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  • John Wiclef, defensor de la Biblia

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  • John Wiclef, defensor de la Biblia
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1980
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1980
w80 15/11 págs. 24-27

John Wiclef, defensor de la Biblia

EN EL condado inglés de Leicestershire, por el pueblecito de Lutterworth pasa el río Swift mientras fluye tranquilamente a través de campos y praderas. Finalmente, esta corriente se junta al río Avon cerca de Rugby, en Warwickshire. Hoy es difícil asociar esta escena tranquila con algunos acontecimientos que ocurrieron hace 600 años. Un suceso en particular es tan raro que hasta el día de hoy sigue asombrando a personas que tienen un sentido de justicia.

Tal vez nosotros demos por sentada la libertad que tenemos para leer la Biblia, pero las condiciones eran muy diferentes en los días de John Wiclef. El considerar algunos de los sucesos que culminaron en la horrible acción que se relaciona con el río Swift pudiera contribuir a que apreciáramos mejor la libertad de la cual disfrutamos respecto a estudiar las Sagradas Escrituras.

Durante la Edad Media el sistema feudal dominaba en Inglaterra. La gente, bajo el control de dueños feudales, vivía muy aisladamente en las aldeas y aun en los pueblos. El dueño del feudo exigía que la gente le rindiera gran parte de su labor en cambio por la libertad muy limitada de cultivar sus propios pequeños terrenos. Las humildes chozas de los campesinos estaban en contraste con las enormes casas de piedra y los castillos de los acaudalados terratenientes. Debido a que no tenían instrucción académica, los campesinos vivían en gran ignorancia y estaban llenos de temor y superstición, una situación a la cual contribuyeron en gran medida las frecuentes pestes y el hambre, lo que culminó en la peste negra de 1349. La influencia de la Iglesia y el monasterio también era muy opresora.

Puesto que tenían pocas oportunidades para instruirse, los curas párrocos solían ser tan ignorantes como los campesinos. En cambio, los frailes y los monjes controlaban la vida espiritual de la gente. Estos circulaban entre la gente para predicar en cuanto a ‘los siete pecados capitales’ y exigir limosnas y donaciones con el fin de enriquecer su monasterio, el cual estaba exento del pago de impuestos porque se consideraba como pertenencia del papa. El sistema de indulgencias y la venta de dispensaciones y de reliquias fomentaban la tolerancia de delitos y de la vida relajada, y, como resultado, éstos aumentaban.

Muchas personas se cansaron de su condición de servidumbre. Con el tiempo, en vez de exigir labor, algunos patronos pidieron que los siervos les pagaran un alquiler... un arreglo que resultó en mayor libertad para los campesinos. A medida que la independencia del campesino fue creciendo, este tuvo más oportunidades de pensar y de tomar parte en otros aspectos de la vida social. Solamente hacía falta una voz que expresara con autoridad los sentimientos del campesino. Tal voz se halló en la persona de John Wiclef.

WICLEF DA A CONOCER SU POSICIÓN

John Wiclef nació entre los años 1328 y 1330 y fue enviado a la Universidad de Oxford, donde, para el año 1361, ascendió al puesto de maestro del Colegio de Baliol y, años más tarde, al puesto de doctor en teología. Su conocimiento de la ley inglesa y de la ley canónica no fue sencillamente el resultado de su interés en la materia, sino de un deseo profundamente arraigado de ver que se defendieran y se mantuvieran las libertades.

Desde el tiempo del rey Juan se había pagado un tributo al papa en reconocimiento de su supremacía sobre Inglaterra. En 1365 se recibió del papa Urbano V una demanda del pago de este dinero y de deudas que se habían acumulado durante un período de más de 30 años. El año siguiente, el parlamento hizo las siguientes decisiones: que el rey Juan había ido más allá de lo que sus derechos le permitían; que se presentaría resistencia al tributo feudal; y que, si fuera necesario, se presentaría oposición al papa en defensa del país. En vista del espíritu resuelto que se manifestó en esta declaración, el papa canceló su demanda, pero esto no dejó de provocar alguna controversia entre sus partidarios, los miembros de las órdenes monásticas de Inglaterra.

