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  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1990
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1990
w90 15/7 págs. 27-29

¿Necesitamos realmente los originales?

HACE unos 3.500 años un hombre de edad avanzada del Oriente Medio compiló una historia del mundo hasta sus días. Aquella obra, que llenó cinco extensos libros, tiene que haber requerido muchísimo esfuerzo. Aquel hombre tenía más de 80 años de edad cuando comenzó su relato. Ni él ni su nación tenían un hogar establecido, sino que vagaban de un lugar a otro por el desierto de Sinaí. Sin embargo, con el tiempo lo que él escribió llegó a formar parte de la producción literaria más importante que el mundo ha conocido.

Aquel hombre fue Moisés, y a él Dios otorgó el privilegio de librar del cautiverio en la tierra de Egipto a la antigua nación de Israel. Los cinco libros que escribió se conocen hoy como el Pentateuco, la primera parte de la Santa Biblia. El espíritu santo o fuerza activa de Dios guió a Moisés. Por eso, aun hoy podemos leer sus escritos y beneficiarnos mucho personalmente. Pero a veces la gente pregunta: ‘¿Podemos de veras confiar en las palabras de Moisés y los demás escritores bíblicos? ¿Existen sus manuscritos originales? Si no, ¿qué les pasó? ¿Y cómo podemos estar seguros de que lo que dice la Biblia es en realidad lo que se escribió originalmente?’.

Los materiales

Hay muchas razones para confiar en que el contenido de la Biblia no ha cambiado desde el tiempo de su escritura original. Es cierto que no tenemos los manuscritos originales de los escritores bíblicos. Pero en verdad no deberíamos esperar tenerlos. ¿Por qué? Por los materiales en que se escribieron, cierta costumbre judía antigua y lo que sucedió en los tiempos desde que se escribieron.

En primer lugar, sírvase considerar los materiales. Todavía existen escritos que se hicieron cuando la Biblia estaba siendo compilada. Pero la mayoría se escribió en piedra o arcilla, materiales que pueden durar largo tiempo. Sin embargo, parece que la Biblia se escribió originalmente en materiales más perecederos. Por ejemplo, el rey Jehoiaquim quemó escritos de Jeremías, uno de los escritores de la Biblia. (Jeremías 36:21-31.) Tablillas de piedra o arcilla no habrían sido destruidas fácilmente así.

Entonces, ¿qué material usaron los escritores de la Biblia? Pues bien, “Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios”, y el material de escritura más común en Egipto era el papiro. (Hechos 7:22.) Por lo tanto, es posible que Moisés haya escrito en aquel material perecedero. Otro material de escritura común en el Oriente Medio era la piel de animales... pergamino o vitela. Puede que Jeremías haya escrito en pergamino. El pergamino o el papiro se habrían quemado cuando el rey Jehoiaquim arrojó el rollo de Jeremías al fuego.

Es cierto que en el clima caliente y árido de Egipto muchos manuscritos de papiro han durado miles de años. Pero eso es excepcional. Tanto el papiro como el pergamino suelen deteriorarse fácilmente. El erudito Oscar Paret dice: “La humedad, el moho y diversos gusanos también son una gran amenaza para esos dos medios de conservar por escrito comunicaciones. Sabemos por experiencia lo fácil que el papel y hasta la piel resistente se deterioran al aire libre o en una habitación húmeda”.

En el antiguo Israel, donde se escribió la mayor parte de los libros de la Biblia, el clima no favorecía la conservación de manuscritos. Por eso, gran parte de los manuscritos originales de la Biblia probablemente se desintegraron hace mucho tiempo. Aunque no les hubiera ocurrido eso, hay una antigua costumbre judía que hace improbable que hubieran durado hasta nuestros días. ¿Cuál es esa costumbre?

