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  • Mantengo mi promesa de servir a Dios
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1999
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  • Mi fe se ve sometida a las primeras pruebas
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1999
w99 1/6 págs. 20-23

Mantengo mi promesa de servir a Dios

Relatado por Franz Gudlikies

Tan solo cuatro de los más de cien soldados de mi compañía quedaron con vida. En peligro de muerte, me arrodillé y le prometí a Dios: ‘Si sobrevivo a la guerra, te serviré siempre’.

HICE esa promesa hace cincuenta y cuatro años, en abril de 1945, siendo soldado del ejército alemán. Ocurrió poco antes de que acabase la segunda guerra mundial, cuando las tropas soviéticas lanzaron una gran ofensiva en dirección a Berlín. Nuestros hombres se apostaron cerca de la localidad de Silesia, junto al río Oder, a menos de 65 kilómetros de la capital. Nos bombardearon con artillería pesada día y noche, y mi compañía se estaba quedando diezmada.

Fue entonces cuando, por primera vez en mi vida, me desmoroné y le oré a Dios con lágrimas en los ojos. Recordé un texto bíblico que mi madre, una mujer temerosa de Dios, citaba a menudo: “Llámame en el día de angustia. Yo te libraré, y tú me glorificarás” (Salmo 50:15). Allí, entre las zanjas, y temiendo por mi vida, hice la promesa antes mencionada. ¿Cómo iba a mantenerla? ¿Y cómo había llegado a formar parte del ejército alemán?

Crezco en Lituania

En 1918, durante la primera guerra mundial, Lituania declaró su independencia y adoptó un sistema de gobierno democrático. Nací en el territorio de Memel (Kláipeda), cerca del mar Báltico. Lituania se anexionó la región un año antes de mi nacimiento.

Mis cinco hermanas y yo tuvimos una infancia feliz. Mi padre era como un amigo íntimo; de niños, siempre hacía cosas con nosotros. Él y mi madre pertenecían a la Iglesia Evangélica, pero no asistían a los servicios religiosos porque a ella le disgustaba la hipocresía del pastor. A pesar de todo, amaba a Dios y su Palabra, la Biblia, la cual leía con avidez.

En 1939, Alemania tomó la parte de Lituania donde vivíamos. Después, a principios de 1943, el ejército alemán me llamó a filas. Fui herido durante una batalla, pero al recobrarme de las heridas regresé al Frente Oriental. Para entonces, el curso de la guerra había cambiado y los alemanes se batían en retirada ante las tropas soviéticas. Fue en aquel momento cuando escapé con vida de milagro, como ya he mencionado en la introducción.

Mantengo mi promesa

Durante la guerra, mis padres se mudaron a Oschatz (Alemania), al sureste de Leipzig. Al acabar el conflicto fue difícil localizarlos. Pero ¡qué felicidad sentimos cuando por fin nos reunimos de nuevo! Poco después, en abril de 1947, acompañé a mamá a un discurso público pronunciado por Max Schubert, que era testigo de Jehová. Ella creía que había encontrado la religión verdadera, y tras asistir a unas cuantas reuniones más, yo llegué a la misma conclusión.

Al poco tiempo, mamá se cayó de una escalera y sufrió lesiones de las que moriría algunos meses más tarde. En el hospital, antes de fallecer, ella me animó diciéndome con cariño: “A menudo le he pedido a Dios que por lo menos uno de mis hijos pueda encontrar el camino que conduce hasta Él. Ahora veo que mis oraciones han sido contestadas y puedo morir en paz”. Espero con impaciencia el día en que mi madre se despierte de la muerte y se dé cuenta de que se ha cumplido su deseo (Juan 5:28).

El 8 de agosto de 1947, tan solo cuatro meses después de escuchar el discurso del hermano Schubert, me bauticé en una asamblea de Leipzig como símbolo de mi dedicación a Jehová Dios. Por fin estaba dando pasos para cumplir la promesa que le había hecho a Dios. En seguida me hice precursor, como se denomina a los ministros de tiempo completo de los testigos de Jehová. Entonces había casi cuatrocientos precursores en lo que más tarde se convertiría en la República Democrática Alemana o Alemania Oriental.

Mi fe se ve sometida a las primeras pruebas

Un vecino de Oschatz intentó que me interesase por el marxismo ofreciéndome una educación universitaria subvencionada por el Estado si me afiliaba al partido socialista unificado de Alemania (SED). Rechacé la oferta igual que Jesús rechazó el ofrecimiento de Satanás (Mateo 4:8-10).

