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  • g90 8/3 págs. 16-19
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  • De delincuente a misionero
  • ¡Despertad! 1990
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¡Despertad! 1990
g90 8/3 págs. 16-19

De delincuente a misionero

Era el 6 de agosto de 1950. Yo estaba de pie junto a mi madre en el estadio Yankee de la ciudad de Nueva York. Asistíamos a una asamblea internacional de los testigos de Jehová, aunque entonces ninguno de nosotros lo era. Asombrado, miré a toda aquella multitud, más de cien mil personas reunidas en el estadio y sus alrededores, y no había empujones ni habla injuriosa, peleas, o arrebatos de cólera. Recuerdo que le dije a mi madre: “Esto es increíble. En las organizaciones y lugares en los que he estado por lo general ha habido peleas. Mamá, esto tiene que ser la verdad”. Ella solo me apretó la mano y sonrió, pues conocía mi pasado como solo es capaz de conocerlo una madre. Permítanme que les explique un poco de mi vida.

Nací en 1930 en Metropolis —una pequeña ciudad ubicada a orillas del río Ohío, en el Sur de Illinois (E.U.A.)—, cuando el mundo estaba sumido en la Gran Depresión. Yo era el noveno de once hijos, y me criaron en la religión luterana. Mi madre solía sentarse por las tardes a leerme la Biblia, y a mí me gustaban mucho aquellos momentos. Ella me enseñó el texto de Juan 3:16, que dice: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que ejerce fe en él no sea destruido, sino que tenga vida eterna”, y me decía que nunca olvidase el amor que Dios nos tiene. Yo recordaba con frecuencia ese texto y me lo repetía cuando estaba solo, pero no podía entender con exactitud cómo nos amaba Dios ni lo que este amor significaría para mí. Recuerdo habérselo preguntado a varias personas de inclinación religiosa, y ellas me daban una serie de respuestas como: “Dios nos da los árboles y las flores”; “Dios nos da la vida”; “Dios nos da los animales, las hermosas estrellas y la lluvia que hace crecer las cosas”. Entonces yo pensaba: “Pero todas estas cosas ya existían antes de que naciese Jesús. El texto promete vida eterna y, sin embargo, mi hermano y mi hermana han muerto”. Cuando les decía eso, ellos respondían: “Sí, pero la vida eterna viene después de la muerte”. De modo que, ya de niño me sentía confundido y no tardé mucho en perder el interés en la religión y en la escuela dominical.

Para cuando cumplí los diez años, ya era un delincuente juvenil y pertenecía a una pandilla callejera, de la que a veces hasta era el cabecilla. Siempre estaba metido en problemas con las autoridades. Cuando mi padre veía un automóvil de policía en nuestra calle, daba por sentado que venían a preguntar por mí y decía: “Llama a Robert. Aquí está la policía”. Mis padres sufrieron mucho por mi conducta, y mi padre me suplicaba que dejase de asociarme con aquella pandilla de delincuentes. Estaba tan desalentado que me decía: “Nos has causado más problemas que todos tus hermanos juntos, y solo por culpa de tus compañías”. Aunque parezca extraño, mamá solía decir a mi padre: “Cambiará. Espera, y verás como Robert algún día será un ministro [religioso]”.

La verdad de Dios me cambia

Entonces sucedió algo que iba a tener un profundo efecto en mi vida. En 1948 mi hermana Evelyn empezó a estudiar la Biblia con los testigos de Jehová. Pero en esas fechas lo único que yo conocía de ellos era su neutralidad en cuestiones nacionales y políticas. Yo era bastante nacionalista y no quería que mi hermana se mezclase con esas personas. Me opuse con firmeza, pero aun así, captó la verdad de lo que estaba aprendiendo y no me hizo caso. Hasta el día de hoy, tanto ella como la mayor parte de sus hijos y nietos están sirviendo fielmente a Jehová Dios. Ahora les agradezco a ella y a Dios su persistencia, pues un día, mientras yo estaba en la cocina, oí por casualidad lo que comentaba con la persona que le daba clases de la Biblia y me enteré de que habría un paraíso terrestre y de la posibilidad de vivir para siempre en él. Recordé Juan 3:16 y pensé: “Este es el amor que Dios nos tiene por medio de Jesús”. Después de aquello, cada semana escuchaba desde la cocina. Al poco tiempo me invitaron a sentarme en el estudio y así llegué a conocer al amoroso y verdadero Dios, Jehová.

