“Palabras espirituales” que alivian la angustia mental
LOS problemas mentales afligen hasta a siervos fieles de Dios. Y aunque a veces sea necesario y apropiado que los que se hallan en esa condición busquen ayuda profesional, estas personas también pueden beneficiarse de la ayuda y el estímulo de la congregación cristiana. Por ejemplo, cuando Epafrodito, un fiel cristiano, se sintió profundamente abatido, a sus compañeros de creencia de Filipos se les aconsejó que no pasaran por alto la angustia de él, sino que ‘le dieran la acostumbrada acogida en el Señor con todo gozo; y que siguieran teniendo aprecio a hombres de esa clase’. (Filipenses 2:25-29.)
Hoy los testigos de Jehová también están bajo la obligación de ‘seguir consolándose unos a otros’ y ‘dar su apoyo a los débiles’. (1 Tesalonicenses 5:11, 14.) Los ancianos o superintendentes cristianos deben llevar la delantera a este respecto. (Isaías 32:2.)
Por supuesto, por lo general los ancianos no están capacitados para obrar como médicos ni para emplear los conceptos y la terminología de la siquiatría. Hacer eso sería inmodesto y quizás peligroso. (Proverbios 11:2.) Como el apóstol Pablo, deben ‘hablar, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las enseñadas por el espíritu, al combinar asuntos espirituales con palabras espirituales’. (1 Corintios 2:13.) Estas “palabras espirituales” incluyen los conceptos y principios que contiene la Biblia. El aplicarlos correctamente puede suministrar mucho consuelo, y edificar a los angustiados. (2 Timoteo 3:16.)
‘Prestos en cuanto a oír’
Sin embargo, en primer lugar los ancianos deben ser ‘prestos en cuanto a oír, lentos en cuanto a hablar’. (Santiago 1:19.) Fácilmente puede suceder que por ‘responder a un asunto antes de oírlo’ se dé consejo inadecuado. (Proverbios 18:13.) Un grupo de ancianos que no llegó a captar la naturaleza del mal que angustiaba a cierto hermano pensó que se trataba de debilidad espiritual. Le dijeron que orara más, un consejo que a él se le hacía difícil aplicar debido al abatimiento mental que experimentaba.
Por eso, antes de dar consejo los ancianos deben escuchar todo lo que el afligido quiere decirles. Puede que lo que necesite sea alguien que esté dispuesto a escucharle. Con paciencia y discernimiento, ‘saquen’ lo que tenga en el corazón. (Proverbios 20:5.) Si al angustiado se le hace difícil expresar con palabras lo que piensa o siente, recuerden las preguntas bondadosas, pero directas, que hizo Elqaná respecto a la tristeza de su esposa. “Ana —preguntó—, ¿por qué lloras, y por qué no comes, y por qué se siente mal tu corazón?” (1 Samuel 1:8.) A menudo preguntas prudentes, hechas con comprensión, pueden ayudar al hermano abatido a señalar con exactitud la fuente de su “solicitud ansiosa”. (Proverbios 12:25.) Por ejemplo, en un caso la causa de la depresión de un hermano resultó ser problemas maritales.
Ayuda dada “sin echar en cara”
Los angustiados no siempre pueden explicar racionalmente sus sentimientos. Una persona que padecía de enfermedad mental escribió: “Cuando enfermé, no me pude explicar lo que pasaba, y a veces culpé a Jehová”. Así, pues, puede que los afligidos se quejen, sin base sólida, de que la congregación los ha tratado mal o los ha rechazado. ¿Cómo deben responder a esto los ancianos?
Jehová da el ejemplo al ‘dar generosamente a todos sin echar en cara’. (Santiago 1:5.) No se debe hacer que los angustiados piensen que son estúpidos o tontos por sentirse como se sienten. Sus sentimientos —ilógicos como sean— son muy verdaderos para ellos. Lo que necesitan es ‘compañerismo’, no que se les critique. (1 Pedro 3:8.) Además, los ancianos deben esforzarse por no hacer más pesada la carga emocional del angustiado acusándolo de ser un malhechor. El justo Job estuvo tan angustiado que se lamentó en estos términos: “Mi alma ciertamente siente asco para con mi vida”. (Job 10:1.) Pero sus tres compañeros no lo consolaron. Uno hasta dijo: “¿No es ya demasiada tu propia maldad, y no tendrán fin tus errores?”. (Job 22:5.)
Sin embargo, a veces una mala acción es la causa del disturbio emocional, o lo empeora. El salmista David dijo: “Cuando me quedé callado [respecto a un mal cometido], se me gastaron los huesos por mi gemir todo el día”. (Salmo 32:3.) De manera similar, cierto hermano sufrió una angustia tan severa que ya no podía trabajar. ¿A qué se debía su depresión? A un acto de adulterio que había mantenido oculto. Por eso, si hay razón para sospechar que se ha cometido un mal, los ancianos pueden investigar tal posibilidad. Pero deben hacerlo bondadosamente, sin acusar como el que echa en cara un mal a la persona.
