‘Hemos hecho lo que deberíamos haber hecho’
Relatado por George Couch
Después de pasar la mañana en el ministerio de casa en casa, mi compañero sacó dos emparedados. Cuando nos los comimos, me dispuse a fumar un cigarrillo. “¿Cuánto llevas en la verdad?”, me preguntó. “La de anoche fue mi primera reunión”, le dije.
NACÍ el 3 de marzo de 1917 en una granja a unos 50 kilómetros al este de Pittsburgo (Pensilvania, E.U.A.), cerca de la pequeña población de Avonmore. Allí criaron mis padres a mis cuatro hermanos, a mi hermana y a mí.
No nos dieron mucha formación religiosa. Hubo un tiempo en que mis padres fueron a la iglesia, pero dejaron de asistir cuando nosotros todavía éramos pequeños. Sin embargo, creíamos en el Creador, y la familia se regía por los principios fundamentales que se hallan en la Biblia.
La preparación más valiosa que me dieron mis padres tuvo que ver con las responsabilidades: cómo asumirlas y cumplir con ellas. Esa era la esencia de la vida en la granja. Sin embargo, no todo era trabajo. Nos divertíamos de manera sana, jugando al baloncesto o al béisbol, montando a caballo y nadando. El dinero escaseaba en aquellos tiempos, pero la vida en la granja era agradable. En los primeros años escolares íbamos a una escuela que únicamente tenía un aula, y para la enseñanza secundaria nos desplazábamos a la ciudad.
Cierta noche iba caminando por la calle con un amigo cuando una hermosa muchacha salió de su casa para saludarlo. Él me presentó a Fern Prugh. Daba la casualidad de que la chica vivía en la misma manzana en la que se encontraba la escuela superior. Cuando pasaba frente a su casa, Fern estaba muchas veces afuera, ocupada con las tareas domésticas. Obviamente, era trabajadora, y aquello me agradó. Cultivamos una profunda relación de amistad y amor, y nos casamos en abril de 1936.
Contacto con la verdad bíblica
Antes de que yo naciera había una anciana a quien la gente de la ciudad maltrataba por causa de su religión. Mi madre la visitaba los sábados, cuando iba de compras a la ciudad. Le limpiaba la casa y la ayudaba con los recados, y así lo hizo hasta que la anciana murió. Creo que Jehová bendijo a mamá por ser tan bondadosa con aquella mujer que era Estudiante de la Biblia, como entonces se conocía a los testigos de Jehová.
Tiempo después, la hija pequeña de mi tía murió repentinamente. Mi tía no encontró mucho consuelo en la iglesia, pero una vecina que era Estudiante de la Biblia sí se lo dio. Esta le explicó lo que sucede cuando alguien muere (Job 14:13-15; Eclesiastés 9:5, 10). Aquello la consoló muchísimo. Mi tía, a su vez, le habló a mamá de la esperanza de la resurrección, un tema que atrajo su interés, pues sus padres habían muerto cuando ella era joven y estaba ansiosa por saber qué le sucede a una persona al morir. Aquella experiencia grabó en mí la importancia de aprovechar todas las oportunidades para dar testimonio de modo informal.
En la década de los treinta mamá empezó a escuchar los domingos por la mañana los programas radiofónicos de Joseph F. Rutherford, que a la sazón era el presidente de la Sociedad Watch Tower Bible and Tract. Fue también por aquellos años cuando los Testigos comenzaron a predicar de casa en casa donde vivíamos. Colocaban un gramófono portátil bajo un árbol frondoso que había en el patio y reproducían los discursos grabados del hermano Rutherford. Aquellas grabaciones, así como La Torre del Vigía y Luz y Verdad (actualmente La Atalaya y ¡Despertad!) mantuvieron vivo el interés de mamá.
Unos cuantos años después, en 1938, se envió a todos los suscriptores de La Atalaya una tarjeta postal para invitarlos a una reunión especial en un hogar particular a unos 25 kilómetros de distancia. Mamá quiso asistir, así que dos de mis hermanos, Fern y yo la acompañamos. Discursaron John Booth y Charles Hessler, superintendentes viajantes de los testigos de Jehová. Fuimos doce en total. A continuación empezaron a organizar un grupo que participaría en el ministerio a la mañana siguiente. Nadie se ofreció para acompañarlos, así que el hermano Hessler me miró y me dijo: “¿Por qué no nos acompañas?”. Yo no sabía exactamente qué era lo que iban a hacer, pero no se me ocurrió ninguna razón para no ayudarlos.
