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  • g94 22/7 págs. 19-23
  • Addie halló la respuesta tarde, pero no demasiado tarde

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  • Addie halló la respuesta tarde, pero no demasiado tarde
  • ¡Despertad! 1994
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  • Empiezo mi educación
  • Descubro la NAACP
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¡Despertad! 1994
g94 22/7 págs. 19-23

Addie halló la respuesta tarde, pero no demasiado tarde

Esta es la historia de una mujer de color que estuvo ochenta y siete años buscando justicia social. La encontramos pescando en la orilla de un pantano, sentada sobre un tronco. Tiene la piel tersa, la mente clara y un cierto aire de solemnidad. Es una mujer fuerte, inteligente y con experiencia, pero hay en sus ojos un brillo de agudeza y humor, además de una agradable humildad. Su capacidad para la narración es sobresaliente. Sale a relucir su legado africano, mezclado con recuerdos del “Sur profundo” de Estados Unidos. Escuchémosla revivir su vida.

“MI ABUELA nació en un barco de esclavos que navegaba de África a Georgia (E.U.A.). Estaba tan débil, que nadie pensaba que sobreviviría. Por eso, cuando vendieron a su madre, dejaron que el comprador se llevara también a la débil criatura. Era aproximadamente el año 1844. Llamaron a la niña Rachel.

”Dewitt Clinton era el administrador de la plantación de su tío. De sus relaciones con Dewitt, Rachel concibió a mi padre, Isaiah Clinton, que nació en junio de 1866. Le llamaron Ike. De niño solía montar en el mismo caballo que Dewitt, y este le enseñaba todo lo que había que saber sobre la forma de administrar una plantación. Unos años después, Dewitt le dijo a Ike: ‘Ha llegado el momento de que te abras camino en la vida’. Entonces se quitó un cinto en el que guardaba dinero y se lo entregó.

”Mi padre se fue a trabajar para un tal Sr. Skinner, llegó a ser el capataz de su plantación y se casó con Ellen Howard. Yo nací el 28 de junio de 1892 en el condado de Burke, cerca de Waynesboro (Georgia, E.U.A.). La vida me trataba muy bien. Siempre estaba impaciente por cruzar la puerta de casa y salir. Mamá solía retenerme hasta hacerme el lazo del vestido, y todos los días la oía decir: ‘Hazle un lazo y dale paso’. Yo me encaramaba a la esteva del arado para estar cerca de papá.

”Cierto día, durante una tormenta de verano, les cayó un rayo al Sr. Skinner y a su caballo en un descampado, y los mató a los dos. Como la Sra. Skinner era del norte, todo el condado de Burke la odiaba porque el general Sherman había incendiado Atlanta. La gente la odiaba más a ella que a los negros. Por eso, cuando murió su marido, la Sra. Skinner se vengó. Por despecho vendió la plantación a mi padre, un negro. ¡Imagínese lo que sería a finales del siglo pasado que un negro poseyera una plantación nada menos que en Georgia!”

El Sr. Neely y el almacén

“Cuando papá necesitaba alguna cosa, iba al almacén del Sr. Neely. En esas tiendas había de todo. Si alguien necesitaba un médico, iba al almacén; si necesitaba un ataúd, iba allí también. No había que pagar nada; todo se lo cargaban en su cuenta hasta la cosecha del algodón. Neely descubrió que papá tenía dinero en el banco y empezó a llevarnos de todo, un montón de cosas que no necesitábamos: una nevera, una máquina de coser, armas de fuego, bicicletas, dos mulos. ‘No lo necesitamos’, decía papá. Pero el Sr. Neely respondía: ‘Es un regalo. Lo cargaré en tu cuenta’.

”Un día el Sr. Neely llegó a nuestra granja con un gran automóvil negro de la marca Studebaker. Papá dijo: ‘Sr. Neely, no lo necesitamos. Nadie sabe conducirlo ni cuidarlo. Además, asusta a todo el mundo’. Neely no le hizo caso. ‘Quédatelo, Ike. Te lo cargaré en tu cuenta y enviaré a uno de mis empleados para que enseñe a los tuyos a conducirlo.’ No le sacamos ningún partido. Un día le rogué a papá que me dejara ir con uno de los trabajadores a ponerle gasolina. Papá dijo: ‘¡No lo toques. Te conozco!’. Tan pronto como nos perdió de vista, dije: ‘Déjame probar. Papá sabe que voy a hacerlo’. El automóvil arrancó, yo giré el volante a la izquierda, luego a la derecha, me metí entre los matorrales y los árboles, y fui a parar al arroyo.

