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  • Servimos a Dios como familia
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1985
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  • Cómo resolvíamos los problemas
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1985
w85 1/4 págs. 22-27

Servimos a Dios como familia

Según lo relató Otto Rittenbach

CAROL y yo nos casamos en noviembre de 1951. El año siguiente nació nuestra primera hija, Brenda. Durante los próximos seis años tuvimos cinco hijos más... Rick, en julio de 1954; Rhonda, en junio de 1955; JoDene, en mayo de 1956; Wayne, en junio de 1957, y Kenan, en julio de 1958. Para entonces yo tenía solo 27 años de edad y Carol tenía solo 23. En realidad, ¡aquéllas eran grandes responsabilidades de familia para una pareja joven!

Hoy estamos agradecidos de que todos estamos unidos en servir a Dios. Rick sirve en el Betel de Brooklyn, Nueva York, la central mundial de los testigos de Jehová. Carol y yo, junto con nuestros hijos más jóvenes, Wayne y Kenan, servimos en las Haciendas Watchtower, a unos 150 kilómetros (95 millas) al norte de Brooklyn. Y Brenda, Rhonda y JoDene se graduaron de la Escuela Bíblica de Galaad de la Watchtower y ahora son misioneras... Brenda, en el Oriente Medio, y Rhonda y JoDene, en Colombia, América del Sur.

Nunca abrigamos esperanzas de que toda nuestra familia tendría estos grandiosos privilegios de servicio. Éramos simplemente un matrimonio joven con muchos hijos que hacíamos todo lo posible por seguir las instrucciones que recibíamos de Dios mediante su Palabra y su organización visible. No siempre fue fácil. Hubo tiempos difíciles. Pero todos concordamos en que el mantener el servicio a Dios en primer lugar ha resultado en que llevemos una vida rica y galardonadora. Permítame relatarle brevemente nuestros antecedentes y cómo se crió nuestra familia.

Cómo aprendimos la verdad bíblica

Nací en 1930, el penúltimo de 14 hijos, en una granja de las praderas de Dakota del Norte. Los Nylen, otra familia que tenía una granja, vivían a unos 6 kilómetros (4 millas) de distancia. Se los conocía en la comunidad como testigos de Jehová, aunque no estaban bautizados ni asistían con regularidad a las reuniones de la congregación.

Mientras atendía asuntos relacionados con la granja, hacía visitas frecuentes a la granja de ellos y llegué a conocer a Carol Nylen. Nuestra relación fue desarrollándose, y, poco después que Carol completó sus estudios de la escuela secundaria, nos casamos. Dos meses después, a principios de 1952, fui llamado al servicio militar y pasé dos años en el ejército, incluso 14 meses en Alemania.

Después que regresé de Alemania, alquilamos una granja a casi medio kilómetro (1⁄4 de milla) de la de los Nylen. Prácticamente no teníamos dinero, de modo que tuvimos que conseguir unos préstamos de la FHA (agencia gubernamental que ayuda a los granjeros) para comprar un rebaño de vacas lecheras y cierta maquinaria para la granja. En aquellos días el vivir de una granja consumía mucho tiempo. No obstante, con el estímulo de Carol y de mi familia política, quienes para entonces eran Testigos activos, acepté un estudio bíblico en el hogar. El hermano de Carol, Roland, condujo fielmente el estudio. Con la ayuda espiritual adicional de superintendentes de circuito y otros Testigos que me visitaron, finalmente me dediqué a Jehová y me bauticé en agosto de 1956.

Una compañera industriosa

En aquellos días, la vida en la granja carecía de muchas conveniencias modernas. Por ejemplo, en la casa de la granja que alquilamos no había agua corriente ni un sistema de cañerías, así que había que traer de un pozo toda el agua, y teníamos que salir de la casa para usar el retrete. Teníamos pocos muebles, pero nos las arreglábamos con lo que teníamos y con lo que nos daban. Carol se hizo tan hábil en decorar la casa, que hasta los dueños dijeron que ésta parecía una casa de muñecas. Ella también confeccionaba toda la ropa de los niños, y para ello utilizaba principalmente ropa vieja que otras personas le daban. Además, ella frecuentemente me ayudaba con las tareas de afuera, incluso ordeñando las vacas, lo cual hacíamos a mano.

