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  • Prestan socorro entre las ruinas

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  • Prestan socorro entre las ruinas
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1996
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1996
w96 1/12 págs. 4-8

Prestan socorro entre las ruinas

LOS intentos del hombre por auxiliar a los damnificados de una catástrofe son verdaderamente loables. Muchos programas de socorro ayudan a reconstruir las viviendas, reunir a las familias y, sobre todo, salvar vidas.

Cuando sobreviene una catástrofe, los testigos de Jehová hacen uso de toda provisión que ofrezcan los programas de socorro seculares, y la agradecen. Al mismo tiempo, tienen la obligación bíblica de ‘obrar lo que es bueno [...] especialmente para con los que están relacionados con ellos en la fe’. (Gálatas 6:10.) En efecto, los Testigos sienten como si entre ellos hubiera una relación de parentesco; se ven como si pertenecieran a una misma “familia”, y por esa razón se llaman “hermanos”. (Compárese con Marcos 3:31-35; Filemón 1, 2.)

Por lo tanto, cuando un desastre afecta a una localidad, los ancianos de los testigos de Jehová no escatiman esfuerzos para localizar a cada uno de los miembros de la congregación, determinar sus necesidades y encargarse de que reciban la asistencia requerida. Veamos ejemplos de ello en lo ocurrido en Acra (Ghana), San Angelo (E.U.A.) y Kobe (Japón).

“Minidiluvio” en Acra

La lluvia comenzó a caer hacia las once de la noche, y durante varias horas consecutivas cayó agua a cántaros. “Llovió tan fuerte que nadie de mi familia pudo dormir”, relata John Twumasi, un testigo de Jehová de Acra. El periódico Daily Graphic calificó la tormenta de “minidiluvio”. “Quisimos llevar algunos objetos de valor al piso de arriba —agrega John—; pero al abrir la puerta que daba a las escaleras, el agua entró a raudales.”

Pese a la recomendación de las autoridades de evacuar la zona, muchas personas vacilaron, pues temían que las casas vacías atrajeran a los saqueadores aunque el agua las anegara. Algunas no pudieron irse por más que quisieron. “Mi madre y yo no pudimos abrir la puerta —dice una joven llamada Paulina—. Como el agua seguía subiendo, nos encaramamos a unos barriles de madera y nos agarramos de una de las vigas del techo. Por fin, como a las cinco de la mañana, nos rescataron los vecinos.”

Los testigos de Jehová pusieron manos a la obra lo antes posible. Una hermana cristiana de nombre Beatrice relata: “Los ancianos de la congregación nos buscaron y nos encontraron en casa de un compañero Testigo, donde nos habíamos refugiado. Tan solo tres días después de la inundación, los ancianos y los jóvenes de la congregación vinieron a casa y rasparon el barro por dentro y por fuera. La Sociedad Watch Tower suministró detergentes, desinfectantes, pintura, colchones, mantas, telas y ropa para los niños. Los hermanos nos enviaron alimento para varios días. Aquello me conmovió profundamente”.

John Twumasi, citado más arriba, cuenta: “Dije a los demás inquilinos que nuestra Sociedad nos había enviado detergentes y desinfectantes, y que había suficiente para limpiar todo el edificio. Unos cuarenta de ellos colaboraron en la limpieza. Repartí algunos detergentes entre los vecinos, incluido el sacerdote de una iglesia de la localidad. Mis compañeros de trabajo pensaban sin razón que los testigos de Jehová solo aman a los de su propia religión”.

Los hermanos cristianos agradecieron inmensamente la asistencia amorosa que recibieron. El hermano Twumasi concluye: “Aunque lo que perdí en la inundación costaba más que los artículos de socorro, mi familia y yo creemos que debido a esta conmovedora provisión de la Sociedad, ganamos mucho más de lo que perdimos”.

San Angelo: “Parecía el fin del mundo”

Los tornados que asolaron San Angelo el 28 de mayo de 1995 desarraigaron árboles, partieron postes del tendido eléctrico y los cables de alta tensión cayeron en las carreteras. Los vientos alcanzaron ráfagas de 160 kilómetros por hora y dañaron los sistemas de servicios públicos. Más de veinte mil casas se quedaron sin luz. Luego vino la granizada. El Servicio Nacional de Meteorología informó “granizo del tamaño de una pelota de golf”, luego “granizo del tamaño de una pelota de softbol” y, finalmente, “granizo del tamaño de una toronja”. El embate fue ensordecedor. En palabras de un residente, “parecía el fin del mundo”.