”Le pregunté a papá por qué no rechazaba aquellos artículos, y él me respondió: ‘Sería un gran error, un insulto. Además, el Ku Klux Klan no maltrata a ninguno de los negros del Sr. Neely’. Así que pagamos todos aquellos artículos que no necesitábamos. Y yo pensaba en lo que papá siempre decía: ‘No compres lo que no necesites, o pronto necesitarás lo que no puedes comprar’. Detestaba al Sr. Neely.

”El 1 de enero de 1900, cuando todos celebrábamos la entrada del nuevo siglo, mi madre moría al dar a luz a su cuarto hijo. Yo solo tenía 8 años, pero ante su tumba le prometí a papá que cuidaría de él.

”Mi abuela materna ayudó a criarnos. Se llamaba Mary. Era muy religiosa y tenía una memoria de elefante, pero no sabía leer ni escribir. Yo iba a la cocina y la acosaba con preguntas. ‘¿Por qué los blancos no quieren molestarse por las personas de color si dicen que todos somos iguales a los ojos de Dios? Cuando vayamos al cielo, ¿estarán también allí todos los blancos? ¿Estará allí el Sr. Neely?’ La abuela Mary me contestaba: ‘No lo sé. Pero todos estaremos a gusto’. Yo no estaba tan segura.

”‘Abuelita, ¿qué vamos a hacer en el cielo?’ ‘¡Ah! Caminaremos por calles empedradas de oro. Nos pondremos alas y volaremos de árbol en árbol.’ Yo pensaba para mis adentros: ‘Me gustaría más estar jugando afuera’. De todos modos, nunca había deseado ir al cielo, pero tampoco quería ir al infierno. ‘Abuelita, ¿qué vamos a comer en el cielo?’ Ella respondía: ‘Nos alimentaremos de leche y miel’. Yo exclamaba: ‘¡Pero a mí no me gusta ni la leche ni la miel! Abuelita, ¡me voy a morir de hambre! ¡Me voy a morir de hambre en el cielo!’.”

Empiezo mi educación

“Papá quería que recibiese educación. Por eso, en 1909 me envió al Instituto Tuskegee, de Alabama. Booker T. Washington era el cerebro y el alma de la escuela. Los estudiantes lo llamaban Papá. Viajaba mucho reuniendo dinero para la escuela, gran parte de él donado por personas blancas. Cuando estaba allí, nos predicaba este mensaje: ‘Obtengan una educación. Consigan un empleo y ahorren dinero. Luego compren un terreno. Y que no vaya yo a visitarlos y encuentre la hierba sin cortar, la casa sin pintar o las ventanas rotas y atiborradas de trapos para que no pase el frío. Siéntanse orgullosos de lo que son. Ayuden a los suyos. Ayúdenlos a superarse. Ustedes pueden ser un ejemplo’.

”Desde luego, los míos necesitaban ayuda. Son buena gente, tienen muchas cualidades buenas. Hay cosas del pasado que el hombre blanco debería recordar cuando piensa en la raza negra. A los negros no se les dio la oportunidad de aprender. Enseñar a un negro iba contra las reglas de la esclavitud. Nosotros somos las únicas personas que entramos en este país en contra de nuestra voluntad. Otros ansiaban venir, pero nosotros no. Nos encadenaron y nos trajeron aquí. Nos hicieron trabajar trescientos años gratis. Trabajamos trescientos años para el hombre blanco, y él no nos daba suficiente ni para comer ni para calzarnos. Nos hacía trabajar de la mañana a la noche, y nos daba latigazos cuando se le antojaba. Y cuando nos libertó, siguió negándonos la oportunidad de aprender. Quería que trabajáramos en la granja y que nuestros hijos también trabajaran y fueran a la escuela solo tres meses al año.

”¿Y sabe usted cómo eran aquellas escuelas? Una iglesia pequeña, porque no había escuelas para los negros; unos tablones por bancos; los meses más calurosos del año: junio, julio y agosto; ventanas sin tela metálica; niños sentados en el suelo; ciento tres estudiantes por maestro, y entraban toda clase de insectos. ¿Qué se puede enseñar a un niño en tres meses? Cuando estudiaba en Tuskegee, durante unas vacaciones de verano di clase a 108 niños de todas las edades.

”En 1913 me gradué de enfermera, y en 1914 me casé con Samuel Montgomery. Cuando él se fue a pelear en la I Guerra Mundial, yo estaba embarazada de mi único hijo. Poco después de su regreso, Samuel murió. Con mi pequeño hijo, viajé en tren hasta Illinois para visitar a mi hermana, esperando encontrar allí un puesto de enfermera. A todas las personas de color nos hicieron subir al primer vagón justo detrás del vagón carbonero. Hacía mucho calor, llevábamos las ventanas abiertas y todos estábamos cubiertos de hollín y carbonilla. El segundo día se nos terminaron los bocadillos y no había leche para el bebé. Traté de entrar en el vagón comedor, pero un mozo negro me detuvo. ‘Usted no puede entrar aquí.’ ‘¿Podrían venderme simplemente un poco de leche para mi bebé?’ La respuesta fue que no. Neely había sido la primera injusticia que me había indignado el alma. Aquella fue la segunda.

