La resolución me ayudó a tener éxito
Según lo relató Joseph A. Oakley
¡QUÉ gozo fue estar entre los 123.707 que asistieron a la asamblea internacional de los testigos de Jehová en 1950 en el Estadio Yankee de la ciudad de Nueva York, en los Estados Unidos! ¡Y qué privilegio fue asistir después a la clase número 16 de la escuela misional de Galaad en el interior del estado de Nueva York!
Al graduarme fui asignado, junto con unos compañeros australianos, a la obra misional en el país remoto de Paquistán. Llegamos en el verano de 1951. El primer año, en especial, nos presentó pruebas severas.
Una de estas pruebas fue el calor seco y el mucho polvo, algo que difería completamente del fresco de que se disfruta en el sur de Australia, en Victoria y Tasmania, donde yo había vivido. Luego estuvieron la tifoidea, la ictericia y otras enfermedades con un período de recuperación muy largo, de las cuales la mayoría de los recién llegados sufrimos. Un joven que fue compañero de clase nuestro murió aquel primer año.
Otra prueba fue la pobreza y las diferentes condiciones de vida. Poco después de haber llegado allí fui asignado como ministro viajante, lo cual requería que hiciera viajes largos y solitarios en trenes, y a veces tenía que dormir en el andén de una estación de ferrocarril.
Una prueba más fue la falta de acogida a nuestro mensaje del Reino entre la población, predominantemente musulmana. También era una verdadera prueba el tratar de expresar este mensaje en una lengua nueva y difícil, el idioma urdu.
Me hubiera sido fácil darme por vencido y regresar a casa. El quedarme en el país exigió firme resolución. Me alegro de que lo que había experimentado anteriormente me ayudó a enfrentarme con éxito a las pruebas.
Experiencias que amoldaron mi vida
Fui criado en una hacienda a aproximadamente 18 kilómetros (11 millas) de Geelong, una ciudad costera en el estado australiano de Victoria. Cierto día en abril de 1935, mientras estaba en la ciudad, la señorita Hudson se me presentó y entabló conversación conmigo y me instó a asistir a un discurso bíblico. Toda la semana me preocupó el hecho de que le había prometido a esta cariñosa, sincera y obviamente dedicada ancianita que asistiría al discurso. En verdad yo no quería ir, pero sencillamente no pude desilusionarla.
Cuando llegó la hora cumplí con mi promesa y fui, aunque con alguna aprensión. Para sorpresa mía, la reunión me gustó tanto que empecé a asistir con regularidad. Las cosas que aprendí me convencieron de que había hallado la verdad, y me bauticé en una asamblea que se celebró en Geelong aquel mismo año.
Unos cuantos meses más tarde, dos celosas precursoras caminaron más de 1,6 kilómetro (1 milla) por un campo arado para llegar a nuestra hacienda. Lo que me impresionó de ellas fue su fe y celo. Recuerdo haberles preguntado dónde se alojarían aquella noche, pues dijeron que se encaminaban a una nueva asignación en el pueblecito de Bacchus Marsh, que estaba a unos 56 kilómetros (35 millas).
“No sabemos todavía, pero encontraremos algún lugar antes de que oscurezca —respondieron—. Si no, entonces armaremos nuestra tienda.”
Ya eran pasadas las cuatro de la tarde y los días eran cortos y fríos. Pensé: ‘¡Esto es verdaderamente ser precursor!’. La situación también hizo que me preguntara: ‘¿Qué estoy haciendo aquí en la hacienda y alejado de la gente? ¿Qué me impide que sea ministro precursor como estas jóvenes? Yo también soy joven y tengo buena salud. Si ellas pueden hacerlo, ¿por qué no puedo yo?’. En aquel momento me resolví a que dentro de poco yo también sería precursor.
Resuelto a apegarme a mi decisión
Mi padre se opuso mucho a que yo dejara el hogar y empezara a predicar de tiempo completo con los testigos de Jehová. Él había sido superintendente de una escuela dominical por unos 30 años y tenía prejuicios contra los Testigos. Sin embargo, yo había cumplido 21 años de edad, y mi madre realmente no tuvo objeción cuando le expliqué mis planes. Así que, finalmente, fijé el 30 de junio de 1936 como la fecha en que saldría de casa.
Mi padre pidió a varios hombres de negocio prominentes que me disuadieran de envolverme en lo que llamaban un “mal negocio”. Estos hombres procuraron convencerme de que debía quedarme en casa, y emplearon toda clase de argumentos, tales como: ‘Causarás deshonra a la religión de tu familia’. ‘Te estás uniendo a un grupo desconocido y muy impopular.’ Y, ‘¿qué garantía tendrás de apoyo financiero?’.
Este intento de persuadirme —posiblemente con buenas intenciones— continuó por semanas. No obstante, por extraño que parezca, mientras más trataban de disuadirme, más resuelto estaba a unirme a las filas de los precursores.
