Siempre he hallado cosas que hacer para Jehová
Según lo relató Jean Queyroi
ERA un verano hermoso allá en 1939. El paisaje alrededor de Martigny, en el cantón suizo de Valais, estaba radiante bajo el sol de agosto. Por encima de nosotros se levantaban algunos de los picos más altos de los Alpes, como el nevado Gran Combin, que se eleva a 4.314 metros (14.154 pies) de altura. Yo estaba disfrutando de la hospitalidad de una familia cristiana por unos días, y pasamos muchas horas paseando juntos alegremente por los senderos de las montañas. Me sentía como si ya estuviera en el Paraíso.
Muy pronto llegó el tiempo para despedirme y regresar a París. Compré un periódico para leerlo en el tren, y las noticias alarmantes me sacudieron de vuelta a la realidad. La situación mundial se había deteriorado muchísimo, y la guerra era inminente.
Reanudé mi trabajo en la oficina de París de la Sociedad Watch Tower, donde había estado sirviendo por más de un año. Pero unos días después recibí un aviso de que tenía que alistarme en el ejército, y en el que se me ordenaba presentarme en los cuarteles del fuerte de Vincennes, a las afueras de París, hacia el este. Mi vida estaba por cambiar drásticamente.
Postura de neutralidad
El 3 de septiembre de 1939 Francia y Gran Bretaña le declararon la guerra a Alemania. Yo me presenté en Vincennes, y asumí mi postura respecto a la cuestión de la neutralidad cristiana. Pronto me hallé en el sidecar de una motocicleta militar conducida por un joven soldado que tenía órdenes de llevarme al cercano fuerte de Charenton. A pesar del estruendo ensordecedor de la motocicleta, el joven soldado, que sabía por qué se me había enviado a aquel lugar, trató de razonar conmigo. Me suplicó: “Queyroi, por favor, no te aferres a tu decisión. No rehúses pelear, o te irá mal”. Sin vacilación le aseguré que no tenía miedo.
Entonces pasé mi primera noche en una celda de prisión. La celda medía dos metros (6 1/2 pies) por un metro y medio (5 pies) y solo tenía un par de frazadas y una tabla donde dormir. No había luz. Reflexioné en lo que podía hacer para Jehová en la situación en que me encontraba. Cuando desperté, descubrí que no había ni siquiera una ventanilla por la cual pasara un rayo de la luz del día. Cada día se me permitía salir por quince minutos para lavarme, pero iba al lavabo escoltado por un sargento que llevaba un revólver en la mano y dos soldados con rifles. ¡Me trataban como si fuera un criminal peligroso!
Diferentes soldados me traían alimento. Les intrigaba mi postura, y esto me dio la oportunidad de hacer algo para Jehová. Les di un buen testimonio, y al poco tiempo algunos de ellos simpatizaban conmigo y me proveían fósforos, velas y hasta alimento adicional. Al principio me confiscaron la Biblia, pero gracias a un oficial me la devolvieron. ¡Cuánto apreciaba leer su contenido valioso a la luz de una vela!
Después se me trasladó a una prisión militar que ya no existe, en la rue du Cherche-Midi, en París. Estaba incomunicado, así que tenía más que suficiente tiempo para meditar sobre mi situación.
Tenía 27 años de edad y había estado sirviendo a Jehová de tiempo completo por dos años. Mi familia oyó por primera vez sobre los testigos de Jehová mediante las transmisiones de Radio Vitus, una emisora privada de París. Aquello fue en 1933. Acepté la verdad en 1935, después de terminar el servicio militar obligatorio. Me bauticé en Lucerna, Suiza, en agosto de 1936.
Mis padres, mi hermano, mi hermana y yo nos asociábamos con la única congregación que había en París. El hermano Knecht, quien estaba encargado entonces de la obra en Francia, constantemente animaba a los jóvenes Testigos a que emprendieran el ministerio de tiempo completo. Como resultado, en abril de 1938, mi hermano, mi hermana y yo nos hicimos precursores, o ministros de tiempo completo. Nuestra asignación fue Auxerre, un pueblo a unos 154 kilómetros (96 millas) al sudeste de París. Mi hermana Jeannette testificaba en el pueblo mismo, y mi hermano Marcel y yo íbamos en bicicleta a las aldeas que estaban en un radio de unos 30 kilómetros (20 millas). En aquel entonces la obra de predicar consistía principalmente en distribuir literatura bíblica, y no se volvía a visitar a las personas. Recuerdo lo mucho que me preocupaba aquello.