Un día de abril de 1949, dos policías vinieron a mi lugar de empleo y me pidieron que los acompañase. Me llevaron a la oficina local del servicio de inteligencia soviético y allí se me acusó de trabajar para los capitalistas occidentales. Podía demostrar mi inocencia, dijeron, si mientras continuaba con mi labor de casa en casa delataba a los que hablasen mal de la Unión Soviética o del SED, así como a cualquiera que asistiese a las reuniones de los testigos de Jehová. Cuando rehusé cooperar me encerraron en una celda. Más tarde me llevaron ante lo que parecía un tribunal militar. La sentencia: ¡Quince años de trabajos forzados en Siberia!

Mi tranquilidad impresionó a los oficiales. Entonces me dijeron que la sentencia continuaría en vigor, pero que de momento bastaba con que me presentara una vez a la semana hasta que estuviese dispuesto a cooperar con ellos. Puesto que necesitaba el consejo de Testigos más maduros, viajé a Magdeburgo, donde se encontraba la sucursal de la Sociedad Watch Tower. El viaje no fue fácil porque estaba bajo vigilancia. Ernst Wauer, que servía en el Departamento de Asuntos Legales de Magdeburgo, me dijo: “Lucha y ganarás. Transige y serás derrotado. Esto es lo que aprendí en el campo de concentración”.a Su consejo me ayudó a mantener mi promesa de servir a Jehová.

Proscripción y nuevo arresto

En julio de 1950 me recomendaron como superintendente viajante. Sin embargo, el 30 de agosto la policía asaltó nuestras instalaciones en Magdeburgo y se proscribió la predicación. De modo que mi asignación cambió. Paul Hirschberger y yo trabajaríamos con unas cincuenta congregaciones, dos o tres días con cada una, ayudando a los hermanos a organizarse para llevar a cabo su ministerio bajo la proscripción. En los meses que siguieron, escapé de la policía seis veces.

Alguien se había infiltrado en una de las congregaciones y nos denunció al Stasi, el Servicio de Seguridad Estatal. Así pues, en julio de 1951 cinco hombres armados nos arrestaron a Paul y a mí en la calle. Al mirar atrás, nos dimos cuenta de que no habíamos confiado en la organización de Jehová tanto como debiéramos. Los hermanos mayores nos habían aconsejado que nunca viajásemos juntos. El exceso de confianza hizo que perdiéramos nuestra libertad. Además, no habíamos comentado de antemano lo que diríamos en caso de arresto.

A solas en mi celda, le supliqué a Jehová llorando que me ayudase a no traicionar a mis hermanos y a no renegar de mi fe. Después me quedé dormido. De repente me despertó la voz de mi amigo Paul. Justo encima de mi celda se encontraba la habitación donde le estaba interrogando el Stasi. Dado que era una noche calurosa y húmeda, la puerta del balcón estaba abierta y pude escucharlo todo aunque me llegaba tan solo un susurro. Más tarde, cuando me interrogaron a mí di las mismas respuestas, lo que sorprendió a los oficiales de policía. El texto bíblico favorito de mi madre: “Llámame en el día de angustia. Yo te libraré”, acudía una y otra vez a mi mente y me animaba mucho (Salmo 50:15).

Tras el interrogatorio, Paul y yo pasamos cinco meses en detención preventiva en la prisión del Stasi de Halle y posteriormente en Magdeburgo. Mientras estaba en Magdeburgo, de vez en cuando alcanzaba a ver nuestra sucursal entonces cerrada. ¡Cuánto deseaba poder estar trabajando allí! En febrero de 1952 se anunció nuestra sentencia: “Diez años de prisión y veinte años sin derechos civiles”.

Conservo mi fe en la prisión

Los testigos de Jehová sentenciados a por lo menos diez años llevaron por algún tiempo una identificación especial: una cinta roja cosida a una pernera del pantalón y a una manga de la chaqueta. También pegaban un pequeño redondel de cartulina roja en la puerta de la celda para advertir a los guardas que éramos criminales peligrosos.

De hecho, las autoridades nos consideraban los peores criminales. No se nos permitía tener una Biblia, porque como dijo un guarda: “Un testigo de Jehová con una Biblia en sus manos es como un delincuente con pistola”. Para conseguir fragmentos de la Biblia, leíamos las obras del escritor ruso Liev Tolstói, que con frecuencia citaba textos bíblicos, y los aprendíamos de memoria.

