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  • Cosas preconocidas por Dios
    La Atalaya 1971 | 1 de julio
    • a una clase, a la congregación cristiana o “nación santa” de llamados en conjunto (1 Ped. 2:9), los textos previamente citados significarían que Dios preconoció y predeterminó que se produciría una clase de esta índole (pero no específicamente a los individuos que la formarían). También, estos textos significarían que él prescribió o predeterminó el ‘modelo’ al cual tendrían que conformarse todos los que al debido tiempo fueran llamados para ser miembros de ella, todo esto según su propósito. (Rom. 8:28-30; Efe. 1:3-12; 2 Tim. 1:9, 10) Él también predeterminó las obras que se esperaría que éstos llevaran a cabo y el que fueran probados debido a los sufrimientos que el mundo les causaría.—Efe. 2:10; 1 Tes. 3:3, 4.

      Por consiguiente, el ejercicio de la presciencia de Dios no nos libra de la responsabilidad de esforzarnos por cumplir con su voluntad justa.

  • Preguntas de los lectores
    La Atalaya 1971 | 1 de julio
    • Preguntas de los lectores

      ● ¿Cuál debe ser el punto de vista del cristiano tocante a pagar sus cuentas?—L. D., EE. UU.

      Aunque esta pregunta puede abarcar un sinnúmero de situaciones, la respuesta básica es bastante sencilla. El siguiente consejo de Romanos 13:8 definitivamente aplica a este asunto: “No deban a nadie ni una sola cosa, salvo el amarse los unos a los otros.” Ciertamente sería desamoroso el que una persona evitara el pagar dinero que debiera a otro, sea que lo deba debido a haber tomado dinero prestado o debido a haber recibido mercancías o servicios. En armonía con esto el inspirado salmista escribió: “El inicuo está pidiendo prestado y no devuelve, pero el justo está mostrando favor y está haciendo regalos.”—Sal. 37:21.

      ¡También está relacionado con el asunto el hecho de que los cristianos son honrados! El apóstol Pablo expresó muy bien el punto al decir: “Confiamos en que tenemos conciencia honrada, puesto que deseamos comportarnos honradamente en todas las cosas.” (Heb. 13:18) Cuando una persona efectúa una compra, de hecho dice que conviene en pagar la mercancía recibida. Por varias razones casi siempre es prudente pagar en efectivo y no acumular cuentas.a Sin embargo, puede darse el caso en que al cristiano se le cargue a su cuenta una compra. En casi todo lugar la persona que está en esa posición está obligada a pagar por lo que ha comprado, o enfrentarse a acción jurídica. Pero más bien que por cualquier temor de una consecuencia de esa índole, el cristiano es impelido por un deseo personal de cumplir con el acuerdo implícito que hizo cuando compró la mercancía. Acepta y sigue el consejo de Jesús: “Signifique su palabra Sí, Sí, su No, No.”—Mat. 5:37.

      Es bastante común que las personas mundanas a quienes poco les importa tener la aprobación de Dios sean voluntariosamente negligentes en cuanto a pagar sus cuentas. Quizás a muchas de estas personas les repugne la idea de forzar una tienda y hurtar mercancía de los anaqueles. Pero consideran poco importante el tomar la misma mercancía por la puerta de enfrente y luego deliberadamente rehusar pagar por ella. ¿Difiere esto mucho de hurtar?

      A veces uno recibe una cuenta por algún servicio que se le ha prestado, como de una persona que efectúa reparaciones, de un doctor u hospital. El hecho de que uno no haya recibido mercancías o artículos no cambia de ninguna manera la realidad de su obligación. Típico del punto de vista legal en muchos lugares es la siguiente declaración de American Jurisprudence (tomo 58, pág. 512): “Cuando no hay circunstancias que indiquen lo contrario, se infiere que la persona que solicita que otra le rinda servicios conviene mediante ello en pagar por los servicios que se le prestan.” Un proceder prudente que puede impedir que surjan dificultades es determinar tan aproximadamente como sea posible con anticipación cuánto costará el servicio. Esto aplica sea que uno trate con un profesional como un dentista, abogado o doctor, o con un artesano como un carpintero, pintor o electricista. Jesús recomendó una actitud de previsión como ésta cuando dijo: “¿Quién de ustedes que quiere edificar una torre no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo suficiente para completarla?”—Luc. 14:28.