En junio de 1938 se me invitó a trabajar en la oficina de la Sociedad Watch Tower de París. En aquel entonces el personal, o familia de Betel, de la sucursal de Francia se componía de unos diez miembros y se me asignó a trabajar en el Departamento de Envíos. Allí estaba trabajando cuando llegó el aviso para alistarme en el ejército y recibí una “nueva asignación”.
Mi nueva asignación... la prisión
Desde el principio comprendí que si no buscaba una manera de hacer algo para Jehová —aunque fuera poco— mientras estuviera en prisión, mi fe se debilitaría rápidamente. Pero pronto pude crear oportunidades para hablar sobre la verdad de la Palabra de Dios. Unas semanas después de llegar a la prisión de Cherche-Midi, me trasladaron a una habitación común con otros prisioneros. Allí conocí a un estudiante de derecho que había sido encarcelado por haber tomado más días de los que se le habían permitido para ausentarse de su puesto militar. También había un estudiante de un seminario católico que había sido enviado a prisión por robar. Los tres disfrutamos de muchas conversaciones largas sobre la verdad de la Biblia.
Cierto día noté a un prisionero que estaba solo en una esquina del patio. Al acercarme a él, vi que estaba leyendo. Le hablé. Él se volvió y me mostró la Biblia. ¡Imagínese! ¡Era testigo de Jehová! Era de descendencia polaca y se llamaba Ceglarski y, como yo, estaba en la prisión por su neutralidad. ¡Por fin podía tener asociación cristiana! Puede imaginarse cuánto nos alegramos los dos. Ahora podíamos disfrutar de muchas horas de conversación edificante.
En aquella prisión se nos permitía salir al patio por varias horas al día, de modo que podía hablar con varios prisioneros a quienes les gustaba oír el mensaje bíblico. A veces hasta algunos de los guardias se nos unían en las consideraciones. Yo había hallado algo que hacer para Jehová. Sí, la prisión se convirtió en mi nueva asignación para predicar, y ahora dedicaba la cantidad de horas de un precursor, aunque no podía informarlas. Pero eso no me preocupó.
El éxodo
Los meses pasaron sin novedad... solo se oía de la llamada Guerra Falsa. Pero aquello terminó en mayo de 1940, cuando los alemanes atacaron Francia. En junio las autoridades francesas evacuaron todas las prisiones de París debido a que las tropas alemanas venían avanzando. Nos llevaron en camiones militares a Orleáns, un pueblo a más de 100 kilómetros (70 millas) al sur de París. Después de una breve parada, tanto prisioneros civiles como militares fueron agrupados y se les ordenó que continuaran a pie hacia el sudeste por la orilla norteña del río Loira. Guardias armados vigilaban el convoy. La caminata se hacía difícil bajo el caliente sol de junio.
Entre nosotros había criminales, y los guardias habían recibido órdenes de dispararle a cualquiera que se detuviera, se cayera o que no pudiera seguir andando. Al tercer día, el hermano Ceglarski comenzó a sufrir de insolación. El abandonarlo hubiera significado muerte segura para él. Los guardias permitieron que otros prisioneros me ayudaran a cargarlo en una frazada. Al día siguiente se sintió mejor y pudo continuar a pie.
Poco antes de llegar a Briare, pueblecito ubicado en la ribera norteña del Loira, nuestro grupo se encontró con muchedumbres de personas con cuantas pertenencias podían cargar o llevar en carretas que ellas mismas empujaban. Iban hacia el sur huyendo de los ejércitos alemanes que venían avanzando. El que millares de personas estuvieran huyendo por su vida nos daba una idea de lo extenso que era el éxodo entre la población civil.
Entonces descubrimos que nuestros guardias habían desaparecido y que estábamos por nuestra propia cuenta. ¿Qué haríamos ahora? Era imposible cruzar el ancho río Loira y continuar nuestro viaje hacia el sur porque todos los puentes habían sido bombardeados. Nuestro grupito (compuesto del hermano Ceglarski, dos prisioneros y yo) decidimos regresar a París.
