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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1995
w95 1/8 págs. 20-24

Recibimos un gran legado espiritual

RELATADO POR PHILLIP F. SMITH

“Se ha encendido una luz que alumbrará hasta los rincones más oscuros de África.”

¡Qué alegría nos dio a mis hermanos y a mí leer estas palabras en la página 75 del Anuario de los testigos de Jehová 1992! Estaban sacadas de una carta que mi abuelo, Frank W. Smith, dirigió en 1931 al hermano Joseph F. Rutherford, a la sazón presidente de la Sociedad Watch Tower, en la que le informaba sobre un recorrido de predicación que había realizado con su hermano.

EN EL Anuario 1992 se explicó: “Gray Smith y su hermano mayor, Frank, dos valientes ministros precursores de Ciudad del Cabo [África del Sur], se marcharon al África Oriental Británica para investigar las posibilidades de diseminar las buenas nuevas. Embarcaron su automóvil —un De Soto que habían convertido en una caravana— junto con 40 cajas de libros, y partieron rumbo a Mombasa, el puerto marítimo de Kenia”.

En la carta al hermano Rutherford, mi abuelo narró el trayecto de Mombasa a Nairobi, la capital de Kenia: “Emprendimos un viaje en automóvil que fue una terrible pesadilla. Nos tomó cuatro jornadas, sin detenernos durante el día, recorrer [...] 360 millas [580 kilómetros] [...]. Una milla tras otra tenía que bajarme del automóvil con una pala para nivelar obstáculos, llenar agujeros y también cortar tallos de elephant grass [planta parecida a la caña de azúcar] y árboles con el fin de rellenar terreno pantanoso de modo que los neumáticos se agarraran”.

Una vez que llegaron a Nairobi, Frank y Gray trabajaron durante veintiún días seguidos distribuyendo las publicaciones bíblicas que llevaban. “A juzgar por lo que oímos —escribió mi abuelo—, la obra ha levantado un gran revuelo en los círculos religiosos de Nairobi.” Algún tiempo después, mi abuelo se sentía ansioso por volver a casa para reunirse con su hijo de 2 años, Donovan, y su esposa, Phyllis, que esperaba un segundo hijo, el que sería nuestro padre, Frank. De modo que tomó el primer barco que partía de Mombasa; pero murió de paludismo antes de llegar a su hogar.

Cuando mi hermana, mi hermano y yo reflexionamos en el relato del Anuario, recordamos a nuestro querido padre. A causa de ciertas complicaciones en una operación cardíaca, murió en 1991, solo unos meses antes de que recibiéramos el Anuario 1992. Aunque él no conoció a su padre, los dos tenían en común un amor profundo a Jehová. Cuánto se habría alegrado el abuelo de saber que veintiocho años más tarde, en 1959, su hijo seguiría sus pasos como ministro cristiano en África oriental.

Los años jóvenes de mi padre

Papá nació el 20 de julio de 1931 en Ciudad del Cabo, dos meses después de fallecer su padre, que le legó el nombre. Desde muy niño demostró que amaba a Jehová. Cuando solo tenía 9 años, ya iba a la estación principal de Ciudad del Cabo a dar testimonio con pancartas, ante las burlas de sus compañeros de colegio. A la edad de 11 años simbolizó su dedicación a Jehová bautizándose en agua. En el ministerio, a veces tenía que predicar solo toda una calle. Cuando cumplió 18 años, ya conducía el Estudio de La Atalaya con un grupo de hermanas ancianas del extrarradio de Ciudad del Cabo.

En 1954, la Sociedad Watch Tower anunció que al año siguiente celebraría asambleas internacionales en Europa. Aunque papá tenía muchas ganas de asistir, carecía del dinero preciso para viajar desde Ciudad del Cabo. De modo que firmó un contrato de tres meses para trabajar de químico en las minas de cobre de Rhodesia del Norte (hoy Zambia). Los laboratorios donde se analizaban los minerales estaban emplazados en la espesura africana.

Mi padre sabía que había muchos Testigos africanos en Rhodesia del Norte, así que nada más llegar los buscó hasta que logró averiguar dónde se reunían. Aunque desconocía el idioma nativo, se reunió con ellos regularmente en la Congregación de la Mina de los testigos de Jehová. Muchos europeos empleados en las minas eran racistas y solían exteriorizarlo insultando a los africanos. Papá, por el contrario, siempre fue amable con ellos.