Una lengua sabia que sana
Después que los ancianos hayan hecho cuanto puedan para determinar la naturaleza del problema de alguien, deben obrar en armonía con Proverbios 12:18, que dice: “La lengua de los sabios es una curación”. No, los ancianos no pueden curar la enfermedad misma. Pero su uso cuidadoso de palabras bien escogidas quizás pueda aliviar de ansiedad y tensiones innecesarias a los angustiados. Los ancianos pudieran empezar por seleccionar artículos de La Atalaya y ¡Despertad! sobre problemas mentales y emocionales. Entonces pueden considerarlos con los angustiados para ayudarles a entender mejor su condición. Frecuentemente alivia a estas personas enterarse de que su problema es el resultado de la imperfección física, no de la pérdida del favor de Jehová.
Es cierto que puede ser difícil tratar con personas perturbadas, pues algunas se agitan demasiado. Sin embargo, el anciano sabio recuerda que “la respuesta, cuando es apacible, aparta la furia”. (Proverbios 15:1.) El asegurarse de hablar siempre con amabilidad impide agravar innecesariamente la situación. (Colosenses 4:6.) Por ejemplo, un hermano que sufre de esquizofrenia quizás insista en que oye vocesa. El Dr. E. Fuller Torrey declara: ‘Es contraproducente tratar de argüir con los esquizofrénicos para hacerles descreer sus alucinaciones. Muchas veces eso resulta en malentendidos y estallidos de cólera. En vez de argüir, simplemente declare su desacuerdo’. En otras palabras, los ancianos pueden explicar pacientemente que, aunque esas voces parezcan reales, es probable que solo sean ilusiones que le crea la mente.
Puede haber también muy buenos resultados si se usa eficazmente la Biblia. (Hebreos 4:12.) Por ejemplo, si el enfermo expresa un temor irracional de que Dios lo ha abandonado, sea bondadoso y muestre comprensión. Sin embargo, al mismo tiempo recuérdele con paciencia el poder del rescate, usando textos como Salmo 103:8-14 y 1 Juan 2:1, 2. Primera de Pedro 5:6, 7 y Romanos 8:26, 27 pudieran ayudar al enfermo a comprender que Dios ‘se interesa por él’ y escucha sus oraciones, aunque a él se le haga difícil expresar con palabras sus sentimientos. Los ancianos pueden entonces seguir el principio de Santiago 5:14 y orar con el angustiado.
¿Qué se puede hacer si la persona angustiada tiende a excitarse por asuntos de poca importancia? Se le puede recordar el consejo bíblico de no hacernos ‘justos en demasía’. (Eclesiastés 7:16.) Otro pudiera beneficiarse del estímulo que da Filipenses 4:8, que pudiera ayudarle a combatir pensamientos inmorales. Otro quizás no reconozca sus limitaciones y se sienta desanimado porque su enfermedad limita su actividad cristiana. Textos como Mateo 13:23 y Lucas 21:1-4 pudieran ayudarle a comprender que, aunque nuestras circunstancias limiten lo que hagamos, Jehová aprecia muchísimo nuestros esfuerzos.
Sí, por el uso de su lengua adiestrada en la sabiduría bíblica los ancianos pueden ayudar y consolar mucho a sus compañeros de creencia angustiados. Una hermana que sufrió de problemas mentales dice: “Realmente aprecio lo que dice Isaías 32:2 acerca de los ancianos de la congregación. Siempre acudieron con consejo práctico cuando los necesitaba”.
Las reuniones y el ministerio en el campo
El que padece de angustias mentales todavía tiene necesidades espirituales. (Mateo 5:3.) Sí, el mantenerse espiritualmente fuertes les ha salvado la vida a algunos. Irene, quien sufrió de esquizofrenia por 30 años, recuerda: “A veces sentía gran confusión. Pero siempre tenía la verdad en el pensamiento... absolutamente sólida. ¡Me libró de quitarme la vida!”.
Por lo tanto, hasta el grado que sea práctico debe estimularse al afligido a participar en la predicación y asistir a las reuniones, y a ‘no aislarse’. (Proverbios 18:1.) Por su enfermedad mental, así se sentía una hermana: ‘Estaba convencida de que había pecado contra nuestro Dios, Jehová, y de que él no me iba a perdonar. Por eso, sacaba de contexto todo cuanto oía en las reuniones. Me aplicaba a mí misma todo lo que condenaba’. Pero persistió en asistir a las reuniones, y con el tiempo escuchó un discurso que le ayudó a sobreponerse a su idea falsa de que Dios la había rechazado.
Pero ¿qué hacer si alguien que está severamente enfermo se exalta y perturba las reuniones de la congregación o el servicio en el campo? Lo más probable es que esa persona no tenga intención de causar mal; simplemente está perturbada por su pensamiento confuso. Con todo, esto puede imponer una prueba a todos los implicados. Si la perturbación es menor o no es frecuente, la congregación pudiera desplegar gran paciencia. (Colosenses 3:12, 13.) Si no es menor ni poco frecuente, quizás sea necesario sugerir que la persona se siente donde menos distracción cause toda posible perturbación. También se pudiera mostrar amor manteniendo activa a esa persona en la predicación, quizás haciendo que siempre vaya acompañada de un publicador maduro y discernidor, o ver que asista a estudios bíblicos que se conduzcan en hogares donde su condición se comprenda y tolere.
