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  • Siga sembrando la semilla... Jehová la hará crecer

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  • Siga sembrando la semilla... Jehová la hará crecer
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1991
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1991
w91 1/5 págs. 25-29

Siga sembrando la semilla... Jehová la hará crecer

SEGÚN LO RELATÓ FRED METCALFE

A PRINCIPIOS de 1948, mientras efectuaba mi ministerio de casa en casa, visité una pequeña granja a las afueras de Cork, en el sur de Irlanda. Cuando le expliqué al granjero quién lo visitaba, se puso rojo de cólera. Enfurecido, me gritó que yo era un comunista, y corrió a buscar su horca. No perdí tiempo; salí apresurado del corral y me monté de un salto en la bicicleta que había dejado cerca del camino. Aunque la cuesta era empinada, la bajé pedaleando con la mayor rapidez, sin mirar atrás, pues me imaginaba que el granjero me iba a lanzar la horca como si fuera una jabalina.

En mis dos años de servicio como precursor especial en la República de Irlanda desde que había llegado allí de Inglaterra en 1946 me había acostumbrado a ver reaccionar así a la gente. El grupito de predicadores del Reino al que me uní, de solo unas 24 personas, ya se había enfrentado con mucha hostilidad y difamación. Pero yo confiaba en que por el espíritu de Jehová habría buenos resultados con el tiempo. (Gálatas 6:8, 9.)

Sin embargo, antes de contarle sobre los resultados que al fin hubo, le hablaré un poco sobre mi juventud y cómo se me educó para enfrentarme a circunstancias difíciles como la que mencioné al principio.

Mis padres me dan buen ejemplo y buen entrenamiento

Mi padre conoció la verdad a principios de 1914. Mientras regresaba de un partido de fútbol en Sheffield, Inglaterra, leyó un tratado bíblico sobre la condición de los muertos. Él había visitado ya diferentes iglesias en busca de respuesta a sus preguntas, pero no había tenido mucho éxito. Lo que leyó entonces en aquel tratado le interesó mucho. Mandó pedir los seis tomos de Estudios de las Escrituras que se anunciaban en el tratado, y los leyó con mucho interés, a menudo hasta las primeras horas de la mañana. Enseguida reconoció la verdad.

Pronto empezó a asociarse con la congregación local de los testigos de Jehová, y sirvió con aquella congregación más de 40 años, la mayoría del tiempo como superintendente presidente. Para gran regocijo de él, tanto dos de sus hermanos como las tres hermanas que tenía aceptaron la verdad. Uno de sus hermanos le predicó a una joven que estaba empleada en una tienda, y esta y su hermana llegaron a ser cristianas dedicadas y ungidas. Mi padre y su hermano se casaron con aquellas dos jóvenes.

En mi familia yo estuve entre los cuatro hijos varones criados en la “disciplina y amonestación del Señor”. (Efesios 6:4, Reina-Valera, 1977.) Me alegro de que mis padres se esmeraran en implantar la verdad en nosotros. En aquel tiempo no había publicaciones especiales que los padres pudieran usar para enseñar las verdades bíblicas a sus hijos; sin embargo, en casa teníamos un estudio bíblico regular, dos veces a la semana, del libro El Arpa de Dios, y siempre considerábamos el texto del día. (Deuteronomio 6:6, 7; 2 Timoteo 3:14, 15.)

Mis padres también me dieron un magnífico ejemplo por su aprecio a las reuniones y su celo en el ministerio. Además de las excelentes cualidades espirituales de mi padre, él tenía también un buen sentido del humor, que pasó a sus hijos. La ardua labor de mis padres produjo buenos resultados. Sus cuatro hijos, ahora en sus años sesenta, todavía sirven felizmente a Jehová.

Servicio de precursor

En abril de 1939, a los 16 años de edad, terminé mi educación escolar y empecé a servir como precursor regular. Mi padre sirvió junto conmigo como precursor y me dio el mejor entrenamiento. Viajábamos en bicicleta y predicábamos en una zona que se extendía por un radio de 11 kilómetros (7 millas) alrededor de nuestra casa. Cada día él y yo llevábamos con nosotros 50 folletos, y no regresábamos a casa sin haberlos dejado en manos de la gente.

Dos años después tuve el privilegio de ser uno de los primeros precursores especiales nombrados en Gran Bretaña. Me alegró aquella bendición, pero no fue nada fácil para mí dejar la seguridad feliz de mi hogar teocrático. Pero con el tiempo y con la ayuda de Jehová pude adaptarme al cambio.