Llegó el 30 de junio, ¡con frío y vientos violentos! Puse todas mis pertenencias sobre mi motocicleta y me encaminé a Melbourne, a unos 64 kilómetros (40 millas). Se me había invitado a trabajar allí con un grupo de precursores. Así comenzó una vida completamente nueva y con propósito para mí, pero se me presentaron muchas pruebas.
Resuelto a enfrentarme a la oposición
En aquellos días una de las principales maneras de esparcir el mensaje del Reino era usando automóviles con equipo sonoro para difundir los discursos bíblicos grabados por el presidente de la Sociedad Watch Tower, J. F. Rutherford. Por unos cinco años conduje uno de estos “automóviles”, una bien equipada furgoneta conocida por todas partes como el “Terror Rojo”.
La potente y profunda voz del hermano Rutherford que salía por la bocina era “grata” para las pocas personas que buscaban la verdad, pero para los opositores era como veneno. (Compárese con 2 Corintios 2:14-16.) A veces la gente me echaba agua con una manguera, o apedreaba la furgoneta.
Por otro lado, los discursos del hermano Rutherford que desenmascaraban la falsedad religiosa realmente atraían a algunas personas. Por ejemplo, un caballero acaudalado pidió un ejemplar de cada uno de los discursos grabados del hermano Rutherford y de cada uno de sus libros. Cuando visitamos su enorme hogar, yo apenas podía cargar con todos los discos y libros. Aquel señor se encantó de recibirlos, y escribió allí mismo un cheque por la cantidad de £15 ($70, E.U.A., en aquel entonces). ¡Aquella fue la colocación de literatura más grande que he hecho!
En 1938 el hermano Rutherford había de visitar a Australia y presentar un discurso bíblico en el Ayuntamiento de Sydney, Nueva Gales del Sur. Yo estuve entre los que recorrieron las calles de Sydney en un automóvil con equipo sonoro anunciando aquella visita. El “Terror Rojo” fue equipado especialmente para el programa de seis semanas con un enorme anuncio a ambos lados de la furgoneta. Este “intenso bombardeo” de actividad ocasionó mucha oposición.
Debido a la fuerte presión religiosa, las autoridades cancelaron la reunión en el Ayuntamiento de Sydney. Ahora mi asignación fue emplear el automóvil con equipo sonoro para obtener firmas para las peticiones en protesta. Visitamos a grandes grupos de trabajadores durante la hora del almuerzo y, a pesar de la oposición en muchos lugares, logramos obtener centenares de firmas a favor de la libertad de expresión. En conjunto, se obtuvieron decenas de miles de firmas por todo el país. Pero a pesar de que esta gran petición se les presentó a los concejales de Sydney, no permitieron que usáramos el Ayuntamiento.
Sin embargo, como a menudo sucede, esto le resultó de provecho al pueblo de Jehová. Se alquiló el campo de deportes Sydney Sports Grounds, y debido a la gran publicidad que resultó de la oposición, la asistencia al discurso del hermano Rutherford ascendió a aproximadamente 12.000 personas, según los cálculos de la policía. Puesto que el Ayuntamiento solo podía acomodar a unas 5.000 personas, ¡el resultado de la oposición fue que más del doble de esa cantidad oyó el discurso!
Resuelto durante la proscripción
La oposición aumentó al estallar la II Guerra Mundial en 1939. Después, en enero de 1941, la obra de los testigos de Jehová fue proscrita en Australia. En aquel tiempo yo servía de precursor en Melbourne y vivía en el almacén donde se guardaba la literatura de la Sociedad.
Un día, seis robustos agentes de la policía de la Commonwealth llegaron allí y Jack Jones, siervo del almacén, y yo nos encaramos a ellos. Me dieron solo cinco minutos para salir de mi habitación en el piso superior. ¿Ha tratado usted alguna vez de empacar todas sus pertenencias en cinco minutos? No había terminado cuando los agentes entraron en la habitación y bruscamente lanzaron por la ventana todo el resto de mi ropa y equipo.
No obstante, la proscripción no puso fin a nuestra actividad. Utilizando solo la Biblia, continuamos predicando de casa en casa y reuniéndonos con regularidad en Melbourne. Durante 1942, el segundo año de la proscripción, fui asignado a Sydney de nuevo, esta vez para ayudar a organizar la obra en las siete congregaciones de los testigos de Jehová allí.
En aquel tiempo el hogar Betel de Sydney estaba ocupado por oficiales gubernamentales de la Commonwealth. Planeábamos toda la actividad de la organización en un amplio hogar de dos pisos que estaba solo a unas cuantas cuadras del hogar Betel. Mi asignación fue visitar a cada una de las congregaciones de Sydney y, usando mi motocicleta con sidecar, repartir los bosquejos para las reuniones y otras cosas que se necesitaban para mantener a las congregaciones organizadas y en progreso.