Una calma amenazadora siguió a la tormenta. La gente empezó a salir lentamente de sus estropeadas casas para inspeccionar los daños. Los árboles que aún seguían en pie quedaron sin follaje, y las casas que no abatió el viento parecían como si las hubieran erosionado. En algunas partes, el granizo cubrió el suelo en montones de hasta un metro de altura. Millares de ventanas de casas y vehículos se rompieron durante la tormenta, de modo que los fragmentos de cristal refulgían junto con la capa de granizo que recubría el suelo. “Cuando llegué a casa —relata una mujer—, me senté a llorar en el auto a la entrada. Quedé abrumada por la magnitud de los daños.”

Rápidamente, los organismos de socorro y los hospitales suministraron asistencia económica, materiales de construcción, atención médica y orientación. En un acto digno de alabanza, muchas de las propias víctimas de la tormenta hicieron cuanto pudieron por auxiliar a otros.

Las congregaciones de los testigos de Jehová también actuaron de inmediato. Aubrey Conner, anciano de San Angelo, refiere: “En cuanto terminó la tormenta, comenzamos a telefonearnos para averiguar cómo estábamos. Nos ayudamos unos a otros, y también ayudamos a nuestros vecinos no Testigos, a entablar las ventanas, poner plástico en los tejados e impermeabilizar las casas lo mejor posible. Luego confeccionamos un archivo de todos los miembros de la congregación cuyo hogar había resultado afectado. Había que reparar cerca de un centenar de casas, y como los materiales proporcionados por los organismos de socorro eran insuficientes, compramos más y nos organizamos para la tarea. En total, unos mil Testigos se ofrecieron voluntariamente a ayudar, alrededor de doscientos cincuenta todos los fines de semana. Algunos vinieron de lugares que distaban hasta 740 kilómetros de aquí. Todos trabajaron incansablemente, a menudo con temperaturas de cerca de 40 °C. Incluso una hermana de 70 años trabajó con nosotros todos los fines de semana salvo uno, aquel en que le reparamos su casa. Y ese fin de semana se subió a su propio techo para ayudar a repararlo.

”A menudo oíamos a los curiosos hacer comentarios como: ‘¿No sería estupendo que otras religiones hicieran lo mismo por sus feligreses?’. A los vecinos les impresionaba ver a una cuadrilla de diez a doce voluntarios (entre ellos algunas hermanas) llegar el viernes por la mañana temprano a casa de un compañero Testigo, lista para arreglar o incluso rehacer todo el techo gratis. La mayoría de las veces, el trabajo se realizaba en un fin de semana. En ocasiones, un contratista de afuera y sus hombres iban bien adelantados en la restauración de un tejado cuando nuestro grupo llegaba a la casa contigua. Quitábamos el nuestro, lo rehacíamos y limpiábamos el patio antes de que ellos terminaran el suyo. A veces dejaban lo que estaban haciendo sencillamente para observarnos.”

El hermano Conner concluye: “Todos vamos a echar de menos las experiencias de que hemos disfrutado juntos. Hemos llegado a conocernos desde una perspectiva diferente al mostrar y recibir amor fraterno como nunca antes. Creemos que solo ha sido una demostración de lo que será el nuevo mundo de Dios, donde los hermanos se ayudarán entre sí porque verdaderamente lo desean”. (2 Pedro 3:13.)

Kobe: “Un montón de escombros de madera, yeso y cuerpos humanos”

Se creía que los habitantes de Kobe estarían preparados. De hecho, cada 1 de septiembre la población observa el día de la Prevención de Catástrofes. Los escolares participan en simulacros de terremoto, el personal militar ensaya misiones de rescate y los bomberos sacan las máquinas simuladoras de terremotos, en las que los voluntarios practican técnicas de supervivencia dentro de una caja del tamaño de una habitación que se sacude y tiembla como en un sismo de verdad. Pero cuando la realidad azotó el 17 de enero de 1995, toda la preparación pareció inútil. Decenas de miles de tejados se derrumbaron, lo que nunca pasó en los simuladores; los trenes volcaron; varios tramos de carreteras desaparecieron; los conductos del gas y el agua se rompieron, y las casas se desplomaron como si fueran de cartón. La revista Time describió la escena como “un montón de escombros de madera, yeso y cuerpos humanos”.

