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  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1980
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1980
w80 1/2 págs. 14-15

Salmos

¿Dónde opta usted por estar?

LOS siervos devotos de Jehová Dios aprecian mucho el poder disfrutar de compañerismo con personas de su misma fe preciosa. Entre los israelitas, este aprecio se manifestaba en la forma de un deseo sincero de ir al santuario. ¿Le deleita sobremanera a usted también el adorar a Dios en compañía de otros?

El escritor del Salmo 84, un levita descendiente de Coré, puso el excelente ejemplo de querer estar entre los siervos fieles de Dios. Dijo: “¡Cuán amable es tu magnífico tabernáculo, oh Jehová de los ejércitos! Mi alma ha anhelado y también se ha consumido en su vivo deseo por los patios de Jehová. Mi propio corazón y mi mismísima carne claman gozosamente al Dios vivo. ¡Aun el pájaro mismo ha hallado una casa, y la golondrina un nido para sí, donde ella ha puesto sus polluelos... ¡tu magnífico altar, oh Jehová de los ejércitos, Rey mío y Dios mío!”—Sal. 84:1-3.

Para el salmista, el santuario era “amable,” hermoso, sí, la cosa más atractiva por ser el lugar donde se adoraba a Jehová. La intensidad con que este levita expresó su deseo de estar en los patios del tabernáculo de Jehová nos recuerda que durante el tiempo del reino los levitas, en sus decenas de miles, vivían en las 48 ciudades que habían sido asignadas a ellos por toda la tierra de Israel. Solo una vez cada medio año una de las órdenes o divisiones de los levitas que no eran sacerdotes servía una semana entera en el templo. Por consiguiente, la mayor parte del año estaban en sus hogares individuales con sus familias en las ciudades de los levitas. Por otro lado, era posible que aves pequeñas encontraran en el templo un lugar de mayor permanencia en el cual vivir.

El levita descendiente de Coré no puede menos que pensar en la felicidad de que disfrutan las personas que regularmente van al santuario en temporadas específicas. Continúa con esta expresión: “¡Felices son los que moran en tu casa! Todavía siguen alabándote. . . . Felices son los hombres cuya fuerza está en ti, en cuyo corazón están las calzadas. Pasando por la llanura baja de los arbustos de baca, la convierten en un manantial mismo; aun con bendiciones el instructor se envuelve. Andarán de energía vital a energía vital; cada uno se presenta a Dios en Sión.”—Sal. 84:4-7.

Debido a sus responsabilidades, los sacerdotes y los levitas regularmente ocupaban su morada provisional en la casa de Jehová y allí alababan al Altísimo directamente. ¡Qué alegría les traía la labor que desempeñaban en aquellas ocasiones! También se alegraban otros israelitas que derivaban fortaleza de Dios cuando necesitaban consuelo y ayuda. Aquellos israelitas tenían su corazón en las “calzadas,” es decir, en los caminos que conducían al santuario. Debido al interés de ellos en la adoración verdadera, hasta la zona seca de los arbustos de baca, a través de la cual viajaban rumbo a Jerusalén, tomaba la apariencia atractiva de una región bien regada donde fluyera un manantial. Era a Jehová a quien los fieles israelitas consideraban su “Instructor.” (Isa. 30:20) Puesto que lo bendecían o lo alababan, se podía decir que el ‘instructor se envolvía’ con aquellas bendiciones como si fuera con una prenda de vestir. Aunque el viaje quizás haya sido largo, los adoradores devotos no se fatigaban. La expectativa de llegar al santuario renovaba sus energías.

Luego el salmista suplica a Jehová, así: “Oh Jehová Dios de los ejércitos, de veras oye mi oración; presta oído, sí, oh Dios de Jacob. . . . Oh escudo nuestro, mira, oh Dios, y tiende la vista sobre el rostro de tu ungido.” (Sal. 84:8, 9) De modo que el levita no solo busca el favor de Jehová para sí mismo, sino también para el ungido, probablemente el rey de Judá. Este levita comprende que el Altísimo es un escudo protector para Israel y, por lo tanto, le ora por ayuda.

En vista del gran deseo que el salmista tiene de estar en el santuario, dice: “Porque un día en tus patios es mejor que mil en otro lugar. He escogido estar de pie al umbral en la casa de mi Dios más bien que ir de acá para allá en las tiendas de iniquidad.” (Sal. 84:10) ¡Qué sobresaliente aprecio! Para el salmista, el solamente pasar un día en los patios del santuario de Jehová era más valioso, mejor, que pasar mil días en otro lugar. Él prefería estar sirviendo de pie al umbral, sí, a la entrada de la casa de Jehová, y no estar en las tiendas de hombres inicuos, sin importar lo lujosas que fueran las moradas de éstos.

¿Por qué estimaba tanto el salmista levita la casa de Dios? Note sus palabras: “Porque Jehová Dios es sol y escudo; favor y gloria son lo que él da. Jehová mismo no retendrá nada que sea bueno de los que andan exentos de tacha. Oh Jehová de los ejércitos, feliz es el hombre que está confiando en ti.” (Sal. 84:11, 12) Sí, el salmista apreciaba la clase de Dios que es Jehová. El Altísimo es un Sol para su pueblo, al proveer esclarecimiento. También provee protección como un escudo. De él emanan expresiones de favor y bendición, y él confiere gloria y honra a los que aprueba. Jehová nunca retendrá lo bueno de los que procuran andar de manera recta. Él les dará una abundancia de bendiciones, y los que cifren su confianza en el Altísimo no quedarán desilusionados, sino que continuarán disfrutando de verdadera felicidad.

¿Lo impulsa a reunirse regularmente con Su pueblo el que usted reconozca toda dádiva buena? ¿Es el tener una buena posición ante Dios la fuente de su mayor alegría? Ciertamente debería ser nuestro deseo armonizar nuestras acciones con los pensamientos que expresó el salmista y así continuar experimentando la felicidad que proviene de tener a Jehová como Dios nuestro.

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