por la zona de Vancouver. Desde que nos mudamos nuevamente al Canadá oriental, nuestra participación en los intereses del Reino ha aumentado.

Ahora solo necesito trabajar parte del tiempo en un trabajo seglar, y me alegro de haber tenido el privilegio de trabajar en nuestro nuevo Salón de Asamblea cerca de Toronto. También, el año pasado me invitaron a trabajar en el Betel de Toronto por aproximadamente cuatro meses, ayudando a construir una extensión grande a la fábrica y la adición de un nuevo Salón del Reino. En todos estos diferentes proyectos de construcción, ha sido una experiencia remuneradora el trabajar junto a hombres y mujeres que ofrecen voluntariamente sus habilidades y tiempo, todo por amor a su Dios y al prójimo. Esto para mí es un goce por anticipado del prometido modo de vivir del Nuevo Orden, que tanto se ha acercado.

NUESTRA FAMILIA PROTEGIDA

A medida que las condiciones mundiales empeoran y este sistema va en rápido deterioro, la vida de familia de muchos sufre malos efectos. Pero, gracias a Jehová y su organización cristiana, nuestra familia ha sido protegida. Al aplicar los principios y el consejo bíblicos, nos hemos mantenido libres de los muchos lazos del mundo. El resultado es que toda nuestra familia es verdaderamente feliz, y está participando a plenitud en servir a Dios.

Nuestros cuatro hijos mayores se han casado con cristianas celosas, y están cumpliendo sus deberes de ancianos y siervos ministeriales en la congregación cristiana. El hijo mayor, con la ayuda de su esposa, disfruta del servicio de precursor de tiempo cabal aquí en Ontario. Nuestro segundo hijo y su esposa están sirviendo ahora donde más predicadores del Reino se necesitan en la provincia de Quebec. Y los dos hijos menores que éstos están casados felizmente y viven en el oeste. Todavía tenemos a nuestras dos hijas y a nuestro hijo más joven con nosotros, y, como sus hermanos mayores, muestran gran amor y gran aprecio a la Palabra de Dios. Dos de ellos ya han mostrado públicamente esto por medio de bautizarse en agua.

Aunque haya algunos de nuestra familia a kilómetros de distancia, la unidad de la organización de Jehová siempre nos da un sentimiento de que estamos cerca. Especialmente nos une la esperanza bíblica de vivir en la Tierra para siempre en paz y seguridad, disfrutando de condiciones de perfección bajo el reino de Jehová Dios. En verdad, estas palabras de Salmo 37:37 han adquirido un significado especial para mi familia y para mí: “Vigila al exento de culpa y mantén a la vista al recto, porque el futuro de ese hombre será pacífico.”

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