Pero a veces la conducta del angustiado se hace escandalosa, vituperante o peligrosamente desordenada. Puede que haya dejado de tomar la medicina que se le prescribió y necesite que se le estimule con firmeza a regresar a su rutina médica. Pero si no responde debidamente, o sus acciones perturbadoras continúan, quizás sea necesario imponerle restricciones en cuanto a la asistencia en las reuniones y la participación en el servicio del campo, con el fin de mantener el orden. (1 Corintios 14:40.) Bondadosamente, los ancianos deben explicarle que nadie la tiene por infiel, pero que su enfermedad sencillamente limita lo que ella puede hacer. ‘Dios no es injusto para olvidar la obra de esa persona’ y comprende sus limitaciones. (Hebreos 6:10.) Las visitas regulares de pastoreo ayudarán a esa persona a mantenerse en equilibrio espiritual hasta que su condición mejore.
Ayuda a sus familias
La enfermedad mental causa graves problemas a las familias. “Ha sido devastador”, dice un hermano cuyo hijo tiene una seria enfermedad mental. “Día tras día perdemos la tranquilidad —añade su esposa—. Ha afectado nuestro matrimonio, pues a veces mi esposo y yo empezamos a reñir.” Imagínese, también, el dolor de ver que el cónyuge de uno sucumbe a la enfermedad mental. Un hermano dijo: “Se clasifica a mi esposa como ‘esquizofrénica paranoica’. Oye voces y rechaza el tratamiento médico porque cree que la ‘envenenará’. No cree que yo sea su esposo, y rehúsa participar en el servicio o ir a las reuniones”. ¿Cómo podemos ayudar a las familias de estos enfermos?
Pablo dijo: “Hablen confortadoramente a las almas abatidas”. (1 Tesalonicenses 5:14.) Sería cruel evitar o pasar por alto a los compañeros cristianos que se esfuerzan por atender a un miembro de su familia que está afligido por una enfermedad mental. “Recíbanse con gusto unos a otros”, dijo Pablo. (Romanos 15:7.) Las reuniones cristianas nos dan la oportunidad de hacer eso afectuosamente y expresar amor y aprecio a los que ‘practican la devoción piadosa en su propia casa’. (1 Timoteo 5:4.)
En sus visitas de pastoreo, los ancianos pueden animar a esas personas a seguir teniendo su estudio familiar, asistir a las reuniones y permanecer activas como predicadores del Reino. Sin embargo, respecto a sus necesidades materiales y prácticas la congregación debe hacer más que solo decir: “Manténganse calientes y bien alimentados”. (Santiago 2:16.) Quizás una familia necesite ayuda para llegar a las reuniones. Algunos miembros de la congregación pudieran ayudarles a pagar sus cuentas médicas crecientes. (1 Juan 3:17, 18.) ¡Cuánto se aprecia ese interés amoroso! El esposo de una hermana que padece de una enfermedad mental dice: “La congregación conoce nuestro problema, y demuestra amor e interés”.
Para mantener la integridad
“Toda la creación sigue gimiendo juntamente y estando en dolor juntamente hasta ahora”, dice Pablo. (Romanos 8:22.) Y la enfermedad mental es solo uno de los dolorosos resultados de la imperfección. Los médicos pudieran ofrecer algún alivio. Pero muchos que han buscado ayuda médica han tenido una experiencia como la de la mujer de los días de Jesús a quien “muchos médicos le habían hecho pasar muchas penas, y ella había gastado todos sus recursos y no se había beneficiado, sino que, al contrario, había empeorado”. (Marcos 5:26.)
Por eso, muchos tienen que aprender a sobrellevar sus problemas, mientras esperan verdadera liberación de sus males en el nuevo mundo de Dios. (Revelación 21:3, 4.) “Bendice a Jehová [...] que está sanando todas tus dolencias”, clamó el salmista. (Salmo 103:2, 3.) Mientras tanto, debemos enfocar principalmente nuestro interés, no en tener salud mental o física perfecta, sino en demostrar nuestra integridad. (Salmo 26:11; compárese con 1 Corintios 7:29-31.) Esto puede ser difícil si nos aflige un desorden mental. Pero, como Pablo, muchos siervos de Dios han servido fielmente con “una espina en la carne”. (2 Corintios 12:7.) “Sé que ningún médico, ni siquiera los hermanos, pueden curarme —dice una víctima de la enfermedad mental—. Pero he aprendido a confiar en Jehová.” Los que sufren angustia mental también pueden confiar en los hermanos y hermanas amorosos que pacientemente les hablan “palabras espirituales” y les dan consuelo y apoyo.
[Nota a pie de página]
a El artículo “La angustia mental... lo que puede hacer el cristiano afligido”, de La Atalaya del 15 de octubre de 1988, dio pautas para atender situaciones en que haya sospechas de influencia demoníaca.
[Fotografía en la página 21]
Las “palabras espirituales” de ancianos amorosos pueden ayudar mucho a los angustiados