Durante aquellos años Carol, cuya madre había sido maestra de escuela, adiestró maravillosamente bien a nuestros hijos. También, la lectura de la Biblia y las publicaciones de la Sociedad Watchtower nos había grabado en la mente la importancia de entrenar a los hijos desde la infancia (2 Timoteo 3:15). Por eso, con regularidad, cada mañana, desde aproximadamente las 9.30 hasta las 11, una parte de nuestra pequeña cocina se convertía en escuela. Entre los primeros recuerdos que tienen todos nuestros hijos figura el de estar sentados en sillitas rojas que formaban un semicírculo frente a una pizarra. Hoy, nuestros hijos recuerdan con cariño aquellas sesiones de instrucción. Los que aún eran infantes aprendían a sentarse tranquilamente con las manitos cruzadas por hasta una hora. Después estaban listos para dormir la siesta acostumbrada antes del mediodía.

Para la edad de un año y medio, los niños participaban activamente. Carol les enseñaba el abecedario y a leer y escribir por medio de tarjetas preparadas en casa. Ella también les ayudaba a aprender de memoria textos claves de la Biblia, así como los nombres de los apóstoles, y les relataba historias bíblicas junto con las lecciones prácticas que éstas enseñaban. Era fascinante ver cuánto aprendían nuestros niños a una tierna edad, y lo fácilmente que lo aprendían. Quizás a algunas personas se les haga difícil creerlo, pero ellos sabían enumerar los nombres de los 66 libros de la Biblia cuando tenían un año y medio de edad, y para la edad de dos o tres años, cada uno de ellos sabía leer.

Además, teníamos un estudio de familia con regularidad durante el cual preparábamos con los niños las lecciones que habíamos de estudiar en nuestras reuniones regulares de congregación. Claro, esto significaba que teníamos que simplificar la información para que ellos pudieran entenderla, especialmente cuando estábamos estudiando el libro “Hágase tu voluntad en la Tierra”, y luego “Santificado sea tu nombre”, así como lecciones de la revista La Atalaya. Dicho entrenamiento ayudó a los niños no solo a progresar en sentido espiritual, sino también a ser alumnos sobresalientes en la escuela.

Cómo resolvíamos los problemas

Sin embargo, a pesar de todos nuestros esfuerzos, no todo fue tan fácil como hubiéramos querido. Por ejemplo, cuando Brenda regresó a casa después de pasar su primer día en la escuela, le preguntamos con entusiasmo cómo le había ido. Una de nuestras preguntas tuvo que ver con el saludo a la bandera. Ella contestó: “¡Oh, no!, no saludé la bandera; simplemente hice el juramento de lealtad a la bandera”. ¡Era patente que había faltado algo en nuestra instrucción!

Luego, en cierta ocasión se sirvió una comida que incluía pavo en el comedor de la escuela justamente antes de las vacaciones relacionadas con el Día de Acción de Gracias. Rick, quien estaba en primer grado en aquel entonces, rehusó comerla. Fue solo después que la maestra le explicó repetidas veces que aún no había llegado el Día de Acción de Gracias y que no se trataba de una comida especial con respecto a dicho día, y después de llamar por teléfono a Carol, que la conciencia de Rick le permitió comer lo que se le había servido aquel día.

También hubo problemas de otra índole, problemas que difícilmente pudiéramos imaginarnos que surgieran, pero que muestran las inclinaciones caprichosas de la juventud (Génesis 8:21; Proverbios 22:15). Cuando Rhonda llegó a estar en tercer grado, parece que se empeñó en tener un abrigo de fábrica y comprado en una tienda. ¡Así que inventó el cuento de que la maestra había dicho que ella tenía que tener un abrigo para el mes de mayo! Casi nos convenció.

Además surgió el asunto del robo. Cuando Wayne y Kenan estaban en segundo grado y en primero, respectivamente, tomaron dulces del escritorio de la maestra. Cuando nos enteramos de esto, razonamos con ellos para que desde su corazón nos dijeran lo que les había impulsado a hacer aquella mala acción. Para que compensaran el daño, hicimos que compraran dulces y se los llevaran a la maestra y le dijeran lo que habían hecho. Procuramos desarraigar del corazón de nuestros hijos los motivos malos tan pronto como los discerníamos, y tratamos de reemplazarlos con motivos buenos y puros al razonar con ellos.

