¡Cuando azota un desastre!
Por el corresponsal de “¡Despertad!” en Australia
ERAN las 8:40 de la mañana el martes 18 de enero de 1977. Mi esposa y yo nos dirigíamos en auto a nuestra próxima asignación con una congregación de Sydney, Australia. De repente una patrulla policíaca de rescate, con sirenas chillando, nos alcanzó y pasó a gran velocidad. Dentro de minutos ambulancias y bombas de incendios venían de casi toda calle secundaria para unirse al coro de señales de advertencia a medida que se apresuraban a la escena del peor desastre ferroviario en la historia de Australia.
El tren, que llevaba a unos 600 viajeros abonados, y tan lleno que solo quedaba en él sitio para estar de pie, descarriló en una larga curva suave en el momento preciso de pasar bajo un puente en la estación Granville. Arrancó los postes de hierro que sostenían el puente. En segundos, una sección de 200 toneladas cayó estrepitosamente sobre dos de los coches atestados. Descendiendo con un terrible rugido, aplastó a ambos coches y a sus pasajeros y los redujo a un espacio de solo 0,6 metros. Tres automóviles cayeron junto con el puente de arriba, empeorando la escena de confusión y destrucción.
La ciudad se une
La tragedia unió a la ciudad de una manera nunca vista. Los noticieros pasmados se hallaban sin aliento para hablar, agobiados por la emoción humana. Algunos lloraban al observar la escena. El Dr. Louis Kline del Hospital Royal Prince Henry de Sydney dijo: ‘¡Había caos . . . completo caos! Todos trabajaban frenéticamente. Nos dirigimos directamente a los restos de la descarriladura . . . Debajo estaba una de las escenas más horribles que jamás he visto.’
En el lugar del accidente, los pasajeros se esforzaban por despedazar con las manos lo que les impedía llegar a los que estaban atrapados y lesionados para ayudarlos. Se estaban administrando medicamentos para mitigar el dolor, oxígeno y sangre, y se estaban ejecutando amputaciones ahí mismo. Los rescatadores se metían valientemente debajo del pedazo grueso de hormigón que se había caído, para suministrar ayuda a los que podían recibirla y consuelo a los que estaban muriendo. Para algunos el auxilio llegó; para otros nunca podría llegar. Fue tan repentina la muerte que les sobrevino que algunos todavía tenían los periódicos en las manos.
El Programa Metropolitano para Desastres, diseñado para situaciones justamente como ésta, funcionó con rapidez y precisión. Muchos comercios donaron alimentos y surtidos. Centenares de personas ofrecieron alojamiento y transportación a los parientes de las víctimas, según los necesitaban. También los moteles, a una distancia de más de 3.000 kilómetros, ofrecieron alojamiento a los parientes afligidos o a los lesionados. Darwin, una ciudad devastada por un ciclón el 25 de diciembre de 1974, y a una distancia de casi 5.000 kilómetros, inició una súplica a favor de las víctimas y sus familias.
A menudo se nota que en las ciudades grandes la gente no está dispuesta a cooperar ni participar activamente. Pero este día en Sydney la apatía no era el espíritu que reinaba. El horripilante drama de rescate continuó por treinta y un horas hasta que se llevó el último de los muertos del sitio de las ruinas. Al fin la cuenta ascendió a ochenta y dos personas que habían perdido la vida, y más de noventa lesionadas, algunas de ellas críticamente.
Efecto en nuestra predicación
Como superintendente viajante de los testigos de Jehová, estaba ansioso de participar en nuestra acostumbrada actividad de testificar de casa en casa. La gente necesitaba “consuelo de las Escrituras.” (Rom. 15:4) Por eso, mi esposa y yo nos reunimos esa mañana con un pequeño grupo de testigos de Jehová a fin de visitar a la gente de ese distrito. Hasta entonces los residentes de esta región en particular habían manifestado gran indiferencia al mensaje bíblico del Reino, con su promesa de tiempos mejores, la abolición de la muerte y el fin de la tristeza. Sin embargo, hallamos una situación muy diferente durante la semana que estuvimos allí.
Los residentes de Sydney estaban en un estado de shock debido al horror que había azotado. Aunque la mayoría de la gente parecía consolarse con la idea de que “cuando le llegue a uno su tiempo hay que irse,” la realidad de la muerte y la incertidumbre de la vida llegaron a ser temas que verdaderamente preocupaban a muchos. Preguntas acerca de estos asuntos reemplazaron la anterior apatía e indiferencia.
Al ir de casa en casa compartiendo el mensaje de la Biblia, nos referimos a estas palabras de Eclesiastés 9:11, 12: “El tiempo y el suceso imprevisto les acaecen a todos. Porque tampoco conoce el hombre su tiempo. . . . son cogidos en lazo los hijos de los hombres en un tiempo calamitoso, cuando cae sobre ellos de repente.” Pero también enfatizamos la promesa de la Biblia de que se acerca un tiempo en que “la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor.” (Rev. 21:4) Estas declaraciones bíblicas engendraron muchísimo interés entre personas que previamente no parecían tener el deseo de considerar cosas espirituales.
Casi todos nuestros asociados que tuvieron el privilegio de hacer visitas de casa en casa durante esta semana memorable dejaron con los amos de casa numerosos ejemplares del libro Buenas nuevas... que le harán feliz, publicado por la Sociedad Watch Tower, que explica por qué la humanidad podrá tener protección de semejantes desastres en el nuevo orden de Dios, ya muy cercano. Adicionalmente, en muchos casos al visitar a la gente, fue posible tener conversaciones bíblicas que les proporcionó algo animador en qué pensar.
¡De cuánta importancia es que no esperemos hasta que ocurra un siniestro para considerar asuntos espirituales o para interesarnos activamente en el bien de nuestro congénere! La Biblia nos advierte que se acerca rápidamente una “grande tribulación” de proporciones gigantescas. Los que ahora, por medio de estudiar la Biblia, aprenden acerca de esta calamidad inminente podrán dar pasos para evitar la destrucción que ésta acarreará.—Mat. 24:21.