Nuestra labor no es en vano (Heb. 6:10)
Viajes por las montañas
El estado Chin se encuentra a una altura de 900 a 1.800 metros (3.000 a 6.000 pies) sobre el nivel del mar, pero algunas de sus montañas alcanzan los 3.000 metros (10.000 pies). La mayoría de ellas están cubiertas de densas junglas donde abundan altísimos árboles de teca, majestuosas coníferas, coloridas flores de rododendro y delicadas orquídeas. El territorio es tan imponente y salvaje que viajar por él es muy difícil. Los pueblos están comunicados por sinuosos caminos polvorientos que se tornan casi intransitables cuando llueve, o quedan cortados por los desprendimientos de tierra. Por si fuera poco, a muchas de las aldeas más remotas solo se puede llegar a pie. Pero estos obstáculos no han impedido que los siervos de Jehová cumplan con su propósito de anunciar las buenas nuevas al mayor número posible de personas.
La hermana Aye Aye Thit acompañó a su esposo en la obra de circuito por el estado Chin. Ella cuenta: “Como me crié en las llanuras del delta del Irawadi, me impresionó la belleza de los montes Chin. Subí mi primera montaña con mucho entusiasmo, pero al llegar a la cima casi me desmayo. Varias montañas después, mi agotamiento era tal que pensé que me moría. Poco a poco aprendí a subir las montañas a mi ritmo y sin gastar tanta energía. Así logré caminar hasta 32 kilómetros (20 millas) diarios en viajes que duraban seis días o más”.
A lo largo de los años, los hermanos del estado Chin han usado varias formas de transporte: mulas, caballos, bicicletas y, más recientemente, motocicletas, camiones de pasajeros y vehículos todoterreno. Pero la forma más común de desplazarse siempre ha sido a pie. Por ejemplo, para llegar a las aldeas que rodean Matupi, los precursores especiales Kyaw Win y David Zama tenían que caminar un sinnúmero de kilómetros por escarpadas montañas. Los miembros de la congregación de Matupi, por su parte, caminaban de seis a ocho días de ida y otros tantos de vuelta para asistir a la asamblea en Hakha, a más de 270 kilómetros (170 millas) de distancia. En el camino iban entonando cánticos del Reino que resonaban por entre las hermosas montañas.
Además de ser extenuantes, aquellos viajes exponían a los hermanos al severo clima de montaña, a nubes de mosquitos y a toda clase de insectos desagradables, especialmente durante la temporada lluviosa. “Cierto día, mientras atravesaba una selva, vi que me subían sanguijuelas por las piernas —recuerda Myint Lwin, superintendente de circuito—. Cuando me las arranqué, se me treparon dos más. Me subí de un salto a un árbol caído, pero cientos de sanguijuelas empezaron a trepar por el tronco. Aterrado, me eché a correr y cuando por fin llegué a la carretera, estaba cubierto de sanguijuelas.”
Pero para los viajeros, las sanguijuelas eran lo de menos. Myanmar también cuenta con jabalíes, osos, leopardos, tigres y, según algunas fuentes, con la mayor variedad de serpientes venenosas del mundo. Por eso no sorprende que Gumja Naw, superintendente de distrito, y su esposa, Nan Lu, encendieran varias hogueras a su alrededor para mantener alejados a los animales salvajes durante la noche cuando visitaban las congregaciones en el estado Chin.
El legado de esos incansables evangelizadores todavía perdura. Maurice Raj menciona: “Sirvieron a Jehová con todas sus fuerzas. Aun después de irse del estado Chin, estaban dispuestos a volver. Sin duda, sus esfuerzos honraron a Jehová”. En la actualidad, pese a ser una de las regiones menos pobladas del país, en el estado Chin hay siete congregaciones y varios grupos aislados.