Se requería plena atención

Desde el mismo principio nos dimos cuenta de que el criar a una familia en el servicio de Jehová es una carrera que requiere plena atención. Descubrimos que los niños necesitan que se les mantenga ocupados, que se les dé un sentido de orden y un horario. Necesitan saber cuándo levantarse por la mañana, cuándo dormir la siesta, cuándo es hora de comer, y así por el estilo. Todo esto hay que inculcarlo mientras aún son infantes, llevarlo a cabo y ensancharlo a medida que van creciendo.

Empezamos a enseñar la obediencia a nuestros hijos desde la infancia. Cuando pedíamos a nuestros hijos que hicieran algo, aunque se tratara de un mandato tan sencillo como: “Crucen las manos”, o: “Siéntense”, esperábamos que nos obedecieran de inmediato, y lo hacían. Nos asegurábamos de que llevaran a cabo cada mandato. El ejercer un control sano y guiar a los hijos desde la infancia hasta la vida adulta disminuye drásticamente los problemas que surgen más tarde. Una práctica que efectuábamos durante la infancia de los niños era envolverlos en mantillas cuando les llegaba la hora de dormir, tal como a Jesús lo envolvieron cuando era infante (Lucas 2:7). Esto contribuía a que se sintieran seguros, y ellos conciliaban el sueño casi inmediatamente.

También enseñamos a los niños a trabajar desde una edad muy tierna. Bajo la supervisión vigilante de mi esposa, aprendieron a recoger cosas, fregar los platos y doblar la ropa. Luego aprendieron a zurcir calcetines, pegar botones, hacer pan, plantar y desherbar el huerto, y ayudar a envasar y congelar los productos de éste. Tanto los muchachos como las muchachas aprendieron todas estas cosas. También aprendieron a hacer pequeñas reparaciones en la casa, a pintar y a mantener el patio atractivo. Les enseñamos a ser concienzudos, a hacer un buen trabajo, y nos asegurábamos de que lo hicieran. Esto tomó tiempo, pero en años posteriores vimos que realmente valió la pena.

También reconocimos que era necesario tener actividades recreativas. No obstante, éstas rara vez incluían el mirar la televisión. De hecho, nuestra familia decidió en conjunto NO tener un televisor. Nuestra recreación consistía mayormente en hacer cosas juntos... participar en juegos y comidas campestres, disfrutar de actividades de la congregación, y asistir a las asambleas. A menudo, en relación con viajes a las asambleas, planeábamos viajes de vacaciones a algunos lugares de interés.

Siempre dimos prioridad a las actividades espirituales. Al principio teníamos que viajar 90 kilómetros (55 millas) para ir al Salón del Reino, y los inviernos en Dakota del Norte suelen ser rigurosos. Pero tomábamos precauciones razonables y, puesto que teníamos la bendición de una salud relativamente buena, rara vez nos perdíamos una reunión. Las asambleas de circuito eran un aspecto realmente sobresaliente de nuestra vida, y a veces teníamos que hacer un viaje de 400 kilómetros (250 millas) para participar en lo que en aquel entonces era un programa de tres días.

Participábamos en el ministerio del campo con regularidad cada fin de semana, aun si la temperatura bajaba a -29 °C (-20 °F). Quizás a algunas personas les parezca una exageración el sacar fuera a niñitos en medio de temperaturas como ésas, pero esto ayudó a grabar en la mente de los niños que nada debería obstaculizar nuestro servicio a Jehová.

Manteníamos en primer lugar los intereses del Reino

En 1961 nos enfrentamos a una decisión importante cuando la granja que estábamos alquilando se puso en venta. ¿Debería comprar yo la granja, o debería buscar otro tipo de empleo? El estilo de vida en la granja era bueno para los niños, y, a medida que los muchachos fueran creciendo, la granja podía llegar a ser su medio de sustento. Sin embargo, para mantener debidamente una granja, tendríamos que dedicar la mayor parte de nuestro tiempo a ella, y razonamos que esto podría llegar a ser una trampa para nosotros. Algún tiempo antes mi padre me había dado una pequeña parcela de tierra, que realmente no bastaba para establecer una granja. La vendí y compré una retroexcavadora y otro equipo relacionado para emprender obras de excavación.

