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  • “El nombre de Jehová es una torre fuerte”
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1994
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1994
w94 1/2 pág. 19

Los proclamadores del Reino informan

“El nombre de Jehová es una torre fuerte”

VIVIMOS en tiempos inestables. Nuestra vida aparentemente estable puede cambiar de la noche a la mañana y sin previo aviso. Algunas personas se han hallado en gran peligro antes de darse cuenta de ello. El peligro puede provenir de un levantamiento político, un asaltante violento, un desastre natural o una enfermedad grave. En cualquier caso, ¿adónde debe recurrir el cristiano cuando su vida peligra?

David, un misionero que vive en una de las sucursales de la Sociedad Watch Tower, aprendió la respuesta a esta pregunta durante una experiencia espantosa. Un día se levantó temprano, pues era uno de los conductores asignados a recoger a varios betelitas que vivían fuera de la sucursal. Todavía era de noche. Había recogido a Rosalía y pasaba por delante de una comisaría de la policía cuando oyó el primer disparo.

Todo sucedió deprisa. Oyó como una explosión y se dio cuenta de que uno de los neumáticos estaba perdiendo el aire. De repente vio a un soldado de pie en el centro de la calle apuntándole con el rifle. Ocurrieron tres cosas casi al mismo tiempo: una ráfaga de disparos acribilló el costado del jeep y las ventanas se hicieron añicos, David y Rosalía se agacharon y el soldado disparó al parabrisas, a la altura de la cabeza.

Mientras seguían disparando al jeep, David, aún agachado, lo frenó lo mejor que pudo. Tanto él como Rosalía pensaron que iban a morir. Oraron a Jehová en voz alta y le pidieron su protección. Rosalía dijo más tarde que en aquellos momentos se preguntó cómo reaccionaría su familia cuando se enterara de su muerte.

Aún vivos

Por fin cesó el ruido de disparos y cristales rotos. David miró a Rosalía. Cuando le vio en la espalda una mancha de sangre pequeña y redonda, casi se le detiene el corazón. Pero la herida era de un pedazo de cristal que se le había clavado, no de una bala. También le sangraban las rodillas por causa de los cortes de los cristales que habían caído; por lo demás, parecía estar bien.

Los hombres con uniforme militar y brazaletes blancos se acercaron al jeep y les mandaron salir con las manos en alto. El que parecía tener más graduación se dirigió a uno de los soldados y le dijo: “Se le ordenó que no disparara a la población civil”. El soldado se disculpó, alegando que había oído disparos y había creído que procedían del jeep.

Cuando David aclaró que eran testigos de Jehová, la reacción fue favorable. Explicó su cometido, pero los soldados querían detenerlos de todos modos. Al parecer, a primeras horas de la mañana una facción militar había dado un golpe de estado, y estos soldados intentaban tomar la comisaría cuando David y Rosalía pasaron con el jeep.

Rosalía estaba muy nerviosa, pero mantuvo la calma con entereza mientras David rogaba que los dejaran en libertad. Por fin les permitieron irse, pero sin el jeep. Tuvieron que andar hasta una avenida cercana para tomar un autobús que los llevara a la sucursal, en cuya enfermería se atendió a Rosalía.

El poder de la oración

David aprendió algo de la experiencia: nunca subestimar el poder de la oración sincera ni olvidar jamás que identificarse sin temor como testigo de Jehová con frecuencia es una protección. Puede ser literalmente cierto que “el nombre de Jehová es una torre fuerte. A ella corre el justo, y se le da protección”. (Proverbios 15:29; 18:10; Filipenses 4:6.)

[Reconocimiento en la página 19]

Fotografía de Publicaciones Capriles, Caracas (Venezuela)

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