Fuimos de casa en casa hasta cerca del mediodía, y entonces el hermano Hessler sacó dos emparedados. Nos sentamos en la escalinata de la iglesia y empezamos a comer. El hermano Hessler no supo que yo solamente había asistido a una reunión hasta que me vio con aquel cigarrillo. Él mismo se convidó a cenar en nuestra casa aquella noche, y nos pidió que invitáramos a los vecinos para conversar sobre la Biblia. Después de la cena dirigió un estudio bíblico con nosotros y pronunció un discurso ante los aproximadamente diez vecinos que habían venido. Nos dijo que deberíamos celebrar un estudio bíblico semanal. Aunque a los vecinos no les atrajo la idea, Fern y yo nos propusimos llevarlo a cabo.
Progreso en la verdad
Poco después, Fern y yo salimos al ministerio. Ocupábamos el asiento trasero del automóvil, y no habíamos hecho más que encender un cigarrillo cuando mi hermano se volvió hacia nosotros y dijo: “Me acabo de enterar de que los Testigos no fuman”. Al instante, Fern arrojó el cigarrillo por la ventana. Yo terminé el mío. Aunque nos había gustado fumar, nunca volvimos a tener un cigarrillo entre los dedos.
Tras bautizarnos en 1940, Fern y yo asistimos a una reunión en la que estudiamos un artículo que animaba al precursorado, que es como se conoce la obra de predicar a tiempo completo. De regreso a casa, un hermano nos preguntó: “¿Por qué Fern y usted no se van de precursores? No hay nada que se lo impida”. Tuvimos que admitir que no le faltaba razón, así que nos ofrecimos. Con treinta días de antelación notifiqué la renuncia a mi puesto de trabajo e hicimos todos los preparativos para ser precursores.
Consultamos con la Sociedad Watch Tower acerca del lugar donde serviríamos y nos trasladamos a Baltimore (Maryland), donde funcionaba un hogar para precursores en el que el alojamiento y la comida costaban 10 dólares al mes. Teníamos algunos ahorros y pensábamos que con facilidad nos llegarían hasta el Armagedón (Revelación [Apocalipsis] 16:14, 16). Vivíamos con la idea de que al fin y al cabo el Armagedón estaba a la vuelta de la esquina, así que cuando emprendimos el precursorado dejamos atrás nuestro hogar y todo lo demás.
Fuimos precursores en Baltimore desde 1942 a 1947. La oposición a la obra de los testigos de Jehová alcanzó su punto álgido durante aquellos años. En vez de ir en nuestro automóvil a los hogares de las personas con quienes estudiábamos la Biblia, a veces nos llevaban otros. De ese modo no nos cortaban los neumáticos. A nadie le gusta una oposición así, pero puedo decir que siempre disfrutábamos del ministerio del campo. En realidad deseábamos hallar un poco de emoción mientras efectuábamos la obra del Señor.
Pronto se nos acabaron los ahorros. Los neumáticos del automóvil se gastaron, lo mismo que la ropa y los zapatos. En dos o tres ocasiones caímos enfermos durante bastante tiempo. No fue fácil seguir adelante, pero nunca se nos ocurrió rendirnos. Ni siquiera hablamos de ello. Renunciamos a otras comodidades de la vida y seguimos en el precursorado.
Cambios de asignación
En 1947 fuimos a la asamblea de Los Ángeles (California), donde a mi hermano William y a mí nos entregaron una carta de asignación para la obra viajante, que consiste en visitar y ayudar a las congregaciones. En aquel entonces no nos dieron ninguna preparación especial para aquella labor. Sencillamente la emprendimos. Fern y yo servimos durante los siguientes siete años en Ohio, Michigan, Indiana, Illinois y Nueva York. En 1954 nos invitaron a la vigésimo cuarta clase de Galaad, una escuela de formación para misioneros. En su transcurso Fern contrajo la polio. Afortunadamente, se recuperó bien y nos asignaron a la obra viajante en Nueva York y Connecticut.
Mientras servíamos en Stamford (Connecticut), Nathan H. Knorr, el entonces presidente de la Sociedad Watch Tower, nos invitó a pasar un fin de semana con él y con Audrey, su esposa. Nos prepararon un delicioso bistec con guarnición para la cena. Ya nos habíamos tratado antes, y yo conocía lo suficiente al hermano Knorr como para comprender que, aparte de nuestra compañía y de la cena, algo más le rondaba por la cabeza. Más tarde aquella noche me preguntó: “¿Le gustaría venir a Betel?”.
“No estoy muy seguro. Ignoro muchos aspectos de la vida de Betel”, contesté.