Nos mudamos al pueblo cercano de Butte, Dakota del Norte, que tenía una población de aproximadamente 200 personas. Yo excavaba sótanos e instalaba alcantarillas en las granjas, y aprendí a poner bloques de cemento y a hacer trabajos de plomería. Para complementar mi salario, que era bastante pobre, también conducía el autobús de la escuela. No obstante, siempre podíamos percibir que Jehová se interesaba en nosotros y nos ayudaba a medida que, como familia, poníamos lo espiritual en primer lugar. A pesar de que éramos una familia grande y relativamente pobre, y que a veces teníamos que contender con un clima riguroso, siempre nos las arreglábamos para asistir a las reuniones de la congregación y a las asambleas, y también para participar con regularidad en el ministerio del campo.

Con el tiempo pudimos comprar una casa vieja y, con la ayuda generosa del padre de Carol, la convertimos en una casa atractiva pero modesta. Se formó una congregación en nuestra zona, y tuvimos el privilegio de ayudar a construir un pequeño Salón del Reino. Esto resultó en que tuviéramos que viajar solo 25 kilómetros (15 millas) en vez de 90 kilómetros (55 millas) para ir a las reuniones. Puesto que la congregación era pequeña, se nos asignaban partes en las reuniones cada semana, lo cual nos mantenía muy ocupados preparándonos para éstas.

De muchísimas maneras percibimos que Jehová estaba cuidando de nosotros. Para ilustrarlo: En marzo de 1965 recibí la invitación de asistir a la Escuela del Ministerio del Reino en South Lansing, Nueva York, donde en aquel entonces se ofrecía un curso de instrucción de un mes para los ancianos cristianos. Pero el automóvil que teníamos era viejo y no era suficientemente seguro como para que mi familia viajara en él a las reuniones y a la asamblea de circuito durante mi ausencia. Por eso fuimos al pueblo cercano más grande para buscar un automóvil. Habíamos buscado sin tener éxito durante la mayor parte del día cuando, unos 45 minutos antes de que yo tuviera que regresar a casa para conducir el autobús de la escuela, me detuve en un negocio más.

El vendedor me llevó a un garaje subterráneo oscuro y me mostró un automóvil que me parecía que satisfaría nuestras necesidades. Cuando lo probé, vi que funcionaba bien, pero el vendedor dijo que costaba $300, mucho más de lo que yo podía pagar. Cuando estaba a punto de irme, el vendedor me dijo que esperara mientras él preguntaba al gerente cuál era el precio más bajo que él podía aceptar. El gerente titubeó, reflexionó sobre el asunto, y, de mala gana, dijo $150. Hicimos la transacción y nos llevamos el automóvil a casa.

Más tarde, durante aquella misma primavera, estuvimos escasos de dinero. Yo acababa de regresar de la Escuela del Ministerio del Reino. Era demasiado temprano para que me pusiera a trabajar a la intemperie, ya que aún había escarcha en la tierra. Tenía un trabajo en perspectiva al otro lado de la calle para instalar una cañería de agua, una alcantarilla, un cuarto de baño y el sistema de cañerías del mismo. No podía hacer ese trabajo sino hasta el próximo mes por lo menos, pero un día nuestro vecino llamó, lo cual me sorprendió muchísimo. ¡Dijo que quería darme $500 por adelantado para aquel trabajo!

En 1967 recibí una oferta de empleo en un pueblo situado a aproximadamente 160 kilómetros (100 millas) de distancia. Decidí aceptarlo. Una razón por la cual lo hice fue que mi negocio de excavaciones estaba haciendo que me alejara cada vez más de la casa, y el negocio había llegado al punto en que tendría que expandirlo y absorberme más en él a costa de las actividades espirituales. Así que vendimos la casa y nos mudamos a New Rockford, Dakota del Norte, donde me hice vendedor de abono para una tienda de suministros para granjas. Aunque este nuevo empleo no me permitía el mismo grado de libertad que tenía cuando trabajaba por cuenta propia, decidí aceptarlo puesto que nuestros hijos ya eran mayores y estaban bien establecidos en el camino cristiano.

Una familia feliz en el ministerio de tiempo completo

Debido a que nuestros hijos e hijas rechazaron becas al graduarse de la escuela secundaria, los profesores y otras personas de la comunidad opinaban que se estaban desperdiciando las aptitudes académicas de ellos. Sin embargo, a pesar de las presiones que se ejercieron sobre ellos para que continuaran su educación seglar, cada uno emprendió el ministerio de tiempo completo como precursor al terminar sus estudios de escuela secundaria.