Hallamos unos caballos abandonados, y los ensillamos lo mejor que pudimos. Yo me había lastimado la rodilla y no podía doblar la pierna, de modo que mis compañeros tuvieron que ayudarme a montar el caballo. ¡Entonces descubrimos que mi caballo también estaba cojo! Debido a esto, nuestro progreso fue lento. De todos modos, poco después nuestra expedición terminó abruptamente. Habíamos recorrido solo unos cuantos kilómetros cuando nos encontramos frente a frente con un destacamento del ejército alemán, y un policía militar nos mandó desmontar. ¡Todo lo que habíamos logrado era cambiar de guardias!
Prisionero de guerra
Poco después de ser capturados, el hermano Ceglarski y yo fuimos separados; él continuó siendo prisionero de los alemanes hasta el fin de la guerra. Después de unos meses en la prisión de los cuarteles de Joigny, en Francia central, me deportaron a Stettin, un puerto en lo que solía ser Prusia Oriental. Actualmente es el puerto polaco de Szczecin.
Puesto que técnicamente yo estaba en una prisión militar francesa cuando los alemanes me capturaron, se me envió a un campamento de prisioneros de guerra, donde las condiciones ni siquiera se podían comparar con lo duras que eran en los campos de concentración. El campamento era un enorme hangar donde cabían 500 prisioneros, vigilados por guardias armados. Los prisioneros hacían diferentes trabajos en la ciudad durante el día y volvían al campamento de noche. Por eso, ¿cómo iba a hallar yo algo que hacer para Jehová, si los hombres estaban fuera todo el día?
En el hangar había un tablero grande donde se podía poner información, y pedí permiso para usar un pequeño espacio en él. Hallé papel y, después de desarrugarlo con cuidado, escribí varios mensajes cortos sobre temas bíblicos. Al final escribí dónde se me podía hallar y a qué hora podía venir a verme cualquier persona interesada en el mensaje del Reino de Dios.
Predico a hombres de toda clase
Ese método dio buenos resultados. Al poco tiempo estaba celebrando pequeñas reuniones todas las noches con seis, ocho y, a veces, hasta con diez personas presentes. Nuestras consideraciones a menudo duraban una hora o más, dependiendo de las preguntas que se plantearan. De vez en cuando, un guardia alemán que hablaba francés venía a las reuniones.
Puesto que yo tenía solo una Biblia, escribí a la Cruz Roja en Ginebra pidiendo que me enviaran cuantas Biblias pudieran. Pasó el tiempo y finalmente recibí mi primer paquete de Biblias usadas. Cierto día se me dijo que fuera a la oficina del campamento porque un visitante, representante de la Cruz Roja, quería verme. Resultó ser un ministro protestante. Parece que creía que yo también era protestante. Se decepcionó un poco cuando se enteró de que yo era testigo de Jehová.
Sin embargo, fue amable y hasta me felicitó por lo que yo estaba haciendo. Me dijo que podía seguir pidiendo Biblias y me aseguró que las recibiría. Sucedió así. Por eso pude distribuir casi 300 Biblias durante el tiempo que estuve en aquel campamento. Después de la guerra, ¡cuánto me alegró enterarme de que un prisionero belga llamado Wattiaux, a quien yo había testificado en el campamento de Stettin, había aceptado la verdad!
Durante mi cautiverio en Alemania tuve el privilegio de recibir paquetes de alimento que me enviaba mi familia. Pronto descubrí que cada paquete también ocultaba un abundante suministro de valioso alimento espiritual. Mi hermana escribía a máquina artículos de La Atalaya en papel muy fino y los escondía en los paquetes de macarrones. Los guardias nunca los descubrieron. Hasta recibí un ejemplar del libro Hijos en uno de aquellos paquetes de alimento. Esto me ayudó muchísimo en mi ministerio.
Ensancho mi ministerio
Puesto que era mecánico, con el tiempo se me asignó a trabajar en un garaje donde se reparaban tractores. Unos 20 alemanes, la mayoría de ellos muy ancianos para prestar servicio militar, trabajaban allí. De modo que me esforcé por aprender un poco de alemán. Deseaba sinceramente ensanchar mi ministerio y no limitarme a predicar solo a los prisioneros de habla francesa.
Sin embargo, tenía que obrar con cautela, pues los trabajadores alemanes temían expresar sus opiniones en público. Por eso hablaba con cada uno de ellos individualmente. En general, sabían bastante de la Biblia y habían oído de los testigos de Jehová. Algunos hasta sabían que muchos Testigos habían sido enviados a campos de concentración.