Mi servicio de precursor fue interrumpido durante la II Guerra Mundial cuando, junto con otros jóvenes Testigos, fui encarcelado por la cuestión de la neutralidad. En la prisión de Durham me clasificaron como YP (siglas en inglés para “prisionero joven”). Esto quiso decir que tuve que usar siempre pantalones cortos... obviamente una desventaja cuando hacía frío. ¡Imagínese a Wilf Gooch (actual coordinador del Comité de la Sucursal de Gran Bretaña), Peter Ellis (miembro del Comité de la Sucursal de Gran Bretaña), Fred Adams y a mí —todos medíamos casi dos metros (seis pies) de altura— de pie juntos con pantalones cortos como si fuéramos niños de edad escolar!

Asignado a Irlanda

Cuando salí de la prisión, por tres años fui precursor en diferentes partes de Inglaterra. Entonces recibí una asignación que, aunque significaría una prueba para mí, también me satisfaría mucho... la República de Irlanda. Lo único que yo sabía sobre el sur de Irlanda era que allí casi toda la gente era católica romana. Pero no hice caso de comentarios desalentadores sobre aquella asignación, ni vacilé en aceptarla. Era tiempo para dar expansión a la adoración verdadera, y yo confiaba en que Jehová me ayudaría con su espíritu santo.

La mayoría de los Testigos de la República de Irlanda vivían en la capital, Dublín, y solo había algunos esparcidos en otros lugares. Por eso la mayoría de la gente nunca había visto a un testigo de Jehová. Otros tres precursores especiales y yo comenzamos a predicar en la ciudad de Cork. No era fácil hallar gente que nos escuchara. En las misas los sacerdotes constantemente le decían a la gente que no nos oyera, y que éramos unos “diablos comunistas”. Los periódicos también se expresaban contra nuestras actividades.

Cierto día un peluquero estaba cortándome el pelo con una navaja barbera. Durante la conversación conmigo me preguntó qué hacía en Cork. Cuando le dije, se enfureció y me dijo varias palabrotas. La mano le temblaba por lo enojado que estaba, ¡y yo me imaginaba que saldría de la peluquería llevando la cabeza debajo del brazo! ¡Qué alivio cuando salí de allí ileso!

Chusmas violentas

En varias ocasiones tuvimos que encararnos con chusmas violentas. Por ejemplo, cierto día de marzo de 1948 estábamos en el ministerio de casa en casa cuando una chusma atacó a mi compañero, Fred Chaffin. Perseguido por la gente, Fred corrió hasta una terminal de autobuses y suplicó a un chofer y a su auxiliar que lo ayudaran. Pero ellos se unieron a la chusma. Fred siguió carretera arriba y logró esconderse detrás de un muro alto cerca de la casa del sacerdote.

Yo, mientras tanto, corrí hasta mi bicicleta. Para volver al centro de la ciudad tomé una carretera secundaria; pero cuando llegué a la carretera principal la chusma estaba allí esperándome. Dos hombres se apoderaron de mi maletín y lanzaron al aire su contenido. Empezaron a golpearme y a darme patadas. De repente se presentó allí un hombre. Aunque no llevaba uniforme, era un policía; detuvo el ataque y nos llevó a mí y a mis agresores al cuartel policíaco.

Aquella agresión proveyó la base para ‘defender y establecer legalmente las buenas nuevas’. (Filipenses 1:7.) Cuando el tribunal vio el caso, el policía que me rescató, un católico romano, presentó las pruebas, y el tribunal halló culpables de agresión a seis personas. El caso estableció que teníamos derecho a ir de casa en casa, y disuadió a otros de recurrir a la violencia contra nosotros.

Al principio se consideraba muy peligroso enviar a hermanas como precursoras a lugares como Cork. Sin embargo, a menudo parecía mejor que fueran hermanas quienes visitaran a las mujeres que se interesaban en la verdad. Por eso, poco antes del ataque que ya describí, la Sociedad había asignado a dos excelentes precursoras a Cork. Una de ellas, Evelyn MacFarlane, fue misionera después y efectuó excelente labor en Chile. La otra, Caroline Francis, que había vendido la casa que tenía en Londres para ser precursora en Irlanda, llegó a ser mi esposa.