A manera de respuesta, Wiclef escribió un tratado en el cual defendió desde el punto de vista legal la posición que había tomado el parlamento. Para presentar su argumento utilizó las palabras de varios lores del concilio.a Un lord arguyó de este modo: “Es el deber del papa ser seguidor prominente de Cristo; pero Cristo rehusó tener dominio mundial. El papa, por lo tanto, está bajo la obligación de hacer la misma renuncia. Por consiguiente, dado que del papa tenemos que esperar que él cumpla con su sagrado deber, es lógico que recae sobre nosotros la responsabilidad de resistir su presente demanda.”—John Wycliffe and His English Precursors (John Wiclef y sus precursores ingleses), pág. 131.

El tributo no era el único dinero que el papa se esforzaba por obtener de Inglaterra. De vez en cuando un nuncio papal y sus servidores viajaban por el país y hacían colectas para llevar después el dinero a Roma. Con motivo de una de estas visitas en 1372, Wiclef escribió un tratado jurídico en el cual atacó esta práctica. De esta manera él también puso en tela de juicio el principio según el cual se sostenía que todo lo que el papa decidía hacer era correcto. Además, Wiclef se estableció como un extremadamente hábil defensor del derrotero que había emprendido el parlamento. Por lo tanto, no es sorprendente el que en 1374 se nombrara a Wiclef entre los comisarios que representarían al rey en las negociaciones que habrían de efectuarse durante la conferencia papal en Brujas, donde se habían presentado quejas contra la Iglesia Romana. En el mismo año, Wiclef fue nombrado a la rectoría de Lutterworth, posiblemente debido a los servicios que había rendido al rey.

A pesar del buen nombre de que disfrutaba en algunos círculos, Wiclef tenía muchos enemigos. En 1377 se le pidió que compareciera ante una convocación de obispos en la catedral de San Pablo. Aquel asunto probablemente le habría salido mal si no hubieran intervenido Juan de Gante, quien era duque de Lancaster, y otros aliados poderosos. Viéndose vencidos esta vez, los enemigos de Wiclef apelaron a la corte papal. El papa emitió cinco bulas en contra de Wiclef, en las cuales condenaba como heréticas las doctrinas de Wiclef y recomendaba que se tomaran medidas contra él. Por consiguiente, se obligó a Wiclef a comparecer ante otro concilio en el palacio de Lambeth, en Londres; pero esta vez la madre del rey intervino. Para mostrar su apoyo, un grupo de ciudadanos comunes entró en el lugar a la fuerza. Al verse cara a cara con esta fuerte defensa a favor de Wiclef, el concilio se abstuvo de tomar las medidas que el papa hubiera querido, y meramente prohibió que Wiclef pronunciara discursos y sermones sobre sus ofensivas enseñanzas.

LA PRIMERA BIBLIA DE WICLEF

No se sabe con certeza por cuánto tiempo los amigos de Wiclef hubieran podido protegerlo. A fin de cuentas sucedió que la muerte del papa Gregorio XI creó una situación que provocó una lucha tan grande dentro de la Iglesia que Wiclef casi quedó olvidado en la Europa continental. Las acciones del nuevo papa, Urbano VI, resultaron en que rápidamente se alejaran de él algunos de los poderosos cardenales. Protestando en el sentido de que la elección de él había sido ilegal, éstos retiraron su apoyo. Al ver que esta medida no tuvo ningún efecto en Urbano, estos cardenales eligieron a su propio papa, Clemente VII, y produjeron así lo que la historia ha llegado a llamar el Gran Cisma Papal.

A medida que la gente y las naciones fueron poniéndose de parte de uno u otro de los dos papas, Wiclef fue sintiéndose más y más disgustado. Él había estado dispuesto a dar su apoyo al papa que obrara en conformidad con lo que alegaba. Sin embargo, al ver que cada uno de los papas condenaba al otro y que cada uno hacía preparativos para tomar toda medida no cristiana a fin de ganar el poder y el puesto, Wiclef declaró que ambos papas eran falsos. A Wiclef ahora se le habían abierto los ojos por completo en lo relativo a la hipocresía que estaba envuelta en el puesto que él había considerado como la autoridad espiritual. ¿A qué o a quién podía él acudir como la verdadera autoridad espiritual de Dios y de Cristo?