Luego comenzaron los incendios. Los edificios ardían en llamas mientras los bomberos, impotentes, quedaban atrapados en medio de caravanas de autos kilométricas. Los que pudieron llegar a los lugares incendiados, a menudo se encontraron con que el sistema de acueductos de la ciudad estaba dañado y no podían sacar agua. “El primer día, el pánico fue total —dijo un funcionario—. Nunca en la vida me había sentido tan impotente, sabiendo que había tanta gente sepultada en aquellas viviendas incendiadas y que no podía hacer nada para ayudarlas.”

El total de muertos ascendió a unos cinco mil, y aproximadamente cincuenta mil edificios quedaron en ruinas. Kobe disponía solo de un tercio del alimento necesario. Para obtener agua, algunas personas tuvieron que escarbar bajo la tubería rota y recoger el líquido sucio. Mucha de la gente que se quedó sin hogar acudió a los refugios, algunos de los cuales limitaron la comida a una pequeña ración de arroz al día por persona. Pronto reinó el descontento. “Las autoridades no han hecho nada —se quejó un hombre—. Si seguimos confiando en ellas, moriremos de hambre.”

Las congregaciones de los testigos de Jehová de Kobe y de las zonas aledañas se organizaron de inmediato. Un piloto de helicóptero que observó directamente su labor, dijo: “Fui a la zona siniestrada el día del terremoto y pasé allí una semana. Cuando llegué a un refugio, todo era un caos. No se estaba efectuando ninguna labor de socorro. Los testigos de Jehová fueron los únicos que acudieron al lugar a toda prisa y se encargaron de los asuntos uno a uno”.

Efectivamente, hubo mucho trabajo que hacer. Diez Salones del Reino quedaron inutilizados y más de cuatrocientos treinta Testigos perdieron sus hogares. Otros 1.206 vivían en casas que necesitaban reparaciones. Aparte de eso, las familias de quince Testigos que habían perecido en el desastre precisaban consuelo con urgencia.

Unos mil Testigos de todo el país ofrecieron su tiempo para colaborar en las tareas de reparación. “Cuando trabajamos en las casas de los estudiantes de la Biblia que aún no se habían bautizado —relata un hermano—, siempre nos preguntaban: ‘¿Cuánto tendremos que pagarles por todo esto?’. Cuando les decíamos que el trabajo lo sostenían las congregaciones, respondían agradecidos: ‘Lo que hemos estudiado es ahora una realidad’.”

A muchos les sorprendió la rapidez y el afán con que los Testigos reaccionaron ante el desastre. “Quedé muy impresionado —dijo el piloto antes citado—. Se llaman ‘hermanos’. He visto cómo se ayudan mutuamente. Realmente son una familia.”

Los mismos Testigos extrajeron valiosas lecciones del terremoto. Una hermana confesó: “Siempre había pensado que cuanto más grande fuera una organización, más difícil resultaría mostrar interés personal”. Pero el cuidado tierno que recibió la hizo cambiar de parecer. “Ahora sé que Jehová no solo nos cuida como organización, sino también como individuos.” Con todo, la solución permanente de los desastres aún está en el futuro.

SE APROXIMA LA SOLUCIÓN PERMANENTE

Los testigos de Jehová anhelan que llegue el tiempo en que los desastres ya no interrumpan la vida humana ni dejen a la gente sin sustento. En el nuevo mundo de Dios, el hombre aprenderá a cooperar con el medio ambiente. Conforme los humanos abandonen las prácticas egoístas, disminuirá su vulnerabilidad a los peligros naturales.

Además, Jehová Dios, el Creador de las fuerzas de la naturaleza, velará por que estas nunca más amenacen a la familia humana y la creación terrestre. Entonces la Tierra será verdaderamente un paraíso. (Isaías 65:17, 21, 23; Lucas 23:43.) La profecía de Revelación [Apocalipsis] 21:4 tendrá un glorioso cumplimiento: “[Él] limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor. Las cosas anteriores han pasado”.

[Ilustración de la página 5]

Beatrice Jones (izquierda) demuestra cómo ella y otras personas formaron una cadena para vadear el agua

[Ilustración de la página 6]

Labores de socorro después de los tornados

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