Después de pensarlo durante varias semanas, le dijimos al hermano Knorr que iríamos si era su deseo. A la semana siguiente recibimos una carta en la que se nos comunicaba que nos presentáramos en Betel el 27 de abril de 1957, el día de nuestro vigésimo primer aniversario de boda.
En aquel primer día en Betel, el hermano Knorr señaló claramente lo que se esperaba de mí. Me dijo: “Usted ya no es un siervo de circuito; está aquí para trabajar en Betel. Esta es la labor primordial que ha de efectuar, y deseamos que dedique su tiempo y sus energías a poner en práctica la preparación que reciba aquí. Queremos que se quede”.
Una vida con sentido en Betel
En primer lugar me asignaron a los departamentos de Revistas y de Envíos. Al cabo de unos tres años, el hermano Knorr pidió que me presentara en su oficina. Entonces me comunicó que la verdadera razón por la que me trajeron a Betel fue la de trabajar en el Hogar. Sus instrucciones fueron muy claras: “Usted está aquí para hacerse cargo del Hogar Betel”.
La administración del Hogar Betel me recordó las lecciones que mis padres me enseñaron mientras crecía en la granja. Un Hogar Betel se parece mucho al hogar de cualquier familia. Hay ropa que planchar, comidas que preparar, platos que lavar, camas que hacer y otras tareas de ese tipo. La administración del Hogar intenta que Betel sea un lugar acogedor para vivir y al que una persona pueda llamar su hogar.
Creo que las familias pueden aprender muchas lecciones del funcionamiento de Betel. Nos levantamos temprano y comenzamos el día en un tono espiritual analizando un texto bíblico. Se espera que trabajemos con tesón y que llevemos una vida equilibrada a la vez que activa. Betel no se asemeja a un monasterio, como algunas personas pudieran pensar. Llevar una vida organizada nos hace más eficientes. Muchos hermanos han expresado que la preparación que recibieron aquí les ayudó posteriormente a asumir responsabilidades familiares y de la congregación cristiana.
Puede que a los hombres y mujeres jóvenes que vienen a Betel se les asigne a la limpieza, a la lavandería o a las tareas de la fábrica. El mundo tal vez quiera hacernos creer que ese trabajo de carácter físico es degradante o indigno. Sin embargo, los jóvenes de Betel llegan a apreciar que esos cometidos son necesarios para el adecuado y feliz funcionamiento de la familia.
El mundo también fomenta la idea de que se requiere una buena posición y prestigio para ser realmente feliz. No es cierto. Cuando efectuamos lo que se nos manda, estamos ‘haciendo lo que deberíamos estar haciendo’, y recibimos la bendición de Jehová (Lucas 17:10). Solo disfrutamos de verdadero contentamiento y felicidad cuando recordamos el propósito de nuestro trabajo: cumplir la voluntad de Jehová y promover los intereses del Reino. Si tenemos presentes esos objetivos, cualquier tarea puede ser agradable y gratificante.
Una participación privilegiada en la expansión
En la asamblea de Cleveland (Ohio) de 1942, más de una década antes de que viniéramos a Betel, el hermano Knorr pronunció el discurso “Paz... ¿será duradera?”. En él expuso con claridad que la II Guerra Mundial, entonces en curso, acabaría y daría paso a un período de paz que propiciaría una extensa campaña de predicación. En 1943 se establecieron dos escuelas: la de Galaad, que prepararía a los misioneros, y la del Ministerio Teocrático, que mejoraría la calidad de la oratoria de los hermanos. También se organizaron grandes asambleas. Las que se celebraron en el Estadio Yanqui en la década de los cincuenta fueron especialmente relevantes. En las de 1950 y 1953 tuve la oportunidad de ayudar en la organización de la enorme ciudad de casas remolque, que acomodó a decenas de miles de hermanos durante los ocho días que duró cada una de esas grandes reuniones.
Tras aquellas asambleas —incluida la de 1958, la mayor de todas—, se produjo un notable incremento en la cantidad de proclamadores del Reino, lo que repercutió directamente en nuestro trabajo en Betel. A finales de los sesenta y principios de los setenta nos encontramos con una acuciante necesidad de espacio y de alojamiento para los trabajadores. A fin de acomodar a nuestra creciente familia, era preciso disponer de más dormitorios, cocinas y comedores.