      A los testigos de Jehová se les conoce bien por su honradez en todo aspecto de la vida. Y así es como debe ser. Saben que para tener la aprobación de Dios tienen que ser tan honrados en sus asuntos financieros como en cualquier otro aspecto de la vida. De modo que no participan en actividades comerciales astutas que defraudan a los clientes o al gobierno, no excusan tratos faltos de honradez o ética, ocultándose tras leyes corporativas u otras argucias legales, ni voluntariosamente dejan de pagar sus cuentas.b Todo esto va de acuerdo con el consejo de la Biblia de ser honrados y evitar el mentir, el hurtar, el defraudar y la codicia.—Col. 3:9; Efe. 4:28; 1 Cor. 6:8-10.

      En el caso raro en que suceda algo inesperado, como un accidente, y esto haga imposible que el cristiano pague en ese momento una cuenta, su honradez y equidad lo guiarán. Por ejemplo, por consideración a su acreedor se comunicará con él y le explicará lo que ha sucedido. Es muy probable que el acreedor aprecie muchísimo la franqueza del cristiano y convenga en aceptar pagos menores o algo semejante en vez de pasar el caso a una agencia de cobranzas y luego recibir solo una porción de lo que se cobre. La obvia honradez del cristiano al estar determinado a pagar la cuenta se destacará en contraste evidente con las personas que simplemente pasan por alto una cuenta que no pueden o prefieren no pagar.

      De modo que aun en el asunto de pagar cuentas el cristiano puede sostener la excelente reputación que tienen los testigos de Jehová de ser honrados. Así no se le acarrea ningún vituperio a la congregación, y se continúa hablando recomendatoriamente del camino de la verdad.—2 Ped. 2:2.

      ● ¿Cuál es el “tercer cielo” y el “paraíso” a los que se refiere 2 Corintios 12:2, 4?—R. B., EE. UU.

      En 2 Corintios 12:2-4 el apóstol Pablo describe a uno que fue “arrebatado . . . hasta el tercer cielo” y “al paraíso.” Puesto que no se menciona en las Escrituras a ninguna otra persona que haya tenido una experiencia de esta clase, parece probable que ésta haya sido una experiencia que tuvo el mismo apóstol Pablo. Aunque algunos se han esforzado por relacionar la referencia de Pablo al “tercer cielo” con el punto de vista rabínico primitivo de que había etapas de cielo, hasta un total de “siete cielos,” este punto de vista no tiene apoyo en las Escrituras.

      Cuando examinamos el contexto, se hace patente que el apóstol no está refiriéndose a los cielos dentro de la expansión atmosférica de la Tierra ni al espacio exterior. El apóstol escribió: “Pasaré a visiones y revelaciones sobrenaturales del Señor. Conozco a un hombre en unión con Cristo que, hace catorce años —si en el cuerpo no lo sé, o fuera del cuerpo no lo sé; Dios lo sabe— fue arrebatado como tal hasta el tercer cielo. . . . fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inexpresables que no le es lícito al hombre hablar.”—2 Cor. 12:1-4.

      Por lo tanto parece que la referencia al “tercer cielo” se relaciona con los cielos espirituales e indica el grado superlativo del arrobamiento en que se contempló esta visión. Tocante a eso, uno puede notar la manera en que las palabras y las expresiones se repiten tres veces en Isaías 6:3; Ezequiel 21:27, Juan 21:15-17 y Revelación 4:8, evidentemente con el propósito de expresar una intensificación de la calidad o idea.

      Arrebatado al “tercer cielo,” el que vio la visión entró en el “paraíso” y oyó palabras inexpresables. Una clave para entender la descripción de la visión de Pablo se encuentra en las profecías de las Escrituras Hebreas que se relacionan con la restauración del pueblo antiguo de Dios. En las páginas de muchos libros proféticos de la Biblia se encuentran promesas divinas en cuanto a que Israel sería restaurado a su patria desolada desde las tierras donde estaría desterrado. Dios haría que la tierra abandonada fuera labrada y sembrada, que produjera abundantemente y abundara en humanos y animales; las ciudades serían reedificadas y habitadas y la gente diría: “Esa tierra de allí que había estado desolada ha llegado a ser como el jardín de Edén.”—Eze. 36:6-11, 29, 30, 33-35; compare con Isaías 51:3; Jeremías 31:10-12; Ezequiel 34:25-27.

      Sin embargo, estas profecías también muestran que las condiciones paradisíacas se relacionaban con la gente misma. Por ser fieles a Dios, ellos ahora podrían “brotar” y florecer como ‘árboles de justicia,’ disfrutando de hermosa

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