Al concluir los tres meses, un obrero africano que no era Testigo se acercó a mi padre y le preguntó: “¿Sabe cómo lo llamamos?”. Sonriendo le dijo: “Lo llamamos Bwana Watchtower”, o sea, señor Atalaya.

En 1955, papá logró asistir a las asambleas “Reino Triunfante” que se celebraban en Europa. Allí conoció a Mary Zahariou, con quien se casó al cabo de un año. Después de la boda se afincaron en Parma (Ohio, E.U.A.).

Se traslada a África oriental

En una asamblea de distrito celebrada en Estados Unidos, se invitó a los presentes a servir donde hubiera más necesidad de ministros. Mis padres decidieron ir a África oriental. Conforme a las sugerencias de la Sociedad, ahorraron suficiente dinero para los pasajes de vuelta por si papá no lograba colocarse, pues solo se concedía la residencia a quien tuviera permiso laboral.

En 1959, con los pasaportes, visados y vacunas de rigor, mis padres embarcaron en Nueva York en un mercante que se dirigía a Mombasa pasando por Ciudad del Cabo. La travesía duró cuatro semanas. En el puerto de Mombasa tuvieron un cordial recibimiento de los hermanos cristianos que habían ido antes que ellos a servir donde había más necesidad. Cuando llegaron a Nairobi, había una carta para papá que contestaba su solicitud para el cargo de químico en el Departamento de Estudios Geológicos de Entebbe (Uganda). Mis padres fueron en tren a Kampala (Uganda), donde papá fue entrevistado y contratado. Entonces solo había otro Testigo en la zona de Entebbe-Kampala: George Kadu.

El gobierno colonial le pagó a mi padre un curso de luganda, el idioma nativo. Estaba encantado, pues de todos modos pensaba aprenderlo para desempeñar mejor su ministerio. Más tarde, papá incluso ayudó a traducir al luganda el folleto “Estas buenas nuevas del Reino”.

Mi padre no tenía miedo de dar testimonio a nadie. Hablaba con todos los europeos de su departamento y predicaba asiduamente a los ugandeses. Hasta llegó a predicar al ministro de Justicia de Uganda, quien no solo escuchó el mensaje del Reino, sino que convidó a mis padres a cenar.

Mi hermana, Anthe, nació en 1960, y yo, en 1965. Mi familia creció muy apegada a los hermanos de la pequeña pero floreciente congregación que había en la capital, Kampala. Al ser los únicos Testigos blancos de la cercana población de Entebbe, tuvimos algunas experiencias graciosas. En cierta ocasión, un amigo de papá pasó inesperadamente por Entebbe y trató de localizarlo. No lo logró sino hasta que preguntó: “¿Conoce al matrimonio europeo de Testigos de Jehová?”. La persona lo llevó directamente a casa de mis padres.

Hubo también momentos difíciles, como cuando atravesamos dos revoluciones violentas. En cierta ocasión, las tropas gubernamentales se pusieron a disparar contra todo el que perteneciera a un determinado grupo étnico. Había constantes tiroteos, día y noche. Dado que el toque de queda comprendía desde las seis de la tarde hasta las seis de la mañana, las reuniones tenían lugar a primeras horas de la tarde en casa de mis padres, en Entebbe.

Luego, cuando se levantó el toque de queda, papá empezó a llevarnos a Kampala al Estudio de La Atalaya. En cierta ocasión, un soldado nos apuntó con el rifle, detuvo nuestro automóvil y exigió que le dijéramos adónde íbamos. Para entonces yo tenía tan solo unos meses de edad, y mi hermana, 5 años. Cuando mi padre le dio explicaciones calmadamente y le enseñó las Biblias y las publicaciones que llevábamos, nos dejó marchar.

En 1967, después de casi ocho años en Uganda, mis padres decidieron regresar a Estados Unidos para atender ciertos problemas de salud y responsabilidades familiares. Nos integramos en la Congregación Canfield (Ohio), en la que papá sirvió de anciano. Mis padres llegaron a quererla tanto como a la pequeña congregación de Kampala.

Nos criaron con amor en los principios cristianos

En 1971 nació mi hermano David. Crecimos arropados por un hogar donde reinaba el cariño. Sin lugar a dudas, era fruto del amor que se tenían nuestros padres.