Todas sus indagaciones, meditaciones, debates y razonamientos pronto encajaron en un todo unido. La Biblia por sí sola era la única norma para la verdad, la fuente de todo conocimiento verdadero sobre asuntos espirituales. Hoy en día tal idea no parece extraordinaria, pero en un tiempo en que la Iglesia restringía severamente la circulación de la Biblia (cuando había contadas partes de la Biblia disponibles en inglés) tal noción era novedosa y sorprendente para la mayor parte de las personas. Wiclef preparó un tratado intitulado: “On the Truth of Holy Scripture” (“Sobre la verdad de las Sagradas Escrituras”), en el cual uno de los puntos centrales fue el de hacer una clara distinción entre las Escrituras y la tradición.

Pronto Wiclef discernió que era necesario predicar a las personas en cuanto a las Escrituras, que no debería haber diferencia alguna entre el sacerdote y el lego, y que el campesino ordinario debería poder leer la Biblia para sí mismo. Junto con algunos de sus asociados, se puso a traducir la Biblia de la Vulgata latina al inglés. En aquel tiempo hubiera sido inconcebible el traducirla de los idiomas originales en Inglaterra. El estudio del idioma griego había sido abandonado por siglos, y Wiclef no lo conocía. Entre los años 1379 y 1382 se progresó en la obra de traducción con un gran sentido de urgencia. A la misma vez, Wiclef dio adelanto a la instrucción y el entrenamiento de predicadores ambulantes que viajaban por el país con la Palabra de Dios.

Es probable que la traducción de las Escrituras Griegas Cristianas se haya completado para el año 1382. Sin duda la traducción de las Escrituras Hebreas ya estaba en progreso bajo la dirección de Nicolás de Hereford, celoso seguidor de Wiclef. John Purvey, otro asistente en la labor, fue secretario de Wiclef por muchos años. En la traducción que fue el resultado de este esfuerzo, se vertieron de modo muy literal las Escrituras, a tal grado que hasta se pasaron por alto las características idiomáticas de la lengua inglesa. Pero lo importante es que se logró poner la Biblia entera al alcance de la gente común por primera vez.

LA CUESTIÓN DE LA TRANSUBSTANCIACIÓN

Por muchos años John Wiclef había estado convencido de que la Cena del Señor era un acontecimiento muy importante. En 1381 su deseo de hacer una distinción entre las enseñanzas y tradiciones de la Iglesia y lo que se enseña en las Sagradas Escrituras resultó en que él atacara la idea de la transubstanciación. Esta doctrina, que se propuso por primera vez en el siglo noveno, sostenía que, al ser consagrados por el sacerdote, el pan y el vino realmente se convertían en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo. El argumento de Wiclef se apoyaba en los pasajes de los Evangelios y de los escritos del apóstol Pablo que trataban directamente del asunto, y en muchos otros textos relacionados. Por ejemplo, cuando Jesús dijo: “Yo soy la vid verdadera,” él no quiso decir que había llegado a ser literalmente una vid, o que una vid literal se hubiera transformado en el cuerpo de Cristo. (Juan 15:1) Más bien, ésta era una ilustración usada por Jesús para enseñar una verdad importante. Al exponer lo falso de la tradición por medio de la Palabra de Dios, Wiclef hizo hincapié en el hecho de que la transubstanciación no formaba parte de la doctrina de la iglesia primitiva, y que hasta Jerónimo se adhirió al concepto bíblico.

De todas las ideas que Wiclef propuso por escrito y en su predicación, ésta fue probablemente la más difícil de tolerar desde el punto de vista de la Iglesia. La doctrina de la misa era el medio principal de la Iglesia para mantener a la gente sujeta a su autoridad. Hasta el aliado más poderoso de Wiclef, Juan de Gante, fue a Oxford con el fin de imponerle silencio sobre este asunto, pero no pudo.