En el garaje, todos los días yo terminaba haciendo la ronda para hablar de la verdad con mis compañeros de trabajo. Algunos mostraron una disposición favorable hacia el mensaje, pero no fue así en el caso del hombre que estaba a cargo. Sin duda me pasé del límite cuando escribí con tiza Jehovas Zeugen (testigos de Jehová) en su mesa de trabajo para ayudarle a entender quién era yo. Parece que el hombre se asustó cuando vio lo que yo había escrito y lo borró enseguida. Pero no me castigó. Con el tiempo, otros trabajadores simpatizaron conmigo. De hecho, me traían tanto alimento que podía compartirlo con otros prisioneros allá en el campamento.
Jehová, una torre fuerte
A través de los años he aprendido que siempre podemos hacer cosas para Jehová y para nuestro prójimo, sin importar lo difíciles que sean las circunstancias. Las fuerzas aliadas bombardearon severamente a Stettin varias veces. Tratábamos de refugiarnos en las trincheras cubiertas con tablas y tierra. Esto solo ofrecía una ilusión de seguridad, pues docenas de prisioneros perdieron la vida en aquellas trincheras. Durante los ataques aéreos, a veces sentía una mano que me agarraba en la oscuridad, la cual me soltaba tan pronto terminaba el ataque aéreo. Nunca sabía quién era. Parece que algunos de los prisioneros creían que yo tenía alguna protección especial porque hablaba acerca de Dios.
En uno de los ataques aéreos nuestro campamento fue quemado completamente por bombas incendiarias. Caminando solos por las calles del pueblo, fuimos testigos de muchas escenas horrorosas. Civiles con quemaduras severas se lanzaban a los canales del río Oder, que fluía a través de Stettin. Cuando estas víctimas de quemaduras salían del agua, el fósforo continuaba ardiendo sobre ellas. Muchas murieron.
Debido al avance de las tropas rusas se nos ordenó que saliéramos de Stettin y que fuéramos al oeste a Nueva Brandenburg y entonces a Güstrow. Trepados en un tractor grande, viajamos por una carretera que de vez en cuando era bombardeada por los rusos. Los tanques rusos finalmente nos alcanzaron en Güstrow. Las tropas de asalto soviéticas dominaron el pueblo por una semana. Las tropas británicas se acercaban, y mientras esperaban que los ejércitos se encontraran, las autoridades soviéticas separaron a los prisioneros militares de los civiles. Retuvieron a algunos de los prisioneros y entregaron a los demás (entre ellos estaba yo) a los británicos.
Aquello marcó el fin de una pesadilla. Unas semanas después estaba en la plataforma de la estación ferroviaria de Gare du Nord en París. Amanecía. Estábamos a mediados de mayo de 1945, y por fin regresé a casa después de 69 meses de cautiverio.
Hallo más que hacer para Jehová
En 1946 la Sociedad me invitó de nuevo a servir en Betel, que entonces se hallaba en Montmorency, un suburbio al norte de París. Unos meses después, al hermano Paul Dossman y a mí se nos asignó a visitar las congregaciones de Francia como superintendentes de circuito. En aquel entonces éramos apenas 2.000 Testigos en todo el país. Hoy día, más de 40 años después, hay más de cien mil publicadores.
Después me llamaron de nuevo a Betel, que entonces estaba ubicado en un sector residencial de París. En 1949, animado por dos misioneros ingleses, empecé a aprender inglés... tengo que confesar que no se me hizo fácil. Al año siguiente se me invitó a la Escuela Bíblica de Galaad de la Watchtower.
Cuando regresé a Francia, serví por un tiempo en la obra de circuito, y entonces la Sociedad me pidió que sirviera de misionero en África. Mientras tanto, me había casado con Titica, una hermana de descendencia griega. Pasamos cinco años en Senegal y tuvimos el privilegio de ver formarse la primera congregación en Dakar. Por razones de salud tuvimos que regresar luego a Francia.
Ya estoy en mi año cincuenta del servicio de tiempo completo, y durante todos estos años ha sido un gozo para mí ayudar a más de cien personas a abrazar la verdad. Jehová constantemente ha sido bueno y generoso conmigo. He aprendido de mis experiencias en la vida que, sin importar en qué situación nos encontremos, siempre podemos hallar alguna manera de alabar y honrar a nuestro Dios, Jehová.
[Fotografía en la página 23]
Jean Queyroi y su esposa, Titica