”En 1925 me casé con John Few, que trabajaba de mozo en un tren. Como él residía en St. Paul (Minnesota), me fui a vivir allí, donde sufrí la tercera injusticia que me indignó el alma por la cuestión de la justicia social. St. Paul aún estaba más al norte, pero había más prejuicio que en el Sur. En el hospital del condado no quisieron aceptarme como enfermera titulada. Dijeron que nunca habían oído de una enfermera negra. En Tuskegee habíamos recibido una buena formación, y el paciente siempre era lo primero, pero en St. Paul la prueba de fuego era el color de la piel. Así que vendí la casa que todavía tenía en Waynesboro y utilicé el dinero para el pago inicial de un terreno edificado. Abrí un taller de reparación de automóviles, contraté a cuatro mecánicos y pronto tuve en marcha un buen negocio.”

Descubro la NAACP

“Fue alrededor del año 1925 cuando descubrí la NAACP [siglas en inglés para Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color], y me entregué de lleno a ella. ¿No había dicho Booker T. Washington: ‘Ayuden a los suyos. Ayúdenlos a superarse’? Lo primero que hice fue ir al gobernador del estado con una larga lista de votantes negros que tenían casas de propiedad y pagaban impuestos. Me escuchó, y le proporcionó empleo a una joven enfermera negra en el mismo hospital del condado que me lo había negado a mí. Pero las enfermeras blancas la trataron tan mal —hasta vertieron orina sobre todos sus uniformes—, que se marchó a California, y con el tiempo llegó a ser médica.

”Mi taller de reparación de automóviles fue muy bien hasta un día de 1929. Había acabado de hacer un depósito de 2.000 dólares en el banco, y mientras caminaba por la calle, la gente empezó a gritar que los bancos habían quebrado. Me quedaban dos pagos para saldar la hipoteca del taller. Lo perdí todo. Repartí con mis mecánicos el dinero que pude salvar.

”Nadie tenía dinero. Compré mi primera casa vendiendo mi seguro de vida por 300 dólares. Pagué esa misma cantidad por la casa. Vendía flores, pollos y huevos; admitía huéspedes. Utilizaba el dinero sobrante para comprar terrenos sin edificar por 10 dólares cada uno. Nunca pasé hambre y nunca tuve que recurrir a la beneficencia. Comíamos huevos y pollos. Molíamos sus huesos para alimentar a los cerdos.

”Con el tiempo trabé amistad con Eleanor Roosevelt y también con Hubert Humphrey. El Sr. Humphrey me ayudó a comprar un edificio grande de apartamentos en una zona céntrica de St. Paul donde la población era predominantemente blanca. Como el agente de la inmobiliaria temía por su vida, me hizo prometer que durante doce meses no haría nada con el edificio.”

Un punto de viraje en mi vida

“En 1958 sucedió algo insólito que jamás he olvidado. Dos hombres blancos y uno de color vinieron a mí en busca de un lugar para pasar la noche. Yo pensaba que era una treta para crearme problemas con la ley, así que los entrevisté durante varias horas. Me contaron que eran testigos de Jehová que atravesaban el país rumbo a Nueva York para asistir a una asamblea. Me mostraron lo que la Biblia dice sobre el propósito de Dios de que haya una Tierra paradisíaca en la que no existan ningún tipo de prejuicios. Una verdadera hermandad humana. Pensé: ‘¿Pudiera ser que tuvieran lo que he estado buscando todos estos años?’. Parecían ser lo que decían: hermanos. No querían lugares separados para pasar la noche.

”Unos años después visité a una de mis inquilinas, que se estaba muriendo. Se llamaba Minnie. Cuando le pregunté si podía hacer algo por ella, me dijo: ‘Por favor, léame de aquel libro azul que tengo allí’. Era La verdad que lleva a vida eterna, un libro distribuido por los testigos de Jehová. Siempre que la visitaba, leía un poco más de aquel libro azul. Un día Minnie murió, y cuando fui a su apartamento, encontré a una señora blanca llamada Daisy Gerken. Estaba casi ciega. Me dijo que estudiaba el libro azul con Minnie. Daisy me preguntó si había algo en la casa que me gustaría tener. Dije: ‘Solo su Biblia y el libro azul’.