La revuelta de los campesinos en 1381 hizo que surgiera más oposición en contra de Wiclef. Miles de rebeldes bajo la dirección de Wat Tyler y otros líderes marcharon contra Londres; antes de ser derrotados iniciaron incendios, mataron a otras personas y finalmente ejecutaron al arzobispo de Canterbury.

En parte se culpó a Wiclef por esta rebelión, pues se alegó que sus enseñanzas habían incitado a la gente a poner en tela de juicio la autoridad de sus superiores. Aunque esta alegación no tenía fundamento, el acontecimiento resultó en que un nuevo arzobispo, William Courtenay, subiera al poder. Este, mientras era obispo de Londres, ya había obrado en contra de Wiclef. En 1382, como arzobispo, Courtenay convocó un concilio que condenó como heréticas y erróneas las doctrinas de Wiclef. Wiclef fue despedido de la Universidad de Oxford, y se emitió un decreto en el cual se estableció el castigo de excomunión para cualquiera que predicara las doctrinas bajo condenación, o que siquiera escuchara a alguien que las predicara.

SUS ÚLTIMOS AÑOS

El que Wiclef todavía siguiera viviendo en libertad tiene que atribuirse al apoyo continuo de algunos de sus poderosos amigos, y a la actitud del parlamento, que todavía no se había convertido en lacayo del nuevo arzobispo. Wiclef centralizó sus actividades en Lutterworth y continuó escribiendo e inspirando a sus seguidores. Fijó su atención particularmente en las acciones del obispo de Norwich, cierto Henry le Spencer, quien se había distinguido durante la revuelta de los campesinos por su valor y dirección en el logro de la derrota inicial de los rebeldes en Norfolk.

Este obispo, orgulloso de su reputación recién ganada, decidió participar en el Cisma Papal. En 1383 obtuvo de Urbano VI una bula que le autorizaba a organizar una cruzada en contra de Clemente VII. Rápidamente reunió un ejército por medio de prometer absolución y dar cartas de indulgencia a los que sirvieran bajo su mando. Wiclef ya se había expresado claramente sobre el cisma, y su próximo paso fue escribir un tratado intitulado “Against the War of the Clergy” (Contra la guerra del clero). Comparó el cisma a dos perros que estuvieran peleando por un hueso. Sostuvo que toda la disputa era contraria al espíritu de Cristo, pues tenía que ver con ganar poderío y una alta posición en el mundo. Dijo Wiclef que el prometer a alguien el perdón de pecados por participar en tal guerra tenía base en una mentira. Más bien, éstos morirían como incrédulos si caían en un combate que de ningún modo era cristiano. La cruzada fue un terrible fracaso, y el obispo anteriormente orgulloso regresó a Inglaterra avergonzado.

Antes, en 1382, Wiclef había sufrido un ataque apoplético que lo había dejado parcialmente incapacitado. Dos años más tarde un segundo ataque lo dejó paralizado y sin habla. Murió unos cuantos días después, el 31 de diciembre de 1384, y fue enterrado en el patio de la iglesia de Lutterworth, donde sus restos permanecieron sin ser tocados por más de 40 años.

Entonces, en 1428, hubo un acontecimiento raro y asombroso. En conformidad con el decreto del Concilio de Constanza emitido 14 años antes, la tumba de John Wiclef fue abierta. Sus restos fueron exhumados y quemados, y las cenizas fueron llevadas al pequeño río Swift, que fluía cerca. Allí las cenizas fueron esparcidas sobre las aguas para que flotaran corriente abajo al río Avon, luego al Severn y finalmente al mar. Los que ejecutaron este acto no le atribuyeron ningún significado simbólico. Sin embargo, los que quisieron consolarse por esta acción de venganza la interpretaron de manera simbólica. ¿Por qué ocurrió esto tanto tiempo después de la muerte de Wiclef, cuando éste ya no podía servir personalmente de espina en el costado de las autoridades religiosas de Inglaterra? La respuesta se hallará en un artículo subsiguiente sobre los seguidores de Wiclef, llamados los Lolardos.

[Nota a pie de página]

a No se puede determinar si Wiclef estaba realmente citando las palabras de estos lores o si estaba utilizando un mecanismo literario para dar aire de autoridad a sus propias expresiones.

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