Antes de mi arresto en 1951, me había comprometido con Elsa Riemer. Ella me visitaba en la prisión tan a menudo como le era posible y una vez al mes me enviaba un paquete con comida, en el que escondía alimento espiritual. Una vez, introdujo artículos de La Atalaya en unas salchichas. Los guardas solían rebanarlas para comprobar que no hubiera nada escondido dentro, pero en esta ocasión el paquete llegó justo antes de que terminase el día de trabajo y nadie lo revisó.

Por aquel entonces, Karl Heinz Kleber y yo compartíamos una pequeña celda con tres reclusos que no eran Testigos. ¿Cómo íbamos a leer La Atalaya sin que nos observasen? Pues bien, fingimos leer un libro en el que previamente habíamos escondido los artículos. También pasamos este valioso alimento espiritual a otros compañeros Testigos que estaban en la prisión.

Durante nuestro encarcelamiento aprovechábamos las oportunidades que surgían para hablar acerca del Reino de Dios. Fue emocionante ver como uno de los presos se hizo creyente (Mateo 24:14).

Regreso al ministerio de tiempo completo

El 1 de abril de 1957, después de casi seis años entre rejas, me pusieron en libertad. Menos de dos semanas más tarde, contraje matrimonio con Elsa. Cuando el Stasi se enteró de mi puesta en libertad, buscaron una excusa para devolverme a prisión. Para evitarlo, Elsa y yo cruzamos la frontera de Berlín Este.

Una vez allí, la Sociedad quiso saber qué planes teníamos. Les explicamos que uno de nosotros sería precursor mientras que el otro trabajaría seglarmente.

“¿Qué tal si ambos son precursores?”, nos preguntaron.

“Si eso es posible —respondimos— empezaremos ahora mismo.”

De este modo recibimos una pequeña cantidad de dinero todos los meses para poder mantenernos y comenzamos a servir de precursores especiales en 1958. ¡Qué gozo obtuvimos al observar a aquellos que habían estudiado la Biblia cambiar su vida y hacerse siervos de Jehová! Los diez años de precursorado especial que siguieron nos enseñaron a trabajar juntos como matrimonio. Elsa siempre estaba a mi lado, incluso cuando arreglaba el automóvil. Leíamos, estudiábamos y orábamos juntos.

En 1969 nos designaron para la obra viajante, visitábamos una congregación diferente cada semana para atender las necesidades de sus miembros. Josef Barth, un hermano con experiencia en esta labor, me ofreció el siguiente consejo: “Si quieres realizar un buen trabajo en tu asignación, sé tan solo un hermano para los hermanos”. Intenté aplicar el consejo. De este modo, tuvimos una afectuosa y armoniosa relación con nuestros compañeros Testigos, lo que facilitó la tarea de dar consejo cuando fue necesario.

En 1972, a Elsa le diagnosticaron un cáncer y tuvo que operarse. Más tarde, también le apareció reumatismo. Pese a sus muchos dolores, todavía me acompañaba todas las semanas, sirviendo a las congregaciones y trabajando con las hermanas en el ministerio tanto como le era posible.

Nos amoldamos a las necesidades

En 1984 mi suegros necesitaban atención constante, por lo que dejamos la obra viajante para ayudarles hasta que murieron cuatro años después (1 Timoteo 5:8). Luego, en 1989, Elsa enfermó de gravedad. Felizmente, se ha recuperado un poco, aunque ha sido necesario que yo me ocupe de todas las labores de la casa. Todavía estoy aprendiendo a tratar con alguien que sufre constantes dolores. Aun así, a pesar del estrés y la tensión, hemos conservado el amor por las cosas espirituales.

En la actualidad, gracias a Dios, todavía somos precursores. Nos hemos dado cuenta, sin embargo, de que lo importante no es la asignación que tengamos ni cuánto seamos capaces de hacer, sino que permanezcamos fieles. Queremos servir a nuestro Dios, Jehová, por toda la eternidad, no solo por unos cuantos años. Nuestras experiencias han sido una maravillosa preparación para el futuro. Jehová nos ha dado la fuerza que necesitábamos para alabarle incluso en las circunstancias más difíciles (Filipenses 4:13).

[Nota]

a La biografía de Ernst Wauer apareció en La Atalaya del 1 de agosto de 1991, págs. 25-29.

[Ilustraciones de la página 23]

Fui encarcelado aquí en Magdeburgo

Cuando nos casamos en 1957

Con Elsa en la actualidad

[Reconocimiento]

Gedenkstätte Moritzplatz Magdeburg für die Opfer politischer Gewalt; foto: Fredi Fröschki, Magdeburgo

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