Germinan las semillas de la verdad

Hubiera sido fácil pensar que era una pérdida de tiempo sembrar semillas de la verdad del Reino en aquellas condiciones. Pero el ver germinar la verdad aquí y allá nos hacía confiar en el poder de Jehová para dar el crecimiento. Por ejemplo, en cierta ocasión la Sociedad nos envió el nombre y la dirección de un hombre que había escrito para pedir el libro Sea Dios veraz. El hombre vivía en Fermoy, un pueblecito a unos 35 kilómetros (22 millas) de la ciudad de Cork. Por eso, un domingo por la mañana salí en mi bicicleta para visitar a esta persona.

Cuando llegué a Fermoy, pedí direcciones a un hombre. “Ah —dijo él—, eso es 14 kilómetros más adelante por esta carretera.” Seguí, y finalmente, por un camino vecinal, llegué a una granja. El joven que había solicitado el libro estaba al lado del portón de entrada de la granja. Cuando me presenté, dijo: “¡Ese libro vale lo que pesa en oro!”. Tuvimos una excelente conversación, y casi ni me di cuenta del tiempo que me tomó el viaje de 50 kilómetros (30 millas) de regreso a casa. Hasta este día, más de 40 años después, me alegro mucho cuando cada año veo en las asambleas de distrito a aquel “joven”, Charles Rinn. Hoy hay diez congregaciones en la zona de Cork.

En los años cincuenta Caroline y yo esparcimos semillas de la verdad en la región central de Irlanda. En 1951 nos estimuló a perseverar el que personas como la “abuelita” Hamilton y su nuera respondieran inmediatamente al mensaje de la verdad. La “abuelita” Hamilton fue la primera publicadora bautizada del condado de Longford. (1 Tesalonicenses 2:13.)

Era difícil conseguir alojamiento. Tan pronto como se presionaba a los propietarios, nos pedían que nos fuéramos. Por eso, después de haber perdido tres diferentes alojamientos en sucesión rápida, compramos una tienda de campaña, tela impermeable y sacos de dormir, los cuales cargábamos en un Ford modelo Y. Al final de cada día de predicación levantábamos la tienda dondequiera que podíamos. Después conseguimos un remolque habitable de 4 metros (13 pies) de largo. Era pequeño, tenía pocas comodidades modernas —teníamos que caminar medio kilómetro en busca de agua potable— y no nos protegía bien del frío; pero para nosotros era lujoso. Un día por poco desaparece mi sentido del humor cuando resbalé sobre la raíz mojada de un árbol y caí de espaldas dentro de un largo y estrecho pozo de agua de poca profundidad. Con todo, en aquel remolque alojamos al superintendente de circuito y a su esposa durante su visita.

De vez en cuando éramos objeto de la bondad inesperada de personas de buen corazón. Por ejemplo, en 1958, ocho años después que otra pareja de precursores había sido echada del pueblo de Sligo, fuimos a aquel lugar en el oeste de Irlanda. Le oramos a Jehová que nos ayudara a encontrar un sitio donde estacionar el remolque; después de buscar por muchas horas, llegamos a una cantera que ya nadie explotaba. Un hombre que conducía ganado por el camino nos dijo que la cantera pertenecía a su familia. “¿Podemos usar el espacio?”, le preguntamos, y le dijimos que éramos representantes de una sociedad bíblica. Dijo que estaba bien.

Poco después preguntó: “¿A qué Sociedad bíblica pertenecen?”. Aquel fue un momento de tensión. Le dijimos que éramos testigos de Jehová. Para gran alivio nuestro, no nos mostró hostilidad. Unas semanas después nos entregó un recibo por el alquiler de aquel lugar por un año. “No queremos dinero —dijo—. Pero sabemos que tienen opositores; por eso, si alguien les pregunta si tienen derecho a estar en este lugar, esa es la prueba.”

Mientras estábamos en Sligo, oímos de un hombre, un conocido comerciante y jugador de fútbol, que se había interesado en la verdad cuando la pareja anterior de precursores todavía estaba en el pueblo. Pero por ocho años había estado relativamente aislado, de modo que nos preguntábamos cómo respondería ahora. Cuando me presenté, la radiante sonrisa de Mattie Burn contestó aquella pregunta. Las semillas de la verdad que se habían sembrado años antes no habían muerto. Todavía sigue siendo miembro activo de la pequeña congregación de Sligo.