”Yo sabía que si ponía en práctica lo que decía aquel libro, tendría que dejar toda la labor que realizaba en favor de mi gente. Me resultaría imposible enumerar todas las cosas que hacía y que a mi modo de ver merecían la pena. Organicé un sindicato para los mozos de ferrocarril. Mediante una serie de batallas en los tribunales, conseguimos ganar derechos civiles para algunos de ellos. A veces organicé manifestaciones en varias partes de la ciudad al mismo tiempo. Tenía que asegurarme de que los de mi raza no quebrantaran la ley, y cuando lo hacían, tenía que sacarlos de la cárcel. Pertenecía a más de diez clubes, pero únicamente a los que efectuaban labores cívicas.

”Por eso pensaba que no podía preocuparme del más allá. Mi pueblo sufría en esta vida. En la NAACP tenía mucho personal, incluida una secretaria blanca. De 1937 a 1959 ocupé el puesto de vicepresidenta de la NAACP en St. Paul, y de 1959 a 1962 fui su presidenta. Organicé una conferencia entre cuatro estados y conseguí que la NAACP finalmente celebrara su asamblea nacional en St. Paul. Tuve que pelear muchas batallas en mi vida, de cada una de las cuales podría escribirse un libro. Antes de retirarme, en 1962, a los 70 años de edad, visité al presidente John F. Kennedy. Lamentablemente, en aquel tiempo estaba tan absorta en buscar justicia a mi manera, que no daba consideración a la manera que Dios tiene de proveerla.”

Finalmente descubro la única vía a la justicia social

”Daisy Gerken y yo siempre nos mantuvimos en contacto por teléfono, e iba a verme todos los años. Poco después de ir a Tucson (Arizona), caducó mi suscripción de regalo a La Atalaya. Como consecuencia de algunos problemas con una rodilla, tuve que estar confinada en casa, lo que afortunadamente permitió que una testigo de Jehová llamada Adele Semonian me encontrara cuando me visitó. Empezamos a estudiar la Biblia juntas. Por fin capté plenamente el sentido de la verdad. Me di cuenta de que yo no podía resolver todas las dificultades de mi gente y realmente ‘ayudarlos a superarse’. El problema no se limitaba al Sr. Neely, ni al Sur, ni a Estados Unidos, ni a este mundo.

”Es una cuestión universal. ¿Quién tiene el derecho de gobernar el mundo? ¿El hombre, Satanás —el enemigo de Dios—, o el Creador? El Creador, por supuesto. Una vez zanjada esta cuestión, desaparecerán los síntomas de injusticia social que he estado combatiendo durante toda mi vida. Además, prescindiendo de lo que hubiera hecho a favor de los negros o los blancos, todos seguimos envejeciendo y muriendo. Dios convertirá la Tierra en un paraíso, en el que habrá justicia social para todos. Estaba entusiasmada con la perspectiva de vivir para siempre, cuidar de las plantas y los animales y amar al prójimo como a mí misma, cumpliendo así el propósito original de Dios al crear al hombre y la mujer en la Tierra. (Salmo 37:9-11, 29; Isaías 45:18.) También me alegró aprender que no iría al cielo ni tendría que vivir de leche y miel si no quería morirme de hambre.

”Hay varias cosas que me pesan, especialmente haber pasado la mayor parte de mi vida buscando justicia social en el lugar equivocado. Me habría gustado dar a Dios la energía de mi juventud. La verdad es que pensaba que lo estaba haciendo al ayudar a otros. Y sigo ayudando a los demás, pero ahora lo hago dando a conocer a la gente la esperanza del Reino de Dios bajo Cristo Jesús, el único nombre que se ha dado debajo del cielo mediante el cual podamos ser salvos. (Mateo 12:21; 24:14; Revelación 21:3-5.) Mi padre solía cerrar el puño y decirme: ‘Si cierras tanto el puño, no entra ni sale nada’. Yo quiero abrir mi mano y tendérsela a otros para ayudarlos.

”Me bauticé como testigo de Jehová a los 87 años de edad. No puedo aflojar el paso, pues no me queda mucho tiempo. Aunque no tengo tantas energías, todavía no he abandonado la lucha. En los últimos dos años quizás solo haya faltado a un par de reuniones de la congregación. Tengo que aprender todo lo posible para poder enseñárselo a mis familiares cuando resuciten. Con la ayuda de Adele, dedico al servicio del campo entre veinte y treinta horas al mes.

”Pues bien, lo que he contado son los aspectos más interesantes de mi vida. No se lo puedo contar todo, porque si no estaríamos hablando sentados en este tronco semanas enteras.”

En ese preciso momento empezó a deslizarse sobre el tronco un enorme mocasín acuático (una serpiente muy peligrosa por su veneno), y Addie exclamó: “¿De dónde ha salido esa serpiente?”. Tomó su caña de pescar y la sarta de peces que había pescado y se marchó. La entrevista había terminado.—Relatado por Addie Clinton Few a un reportero de “¡Despertad!”. Addie murió poco después de esta entrevista, a la edad de 97 años.

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