El hermano Knorr nos encargó al hermano Max Larson, el superintendente de la fábrica, y a mí la búsqueda de una propiedad adecuada para la ampliación. Cuando llegué a Betel en 1957, los aproximadamente quinientos miembros de la familia se alojaban en un gran edificio residencial. Pero con el paso de los años, la Sociedad adquirió y renovó tres grandes hoteles cercanos —el Towers, el Standish y el Bossert—, así como edificios más pequeños. En 1986, la Sociedad compró la propiedad en la que antes se encontraba el Hotel Margaret, y levantó un nuevo y hermoso edificio con capacidad para unas doscientas cincuenta personas. Posteriormente, a principios de los noventa, se construyó una residencia de treinta plantas para albergar a otros mil trabajadores. En la actualidad, el Betel de Brooklyn puede acomodar y alimentar a los más de tres mil trescientos miembros de nuestra familia.
También se adquirió una propiedad en Wallkill (Nueva York), a unos 160 kilómetros del Betel de Brooklyn. Desde finales de los sesenta, y con el paso de los años, se han construido residencias y una gran imprenta en ese lugar en el que ahora viven y trabajan unos mil doscientos miembros de la familia Betel. En 1980 se inició la búsqueda de un terreno de unas 250 hectáreas más cercano a la ciudad de Nueva York y de fácil acceso por autopista. El agente de la propiedad inmobiliaria se echó a reír y comentó: “¿Dónde van a encontrar ustedes una propiedad como esa? Sencillamente, no es posible”. Pero a la mañana siguiente nos llamó y dijo: “Tengo la propiedad que andan buscando”. Hoy en día se la conoce como el Centro Educativo de la Watchtower de Patterson (Nueva York), en el que funcionan diferentes escuelas y que cuenta con una familia de más de mil trescientos ministros.
Lecciones que he aprendido
He aprendido que un buen superintendente es el que busca el asesoramiento de los demás. Casi todas las ideas que he tenido el privilegio de llevar a la práctica como superintendente de Betel han procedido de otras personas.
Cuando vine a Betel había muchos hermanos mayores, como yo lo soy ahora. En su mayoría ya no están con nosotros. ¿Quién reemplaza a aquellos que envejecen y mueren? No siempre son los que tienen más aptitudes, sino los que están ahí, los que efectúan fielmente su trabajo, aquellos con los que se puede contar.
Otro aspecto importante que recordar es el del valor de una buena esposa. El apoyo de Fern, mi querida esposa, me ha sido de gran ayuda en el cumplimiento de mis deberes teocráticos. Los esposos tienen la responsabilidad de asegurarse de que sus cónyuges disfruten de lo que hacen. Yo intento tener algo planeado que a Fern y a mí nos guste hacer. No tiene por qué ser caro, sino solo un cambio en la rutina. Corresponde al marido lograr que su mujer se sienta feliz. El tiempo que pasa con ella es muy valioso y se termina deprisa, así que es necesario que lo aproveche al máximo.
Me alegro de vivir en los últimos días de los que Jesús habló. Este es el tiempo más emocionante de toda la historia humana. Con los ojos de la fe podemos ver cómo el Señor ensancha su organización y la prepara para el advenimiento del nuevo mundo prometido. Cuando repaso mi vida de servicio a Jehová, me doy cuenta de que es Él quien dirige su organización, no los hombres. Nosotros solo somos sus siervos. Como tales, siempre hemos de buscar su guía. Una vez nos indica lo que hemos de hacer, solo tenemos que poner manos a la obra en unidad.
Si se dedica a servir a la organización, puede estar seguro de que disfrutará de una vida plena y feliz. En cualquier función que desempeñe —ya sea el precursorado, la obra de circuito, servir de publicador en una congregación, el servicio de Betel o la obra misional—, siga las pautas que se le den y valore su cometido. Haga todo lo posible por disfrutar de cada asignación y de cada día de trabajo en el servicio a Jehová. Se sentirá cansado, y puede que abrumado o abatido en ocasiones. Entonces ha de recordar el propósito por el que dedicó su vida a Dios: hacer Su voluntad, no la de usted.
No ha habido ningún día que haya ido a trabajar y no haya disfrutado de ello. ¿Por qué? Porque cuando de todo corazón damos de nosotros mismos a Jehová tenemos la satisfacción de saber que ‘hemos hecho lo que deberíamos haber hecho’.
[Ilustraciones de la página 19]
El Departamento de Revistas
La ciudad de casas remolque, 1950
Como precursores en Baltimore, 1946
En la ciudad de casas remolque con Fern, en 1950
[Ilustración de la página 22]
Con Audrey y Nathan Knorr
[Ilustración de la página 23]
Centro Educativo de la Watchtower, cerca de Patterson (Nueva York)
[Ilustración de la página 24]
Con Fern en la actualidad