Manuscritos enterrados

En 1896 cierto erudito que registraba una guenizá en El Cairo descubrió 90.000 manuscritos antiguos que revolucionaron el estudio de la historia del Oriente Medio. ¿Qué es una guenizá? ¿Y qué tiene que ver esto con los manuscritos originales de la Biblia?

Una guenizá es un cuarto donde los judíos de la antigüedad colocaban los manuscritos gastados por el uso. El erudito Paul E. Kahle escribe: “Los judíos acostumbraban depositar toda clase de material escrito e impreso en aquellos cuartos en sus sinagogas o cerca; esto no se hacía para archivarlos; solo habían de permanecer allí sin ser tocados por algún tiempo. Los judíos temían profanar por un uso indebido aquellos escritos que quizás contuvieran el nombre de Dios. Por eso aquel material escrito —y en tiempos posteriores también el impreso— se llevaba de vez en cuando a terreno consagrado y se enterraba; esto lo echaba a perder. Fue por simple casualidad que se pasó por alto la guenizá de El Cairo, y a los manuscritos que había allí no les sucedió lo mismo que a los de otras guenizás”. (The Cairo Geniza, página 4.)

¿Qué hay si un manuscrito bíblico original hubiera durado hasta el tiempo en que empezó a desarrollarse aquella costumbre? Sin duda, el manuscrito se habría gastado por el uso y habría sido enterrado.

Desenvolvimientos históricos

Al considerar lo que pudo haberles sucedido a los manuscritos bíblicos originales, un último factor que debe recordarse es la agitada historia de las tierras bíblicas. Por ejemplo, considere lo que les pasó a aquellos libros escritos por el envejecido Moisés. Se nos dice: “Aconteció que, tan pronto como Moisés hubo acabado de escribir las palabras de esta ley en un libro hasta dejarlas completas, Moisés se puso a mandar a los levitas, los transportadores del arca del pacto de Jehová, y dijo: ‘Tomando este libro de la ley, ustedes tienen que colocarlo al lado del arca del pacto de Jehová su Dios’”. (Deuteronomio 31:24-26.)

El arca del pacto era un cofre sagrado que simbolizaba la presencia de Dios entre los israelitas. Fue introducida en la Tierra Prometida (junto con los manuscritos de Moisés), donde estuvo en diversos lugares. Por algún tiempo los filisteos se apoderaron de ella. Más tarde David, el rey de Israel, llevó el Arca a Jerusalén, y con el tiempo fue colocada en el templo que el rey Salomón edificó allí. Pero el rey Acaz construyó un altar pagano en el templo, y con el tiempo clausuró aquel edificio. El rey Manasés lo llenó de adoración pagana.

Mientras tanto, ¿qué pasó con el arca del pacto y los escritos de Moisés? No sabemos, pero por lo menos algunos de aquellos escritos se perdieron. Para los tiempos del rey Josías unos artesanos del templo hallaron por casualidad “el mismísimo libro de la ley”, quizás el documento original escrito por Moisés. (2 Reyes 22:8.) Gran parte de su contenido le había sido desconocido al rey, y su lectura dio comienzo a un gran despertamiento espiritual. (2 Reyes 22:11–23:3.)

Después de la muerte de Josías la gente de Judá se hizo infiel de nuevo, y con el tiempo el pueblo fue deportado a Babilonia. El templo fue destruido, y todo objeto valioso en él fue llevado a Babilonia. No hay registro de lo que le sucedió entonces al Arca ni del valioso documento que fue descubierto en los tiempos de Josías. Con todo, años después, cuando a muchos judíos que habían regresado a su tierra de origen se les animó a reedificar a Jerusalén y restablecer la adoración limpia, el sacerdote Esdras y otros les leyeron públicamente del “libro de la ley de Moisés”. (Nehemías 8:1-8.) Así que había copias de los escritos originales. ¿De dónde vinieron estas?