Mis padres también asistían al estudio y continuaron estudiando la Biblia cuando se trasladaron a Ypsilanti (Michigán, E.U.A.), donde poco después me reuní con ellos. En 1950 asistí por primera vez a una asamblea de los testigos de Jehová; era una asamblea internacional de una semana de duración, que se celebraba en el estadio Yankee de la ciudad de Nueva York. El amor verdadero que allí se demostró me convenció de que esa era la clase de personas que yo quería tener como asociados íntimos por el resto de mi vida. En aquella asamblea me dediqué para servir a Jehová, el Dios verdadero.

En el viaje de regreso de la asamblea a Michigán tuvimos el gozo de visitar la Escuela Bíblica de Galaad de la Watchtower, escuela en la que los ministros reciben instrucción para servir en el campo misional en otros países. En aquel tiempo, la escuela estaba ubicada en un hermoso lugar cerca de South Lansing (Nueva York). Fue durante aquella visita que me puse la meta de ser misionero.

El 10 de septiembre de 1950, a la edad de diecinueve años, me bauticé junto con otras dos personas en un pequeño riachuelo que pasaba por una granja. Ahora tenía otras compañías, y cuando me tropezaba con algunos de mis anteriores compañeros, me preguntaban qué había pasado. Aunque algunos me decían que estaba loco, lo cierto es que nunca me había sentido tan cuerdo en toda mi vida. Mi padre estaba asombrado y muy feliz.

En 1951 me casé con Earline Merlau Olson, cuyo pasado era muy distinto al mío, pues había sido criada por padres totalmente dedicados a Dios. Había empleado sus vacaciones escolares en la actividad de predicar de tiempo completo y esperaba ensanchar su servicio al campo misional.

Seguimos tras nuestras metas a pesar de las dificultades

Mi posición de neutralidad cristiana hizo que tuviera que enfrentarme de nuevo a las autoridades y, por primera vez en mi vida, fui a la cárcel... ¡por ser cristiano! Durante el día y la noche que me tuvieron en la cárcel del condado, pude palpar el cuidado amoroso de Dios. Uno de los prisioneros, el que parecía ser el cabecilla de la celda, dijo a los demás que quería improvisar allí un tribunal popular y utilizarme de víctima. ¿Qué debería hacer yo? ¿Volver a actuar como había hecho durante tantos años mientras fui delincuente juvenil, o confiar en Dios? Supliqué a Jehová que me ayudase a continuar fiel y que me diese sabiduría y fortaleza. Inmediatamente, otro prisionero vino en mi ayuda. Dijo a los demás que le utilizasen a él como víctima y, poniéndose delante de mí, les dijo: “Tendrán que pasar por encima de mí para agarrarle”. Transcurrieron unos instantes muy tensos y entonces el cabecilla de la celda dijo: “Olvidémoslo, no tiene tanta importancia”. Di gracias a Dios. Mi abogado consiguió que me pusiesen en libertad al día siguiente, pero los trámites legales continuaron por tres años hasta que por fin me eximieron del servicio militar por ser ministro religioso.

El 1 de mayo de 1955, mi esposa y yo emprendimos nuestra carrera de predicadores de tiempo completo, o precursores. Durante dos años, efectuamos esa actividad con la congregación de Ypsilanti (Michigán, E.U.A.), hasta que recibimos la invitación de servir de precursores especiales a partir del 1 de mayo de 1957 en Burlington (Vermont, E.U.A.), lo que nos permitiría aumentar nuestra predicación. Durante los dos años que servimos en esta última asignación participamos en el restablecimiento de la congregación. Nuestro primer Salón del Reino estaba situado en el mismo centro de la ciudad. Cierto domingo, el discurso público se titulaba: “Comunismo o cristianismo: ¿Cuál de los dos prevalecerá?”. En vista de que habíamos recibido algunas amenazas con el fin de impedir que celebrásemos nuestra reunión, fui a la policía para preguntar si podíamos contar con su protección en caso necesario, y ellos me aseguraron que controlarían la situación. Unos veinte minutos antes de comenzar la reunión, aparcó frente al Salón del Reino un automóvil lleno de hombres. A los pocos minutos llegó la policía, les habló y se marcharon. Tuvimos nuestra reunión en paz y con una buena asistencia.

¡Por fin misioneros!