De pequeños, cuando nos íbamos a dormir, papá nos leía un relato bíblico, oraba con nosotros y, sin que se enterara mamá, nos daba una chocolatina con un brillante envoltorio dorado. Siempre estudiábamos en familia La Atalaya, sin importar dónde estuviéramos. Así, cuando pienso en las veces que fuimos todos juntos de vacaciones, recuerdo una ocasión en que la estudiamos en la ladera de un monte, y otra, en un lugar con el océano de fondo. Papá señaló muchas veces que estos eran algunos de sus más gratos recuerdos. Decía que se compadecía de los que se privaban de la alegría que produce el estudio de familia.

En lo que respecta a amar a Jehová, mi padre nos enseñaba con el ejemplo. Cada vez que recibíamos un nuevo número de La Atalaya o ¡Despertad!, u otra publicación de la Watchtower, papá lo leía con fruición. Nos enseñó a no minusvalorar la verdad bíblica, sino a verla como un tesoro valiosísimo. Una de las posesiones de papá que más apreciamos es su Biblia con referencias. Tiene casi todas las páginas llenas de notas, fruto de su estudio personal. Hoy, cuando leemos los márgenes que anotó, es como si siguiera enseñándonos y aconsejándonos.

Fiel hasta el fin

El 16 de mayo de 1991, papá tuvo un ataque cardíaco mientras participaba en el ministerio del campo. Unas semanas más tarde se le practicó una operación a corazón abierto que aparentemente salió bien. Sin embargo, la noche siguiente a la intervención recibimos una llamada del hospital. Los doctores estaban muy preocupados, pues tenía hemorragias. Aquella noche lo metieron dos veces en el quirófano con la intención de detenérselas. Pero fue en vano, pues la sangre de papá no se coagulaba.

Al día siguiente, como el estado de mi padre se agravaba rápidamente, los médicos hablaron en privado con mi madre y luego con mi hermano menor para coaccionarlos a fin de que autorizaran una transfusión de sangre, aunque papá la había rechazado en todo caso. Les había explicado la base bíblica de su negativa a la sangre y, asimismo, les había indicado que aceptaba sustitutivos no sanguíneos. (Levítico 17:13, 14; Hechos 15:28, 29.)

La hostilidad de parte del personal médico enrareció el ambiente de la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos). Este hecho, unido al empeoramiento de mi padre, hacía que la situación nos pareciera a veces insoportable. Suplicamos la ayuda de Jehová e intentamos poner en práctica los consejos que nos dieron. Así, cuando visitábamos la UCI, íbamos bien vestidos y tratábamos con respeto al personal médico. Nos interesábamos por el estado de papá haciendo preguntas pertinentes y dándoles las gracias a todos los que lo cuidaban.

El personal del hospital percibió nuestros esfuerzos. A los pocos días la tensión dio paso a la amabilidad. Las enfermeras que habían atendido a papá se interesaban por su recuperación, aunque ya no estuvieran a su cargo. Un doctor que había sido muy áspero con nosotros dulcificó su actitud hasta el grado de preguntarle a mamá cómo llevaba la situación. La congregación y nuestros familiares nos enviaron comida y muchas tarjetas de consuelo, además de orar por nosotros.

Lamentablemente, papá no reaccionó al tratamiento. Murió a los diez días de la primera operación. Su ausencia nos causa hondo pesar. A veces, la sensación de pérdida es angustiosa. Afortunadamente, Dios promete que ‘diariamente nos llevará la carga’, y hemos aprendido a apoyarnos en él más que nunca. (Salmo 68:19.)

Todos nosotros estamos resueltos a seguir sirviendo a Jehová con fidelidad; así tendremos la dicha de ver a papá en el nuevo mundo. (Marcos 5:41, 42; Juan 5:28; Hechos 24:15.)

[Fotografía en la página 21]

Frank Smith con su madre, Phyllis, en Ciudad del Cabo

[Fotografía en la página 22]

Mis padres cuando se casaron

[Fotografía en la página 24]

Mis padres poco antes de la muerte de papá

[Fotografías en la página 23]

El primer bautismo de Entebbe se realizó en una piscina alquilada a un jefe africano

Saludo típico

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