El copiar la Palabra de Dios

Moisés predijo el tiempo en que la nación de Israel sería gobernada por un rey, y escribió este mandato especial: “Cuando se siente sobre el trono de su reino, tiene que escribir para sí en un libro una copia de esta ley, de aquella que está a cargo de los sacerdotes, los levitas”. (Deuteronomio 17:18.) Como se ve, se habrían de hacer copias de las Escrituras.

Con el tiempo el copiar las Escrituras se convirtió en una profesión en Israel. De hecho, Salmo 45:1 dice: “Sea mi lengua el estilo de copista hábil”. A copistas como Safán y Sadoc se les menciona por nombre. Pero el copista mejor conocido de los tiempos antiguos fue Esdras, quien también contribuyó a los escritos originales de la Biblia. (Esdras 7:6; Nehemías 13:13; Jeremías 36:10.) Aun mientras se escribían porciones posteriores de la Biblia, los libros que ya se habían completado se copiaban y distribuían.

Cuando Jesucristo estuvo en la Tierra había copias de las Escrituras Hebreas (Génesis hasta Malaquías) disponibles no solo en Jerusalén, sino también aparentemente en sinagogas de Galilea. (Lucas 4:16, 17.) Pues, ¡hasta en la distante Berea de Macedonia judíos de disposición noble podían ‘examinar las Escrituras diariamente’! (Hechos 17:11.) Hoy existen unas 1.700 copias manuscritas de libros bíblicos que se escribieron antes del nacimiento de Jesús, así como unas 4.600 de los que compilaron sus discípulos (Mateo hasta Revelación).

¿Eran exactas aquellas copias? Sí; sumamente exactas. Los copistas profesionales de las Escrituras Hebreas (llamados soferim) se preocupaban mucho por evitar equivocaciones. Para revisar su trabajo contaban las palabras y hasta las letras de cada manuscrito que copiaban. Por eso Jesús, el apóstol Pablo y otros que solían citar de los antiguos escritores bíblicos no dudaban de la exactitud de las copias que utilizaban. (Lucas 4:16-21; Hechos 17:1-3.)

Es cierto que los copistas judíos y los copistas cristianos posteriores no eran infalibles. Cometían errores, pero las muchas copias que todavía existen nos ayudan a encontrar esos errores. ¿Cómo? Pues los diferentes copistas cometían errores diferentes. Por eso, por la comparación de la obra de diversos copistas podemos determinar muchas de sus equivocaciones.

Por qué podemos estar seguros

En 1947 hubo un descubrimiento sorprendente de unos rollos antiguos en ciertas cavernas del mar Muerto. Aquellos rollos mostraron precisamente cuán exactas eran las copias que se habían hecho de las Escrituras. Entre los rollos había una copia del libro bíblico de Isaías cerca de mil años más antigua que cualquier manuscrito previamente disponible. Sin embargo, una comparación mostró que las únicas diferencias entre el manuscrito del mar Muerto y copias posteriores eran de asuntos como el orden de las palabras y la gramática. ¡El significado del texto no había cambiado tras mil años de copiar! Por eso el erudito William Henry Green pudo decir respecto al texto de las Escrituras Hebreas: “Puede decirse con seguridad que ninguna otra obra de la antigüedad se ha transmitido con tanta exactitud”. Se han hecho comentarios parecidos sobre la exactitud con que se han transmitido las Escrituras Griegas Cristianas.

Por supuesto, sería emocionante hallar el documento original escrito por Moisés o por Isaías. Pero en realidad no necesitamos los originales. Lo importante no es el documento, sino su contenido. Y, milagrosamente, a pesar del transcurso de muchos siglos turbulentos y mucho copiar y recopiar, podemos estar seguros de que la Biblia todavía contiene la información que había en aquellos antiguos manuscritos originales. Como se ve, esta declaración bíblica ha resultado cierta: “Toda carne es como hierba, y toda su gloria es como una flor de la hierba; la hierba se marchita, y la flor se cae, pero el dicho de Jehová dura para siempre”. (1 Pedro 1:24, 25.)

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