Brenda empezó la obra de precursor en 1970; después Rick, en 1972. Entonces él fue a Betel en diciembre de aquel año. El año siguiente tanto Rhonda como mi esposa emprendieron la obra de precursor. En 1974 JoDene y yo nos unimos a ellas en la obra de precursor, y en la primavera del año siguiente se nos unió Wayne en esta obra, de modo que llegó a haber seis precursores en la familia. En 1976 Wayne fue a servir en las Haciendas Watchtower, pero Kenan se graduó de la escuela secundaria, y mantuvo en seis la cantidad de precursores en la familia.

Cuando decidí hacerme precursor, mi patrono rehusó darme trabajo de media jornada, de modo que dejé el empleo que tenía en aquel almacén de suministros para granjas. Después de esto conseguí empleo como chofer de un camión que llevaba abastecimientos de combustibles, pero cuando mi patrono insistió en que me viera envuelto en prácticas poco honradas, dejé este trabajo también. No obstante, para ese tiempo estaba en la obra de precursor con Carol y nuestros hijos, lo cual había sido nuestro deseo toda la vida, de modo que nada podía hacerme desistir.

Menos de una semana después de haber dejado aquel empleo, recibí una llamada de otro patrono que me preguntó si yo podría trabajar en el mantenimiento de hornos dos días a la semana durante el invierno. ¿Era esto asombroso? En realidad no lo era, pues ¿no se nos había prometido que si poníamos los intereses del Reino en primer lugar habría quien cuidara de nosotros? (Mateo 6:33.) Para ese tiempo cada uno de nuestros hijos tenía un trabajo de media jornada, y el que ellos contribuyeran a los gastos de la casa hizo posible que sirviéramos de precursores como familia.

Entonces, en junio de 1977, Carol y yo junto con Kenan recibimos la invitación de trabajar en las Haciendas Watchtower. Mi esposa, por ser madre, se sentía triste de dejar nuestro hogar y a nuestras tres queridas hijas. Pero razonó que así nos estaba dirigiendo Jehová y que éste ciertamente era un privilegio inestimable. Las muchachas lo consideraron así, también, y nos animaron a partir. El verano siguiente regresamos de vacaciones, vendimos la casa y otras posesiones materiales y ayudamos a nuestras hijas a mudarse a su primera asignación como precursoras especiales, a unos 160 kilómetros (100 millas) de distancia.

Mientras las muchachas estaban sirviendo de precursoras especiales en Grand Island, Nueva York, fueron invitadas a las Haciendas Watchtower en agosto de 1981 para trabajar junto con nosotros hasta que llegara el tiempo de asistir a la clase 72 de la Escuela de Galaad, que había de empezar en octubre. En marzo se graduaron, y pronto las tres partieron rumbo a su asignación en Colombia, América del Sur, como misioneras.

Rhonda y JoDene aún están en Colombia, pero Brenda se casó con un compañero de la Escuela de Galaad en marzo de 1983 y se unió a él en el Oriente Medio. Luego, en marzo de 1984, Rhonda se casó con un graduado de la Escuela de Galaad, quien se unió a ella en Colombia. También los muchachos se han casado con simpáticas precursoras que ahora sirven con sus esposos, una en el Betel de Brooklyn, y dos en las Haciendas Watchtower. Así que nuestra familia de precursores ha aumentado a 13, entre los cuales estamos mi esposa y yo.

Todos nos sentimos verdaderamente felices de estar en el servicio de tiempo completo de nuestro Dios, Jehová, y como familia sabemos que, para continuar disfrutando de estos privilegios de servicio, tenemos que portarnos de una manera digna de las buenas nuevas (Filipenses 1:27). Agradecemos el excelente consejo que Jehová nos ha proporcionado mediante su organización visible, ya que el ponerlo en práctica en nuestra vida es lo que ha resultado en que ahora disfrutemos como familia del glorioso tesoro de servicio que tenemos actualmente.

[Fotografía en la página 24]

JoDene, Brenda y Rhonda aprendieron historias de la Biblia a temprana edad

[Fotografía en la página 25]

Wayne, Rick y Kenan... los tres están en el servicio de Betel actualmente

[Fotografía en la página 27]

Parte de la familia Rittenbach hoy día... todos ellos en el servicio de tiempo completo

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