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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1987
w87 15/9 pág. 31

Preguntas de los lectores

◼ ¿Qué es “la descendencia de Dios” mencionada en Malaquías 2:15?

Este complicado versículo dice, en parte: “Y hubo uno que no lo hizo, porque tenía lo que quedaba del espíritu. ¿Y qué buscaba ese? La descendencia de Dios”. Evidentemente “la descendencia” se refiere a la nación del Israel antiguo, que al tiempo de escribirse este versículo estaba en peligro de contaminarse en sentido religioso.

Malaquías profetizó durante un tiempo de decadencia moral nacional. Algunos israelitas no solo estaban aceptando ‘como esposas a las hijas de un dios extranjero’, sino también divorciándose de las esposas judías originales, las ‘esposas de su juventud’, quizás para tomar esposas paganas más jóvenes. Sin embargo, no todos los israelitas hacían esta “cosa detestable”. (Malaquías 2:11, 13, 14; Deuteronomio 7:3, 4.) En lo que manifiestamente fue una referencia a individuos de Israel que rehusaban quebrantar su pacto matrimonial con una compañera de adoración de Jehová, Malaquías escribe: “Y hubo uno que no lo hizo, porque tenía lo que quedaba del espíritu”.

El “espíritu” es el espíritu santo de Dios, que él había derramado sobre la nación. Sin embargo, los israelitas desobedientes le presentaban resistencia a aquel espíritu, y por lo tanto lo afligían. (Isaías 63:10; Hechos 7:51-53; compárese con Efesios 4:30.) Algunos judíos eran leales a las leyes de Dios, y por su obediencia habían retenido “lo que quedaba del espíritu”. Estos adoradores fieles no buscaban su propio placer egoísta. De un individuo de esa categoría, Malaquías escribió: “¿Y qué buscaba ese? La descendencia de Dios”. Esta “descendencia” era la nación del Israel antiguo, de la cual Malaquías dijo que había sido ‘creada por Dios’. Esta ‘creación’ tuvo lugar cuando Jehová puso a los israelitas en pacto consigo en el monte Sinaí y los hizo así su “propiedad especial” y “una nación santa”. La verdadera “descendencia” de Abrahán que bendeciría a gente de toda la Tierra vendría mediante aquella nación. (Malaquías 2:10; Éxodo 19:5, 6; Génesis 22:18.)

Sin embargo, los israelitas tenían que mantenerse puros en sentido religioso mediante no casarse con gente de las naciones que no adoraba a Jehová. La impiedad de aquellas personas sería una fuerza corruptiva, como se puede ver por la situación que existió en los tiempos de Esdras. En aquel tiempo los israelitas ‘aceptaron a algunas de las hijas de las naciones vecinas para sí y para sus hijos; y ellos, la descendencia santa, llegaron a estar mezclados con los pueblos de los países’. (Esdras 9:2.) Esta misma “gran maldad” ocurrió durante los días de Nehemías, un contemporáneo de Malaquías. Ciertos hombres, judíos leales a Dios, vieron el obvio peligro espiritual para sí mismos y para los hijos que nacerían de tal unión. Había el peligro de que una esposa que no fuera devota de Jehová los apartara de la devoción a Él. Nehemías hasta informó que entre aquellos judíos que se habían casado con extranjeras ‘ninguno de sus hijos sabía hablar la lengua judía’. (Nehemías 13:23-27.)

Los judíos desleales procuraban su propio placer sin que les importara el efecto dañino que en sentido religioso experimentaba su nación, “la descendencia de Dios”. ¡No sorprende que Malaquías diera esta amonestación: “Y ustedes tienen que guardarse respecto a su espíritu, y con la esposa de tu juventud que nadie trate traidoramente”! (Malaquías 2:15.) Los judíos fieles vigilaron su espíritu, o actitud, a fin de permanecer leales a sus esposas judías. Aquellos hombres consideraban de gran valor la pureza religiosa de su “nación santa”. Deseaban que sus hijos leyeran la Palabra de Dios y se desarrollaran en personas que amaran a Jehová, y que contribuyeran a que la nación se mantuviera fuerte en sentido religioso.

Hoy los cristianos dedicados tienen que ejercer la misma diligencia con relación a su espíritu, o actitud dominante. Si están casados, es necesario que eviten divorciarse traicioneramente de sus cónyuges. Y el cristiano soltero debería escuchar el consejo del apóstol Pablo de casarse “solo en el Señor”, y casarse solamente con alguien que sea testigo dedicado y bautizado de Jehová. (1 Corintios 7:39.)

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