El servicio en Tasmania
Cuando la proscripción fue removida, en junio de 1943, se me asignó a ayudar a establecer de nuevo el almacén de literatura en Melbourne. Luego, en 1946, recibí la asignación de servir como siervo viajante de los hermanos (ahora conocido como superintendente de circuito) en la isla y estado australiano de Tasmania. Geográficamente, Tasmania es una hermosa y montañosa isla con muchas montañas que están coronadas de nieve durante la mayor parte del año.
Cuando servía de superintendente viajante, había solo siete congregaciones y varios grupos aislados en la entera isla. Entre las visitas a las congregaciones, servía de precursor en un pueblecito llamado Mole Creek. Allí había estallado oposición violenta contra los Testigos durante la guerra. Pero para este tiempo la oposición había cesado, y, con el tiempo, unas personas que habían obtenido literatura de mí llegaron a ser Testigos dedicados.
Fue mientras estaba en Tasmania, en 1950, cuando recibí una invitación para asistir a la clase número 16 de Galaad. Después de la graduación —como ya mencioné— fui asignado a Paquistán.
El matrimonio y una familia
Cuando ya había cumplido seis años en Paquistán, me casé con Edna Marsh, quien había estado sirviendo de misionera en el Japón. Edna trabajó junto conmigo y empezamos un nuevo hogar misional en Quetta, situada en la región montañosa de Paquistán. Estuvimos dos años en Quetta, pero entonces, porque íbamos a tener nuestro primer hijo, decidimos regresar a Australia. ¿Qué encerraba el futuro para nosotros ahora?
Nunca tuvimos duda en cuanto a dónde nos estableceríamos para criar a nuestra familia. Yo había prometido que si algún día tenía que regresar del servicio en el extranjero, regresaría a Tasmania. Sin embargo, casi no teníamos dinero, y no había mucha posibilidad de empleo para un hombre de 45 años de edad. No obstante, nos resolvimos a no permitir que el trabajo seglar nos impidiera asistir a las reuniones de congregación y al servicio del campo.
Con la ayuda bondadosa de hermanos espirituales, pude establecer mi propio negocio limpiando ventanas. Por más de 20 años nunca dejé de asistir a una reunión ni al servicio del campo debido al trabajo seglar, aunque esto a veces requirió estar resuelto a resistir ciertas ofertas de trabajo y rechazar dinero adicional. De este modo pudimos criar a nuestros dos hijos en el camino de la verdad y participar con regularidad en todas las actividades del Reino.
Nuestros hijos ya han crecido, y no dependen de nosotros. Ambos están firmes en la verdad, y nuestra hija hasta disfrutó por varios años del servicio de precursor antes de casarse. Nuestro hijo y su esposa ahora están por emprender el servicio de precursor donde más se necesita su ayuda.
Una vida remuneradora
Recientemente recibimos la visita de una amiga de muchos años que fue la primera persona que se puso de parte de la verdad en la ciudad de Quetta, en Paquistán. Después de la reunión en nuestra congregación de Launceston, aquí en Tasmania, ella dijo a la congregación que en dos ocasiones durante el tiempo en que yo la visitaba mandó a su sirvienta a decirme que no estaba en casa. Sin embargo, después, cuando la encontré en el jardín y no pudo escaparse, empezó a hacer preguntas, y finalmente aceptó un estudio bíblico. Relató cuán agradecida estaba de que yo hubiera perseverado resueltamente en aquella difícil asignación en el extranjero allá en Paquistán.
Unos cuantos años antes de eso, en una asamblea en Sydney, una joven vino corriendo hacia mí y me abrazó fervorosamente. Sorprendido, sugerí que me había confundido con otra persona. “No —respondió ella—, ¿no es usted Joe Oakley? Usted y Alex Miller estudiaron con nuestra familia en Lahore, Paquistán, y ahora mi madre, mi hermana y yo estamos en la verdad y vivimos en Sydney.”
Experiencias como estas verdaderamente han contribuido a mi satisfacción por haber participado de lleno en proclamar el Reino. ¡Es excelente ver la bendición de Jehová sobre la obra! Cuando serví por primera vez aquí en Tasmania en 1946, había nueve publicadores del Reino en la entera ciudad de Launceston. ¡Ahora hay tres congregaciones, cada una con más de 90 publicadores!
Verdaderamente, en vista de mis satisfacientes experiencias en más de 50 años de servicio cristiano, puedo decir, sin vacilar, que la resolución me ha ayudado a tener éxito en esta obra.
[Fotografía de Joseph A. Oakley en la página 23]
[Fotografía en la página 24]
Automóvil con equipo sonoro para anunciar el mensaje del Reino en Sydney
[Fotografía en la página 25]
Joe Oakley con la pequeña congregación de Quetta, Paquistán, en la inauguración del Salón del Reino el 15 de diciembre de 1955