Cambio de actitudes

Un lugar que ejemplificó el antagonismo de muchos contra nosotros fue el pueblo de Athlone. Cuando la testificación empezó a concentrarse allí en los años cincuenta, los sacerdotes hicieron que todos los que vivían en un sector del pueblo firmaran una petición que decía que ellos no querían que los testigos de Jehová visitaran sus hogares. La enviaron a las oficinas del gobierno, y por años aquello dificultó mucho la obra en Athlone. En cierta ocasión un grupo de jóvenes me reconoció como Testigo y empezó a apedrearme. Cuando me situé frente a la vitrina de una tienda, el dueño me invitó a entrar —más por proteger su vitrina que por protegerme a mí— y me dejó salir por la puerta trasera de la tienda.

Pero hace poco, en agosto de 1989, conduje en Athlone un servicio funeral para un fiel hermano, y me sorprendí al notar cómo Jehová ha hecho crecer la semilla allí. Además de los miembros de la congregación, unas 50 personas del pueblo escucharon respetuosamente el servicio funeral en el excelente Salón del Reino construido por los hermanos.

Entrenamiento especial en la Escuela de Galaad

En 1961 fui invitado a tomar un curso de diez meses en la Escuela Bíblica de Galaad de la Watchtower. Era un curso especial solo para varones, por lo cual Caroline y yo consideramos seriamente la invitación y oramos sobre ello. Habíamos estado juntos por 12 años. Además, puesto que mi esposa también tenía grandes deseos de asistir a la Escuela de Galaad y ser misionera, le dolió el no ser invitada. Pero sus nobles sentimientos la llevaron a poner en primer lugar los intereses del Reino y concordar en que yo fuera. Aquel curso fue un privilegio excelente para mí. Pero me regocijé mucho cuando, de regreso, empecé a trabajar en la sucursal de la Sociedad como medio de dar estímulo a los más de 200 Testigos que sembraban y regaban la semilla en Irlanda a principios de los años sesenta.

Unos años después, en 1979, Caroline tuvo la oportunidad de visitar la sede mundial de los testigos de Jehová en Nueva York cuando fui invitado a un curso especial de Galaad para los miembros de los Comités de las Sucursales. Aquel fue el punto culminante de lo que resultó ser la parte final de su vida. Dos años después Caroline murió. En los 32 años que servimos juntos de tiempo completo Caroline nunca perdió su celo por el servicio de Jehová ni su confianza en que él daría el crecimiento.

La eché mucho de menos. Algo que me ayudó a encararme con aquella situación fue un artículo de la revista ¡Despertad! titulado “Aprendiendo a manejárselas en ausencia de un ser amado” (8 de noviembre de 1981). El recuerdo de la compañera que había perdido me hacía llorar, pero hice lo que el artículo sugirió y me mantuve ocupado en el servicio de Jehová.

Jehová sigue bendiciendo

Un año antes, en abril de 1980, estuve presente cuando el hermano Lyman Swingle, miembro del Cuerpo Gobernante, dedicó un nuevo edificio de sucursal en Dublín. ¡Qué emocionante fue saber que había 1.854 publicadores en el campo, una cifra que entonces incluía también a los de Irlanda del Norte! Y ahora, diez años después, ¡el Anuario informa que hubo un máximo de 3.451 publicadores para 1990!

Mientras tanto, he recibido otra bendición. Mientras servía de instructor de la Escuela del Ministerio del Reino conocí a Evelyn Halford, una hermana celosa y atractiva que se había mudado a Irlanda para servir donde había mayor necesidad de ayuda. Nos casamos en mayo de 1986, y ella ha sido un verdadero apoyo para mí en todas mis actividades teocráticas.

De mis 51 años de servicio de tiempo completo desde que salí de la escuela, 44 los he pasado en Irlanda. Me conmueve ver que muchas personas a quienes ayudé sirven a Jehová todavía, y algunos de los hombres son ancianos y siervos ministeriales. Puedo decir sin vacilación que uno de los mayores gozos que uno puede tener es el de ayudar a otra persona a tomar el camino a la vida.

A pesar de la ardiente oposición que ha habido, fortalece la fe ver cómo florece la verdad en un lugar tras otro en Irlanda. Ahora hay unos 3.500 publicadores en más de 90 congregaciones por todo el país. En verdad no tiene límite lo que puede hacer Jehová. Él da el crecimiento si nosotros sembramos y regamos la semilla diligentemente. (1 Corintios 3:6, 7.) Y yo sé que así es, pues lo he visto suceder en Irlanda.

[Fotografía de Fred y Evelyn Metcalfe en la página 25]

[Fotografía de Fred Metcalfe en la página 28]

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