La Sociedad Watchtower nos invitó a formar parte del personal de su central en la ciudad de Nueva York a partir del 1 de mayo de 1959. Mientras preparábamos todo para ir, llegó otra carta invitándonos a asistir a la Escuela de Galaad para recibir adiestramiento en el campo misional a partir de septiembre de 1959. ¡Dos grandes bendiciones en un solo año! Por fin avistábamos nuestra meta de ser misioneros. Nuestro servicio sagrado seguía ensanchándose.

En febrero de 1960, después de casi seis meses de estudio y entrenamiento, nos graduamos de la clase 34 de Galaad. Fuimos asignados a Bogotá (Colombia), y llegamos allí el 1 de marzo de 1960.

Nuestro primer reto fue aprender español. Mi problema de confundir las palabras daba pie a muchas risas. Recuerdo que durante nuestra primera asamblea de distrito en Colombia trabajé en el Departamento de Alojamiento y, al pedir a los hermanos que nos prestasen colchones, me equivoqué y pedí “cochinos”. Bondadosamente me preguntaron: “¿Para qué los necesita?”. Yo dije: “Pues para que los hermanos duerman en ellos”. Cuando se calmaron las risas, recibimos los colchones.

Mientras íbamos contemplando la belleza natural de la creación de Dios reflejada en los majestuosos Andes coronados de nieve, las selvas y los llanos, tuvimos muchas experiencias inolvidables. Una de ellas tuvo lugar mientras visitábamos a los precursores especiales de Villavicencio, en donde comienzan los llanos. Fuimos al municipio de San Martín y allí nos reunimos con los Testigos que habían venido de Granada. Aquella iba a ser la primera vez que la gente de San Martín oiría el mensaje del Reino. Mi esposa estaba hablando con una señora en su casa cuando la abordó un muchacho y le preguntó qué hacía. Al explicárselo, el muchacho se fue, pero poco después regresó diciéndole que había un cliente en la tienda al otro lado de la calle que quería hablar con ella. El hombre escuchó el mensaje con agrado y pidió todas las publicaciones bíblicas que llevaba mi esposa. Ella le ofreció recibir las revistas La Atalaya y ¡Despertad! por correo, pero él le dijo: “La parte de los llanos donde vivo está tan lejos que no hay servicio de correos. Tendría que recoger el correo aquí en San Martín, y solo vengo una vez al año para abastecerme de provisiones”. Afortunadamente, aquel año había acudido a San Martín durante nuestra visita.

Hemos disfrutado mucho de compartir la verdad de la Palabra de Dios con la gente de Colombia durante dieciséis años, y hemos viajado en todos los medios de transporte disponibles: piragua, avión, autobús, automóvil, caballo y burro. Adondequiera que íbamos, encontrábamos personas amigables que querían hablar de la verdad bíblica y llegar a conocer y comprender a plenitud el amor de Jehová y de su querido Hijo.

Volvemos a rendir nuestro servicio sagrado en Estados Unidos

Debido a responsabilidades personales, en 1976 tuvimos que regresar a Estados Unidos, donde pudimos continuar nuestro servicio sagrado en el precursorado. Con el tiempo, en 1980, estuve en posición de visitar en calidad de superintendente viajante a varias congregaciones agrupadas en un circuito, así que me asignaron a servir en el campo de habla hispana. Ha sido un placer trabajar con nuestros cariñosos hermanos y hermanas espirituales de diferentes lugares de Estados Unidos.

Cuando era niño, mi madre me decía: “Nunca olvides el amor de Dios”. Doy gracias a Jehová por ayudarme a través de su organización terrestre a comprender Su amor y lo que este significa para la humanidad. También le agradezco que, por medio de su Palabra y su espíritu, me ayudase a dejar de ser un delincuente juvenil y a convertirme en una persona aceptable a sus ojos para rendirle servicio sagrado. Él me ha colmado de bendiciones, haciendo posible que alcanzase las metas que me he ido poniendo a lo largo de mi vida. Mi esposa y yo damos gracias a Jehová, a su Hijo y a su fiel organización por tantísimos privilegios que hemos tenido en el servicio sagrado de Dios y por una vida rebosante de felicidad.—Según lo relató Robert D. Reed.

[Fotografía en la página 18]

Colombia. Mi esposa Earline lavando la ropa

[Ilustración en la página 17]

Robert y Earline Reed

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